El momento mexicano: cuerpos sin historia, historias sin cuerpos

Si los asesinatos y las desapariciones forzadas de Ayotzinapa se han convertido en una vergüenza es porque no representan una anomalía o una excepción, sino un resumen del México que hemos construido en estos años de pólvora.

| Momento Mexicano

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A dos años de la tragedia del 26 de septiembre, no se sabe ni dónde están los normalistas ni por qué los desaparecieron. Ayotzinapa ha significado un acontecimiento que ha roto en dos el tiempo político mexicano. Después de Ayotzinapa, la relación entre la sociedad y el gobierno y el Estado se ha alterado radical, irremediablemente. Durante esta semana publicaremos una serie de breves intervenciones para entender los contornos políticos de este "momento mexicano".

Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde: desconozco la hora exacta porque yo no estaba allí. Tampoco he querido buscarla en el acta de defunción o preguntársela a mi hermano o a mi madre, quienes por obra del azar –o de ese dios en el que él creía y yo no–, pasaron a visitarlo y lo encontraron inconsciente, sujeto al masaje cardíaco de una de las cuidadoras, pero aún vivo. Había pensado escribir: “Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde, hace justo cinco meses”, pero hoy es 9 de enero y en realidad han transcurrido cinco meses y una semana desde entonces. Además de ignorar la hora de su muerte, por lo visto también he olvidado la fecha. Podría argüir en mi defensa la obviedad psicoanalítica del yerro. Relaciono mi desliz, más bien, con otros dos incidentes. El primero: hasta el día de hoy no he llorado, no he podido o no he querido llorar a mi padre. Una postura racional, me digo, ante una muerte que terminó con su dolor. Pero la explicación me resulta insuficiente. El segundo episodio que relaciono con mi olvido ocurrió esa misma noche. Cuando por fin llegué a la ciudad de México proveniente de Xalapa, a cuya feria del libro había ido a presentar uno de mis libros, el cuerpo de mi padre ya había sido conducido por mi madre y mi hermano a la funeraria donde habría de ser incinerado. Los tres siempre aborrecimos los velorios y en general el duelo público, de modo que prescindimos de cualquier ceremonia hasta su entierro. Al cabo de unas horas en casa de mis padres, me puse al volante y, acompañados por mi mujer y mi mejor amigo, nos dirigimos hacia el crematorio. Un cielo gris se cernía sobre nosotros mientras recorríamos la colonia Doctores; a continuación tomamos Avenida Central, dimos vuelta en Doctor Vértiz y, poco después del Viaducto, giramos en una callejuela que nos condujo a las inmediaciones del Centro Médico y del Hospital General, donde mi padre trabajó de joven. La colindancia entre el lugar al que acuden a curarse los vivos y el sitio que acoge a los muertos no dejó de incomodarme. Bajo un atardecer nebuloso, tal vez producto de mi imaginación, encontramos una fila de agencias funerarias semejantes a despachos de contadores. Localizamos la que nos correspondía y mi madre, mi hermano y yo entramos a la oficina del gerente. Frente a su escritorio apenas cabían dos sillas y mi madre debió quedarse afuera. Una vez firmados los permisos, el responsable nos preguntó si queríamos despedirnos de mi padre, cuyo cadáver reposaba en un ataúd en la cámara contigua. Yo no dudé y dije que no. Mi padre, musité, no está allí. Mi padre, me dije en silencio, no es su cuerpo. Mi madre y mi hermano se sorprendieron no tanto por mi negativa como por la rudeza de mi tono. Horas después regresamos a recoger la urna de alabastro con sus cenizas. Hoy sigo convencido de que mi padre no era ese conjunto de órganos inertes que reposaba en la plancha del crematorio, pero reconozco que mi padre también era ese cuerpo. La última vez que lo vi con vida fue dos semanas atrás y mis recuerdos más vívidos o los únicos que acaso me concedo ahora son justo de su cuerpo: sus piernas cada vez más frágiles, su espalda encorvada, sus ojos siempre luminosos. Y sus manos. Mi padre llevaba una década con una depresión clínica, quizá más. La felicidad nunca le fue sencilla. Los prolongados conflictos con mi hermano atemperaron sus energías –de niños lo veíamos como una fuerza de la naturaleza–, si bien creo identificar su alejamiento de la cirugía como causa principal de su desánimo. La decisión de jubilarse lo describe en una nuez: cuando le pareció que sus manos ya no poseían la agilidad de ilusionista que siempre lo enorgulleció, abandonó escalpelos y bisturíes para siempre. Por unos años buscó otras fuentes de satisfacción personal sin demasiado éxito. Según una de sus antiguas alumnas fue un estimulante profesor de secundaria –como lo fue, durante treinta y tantos años, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional–, aunque los dolores de espalda, el cansancio y la falta de estímulos lo obligaron a retirarse de la escuela comercial que lo acogió tras su retiro. A partir de ese instante se deslizó en un moroso declive. Si bien nunca padeció una enfermedad terminal, un cúmulo de afecciones, de la artrosis a la gastritis, minaron su salud. Los peores reveses se los propinó, empero, su carácter. Ya lo insinué: las pasiones que tanto lo arrebataron de joven –y que se esforzó por compartirnos–, la ciencia, los deportes, la ópera, la literatura, las artes, la historia, la jardinería, las manualidades, poco a poco dejaron de importarle hasta que se recluyó el día entero, indiferente y ensimismado, frente al televisor. En la avalancha de peticiones y reclamos que desde su sillón le dirigía a mi madre era posible reconocer la minuciosidad que debió distinguirlo en el aula o los quirófanos, solo que ahora su único objeto de estudio era su propio dolor. Cada vez resultaba más difícil conversar con él: si bien permaneció lúcido hasta el final, si lucidez significa saber quién es uno y reconocer a los otros, ya no conseguía dedicarle más de unos instantes a otro asunto que sus interminables padecimientos. Muchas veces nos preguntamos si su dolor sería físico o psicológico o una mezcla de ambas cosas. Da lo mismo: el dolor es aquello que se expresa como dolor. Si su cuerpo se tornaba cada vez más frágil –llegó a pesar 45 kilos, cuando alcanzó a medir 1.75 metros–, su carácter, o lo que yo llamaría el meollo de su carácter, se mantuvo inalterable. Diré más: se reconcentró como un buen vino. Nunca perdió su dulzura, la cortesía que dispensaba en su trato, esa bondad íntima que ordenaba sus acciones. A la vez, se tornó más obcecado y autoritario que cuando estaba sano, sobre todo en compañía de mi madre. Del mismo modo que se empeñó en inculcarnos su verdad, al final se resistió a todo tratamiento que escapase de sus directrices, se negó a probar nuevos medicamentos y a realizar los ejercicios que le recomendaban los practicantes que se esforzaron por atenderlo, convencido de que no podría mejorar. Peor: se opuso con todas sus fuerzas, que nunca fueron escasas, a cualquier cambio de rutina y a la menor intrusión en sus horarios, de por sí inmutables. Aunque mi madre siempre estuvo atada a él y a sus dictados, en los últimos tiempos se le hacía cada vez más penoso estar a su disposición día y noche. Mi padre apenas toleraba que ella se apartase de su lado, así fuese solo para incordiarla con su cantilena de peticiones y quejas, y en los días malos podía quejarse por horas. Pese a que un enfermero la relevaba dos veces por semana, llegó un punto en que mi madre ya no se sintió capaz de cuidarlo. El esfuerzo para levantarlo, obligarlo a caminar unos pasos o bañarlo –o pelear con él para que se tomase cada píldora–, amenazaban con quebrantar su propia salud. Tras consultarlo con ella, mi hermano y yo concluimos que solo había dos soluciones: un equipo de enfermeros de tiempo completo o una casa de retiro. Con una rapidez que a todos nos azoró, optamos por lo segundo. Mi mujer y yo hallamos una residencia a unas cuadras del antiguo Parque Delta, a diez minutos en coche de la casa de mis padres. Además de la cercanía, indispensable para que las visitas de mi madre fuesen frecuentes, nos tranquilizó que no hubiese horario de visitas, lo cual nos permitiría verlo a cualquier hora sin previo aviso. Estábamos conscientes de que arrancarlo del espacio en donde se había recluido por más de una década sería demoledor para él: siempre reacio a salir o viajar, mi padre solo se sentía a gusto en su propia casa, que decoró y modificó con esmero hasta que se le acabaron las fuerzas y consintió que se degradara a la par de su salud. Cuando le dimos la noticia, aceptó de inmediato: una parte de él reconocía las penurias de mi madre. Previendo un cambio de opinión, empacamos un par de mudas y su arsenal de medicamentos y nos lo llevamos esa misma tarde. La residencia ocupaba una típica casa de clase media de la zona, más o menos amplia, de dos pisos, con un patio trasero y un pequeño jardín. En su interior convivían unos cuarenta ancianos. A mi padre le asignaron una habitación en la planta baja que debía compartir con otro interno: una vejación adicional para alguien tan poco sociable como él. Una vez allí ocurrió lo que temíamos y quiso marcharse de inmediato. Lo acompañamos al salón, donde se sentó junto a dos ancianas pulcras y silenciosas –ninguna de ellas hizo el menor gesto al verlo–, y desde allí nos reprochó que lo abandonáramos en ese horrendo lugar. Mientras mi hermano y yo concluíamos los trámites de ingreso, mi madre buscó tranquilizarlo sin mucho éxito. Nos marchamos cerca de la hora de la cena. De entre las reglas de la residencia hubo una que nos causó particular desazón: a fin de lograr que se integrara en su “nuevo hogar”, durante dos semanas tendríamos prohibido cualquier contacto con él: ni visitas ni llamadas telefónicas. Terminado ese interregno de quince días, que debió ser muy angustioso para él, mi madre, mi hermano, mi mujer y yo acudimos a visitarlo. Esa fue la última vez que estuve con él. La cuidadora nos condujo al patio trasero y nos acomodó en unas sillas de plástico junto a una olvidada cancha de basquetbol. En el salón, en la cocina y en los cuartos distinguí a numerosos ancianos, algunos más fuertes y otros más enfermos que mi padre. Me conmovió el silencio que reinaba en la casa, como si los internos se dedicasen a la meditación o el mundo de plano hubiese dejado de importarles. Una de las cuidadoras le daba de comer a una anciana que no parecía darse cuenta de nada. En la cocina, dos muchachas lavaban platos y cazos. Por fin otra de las cuidadoras –una mujer bajita, magra, de pelo negrísimo y un maquillaje que uno no esperaría encontrar en una casa de reposo– acompañó a mi padre, apoyándolo sobre sus brazos, hasta el patio trasero donde nosotros lo esperábamos. Él nos saludó y se sentó con dificultad. Estaba mucho más pulcro y elegante que en casa, pues otra regla impedía que los internos anduviesen en piyama. Reconocí su camisa de vestir, su suéter color vino y su pantalón gris. Solo le faltaban el saco y la corbata que solía llevar incluso los fines de semana. Le habían cortado el pelo, lo mismo que el bigote. Su cuerpo, en cambio, lucía aún más débil que cuando lo dejamos. Sonrió con dificultad. La cuidadora se marchó y nos dejó a su lado. En su vertiente más entrañable, se despidió de cada uno de nosotros. No era la primera vez que lo hacía –le gustaba repetir que no duraría más de unas horas–, solo que esta en verdad fue la última. Nos dedicó frases hermosas o alentadoras a cada uno. Fue dulce y sabio. En su vertiente más turbulenta, nos reprochó haberlo encerrado en esa “antesala del infierno” y acusó a las cuidadoras de insultarlo e incluso de golpearlo. Cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia supimos que había llegado la hora de irnos. Mi padre ya no se sentía capaz de caminar o, azuzado por nuestra presencia, se negó a hacerlo. Trastabilló y estuvo a punto de caerse. La cuidadora se abrazó a él y lo llevó al interior de la casa, seguida por nosotros. Mi madre se despidió y se adelantó rumbo a la salida; no sé dónde quedaron mi hermano y mi mujer. Yo permanecí allí un segundo más. Vi a mi padre muy ansioso, casi desesperado. Le urgía orinar. Acaso desvariaba. No sé por qué razón, quizás para conducirlo al baño lo más pronto posible, la cuidadora no lo encaminó hacia su habitación, sino que lo introdujo en otro cuarto, cerca de la puerta trasera, donde un par de ancianas cuchicheaban en voz baja sentadas en sus camastros. Entonces la cuidadora hizo algo extraño o que al menos a mí me pareció inusual: lo sentó sobre sus piernas, lo abrazó, le acarició el cabello y las mejillas. Dos cuerpos ajenos unidos, de pronto, por la compasión. Esa imagen, una suerte de Pietà, es la última que conservo de mi padre.


Mi padre se dedicaba a abrir y cerrar cuerpos. A arreglar o recomponer cuerpos. A corregir o enmendar cuerpos. A tratar de que algunos cuerpos sanasen y alcanzasen una larga vida. Más aún: su mayor afición y su mayor placer consistía en introducir las manos en esos cuerpos. Mil veces nos contó que su jornada ideal incluía una tarde de lluvia, un cuerpo sobre la mesa del quirófano y una casetera con música de Beethoven o Puccini. La profesión de cirujano, más que la de otro médico, nunca nos parecerá normal al resto de los mortales. Se requiere de un extraño valor para rasgar la piel, contener el sangrado, manipular los tejidos, palpar el hígado, la tiroides o el páncreas, devolver los órganos a su sitio, suturar la epidermis y volver, al cabo de unas horas, a una vida en familia.

Los médicos y más aún los cirujanos siempre tendrán una relación con el cuerpo, sus fluidos y tejidos, músculos y órganos, difícil de compartir por el resto. Pasan la vida entera entre cadáveres o cuerpos abiertos que exhiben sus órganos y vísceras hasta que se acostumbran o fingen acostumbrarse a tan inquietante compañía. Quizás esa templanza o esa aparente indiferencia sea el único escudo para quien ejerce una profesión como la suya. Me pregunto entonces, ¿qué escudo podría custodiarnos a nosotros, simples legos, de la inagotable exhibición de cadáveres en que se ha convertido el México del siglo XXI? Cuerpos decapitados. Cuerpos desollados. Cuerpos despedazados. Cuerpos torturados. Cuerpos lacerados. Cuerpos diluidos en ácido. Cuerpos calcinados. Cuerpos o fragmentos de cuerpos expuestos en calles, puentes o pasos peatonales. Cuerpos irreconocibles. Cuerpos extraviados. Menos de dos meses después de la muerte de mi padre, la prensa y las redes sociales comenzaron a dar cuenta de uno de los más dolorosos actos criminales perpetrados en México. El 26 de septiembre de 2014, un centenar de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, descendieron de la región de Tixtla rumbo a Iguala para repetir uno de esos pequeños rituales delictivos más o menos consentidos por la policía que les permiten financiarse: tomar por asalto unos cuantos autobuses y recorrer la zona en busca de “donativos” a fin de poder dirigirse a la Ciudad de México para participar en la manifestación conmemorativa de la matanza del 2 de octubre de 1968. Esa misma tarde, María de los Ángeles Pineda, esposa del alcalde de Iguala, ofrecía su informe de labores como responsable del dif, el organismo público encargado de las obras sociales, con la idea de consolidar las posibilidades de suceder a su marido. A partir de aquí el relato se torna fragmentario y confuso. Al parecer, el alcalde José Luis Abarca ordenó a la policía municipal que impidiese el avance de los estudiantes, lo cual provocó un enfrentamiento que se saldó con la muerte de tres personas ajenas a los sucesos, entre ellas una mujer y un jugador del equipo de futbol de tercera división de Chilpancingo. En la refriega, a uno de los normalistas lo desollaron y le arrancaron los ojos de las cuencas y otro quedó en coma a causa de los golpes. Siempre según el relato de la pgr, a continuación los policías detuvieron al resto de los estudiantes, algunos malheridos y otros acaso ya muertos, y los hacinaron en un camión de redilas que inició un enrevesado periplo hasta el municipio colindante de Cocula. Una vez allí, la policía local se hizo cargo de los estudiantes y se los entregó al grupo de narcotraficantes conocido como Guerreros Unidos, entre cuyos cabecillas destacaban el alcalde y su mujer (dos de los hermanos de ella, asesinados por una supuesta traición, habían sido operadores de los hermanos Beltrán Leyva). Según la versión oficial, los sicarios condujeron a los jóvenes a un paraje en medio de la sierra, arrojaron sus cuerpos en el basurero de Cocula y los quemaron en una pira alimentada por llantas, desechos plásticos y gasolina que se prolongó por catorce horas. Luego las cenizas de los jóvenes habrían sido descargadas en las aguas del río San Juan en bolsas de plástico. A los pocos días del incidente, los habitantes de la zona se toparon con una fosa con veintiocho cadáveres, aunque al cabo las autoridades certificaron que no pertenecían a los normalistas. Otras tantas fosas, con un número impreciso de cuerpos, fueron halladas en Guerrero en las jornadas sucesivas sin que a la fecha conozcamos la identidad de sus ocupantes. El 6 de diciembre de 2014, un grupo de peritos de la Universidad de Innsbruck comisionados por el gobierno, así como los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense cercanos a las familias de los jóvenes, anunciaron que un trozo de hueso descubierto en las bolsas halladas en el río San Juan pertenecía a Alexander Mora Venancio, uno de los estudiantes de Ayotzinapa. Una semana después, el Procurador afirmó en una conferencia de prensa que su relato conformaba la “verdad histórica” del caso y que no se abrirían otras líneas de investigación como exigían las familias de las víctimas. Muy pocos confiaron en su relato, el cual ha sido cuestionado y desacreditado desde entonces. Tras la forzada renuncia de Murillo Karam, un grupo de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dictaminó un sinfín de errores en la investigación y eliminó la supuesta verdad histórica, confirmando que los normalistas no fueron incinerados en el basurero de Cocula. Al momento de escribir estas líneas seguimos sin saber cuál fue el destino de los normalistas de Ayotzinapa: Abel García, Abelardo Vázquez, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora, Antonio Santana, Benjamín Ascencio, Bernardo Flores., Carlos Iván Ramírez, Carlos Hernández, César González, Christian Rodríguez, Christian Colón, Cutberto Ortiz, Dorian González, Emiliano de la Cruz, Everardo Rodríguez, Felipe Arnulfo, Giovanni Galindes, Israel Caballero, Israel Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez, Jonas Trujillo, Jorge Álvarez, Jorge Aníbal Cruz, Jorge Antonio Tizapa, Jorge Luis González, José Ángel Campos, José Ángel Navarrete, José Eduardo Bartolo, José Luis Luna, Jhosivani Guerrero, Julio César López, Leonel Castro, Luis Ángel Abarca, Luis Ángel Arzola, Magdaleno Lauro Villegas, Marcial Baranda, Marco Antonio Gómez, Martín Getsemany Sánchez, Mauricio Ortega, Miguel Ángel Hernández, Miguel Ángel Mendoza y Saúl García. Si los asesinatos y las desapariciones forzadas cometidos en Iguala hace un año se han convertido en una marca infamante es porque no representan una anomalía o una excepción, sino una metáfora o un resumen del México que hemos construido en estos años de pólvora. Nos hemos acostumbrado a mirar cadáveres a diario, exhibidos sin pudor por la prensa y la televisión, y a escuchar indiferentes la cifra que, a modo de siniestro cuentagotas, añade cada noche más cuerpos a la lista. En la primera escena de Antígona, Sófocles hace que su protagonista se queje con su hermana Ismene del decreto que Creón, tío de ambas, reservó para uno de sus hermanos: “En lo tocante al cuerpo del infortunado Polinice”, se lamenta Antígona, “también se dice que ha hecho pública una orden para todos los tebanos en la que prohíbe darle sepultura y se le llore: hay que dejarlo sin lágrimas e insepulto para que sea fácil presa de las aves, siempre en busca de alimento”. Para los antiguos no había peor agravio que negar las exequias a un muerto, un castigo reservado a los mayores criminales y traidores. Sin atender razones de Estado, Antígona cumple los ritos funerarios a sabiendas de que su desobediencia le acarreará la muerte. El México de nuestros días apenas se aleja de la Tebas de Sófocles: así como la guerra que enfrentó a los partidarios de Etocles con los de Polinicles provocó la muerte de ambos y la prohibición de enterrar al segundo, el combate entre distintos grupos criminales, y entre éstos y los organismos de seguridad, ha provocado que en nuestro país miles de cuerpos permanezcan insepultos y sin lágrimas, “fácil presa de las aves, siempre en busca de alimento”. Este es el México que mi padre alcanzó a entrever en sus últimos años con una mezcla de repulsión y angustia. Este es el México que su generación y la mía heredaremos a los más jóvenes. Aunque él no podía darse cuenta, la acelerada degradación de su cuerpo se convirtió para mí en una metáfora de la degradación sufrida por ese país cuyas taras tanto deploró. Así como la enfermedad hace estragos en órganos y tejidos, otros males, la impericia y la avidez de la clase gobernante, o la corrupción generalizada, son capaces de devastar las estructuras que mantienen con vida –y en paz– a una nación.


Este texto es un fragmento de Examen de mi padre, libro publicado recientemente por Alfaguara.

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