El Hoy No Circula: una medida autoritaria

A nadie sorprende que las nuevas medidas del programa "Hoy No Circula" sean impopulares: es una respuesta que las autoridades decidieron sin consultar a la ciudadanía y a la comunidad científica.

| Cambio Climático

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En los últimos años, la contaminación ha aumentado en la Zona Metropolitana del Valle de México; la cantidad de autos per cápita también se ha incrementado; la mancha urbana ha ganado y sigue ganando terreno y los problemas de la ciudad han evolucionado con el cambio de siglo y de milenio, pero las autoridades capitalinas –ante el nuevo contexto: más complejo y menos alentador– siguen respondiendo con soluciones de la década de los noventa y, peor aún, con formas también de esos tiempos –a pesar de que tampoco la sociedad es la misma. Se ha anunciado que la respuesta a la reciente contingencia y a la nula mejoría en la calidad del aire será un programa de restricción vehicular sin excepciones para los autos particulares, que se aplicará de manera temporal. Exactamente así se inició, décadas atrás, la aplicación del Hoy No Circula (HNC), cuando el entonces departamento del Distrito Federal aplicó una política pública sin que mediara discusión alguna y sin ningún sustento científico. Todo politólogo sabe que en política la forma es fondo y, en este caso, los medios institucionales utilizados para dar solución al problema nos hablan de un autoritarismo resucitado: fue una decisión vertical, privada de deliberación previa, una medida en la que no se consultó a la ciudadanía.

La reciente solución a la contingencia ambiental –con razón– ha sido impopular y los ciudadanos han dudado de su efectividad. A todos nos afectan los altos niveles de contaminación, pero no tenemos derecho a opinar en las posibles soluciones. Los gobiernos estatales y el gobierno federal se miraron a los ojos y, como si hubieran tenido una epifanía, concluyeron que lo mejor era hacer que un 20% de los autos particulares –y hay que subrayar que solo los particulares porque el transporte público y el de carga siguen intactos– salieran de circulación, sin importar el grado de emisiones. Como si hubieran tenido una revelación, salieron a avisarnos que ya habían tomado una decisión, a manera de muestra de su liderazgo y eficiencia, de su autoridad incólume –todo esto tiene un fuerte tufo paternalista. La respuesta de las autoridades, no es sorpresa, ha dejado un mal sabor de boca entre los megalopolitanos, porque es evidente la disparidad de criterios en la aplicación de las estrictas pero “necesarias” medidas ambientales.

Para entender el porqué del descontento habría que hacer memoria de los diferentes criterios del HNC; de cómo nos han dado diferentes versiones cada vez que han tenido necesidad de justificar las excepciones. La duda sobre la capacidad de las autoridades para manejar la crisis ambiental es justificada, y el hermetismo apresurado de la toma de decisiones nos permite preguntarnos si, más que malas intenciones, las medidas negligentes están motivadas por una profunda ignorancia de la materia.


Las diferentes excepciones en el HNC y el debate público

El HNC nació en 1984, años en que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lo era todo o casi todo en el ámbito político. El programa se originó en la sociedad civil como una iniciativa voluntaria, que tenía la finalidad de ejercer presión social para llamar la atención y provocar la reacción gubernamental sobre el tema, más que como una idea eficiente de reducción de emisiones. La reacción tardó, pero llegó entre 1989 y 1990 una vez que se cooptaron los ecologistas necesarios (por estos años nace el Partido Ecologista Mexicano, antecesor del Partido Verde Ecologista de México, que se deslindaría, más tarde, de la oposición de izquierda del país) y que se había pasado el rubor de la inacción gubernamental. En ese invierno de 1989 se anunció que el programa sería temporal durante la temporada invernal, debido a los altos índices de contaminación que se habían presentado en aquella época. Al ver la eficacia de la medida, el entonces regente del departamento del Distrito Federal, que era impuesto por el presidente, anunció, sin necesidad de explicar o argumentar la política pública, que el programa se aplicaría de manera permanente. En ese entonces el regente podía darse el lujo de tomar las medidas que le vinieran en gana pues su nombramiento y carrera política dependían del presidente, es decir, no debía ninguna explicación a los ciudadanos pues nada lo vinculaba con ellos.

Para 1995, cuando había avanzado la transición en la Ciudad de México, empezaron las excepciones, pues ya había un costo político, y también ya había voces científicas anunciando que el programa estaba teniendo efectos adversos para el ambiente y para la congestión. En este año aparece la calcomanía “0” para exentar a todos los autos que no rebasaran un límite de contaminantes en el proceso de verificación.

Para 1997, antes de salir del gobierno, el último regente, Oscar Espinosa Villarreal, con ganas de influir en los resultados electorales, hizo algunas excepciones con las calcomanías, pero no fue suficiente. La llegada del PRD no implicó un cambio ni una revisión del programa –simplemente lo dejaron seguir pues ya casi nadie resultaba afectado.

Ni para el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas ni para el de Andrés Manuel López Obrador el HNC y el tema ambiental fueron materia de controversia con la ciudadana. Por el contrario, en vez de mejorar la red de transporte público, Obrador optó por crear grandes obras viales que le sumaran popularidad y votos para buscar la presidencia –total, ya el tema ambiental lo resolvería cuando fuera presidente.

Fue hasta con Marcelo Ebrard que la congestión y los niveles de contaminación volvieron a ser tema de la agenda pública. Ebrard añadió el factor antigüedad al criterio de emisiones para exentar a más vehículos. Derrotados por la corrupción o de plano sin voluntad de cambiarla, se entregaron a la inercia de mejor exentar a todos los autos entre dos y 10 años de edad, para así evitarse las quejas por los abusos de los verificentros –que siempre reprobaban los autos para luego pedir un soborno. Ebrard incluso trató, sin éxito, de imponer el HNC sabatino, a sugerencia del Clean Air Institute,  pero el alto costo político le impidió seguir. Hasta 2010 se hizo la primera evaluación oficial del HNC por parte del Centro Mario Molina a petición del GDF, estudio que arrojó resultados ambiguos sobre la efectividad del programa.  La diferencia en este contexto es que Ebrard sí tenía aspiraciones de seguir subiendo de puesto y su ascenso sí dependía de los electores; por lo tanto, no tenía el camino tan sencillo como los regentes de los noventa y tuvo que dar marcha atrás al HNC sabatino y aumentó el periodo para obtener la calcomanía cero de ocho a 10 años.

Con una popularidad escandalosamente baja, hoy Miguel Ángel Mancera sabe que no tiene mayores aspiraciones políticas y que su supervivencia política y la gobernabilidad de la ciudad dependen del presidente, como con los viejos regentes; nada le debe a los ciudadanos de la capital que lo desaprueban rotundamente y que no le han dado su apoyo, sino que se lo dieron, en las elecciones del año pasado, a Morena, que se perfila para sustituir al Partido de la Revolución Democrática (que, como él ha declarado, no es el partido del jefe de gobierno). Imponer una decisión de este tipo tendrá un alto costo para Mancera, no así para el resto de miembros de la Comisión Ambiental Megalopolitana.

Decíamos que los jóvenes de ahora no entienden lo que implica el regreso del PRI, o la ausencia de libertades, ni la esencia vertical del sistema anterior a la transición. Hoy tenemos un ejemplo tangible –el HNC– para explicarles lo que era la toma de decisiones arbitraria, contraria a todas las voces, el imperio cínico de los intereses y el ego del gobernante en turno sobre el coro social que exige soluciones y no remiendos sobrepuestos.

(Foto: cortesía de Adrian Macias.)

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