El momento mexicano: contar los días

El 26 de septiembre no debe ser una efeméride más: debe guardar –debemos procurar que guarde– todo su potencial subversivo.

| Momento Mexicano

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A dos años de la tragedia del 26 de septiembre, no se sabe ni dónde están los normalistas ni por qué los desaparecieron. Ayotzinapa ha significado un acontecimiento que ha roto en dos el tiempo político mexicano. Después de Ayotzinapa, la relación entre la sociedad y el gobierno y el Estado se ha alterado radical, irremediablemente. Durante esta semana publicaremos una serie de breves intervenciones para entender los contornos políticos de este "momento mexicano".

El 26 de septiembre es una fecha que la memoria colectiva de los mexicanos relacionará, en el futuro próximo, con los eventos ocurridos en el estado de Guerrero en 2014. Pero hasta ese año, al menos para mí, el 26 de septiembre era el día del cumpleaños de mi papá.

Ese año lo llamé como siempre y lo felicité. No recuerdo sobre qué conversamos, pero seguramente nos reímos de algo. Era viernes. Desde temprano me reuní con Franco Narro y Zaria Abreu para trabajar en un pequeño seminario de novela. Se trataba de un ejercicio meticuloso de creación de personajes, en que le preguntabas al ser imaginario detalles muy específicos de su vida, de sus opiniones sobre el mundo, como si convocaras a un fantasma en la tabla Ouija, para luego relacionarlos unos con otros de acuerdo con la trama de tu novela. Recuerdo que fue un día maravilloso, en que aprendí y me reí mucho. No me fijé en el teléfono en todo el día. Como a las 6 o 7 pm, cuando me preparaba para regresar a casa, Tania me llamó.

–Ya los encontraron.

–¿A quiénes?

–A los muchachos.

No sabía de qué me hablaba. En realidad, lo que “encontraron” (y reportaron algunos medios informativos) fue una de las muchas fosas comunes que se destaparían durante la búsqueda de los 56 estudiantes normalistas desaparecidos. 13 de ellos aparecieron con vida en los días siguientes, lo que dejaría un saldo de 43 ausentes, la cifra que se fijaría en la memoria pública como una cicatriz.

Entre octubre de 2014 y mayo de 2015, la PGR confirmaría la existencia de al menos 60 fosas más solamente en el estado de Guerrero. El número se sigue multiplicando, y hay quien dice que no se puede escarbar un metro de profundidad en los cerros de Veracruz o de Morelos sin encontrar huesos humanos.


“43” es un número que la imaginación se puede representar fácilmente. A diferencia de la nada abstracta del “cero” o cantidades elusivas como un millón cincuenta y un mil doscientos (resultado de convertir dos años en minutos), podemos conceptualizar sin mucho problema una comida para 43 personas, digamos, durante una fiesta: 43 sillas, 43 porciones de comida, 43 cervezas; o bien una distancia de 43 kilómetros, 43 minutos, 43 segundos. 43 años es mucho tiempo, una vida larga, pero no tanto. El número lo asocio también al licor del 43 con el que se hacen los “carajillos” que le gustan a mi padre después de la comida. Se preparan con una medida de licor del 43 (aunque se puede usar ron o brandy también), y un shot de café espresso. Hay números que tienen esa imantación, como el 7, el 13, el 27, el 99, el 101. O tal vez habla el cabalista que vive en mí. Como fuera, es difícil pasar por Reforma, a la altura de Juárez, en contraesquina del espantoso “Caballito” de Sebastián, y no mirar el +43 rojo en el camellón: cifra monumental, escultura que literaliza lo que falta. Me hace pensar en los nudos de listón que la gente de las novelas antiguas se ponía en los dedos cuando no quería olvidarse de algo. Un aide memoire. Un monumento tal vez no sea sino eso, una “ayuda de la memoria”, un ancla para detener ciertos eventos fundamentales y destacarlos de entre el resto del flujo temporal. Una marca en el calendario y un monumento en la calle sirven para lo mismo: refuerzan, en el tiempo y en el espacio, la necesidad de recordar.


A finales de septiembre del 2015 mi padre cumplió 60 años, Tania y los niños fueron a visitar a la familia de Chihuahua y yo asistí a la décima edición del Festival Internacional de Poesía Caracol, en Tijuana. En una de las avenidas principales, una pequeña comitiva de pancartas conmemoraba el primer aniversario de los desaparecidos de Ayotzinapa.

La palabra “conmemorar” se define como la memoria solemne, un acto que convoca el recuerdo de tiempos, personas o eventos anteriores para no olvidarlos. Conmemoramos cumpleaños, claro, pero también fundaciones, independencias, revoluciones. El Caracol se “celebra” en septiembre de cada año, en Tijuana, y en 2015 se “conmemoró” su décimo aniversario.

¿Conmemorar Ayotzinapa?, me pregunté hace un año. ¿Dedicar la lectura a los desaparecidos, a los que murieron esa noche, a los que no hemos encontrado? ¿No sería como integrar a los desaparecidos en un santoral civil, un pretexto para dejar de exigir justicia? Ese día me dijeron: si hablas de los 43 en la clausura del festival, que sea rápido. Que sea breve. Si puedes no mencionarlos, mejor. Los poemas decorativos son preferibles. Estábamos en el recién inaugurado auditorio de alguna dependencia de gobierno. Hablé de ellos. De los 43. Fui breve, muy breve. Les dediqué mi lectura, recordé a mi papá y al poeta Jonathan Curiel, oriundo de Tijuana, que también comparte calendas con ellos. El show, parecían decirme, debe continuar.


La conquista del calendario es la conquista de la memoria colectiva. Para prevalecer en el tiempo, el poder debe transformar los eventos efímeros en celebración, en fiesta, o bien en luto y tragedia, porque el conmemorar se sirve de ambos polos emocionales para marcar el compás del tiempo. El Estado-nación y sus instituciones necesita protagonistas, héroes, villanos y mártires con los que pueda dirigir o someter las emociones populares. Como cualquier religión, el Estado-nación necesita santos y diablos.

El calendario republicano francés consigna la cuenta del tiempo a partir de un evento democrático, la proclamación de la República, el 22 de septiembre de 1792 del calendario gregoriano, que pasó a llamarse uno del vendimiario del Año de la Revolución. Aunque el calendario republicano sería abolido por Napoleón –después de 12 años sin navidades–, los revolucionarios rusos intentaron un nuevo calendario laico, racional y organizado según las necesidades de la producción, entre 1929 y 1940.

A medida que el segundo “aniversario” de Ayotzinapa se acercaba, me puse a pensar que si la fecha del 26 de septiembre se integra en el calendario de efemérides oficiales, la muerte y desaparición de los normalistas habrá quedado oficialmente en el olvido, y su potencial subversivo para demostrar la complicidad de las autoridades estatales con el crimen organizado pasará a segundo plano. Lo que nos parecía indignante –que la policía municipal hubiera entregado adolescentes a miembros de un cartel de narcos, que el procurador de la república hubiera mentido y se hubiera “cansado” de responder las preguntas de la prensa, que el propio PRIsidente llamara públicamente a “superar” el caso– terminará formando parte de las festividades normales del calendario: un pretexto para hacer “puente”, suspensión de actividades laborales y educativas, una estrella más de los anaqueles que los publicistas pueden aprovechar para sugerir productos de temporada a los consumidores.

Eso fue lo que ocurrió con los mártires de la huelga de trabajadores del 1 de mayo de 1886, con los soldados que pelearon y murieron el 5 de mayo de 1862 (“doble puente”), con los eventos del 13, 15 y 16 de septiembre de diversos años: terminaron siendo olvidados, mientras que la fecha sobrevive como fiesta civil, como efeméride, como algo que los niños recitan en las escuelas, o cantan, o bailan, para olvidar mejor. Tal vez así logremos “superar” a los 43 de Ayotzinapa. ¿Pero qué hacemos con los otros miles de desaparecidos, con los cientos de miles de muertos, con los que todavía no contamos? ¿Tendremos suficientes días para conmemorarlos a todos?


El 26 de septiembre de 2016, si todo sale bien, estaré leyendo poemas junto con colegas muy queridos en alguna parte de la ciudad. Los 43 estarán presentes en ausencia, como el año pasado. Y no dejo de pensar, conforme se acerca la fecha, en los padres de los desaparecidos. En Epifanio Álvarez, por ejemplo, papá de Jorge Álvarez Nava, que no quiere “bienes”, que solamente exige la presentación con vida de su hijo. Pienso en Marissa, la esposa de Julio César Mondragón. En cómo le preguntaron en el Semefo si “de veras” quería ver el rostro de su marido. Pienso en los que no van a poder “superarlo”, porque no hay tiempo que baste para olvidar la pérdida de un hijo. Porque uno no deja de ser padre de los muertos, ni hijo de los muertos. Pienso en los que no van a dejar de buscar justicia. Y me pregunto si los padres mexicanos no están condenados a aprender de los padres de Ayotzinapa si la violencia y la muerte y la injusticia continúan así. Me pregunto si seremos tan dignos como ellos, como los papás de los bebés de la Guardería ABC, tan valientes. Me pregunto si vamos a esperar sentados a que nos maten a nuestros hijos para pedir justicia por los hijos de los demás.

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