El México neoliberal y sus imágenes

Ante el ascenso de la derecha radical es urgente crear imaginarios alternativos para desmantelar este sentido común neoliberalista y recuperar nuestras subjetividades.

| Teoría

El año 2016 estuvo marcado por una nueva alianza entre el absolutismo capitalista y el nacionalismo conservador para proclamar el fracaso del neoliberalismo y el comienzo de una nueva era. Se dice que este fracaso se selló con el “Brexit” y, sobre todo, con la victoria de Donald Trump. Si antes el nacionalismo y el neoliberalismo se oponían en aras de la utopía de la liberalización mundial de los mercados y la hibridación cultural, en 2016 surgieron inéditas reacciones populistas, por lo general xenófobas, en contra la globalización. Sería, sin embargo, equivocado aseverar que el surgimiento de los nuevos movimientos de derecha radical anuncia la desintegración del neoliberalismo, ya que la discrepancia entre la ideología anti-neoliberal y la realidad política-económica es evidente. Es decir, el neoliberalismo como proyecto político está encauzado a la centralización y la acumulación de poder de las élites –y esto está lejos de encontrar su final.

En el caso más perfecto, el estadounidense, Donald Trump ha denunciado los peligros de la regulación, ya planea un recorte fiscal para el 1% y anunció que favorecerá la privatización. Su posición en contra de los acuerdos internacionales, como el TLC y el TPP, se basa en la idea de que Estados Unidos no se beneficia lo suficiente de ellos. En este sentido, el autoritarismo y el proteccionismo de Trump representan superficialmente, más que un ataque a la política-económica neoliberal, un repudio ideológico al neoliberalismo y la globalización de corte populista; pero con el tiempo se hará más y más evidente que el poder político se seguirá usando en beneficio privado a costa de la prosperidad del colectivo y del medioambiente y que el Estado no retomará su antiguo papel de mediador entre la clase explotadora y la explotada.

Las críticas al neoliberalismo que durante 2016 anunciaron un “cambio de paradigma” no consideraron, además, que el neoliberalismo operó una transformación absoluta del mundo y la humanidad en los últimos cuarenta años, y que los últimos ataques discursivos, solo por existir, no borrarán fácilmente esta transformación histórica. Teniendo lo anterior en cuenta, en este ensayo me interesa reflexionar sobre el panorama neoliberal de México, a partir de planteamientos de libros y artículos recientemente publicados. ¿De qué hablamos, en verdad, cuando hablamos del neoliberalismo en México?


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La tiranía del sentido común

La introducción del neoliberalismo debe entenderse de manera amplia: como la introducción de una nueva moral con ideas nuevas de la política y de la naturaleza humana. Es por eso que es necesario comprenderlo desde la interdisciplinaridad, pues es, antes que nada, una racionalidad, un sentido común. Es decir, más allá de proponer exclusivamente un tipo de economía (el libre mercado), el neoliberalismo es un conjunto de ideas que se traducen a instituciones, arreglos jurídicos y políticos, a la manera en la que nos relacionamos con el mundo, la naturaleza, los bienes materiales y los seres humanos, todo esto presuponiendo el crecimiento ilimitado a partir de la liberalización de mercado. Como explica Fernando Escalante Gonzalbo en su Historia mínima del neoliberalismo (El Colegio de México, 2015), en los setenta se dio hegemónicamente este “giro civilizatorio” (la introducción del sentido común neoliberal) que dio origen a la nueva sociedad individualista.

Este sentido común tiene raíces profundas en México. Siguiendo a María Eugenia Romero Sotelo (Los orígenes del neoliberalismo en México: La Escuela Austriaca [FCE y UNAM, 2016 ]), en los años mil novecientos treinta los miembros de la élite financiera iniciaron un proyecto para contrarrestar las reformas nacionalistas económicas y sociales impulsadas por Lázaro Cárdenas buscando darle continuidad al proyecto económico nacionalista inspirado en la Revolución mexicana. A través de agrupaciones como la Asociación de Banqueros, la élite del país se avocó a crear plataformas para difundir las ideas de la escuela austriaca, a formar profesionales para influir en la política económica del país y presionar al gobierno para defender sus intereses. De acuerdo con Romero Sotelo, el neoliberalismo se concibió en México como la antítesis del intervencionismo y los procesos nacionalizadores del Estado de la Revolución mexicana. Su legado se cristalizó en centros educativos en los que formaron una élite tecnocrática que lleva más de treinta años administrando y conduciendo a México desde el sentido común neoliberal.

Asimismo, para consolidar este proyecto una nueva casta de intelectuales públicos que comenzó a operar fuera de la academia en los medios masivos de comunicación jugó un papel crucial. Como lo apunta Claudio Lomnitz en La nación desdibujada (Malpaso, 2016), tras la crisis de la deuda del 1982, el gobierno de México redujo el apoyo a las universidades y encaminó los subsidios y ayudas a “un selecto firmamento de ‘estrellas intelectuales’”. Estos intelectuales liberales enfocaron su proyecto político en hacer “críticas morales al poder” y en proclamar la “transición a la democracia” en los medios masivos de comunicación; estas intervenciones dejaron, sin embargo, como un punto ciego la contradicción plena entre las políticas neoliberales y la “democracia” en construcción; al dejar intacto el programa económico neoliberal, abrieron el camino a la aceptación general de las privatizaciones. Los ideólogos del neoliberalismo, así, son producto y base del nuevo sistema privatizado que vino con su propia historia liberaloide.

En México el sentido común neoliberal estuvo acompañado, entonces, de una élite que reformó el régimen (los tecnócratas) y de una nueva clase de intelectuales liberales que propusieron y defendieron un relato de la transición democrática que, como veremos, es antitético con la democracia misma por la naturaleza de las políticas neoliberales.


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El neoliberalismo y la transición democrática en México

La idea de “transición a la democracia” es el discurso de un nuevo Estado postrevolucionario caracterizado por una democracia representativa que supuestamente acoge la pluralidad social e ideológica del país y que tiene la capacidad institucional para dar cauce a conflictos, pugnas distributivas y luchas de poder. Esta transición se consolida en el 2000 con la alternancia y en 2001 con el recibimiento de Vicente Fox al EZLN en el Zócalo de la Ciudad de México. Como ya lo mencioné, los intelectuales liberales desempeñaron un papel clave en dicha transición y especialistas y opinionistas le siguen dando voz al “despertar ciudadano” en columnas de periódicos, redes sociales y otras formas de comunicación, al igual que en movilizaciones sociales y en la abierta oposición política. En ese sentido, la nueva democracia trajo espacios para visibilizar antagonismos, la deliberación, la participación y el cabildeo, y dio como resultado una breve mengua de la sospecha colectiva contra las instituciones y el Estado. Sin embargo, la democracia (que implica la participación ciudadana, la coexistencia pacífica de antagonismos, la tolerancia a la disidencia, la visibilización de las minorías, en fin, el gobierno del pueblo) es incompatible con el neoliberalismo.

El neoliberalismo se basa en la premisa de que los individuos por naturaleza se inclinan a perseguir el propio interés para obtener el mayor beneficio propio posible en detrimento del bien común. Democracia y neoliberalismo son incompatibles porque siempre que haya una asamblea democrática y un gobierno democrático los antagonistas querrán emplear el poder político para redistribuir la riqueza. Por eso, como lo indica Escalante, parte fundamental del programa político neoliberal consiste en situar las decisiones básicas sobre la economía fuera del juego democrático.

En esta transición, la izquierda de sentido común neoliberal abandonó la desigualdad, la distribución del ingreso y la producción de bienes públicos como metas políticas para enfocarse en preocupaciones individuales: la libertad, la autenticidad, la visibilidad y el derecho a la diferencia –lo que he llamado la culturalización de la política. El resultado de la transición a la democracia es, como lo nota Rafael Lemus, una democracia sin demos (es decir, sin pueblo) a la cual le subyacen nuevas formas de poder tolerantes que se auto-legitiman con el antagonismo mediatizado y que esconden la brecha entre las opciones liberales de participación ciudadana (como el voto) y las decisiones políticas tomadas a puertas cerradas por un puñado de expertos, representantes de la oligarquía y corporaciones trasnacionales y políticos que no representan los intereses de la mayoría de los mexicanos. Paulatinamente se hizo evidente que el conjunto total de políticas neoliberales y las reformas que pretendieron instaurar una democracia representativa fracasaron en llevar prosperidad a la mayoría. El resultado fue el enriquecimiento de una pequeña minoría y, para el resto, vidas de explotación, marginalización urbana, nuevas formas de precarización de todo tipo y la destrucción de sus territorios, el medio ambiente, de sus formas de vida y de cómo ganarse la vida.

En este contexto, Alejandra Leal notó otro cambio en las estructuras de identificación y en las formas de hacer política durante los ochenta: el pasaje de la figura del “pueblo” como legítimo actor político al de “sociedad civil”. Esta transformación discursiva y política reflejó formas incipientes de repensar el papel del Estado, la naturaleza de la sociedad y la relación entre ambos. En los ochenta, al tiempo que la Revolución de 1910 dejó de ser una fuente de legitimidad de sus políticas, comenzó a prevalecer la idea de que el Estado estaba demasiado presente y que eso lo hacía inefectivo. A partir de las movilizaciones ciudadanas posteriores al terremoto de 1985, la figura de “pueblo” comienza a desvanecerse de la opinión pública y del escenario. Ese mismo año surge, en consecuencia, la “sociedad civil” como la colectividad legítima que demanda la democratización.

Rafael Lemus ha notado una diferencia esencial entre la “sociedad civil” que surgió en los ochenta como un sujeto beligerante que actuaba en una “zona de antagonismo” y cuya estrategia es el enfrentamiento permanente, tal y como lo planteó Carlos Monsiváis entonces, y la sociedad civil que comenzó a cristalizarse bajo el discurso de la “transición democrática”, definidos como “grupos de mexicanos que no son ni revoltosos ni dejados, actúan con objetivos específicos y se dispersan cuando han conseguido sus objetivos o expresado sus desacuerdos”. Es a partir del surgimiento de la figura de la “sociedad civil” en México que comienza a construirse una idea de ciudadanía mediante la identificación de problemas comunes para promover formas democráticas de ciudadanía participativa que enfrentaran a la “sociedad contra el Estado”. Estas formas de ciudadanía se manifiestan en el cabildeo por intereses privados y en la figura nacional de la víctima post-política que clama, antes que una crítica al modelo económico, restitución y justicia al gobierno.

Resumiendo, en México el “despertar ciudadano” no estuvo acompañado de una crítica a la política económica neoliberal. “Transición democrática” fue sinónimo de hegemonía neoliberal.


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La nación: imaginarios neoliberales

Una de las consecuencias de la liberalización del mercado en los ochenta fue el cambio radical en la manera en la que se (de/re)construyeron el imaginario y la identidad nacionales, cuestión que produjo una crisis de representación y representatividad en México. Para Claudio Lomnitz (La nación desdibujada), esta crisis comenzó con el abismo infranqueable que se creó entre “una cultura nacional auténtica, de base indígena y comedora de tortilla” y el “revestimiento artificial de la identidad mexicana por corporaciones en manos extranjeras” gracias a una horda de diseñadores de todo tipo –de alimentos, de interiores, de sensaciones–, que crearon imágenes de México avocadas a la mercantilización de una gran variedad de productos y experiencias inaccesibles para la mayoría de los mexicanos. Si a lo largo del siglo XX predominó un paradigma de identidad nacional basado en una suerte de “autodespertar” y una toma de consciencia de la propia esencia del país, hoy el nacionalismo es un producto cultural generado por diseñadores, especialistas, intelectuales y políticos en una red de conexiones trasnacionales y de productos de consumo. Otra de las características de las actuales formas de identidad nacional a partir del marketing es la territorialización de los imaginarios (la “CDMX” es un ejemplo).

De aquí hay que extrapolar uno de los puntos clave de un planteamiento crítico al neoliberalismo: si las políticas neoliberales suponen un retraimiento de la intervención del Estado en las políticas públicas (y en la creación de imágenes y relatos), las nuevas formas de politización cristalizadas en la figura de la “sociedad civil” hacen evidente que el programa neoliberal necesita un Estado que sirva como instrumento en el proceso mismo de privatización. Como lo señala Escalante, es necesario que la operación del Estado responda al mercado y que éste esté protegido de la inercia de las instituciones democráticas. De aquí podemos deducir que el programa neoliberal no implica que el Estado desaparezca pues el Estado es necesario para producir y alimentar los mercados, aunque el neoliberalismo sí está de manera consistente en contra de lo público y a favor de la máxima expansión posible de la esfera privada. Estamos, por lo tanto, ante una nueva configuración del Estado que gobierna estratégica y diferenciadamente territorios y poblaciones para conectarlos con los procesos globales de acuerdo a la lógica de la globalización.

En este contexto, siguiendo a Lomnitz, a partir de la instauración del Estado neoliberal comenzaron a imperar dos formas de organización social en el imaginario mexicano, y yo diría, ligadas a la diferenciación de territorios: una regida por reglas, racional y vertical a la cual le pertenecen los medios de administración y está desarticulada del resto de la sociedad (que ejecuta las políticas neoliberales) y otra que es comunitaria o de tipo familiar, basada en la moral compartida, la complementariedad jerárquica, la protección del adentro y del afuera que comienza a operar en los territorios donde el Estado se retira o impone presencia militar. Para Lomnitz, ambos ideales de organización social compiten y el problema es que ambas tienden a transformarse en estructuras predadoras, extractivas y practicantes de la exclusión. Las dos alternativas de gobierno, una organizada en torno al Estado de derecho y la otra comunitaria y familiar, reflejan también un cambio entre lo que concebimos como público o privado, incluso la confusión o el borramiento de los límites entre los dos a partir del sentido común de la privatización de la responsabilidad pública y del hacer público de los intereses y las ordalías privadas.

¿Cómo distinguir lo autónomo de lo privado? ¿Lo social de la institución? ¿Los límites del Estado? ¿Cómo se ha transformado el espacio público en aras de las privatizaciones?


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Cuando miramos los rasgos del presente neoliberal elucidados por Fernando Escalante, Alejandra Leal, Rafael Lemus, Claudio Lomnitz y María Eugenia Romero se hace evidente que domina otra racionalidad en el Estado, la política, las instituciones y la ciudadanía que se confunde con la lógica del mercado. Habitamos un imaginario social y político anclado en los intereses privados y el entorno inmediato. Como lo indica Escalante, algunos rasgos del sentido común neoliberal, sí, ya habían estado presentes como estructuras de conducta. Hay que señalar que estos se han exacerbado en México, y yo agregaría que algunos –especialmente la falta de contrato social, la impunidad, la normalización de la desigualdad y corrupción– se los debemos a la herencia colonial. Ojalá me equivocara, pero comparto la opinión de Escalante de que el neoliberalismo sobrevivirá y seguirá siendo el modo dominante, ya que no hay alternativas visibles, a excepción de los experimentos de autonomía en las áreas rurales que la “izquierda” urbana mira con una mezcla de condescendencia, admiración y escepticismo.

En su novela La leyenda de los soles (FCE, 1993), Homero Ardijis pintaba una Ciudad de México hundida, desarbolada, con vegetación muerta, oscura, el paisaje de los volcanes destruido, basura por doquier. La describía como “un mundo desmesurado y ajeno”, una ciudad que sufrió “pérdida gradual de suelo, de aire y de agua… la pérdida de su propio yo”. El entorno que imagina Ardijis para la Ciudad de México 2027 es disfuncional y violento, la dictadura exacerbada por formas de control y violencia indescriptibles. La retrata como una ciudad azotada por males percibidos como del mismo tipo: delincuencia, corrupción y contaminación. En contraste con estas visiones apocalípticas de la Ciudad de México de los noventa, la globalización capitalista, las reformas y los intelectuales liberales habían proyectado un camino de prosperidad futura para todos. La privatización fue para muchos una respuesta a los problemas de los años setenta y ochenta de corrupción del servicio público y de burocracia estatal disfuncional. En paralelo, la llamada “transición democrática” en el 2000 aseguraba el fin de la dictadura perfecta y el comienzo de la alternancia, la participación ciudadana y la búsqueda de consensos. A más de veinte años, vivimos en la #CDMX: en el Distrito Federal rebrandeado. Con la mayoría de los servicios públicos privatizados, es una de las ciudades clave a nivel económico y cultural en el mapa de la globalización, un archipiélago de sofisticación y riqueza donde la calidad de la gasolina azulificó el cielo, donde hay infraestructura de primera, policías en cada esquina, donde se hizo limpieza de vendedores ambulantes y mendigantes, una ciudad con áreas verdes resplandecientes mantenidas por corporaciones, negocios privados o asociaciones vecinales. Lejos de estar completamente seca como lo imaginó Ardijis, a partir de las privatizaciones y concesiones y la lógica de “zonificación”, cada delegación está avocada a su óptima vocación económica, por lo que los territorios privilegiados coexisten con cinturones de miseria. La división de la CDMX refleja la estructura general del país en el que zonas privilegiadas coexisten con zonas de sacrificio o devastación medioambiental habitadas por poblaciones hechas redundantes por el sistema en una relación de interdependencia injuriosa.

Indudablemente, la modernización y el desarrollo junto con las estructuras institucionales del Estado, el mito del éxito personal, la individualización de los intereses y la seducción del consumo son las bases intocables y las razones por las cuales se sigue perpetuando el sistema. Las prácticas autónomas que cuestionan el Estado, que subrayan la obsolescencia del sistema de partidos y el cisma entre la representación y delegación de los poderes políticos, las demandas y las necesidades del pueblo se siguen viendo como ajenas a los que habitamos en los centros de poder. El saqueo a tiendas y ocupaciones de gasolineras en protesta al gasolinazo a principios de enero son síntoma de la falta de horizonte político y de alternativas de organización; recuerdan al necesario sinsentido de las explosiones de violencia en las banlieues parisinas y londinenses en 2005 y 2012. Más allá de participar en las propuestas gubernamentales de diseño ciudadano de políticas públicas, se hace urgente considerar que el aparato estatal no es “neutro” ni puede ser horizontal y que, por eso, las eternas reformas serán ineficientes e insuficientes. Necesitamos también plantear las versiones neoliberales de la desigualdad y la pobreza (que son conceptos de la vieja izquierda cristiana) como efectos primarios del neoliberalismo: la creación de poblaciones redundantes cuyo despojo subsidia nuestros privilegios. Es también urgente instituir relaciones de solidaridad para combatir el absolutismo capitalista; crear imaginarios alternativos para desmantelar al sentido común neoliberal enraizado en nuestras subjetividades; instaurar otras lógicas laborales y de subsistir; hacer el duelo definitivo de los principios de modernidad y desarrollo que están destruyendo el medioambiente y sobre-explotando al trabajo reproductivo. Marcando una diferencia política entre lo privado y lo autónomo, es urgente también forjar un imaginario igualitario, amplio e incluyente, para contraatacar el escalamiento de los derechismos fascistas por todo el mundo que anuncian el peligro de colapso global.

(Fotos: Erwin MoralesRick GonzálezLucy Nieto y caliopedreams.)


Referencias

–Homero Ardijis, La leyenda de los soles (Fondo de Cultura Económica, 1993).

–Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo (El Colegio de México, 2016).

–Fernando Escalante Gonzalbo, Se supone que es ciencia (El Colegio de México, 2016).

–Enrique Krauze “Ensayista liberal” Democracia en construcción (Penguin Random House, 2016)

–Alejandra Leal, “El despertar de la sociedad civil: sismo del 85 y neoliberalismo”, Horizontal (Septiembre 24, 2015).

–Rafael Lemus, “Editando neoliberalismo: vuelta en los ochenta”, Horizontal (Abril 14, 2015).

–Claudio Lomnitz, La nación desdibujada (Malpaso, 2016).

–Carlos Tello y Rolando Cordera, “La nueva disputa por la nación”, Nexos (1 de enero 2010).

–María Eugenia Romero Sotelo, Los orígenes del neoliberalismo en México: La Escuela Austriaca (FCE y UNAM, 2016).

Hacer política para un porvenir más allá del capitalismo (Grietas editores, 2016).

Des/posesión: Género, territorio y luchas por la autodeterminación (UNAM, PUEG, 2015), Marisa Belausteguitoitia Rius y María Josefina Saldaña-Portillo coordinadoras.

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