El momento mexicano: re-contar Ayotzinapa

La politización del dolor provocó que la tragedia de Ayotzinapa abriera un boquete al relato oficial, cambiara los tonos y la intensidad con las que veníamos hablando de la violencia, la impunidad y la corrupción y rearticulara la movilización social.

| Momento Mexicano

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A dos años de la tragedia del 26 de septiembre, no se sabe ni dónde están los normalistas ni por qué los desaparecieron. Ayotzinapa ha significado un acontecimiento que ha roto en dos el tiempo político mexicano. Después de Ayotzinapa, la relación entre la sociedad y el gobierno y el Estado se ha alterado radical, irremediablemente. Durante esta semana publicaremos una serie de breves intervenciones para entender los contornos políticos de este "momento mexicano".

A la memoria de Julio César Mondragón.

Según los analistas de temas económicos y políticos, la frase “momento mexicano” fue utilizada por primera vez en un artículo del 13 de abril de 2012 que fue incluido en la edición “The World in 2013” de The Economist y luego replicado por articulistas, analistas, expertos y promotores del sistema y una robusta constelación de medios, plumas, blogs, sitios expertos afines o poco críticos del “momento neoliberal”.

El momento mexicano aludía fundamentalmente a las posibilidades (reales en aquel tiempo) de crecimiento económico y, por decirlo de manera resumida, a la inserción de México en los mercados internacionales. Pero ese no es ni mi tema ni un asunto que domine, aunque sin duda resulta clave para ubicar en una perspectiva no simplificadora la pregunta por el “momento mexicano” y la ola que se llevó el optimismo, incluso de los más ortodoxos defensores del sistema (económico) y el régimen (mexicano).

Me ubico en el México post #YoSoy132, ese movimiento, convocatoria, temblor, que interrumpió el relato electoral y las noticias de unas elecciones que no anunciaban nada nuevo –o sí–: el regreso del PRI o de un PRI al que no le habíamos tomado la medida, que era nuevo, efectivamente, porque habían recompuesto, reorganizado su poder: los monopolios mediáticos dejaban de ser aliados para convertirse en protagonistas, en actores de peso completo en el ajedrez que creaba al “rey”. Simulacro de espacio público y de política representativa, apuestas arriesgadas por el férreo control de los recursos materiales y simbólicos.

El “momento mexicano” se instalaba como relato consagrado y como triunfo de la maquinaria electoral y fáctica. La llegada de Peña Nieto a Los Pinos, el aprendiz de Atlacomulco, el heredero –sin méritos– de una estirpe siniestra, el alfil de los monopolios, anunciaba la catástrofe. Para mí, la más importante, la total y absoluta ignorancia de la situación por la que atraviesan las y los jóvenes en este país; su nada-saber y nada-hacer en torno las violencias brutales; su silencio frente a las fosas, las desapariciones, las ejecuciones.

El “momento mexicano” inauguraba una nueva fase de modos de ser-estar-así-sin penas. En esa nada, crecieron las autodefensas, la justicia por propia mano se expandió como respuesta al minimalismo del Estado; las y los migrantes centroamericanos crecieron en el relato de lo imposible de creer y se fueron desgajando los cuerpos triturados por el poder de la narcomáquina, esa maquinaria de guerra constituida por poderes económicos, políticos y delincuenciales.

Fue ese “momento mexicano”, el de “saving México”, aquel 2014, en el que apareció esa infame portada del Time, que mostraba a un Peña Nieto victorioso con otra de las narrativas del momento: “Saving México: How Enrique Peña Nieto´s sweeping reforms have changed the narrative in his narco stained nation”, decía textualmente el reportaje de Michel Crowley. Y como la realidad es necia y se empeña en contradecir las narrativas fabricadas, llegó septiembre y con sus aires de otoño, llegó Ayotzinapa, los normalistas, Julio César Mondragón, los Abarca, los guerreros rojos, los camiones, un Procurador cansado, un basurero y el descrédito creciente de la justicia y las instituciones del momento mexicano. En una imagen: la fotografía del presidente y su “saving México” estallaban en miles de pedazos, fragmentos imposibles de pegar, recomponer, armar.

La cifra de 43 alteró el mapa de las cuentas, las sumas y las restas; el ábaco mexicano dejó de responder a la lógica matemática; 43 se convirtió en la cuenta de 28 mil, de 30 mil; uno, dejó de ser la cuenta del rostro desollado de Julio César para convertirse en un millón de lágrimas, bañando el territorio. Mil veces repetida la “verdad histórica”, se transformó en una mentira histórica, en un solo simulacro de la narrativa del momento mexicano: cómo poder vivir la vida que nos quieren vender, cuando 43 son la suma y la resta del fracaso de un régimen, una gestión, un sistema que engulle vidas para vomitarlas como restos.

La travesía ha sido larga, ya suman dos años de los terribles y oscuros acontecimientos en-de-donde Ayotzinapa, y otras narrativas se ha ido abriendo paso; la pancarta, el tuit callejero, el meme, el abrazo colectivo dice: “Porque buscándolos nos hemos encontrado”, que sintetiza la apertura de la respuesta social al “momento mexicano” y se llama momentum que, de acuerdo a Newton, alude a un cuerpo en movimiento, impulso, ímpetu o cantidad de movimiento. Dice Wikipedia que la idea atrás de momentum es que la “cantidad de movimiento” depende tanto de la masa como de la velocidad: si se imagina una mosca y un camión, ambos moviéndose a 40 km/h, la experiencia cotidiana dice que la mosca es fácil de detener con la mano mientras que el camión no, aunque los dos vayan a la misma velocidad. Esta metáfora que proviene de la física me parece muy adecuada para re-pensar los impactos que la organización social ha tenido en el “momento mexicano” como dispositivo de interrupción de la felizología de estado como relato dominante; la cantidad de movimiento que la sociedad ha sido capaz de generar opera como una contra-máquina, que entiendo como el conjunto de dispositivos frágiles, intermitentes, expresivos y fragmentados que se despliegan para resistir, visibilizar o sustraer poder al relato del momento mexicano. Sin embargo, como se ha dicho hasta el cansancio, este gobierno no entiende que no entiende y se empeña en responder como si la cantidad de movimiento desplegada fuera producido por una mosca, abatible a punta de revistazos o periodicazos. Momentum contra momento.

Ayotzinapa abrió un boquete al relato oficial, cambió los tonos y la intensidad con las que veníamos hablando de la violencia, la impunidad, la corrupción; trastocó los mapas y la geografía, lo local se convirtió en global, la comunidad internacional ya no pudo desviar la mirada. Pero quizás lo más relevante es que Ayotzinapa rearticuló una movilización estudiantil muy importante. Desde el lugar que habito y me habita, presencié asambleas, vi cómo jóvenes que no habían participado en acciones políticas se interesaban por el país, por los normalistas, por la violencia y los desaparecidos; miré como hacían mantas para las marchas; Ayotzinapa y su momentum, trajo no solamente dolor e indignación sino solidaridad y afectos; esténcil, poesía, tuits callejeros, explosión en las redes sociales; asistí entusiasmada a muchos y diferentes eventos que las y los jóvenes produjeron sin ayuda para al hablar de Ayotzinapa, hablar de sí mismos y de sus miedos y esperanzas. Vi una comunidad estudiantil dispuesta a afectar y ser afectada por lo que sucede. Y, como venía siendo anunciando insistentemente desde por lo menos la emergencia de #YoSoy132, a lo público, llegó una generación que sabe tomar la calle y manejar las redes, con lenguajes que desafían las formas convencionales de entender la política.

Y porque re-contar es nombrar y al recontar 43 por 24 meses lo que se nombra es:

El quiebre del Estado Mexicano.

La corrupción y el deterioro de las instituciones.

El poder creciente del crimen organizado.

La fragilidad del tejido social.

La vulnerabilidad de las vidas precarizadas.

El desprecio del poder instituido por los Derechos Humanos.

El poder de ocupación del neoliberalismo predador.

La disminuida figura del presidente en turno.

Este y no otro es el momento mexicano.

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