El momento mexicano: la noche del mundo

¿Será posible que a partir de lo acaecido en Iguala lograremos articular nuevos espacios para la ampliación de la política?

| Momento Mexicano

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A dos años de la tragedia del 26 de septiembre, no se sabe ni dónde están los normalistas ni por qué los desaparecieron. Ayotzinapa ha significado un acontecimiento que ha roto en dos el tiempo político mexicano. Después de Ayotzinapa, la relación entre la sociedad y el gobierno y el Estado se ha alterado radical, irremediablemente. Durante esta semana publicaremos una serie de breves intervenciones para entender los contornos políticos de este "momento mexicano".

Esa noche es la que descubrimos cuando miramos a los ojos al hombre, una noche que se torna cada vez más espantosa: cae ante nosotros la noche del mundo.

F. W. Hegel

Solo que a medida que crece el mal se empequeñecen los malvados.

Octavio Paz

Corría el año de 1978. Octavio Paz publicaba entonces uno de sus ensayos más célebres titulado “El ogro filantrópico”. Éste apareció por primera vez en el número 21 de Vuelta –revista fundada por él y otros intelectuales de la época un par de años antes. Luego sería publicado como libro en 1979 bajo el sello editorial Joaquín Mortiz. Entre otras cosas, en su escrito,Paz efectúa un recuento breve –pero lúcidamente crítico– acerca del despliegue de la institución estatal moderna, tanto en México como en otras latitudes; y diagnostica: “el Estado del siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina. Los teólogos y los moralistas habían concebido al mal como una excepción y una transgresión, una mancha en la universalidad y transparencia del ser. El Estado invierte la proposición: el mal conquista al fin la universalidad y se presenta con la máscara del ser”. En este contexto Paz caracterizaría al Estado mexicano precisamente como un monstruo de naturaleza relativamente generosa: lleva a cabo actos humanitarios pero también violenta de manera sistemática a la población; subsidia las necesidades de los más pobres pero oblitera toda posibilidad de desarrollo al desentenderse de sus obligaciones sociales; discurre en torno a la apertura y la democracia, y al mismo tiempo afila su dentadura autoritaria y regresiva.

Traigo a colación el conocido texto del Nobel mexicano por una razón: éste contribuyó a consolidar las coordenadas desde las que se reflexionaba en torno tanto del campo político como de la arquitectura de lo público en nuestro país. En este sentido, es innegable que la perspectiva paciana tuvo una vigencia crucial para pensar al Estado hasta bien entrado el siglo XXI. Vaya, aún en el centro mismo de la vorágine neoliberal y privatizadora de los noventa, la institución estatal podía ser medida con la vara del viejo y conocido ogro. Pero hoy, luego de la noche de Iguala, la noche del 26 de septiembre de 2014, la metáfora esgrimida en su momento por Paz resulta cuando menos insuficiente para pensar lo político/lo público. Sabemos que algo ha cambiado, aunque no logramos ubicar con precisión el contenido exacto de esta metamorfosis. Esto es así porque cuando un suceso resulta excesivamente atroz, y nos agravia, suele dislocar por completo las coordenadas que articulan nuestra realidad. Esto se torna aún más espinoso cuando el ultraje proviene de aquellas entidades que supuestamente deberían brindarnos certezas. La consigna de “Fue el Estado” –viralizada en redes y gritada en las calles– no solo señalaba a quien se asevera que orquestó la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. También evidenciaba una mezcla de temor y hartazgo, de indignación y rabia; una ruptura, así como la necesidad de construir nuevos marcos interpretativos adecuados a nuestra nueva realidad. Las consecuencias de este resquebrajamiento institucional se vuelven aún más desgarradoras puesto que desarticulan toda posible seguridad ontológica a la que se pudiera acceder. Estamos inmóviles ante el vacío. Alain Badiou ([1988] 2007) le ha dado un nombre a esta especie de abismo radical: le ha denominado acontecimiento.

Desde esta perspectiva, no es difícil argumentar que Ayotzinapa se erige como el acontecimiento que sin duda ha marcado al momento mexicano por el que atravesamos (y que nos atraviesa), ya que obliga a pensar lo político y discutir lo público desde otras coordenadas: 43 estudiantes + 28 mil desaparecidos; 56 víctimas de asesinatos por día; más de 60 mil muertos por causa de la violencia, cientos o miles de fosas clandestinas en todo el territorio nacional; una clase política con poca legitimidad; un clima enrarecido que anuncia crisis de gobernabilidad y crisis financieras; una sociedad dividida entre liberales y conservadores; desconfianza profunda y generalizada en las instituciones; extravíos e ineptitudes de las máximas autoridades; intereses privados disfrazados de intereses públicos; y así un largo etcétera. “Fue el Estado/Es el Estado”. Ayotzinapa en tanto acontecimiento ha revelado la verdad a partir de las ausencias que pone de relieve: el ogro ha dejado de lado su máscara filantrópica; ésta se ha desvanecido. “Un amo sin rostro, desalmado” (Paz dixit).

Desde luego, la súbita erosión del Estado no necesariamente implica su desaparición objetiva. En muchos ámbitos la presencia estatal es conspicua y exacerbada. Más bien, por decirlo à la Lewkowicz (2004), lo que se evidencia es el agotamiento de la capacidad estatal para proveer los supuestos a partir de los que se suele ordenar y regular la vida social. Lo anterior abre un sinfín de interrogantes e incertidumbres. De entre todo ese conjunto de cuestiones quisiera subrayar una que particularmente me inquieta: en los últimos tres lustros –años más, años menos– se han intensificado los procesos de movilización social (lo que sea que esto quiera decir en la actualidad). En muchos casos, la respuesta estatal ha sido la criminalización del desacato. No obstante, se ha ido acumulando una fuerza social altamente significativa. Desafortunadamente, los espacios institucionales para canalizar esta energía están clausurados o inmersos en una profunda crisis de legitimidad. ¿Será posible que a partir de lo acaecido en Iguala lograremos articular nuevos espacios para (la ampliación de) la política? ¿Desembocará esta fuerza social acumulada –sin válvulas de escape visibles– en un poderoso estallido social? Quién sabe. Lo que es cierto es que Ayotzinapa, ese doloroso y punzante acontecimiento, nos ha puesto frente al espejo y ante la necesidad de repensar al país y repensarnos a nosotros mismos. No podemos darnos el lujo de olvidar. No podemos permitirnos la insensibilidad como recurso. Recordemos siempre que la noche del 26 de septiembre de 2014 es una noche que no acaba. Ésa noche es todas las noches, es la noche del mundo.

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