Repensar el populismo: populismo y democracia

El populismo no siempre está en contra de la democracia: puede, incluso, ser fuente de salud democrática.

| Repensar el populismo

Lo mismo en América Latina que en Estados Unidos y Europa, el populismo se ha encontrado en el centro de la vida política de los años recientes. Con este ensayo, que ofrece una aproximación teórica a las relaciones entre el populismo y la democracia, comenzamos una serie de tres textos que se propone presentar nuevos elementos críticos para repensar este fenómeno político.

Sí, el espectro del populismo parece rondar el mundo. En América Latina, desde el triunfo de Hugo Chávez hasta hoy, de manos de Correa, Morales, Kirchner, Humala. En Europa, con los ascensos de Pablo Iglesias y Alexis Tsipras desde la izquierda, o los anteriores del Movimiento Cinco Estrellas en Italia y de la ultraderechista líder del Frente Nacional de Francia, Marine Le Pen. En México, desde luego, el populismo se asoma desde 2005 con López Obrador y hasta hoy, con el mismo López Obrador, “El Bronco”, Enrique Alfaro y personajes menores a quienes se endilga el calificativo.

En realidad, el populismo —siempre renovado— ronda el mundo desde hace tiempo. Desde el siglo XIX, movimientos calificados como populistas comenzaron a emerger en distintos países: Rusia, Austria, Francia. Sin embargo, el mayor esfuerzo teórico para comprender el fenómeno se hizo hasta la aparición de fenómenos populistas surgidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial en América Latina: los regímenes encabezados por Getulio Vargas, Juan Domingo Perón, Lázaro Cárdenas, que incluso se conocen como los “populismos clásicos”.

A partir de esta teorización, el fenómeno populista comenzó a asociarse con las formas históricas de estos regímenes, con el subdesarrollo y un modelo clientelar de relación sociedad-Estado. Asimismo, el populismo se percibió como una desviación en la ruta hacia una sociedad moderna. Al paso del tiempo, sin embargo, se reveló que había fenómenos populistas de características muy diferentes: populismos en países desarrollados y subdesarrollados y vinculados con distintos modelos económicos. En Argentina y Perú, por ejemplo, hubo populistas neoliberales en el tramo final del siglo pasado.

Debido a la pluralidad del fenómeno y a su surgimiento en contextos tan diversos, las capacidades explicativas del populismo como categoría deben ser amplias. No obstante, a la vez más valdría prevenirse de crear una categoría tan extensa que por querer explicarlo todo termine por no explicar nada. Para evitarlo, puede intentarse una caracterización que dé cuenta de sus rasgos mínimos, al tiempo que abra espacio a sus diferentes formas históricas.


Caracterizar el populismo

La política populista es un bicho raro. Se le ha definido como ideología tenue por contar con supuestos comunes que en la práctica pueden adquirir formas contrapuestas. Por ejemplo, tanto Pablo Iglesias como Marine Le Pen reivindican la Patria y el Pueblo, pero desde la izquierda el primero y desde la derecha la segunda. Del populismo se ha dicho también que es una lógica política, de articulación discursiva o, también, que es una estrategia. En lo que hay más acuerdo es en algunas de sus características mínimas. Podría decirse que –independientemente de su razones y ya sea entendido como estilo, forma de representación, estrategia o ideología– el populismo: a) hace un reclamo a la democracia realmente existente, b) sostiene un discurso moral a través de la voz de un liderazgo fuerte y carismático, y c) construye una identidad y una otredad polarizantes, representadas respectivamente como pueblo –constituido por un segmento social multiclasista– y élite, apareciendo esta última como un obstáculo para la realización de la voluntad popular.

El reclamo populista, desde luego, no surge de la nada, y entre sus condiciones de posibilidad pueden identificarse por lo menos cuatro tipos, que se presentarán en diferentes combinaciones y con pesos diferenciados en cada caso.

El primer tipo de estos factores sería el descrédito de los partidos políticos tradicionales, ya por corrupción, ya por indiferenciación entre ellos, incluso en democracias consolidadas. Esto es de lo que quiere darse cuenta en España cuando se habla del PPSOE o en México del PRIANRD.

El segundo serían las formas de interacción y comunicación novedosas al margen de las instituciones de representación tradicionales –por ejemplo, la estrecha relación del radio con el movimiento de Ross Perot, de Podemos con Youtube o, guardando toda proporción, “El Bronco” con Facebook–, que sirven no solamente para interpelar a la población que se siente excluida sino para, de algún modo, construir discursivamente esa exclusión –es decir, lo que en el lenguaje de muchos populistas equivaldría a “despertar al pueblo”.

El tercero sería el de los cambios asociados a los procesos de modernización, que a su vez podría dividirse en tres subtipos: a) los procesos inconclusos que, a pesar de modificar la estructura social, suelen excluir a muchos sectores de los beneficios de esos cambios; b) la irrupción de nuevos actores colectivos en modernizaciones “completas”, que, incluidos en el desarrollo, no son fácilmente asimilables en las instituciones políticas (como sucede en los populismos antiinmigrantes del Frente Nacional en Francia y el Partido de la Libertad en Austria), y c) lo que puede llamarse “desmodernizaciones”, para seguir a Roger Bartra (el caso de Podemos en España).

Finalmente, un cuarto tipo de factores es el de los eventos agraviantes que propician una subjetivación defensiva: guerras civiles, conflictos étnicos, atentados terroristas, etc.

Las circunstancias concretas que generan la oportunidad para el discurso populista tienen un peso no menor, pues determinan sus características: los populistas prometerán la inclusión de unos o la exclusión de otros, si se trata de un populismo fundado en las variantes de la modernización; hablarán de comunicación directa y verdadera representación política si fundan su credibilidad en la interacción mediática personalizada; prometerán una alternativa verdadera al régimen actual frente a las crisis de los partidos tradicionales o defensa y revancha ante un hecho considerado agraviante.

Hasta aquí, nada suena particularmente peligroso. Entonces, ¿de dónde saca el populismo su mala fama? Se diría que de la propensión al clientelismo, pero difícilmente podría sostenerse ese mito después de las muestras de políticas clientelares o de las crisis fiscales en gobiernos que respetan las normas de etiqueta de la democracia liberal (ver a Grecia, por ejemplo) y de los casos contrarios en países con liderazgos populistas (Bolivia).

El debate, en realidad, surge de la relación problemática del populismo –y su lógica estratégica– con la democracia. Cabe anotar desde ahora que hay sobre este tema dos visiones: una conservadora, que clama que el populismo siempre derivará en antidemocracia y descomposición política, y una que, aunque se ha calificado como radical, solo excluye cualquier fin predeterminado: el populismo puede ser benéfico para la democracia aunque no descarta que pueda tener derivas autoritarias. En México ha predominado la visión conservadora, contra la complejidad del debate sobre el tema en la ciencia política.


El populismo o la democracia “fea” y subversiva

Suele desconcertar que Aristóteles, en su tipología de los regímenes perversos, mencione a la democracia. Con cierto anacronismo, uno se pregunta: ¿No era la democracia precisamente el régimen más deseable? Por esta razón, muchos traductores del Estagirita han optado por usar la palabra “demagogia” en vez de “democracia” como un modo de ajustar la propuesta aristotélica a nuestros días –y de paso confundir a profesores y estudiantes de teoría política clásica.

Resulta que la democracia, en el sentido clásico, tiene características que parecían indeseables para los filósofos y que lo siguen siendo para muchos ciudadanos: no resulta atractivo –así dicho– tener muchedumbres, pobres e ignorantes tomando decisiones sin más autoridad que la de su número. No obstante, es esa característica misma la que da su base de legitimidad a la democracia. En ello coinciden teóricos elitistas y radicales: la democracia triunfa porque promete igualdad política: que cada uno valga lo mismo que el otro sin importar el origen, la clase, la riqueza, la honorabilidad o los grados académicos. Dicho así no suena tan mal.

La democracia entonces tiene extremos curvos y suaves por un lado, pero por el otro tiene puntas muy agudas. Debido a estas últimas, para los teóricos clásicos la democracia era un régimen más bien “feo”. Pierre Rosanvallon mostró en su historia del concepto democracia que, por razones similares, los revolucionarios franceses preferían decirse republicanos que demócratas y que no fue sino trastabillando que la democracia entró al lenguaje políticamente correcto. En el proceso de hacerlo, le limaron lo puntiagudo: lo deseable –la representación y la ciudadanía formal– permaneció contenido en la expresión “democracia” y lo indeseable –que incluye un cierto potencial subversivo de las muchedumbres movilizadas y uno ciertamente autoritario– se expulsó hacia la palabra “populismo”. Los populistas dirían que, justamente, defienden la sustancia democrática más allá de los formalismos elitistas. Siempre dirán ser demócratas, pero no siempre lo serán.

Margaret Canovan observó este fenómeno con precisión. Para ella, el rasgo específico del populismo en las sociedades modernas es el de apelar al “pueblo” en contra de la estructura de poder y de las ideas y valores dominantes.[1] Este rasgo le dota de su esquema de legitimación, de su estilo político y de su modo de presentarse. (Entonces, su contenido no puede estar predeterminado, depende del orden establecido y de los valores dominantes contra los que se alce.) El populismo es entonces una reacción contra algo, pero también un acto de apelación a una autoridad reconocida: los populistas hablan por el pueblo, apelan a la soberanía democrática, no a un interés particular. Su legitimidad es la misma que la legitimidad traicionada por la democracia realmente existente en su discurso. El estilo populista es “democrático” en el sentido de estar dirigido a la gente ordinaria. Su lenguaje es sencillo, franco y directo.

Pero si apelar a nociones de poder popular y decisión popular son cuestiones difícilmente anti-democráticas, ¿por qué entonces –se pregunta Canovan– son vistos los populistas muchas veces como un peligro contra la democracia? Para responder a esta interrogante, propone un esquema de análisis de las complejidades de la democracia moderna en el cual la ve partida en dos caras opuestas pero a la vez interdependientes: una “redentora” y una “pragmática”, planteando que en la brecha abierta entre ellas es donde se gesta la posibilidad del florecimiento del populismo.[2]

Cuando se abre una gran brecha en estos ámbitos, los populistas tienden a ocuparla con la promesa de la renovación de la democracia. Si bien a veces se amplía y a veces se reduce, está brecha siempre existe. ¿Es entonces el populismo un acompañante natural y omnipresente de los sistemas democráticos, independientemente de otras consideraciones? Canovan diría que sí, que el populismo es la sombra de la democracia.


Ser o no ser democrático

Como dije más arriba, incluso los teóricos de la democracia de élites sostienen que esta obtiene su legitimidad de la promesa de igualdad que hace. Esa promesa, desde luego, jamás se confirma, o si se quiere, con Rancière, tiene que confirmarse constantemente, por lo que la distancia entre realidad y legitimidad jamás está cerrada del todo. Es previsible que si la distancia es más grande, los espacios para el surgimiento del populismo serán más.

Pero nótese que aunque el populismo es en cierta manera consustancial a la democracia, no la acompaña siempre. En ese sentido, no es su sombra como Canovan sostiene. En esa brecha tiene que surgir una acción estratégica orientada a capitalizar las inconformidades de ella derivadas, a articular el diverso descontento. Sin esa acción estratégica no hay populismo posible y es por eso mismo que no hay populismo permanente. En ese sentido, me sumo a la propuesta de Benjamín Arditi: el populismo no es la sombra de la democracia, sino su “espectro”.

La forma del populismo de cohabitar con la democracia es una forma espectral, como Derrida dijera para corregir la mala traducción de la frase de Marx “un fantasma recorre Europa”. El populismo “ronda” (haunts) la democracia.[3] “Asediar” (hanter, umgehen, spuken, to haunt) es el modo de habitar de los espectros. “Estar” en un lugar sin “ocuparlo”. Los espectros “están” en la brecha. Siempre están. El espectro es siempre espectro de alguien o de algo, pero nunca ese mismo alguien. El populismo, por eso, no es idéntico a la democracia, nunca es la democracia misma.

En Hamlet (obra que Derrida retoma para exponer el modo de ser espectral), el espectro del difunto rey de Dinamarca lleva puesta armadura y casco. El espectro ve sin ser visto. Siempre es así. Como no podemos mirar al que nos mira –nunca nuestras miradas se cruzan– “no podemos identificarlo con certeza, estamos entregados a su voz […] solo podemos creerle bajo palabra”. Siempre puede tratarse de un impostor. El populismo puede ser siempre un impostor de la democracia: ya sea en el momento de torcer la institucionalidad a favor de una supuesta “salvación”; ya sea en el empoderamiento extremo del líder por la preferencia de una representación directa en detrimento de las instituciones intermediarias,[4] el populismo puede ser siempre cascarón de democracia, una (re)aparición espectral no democrática.

El populismo siempre proclamará ser democrático, pero habrá que verificar, fuera de su propio discurso, qué tanto lo es y si es que lo es. Esta es la lógica del asedio: “un espectro es siempre un (re)aparecido. No se pueden controlar sus idas y venidas porque empieza por regresar.[5]

Por último, habrá que rehacer un poco la fórmula: si el espectro es el ser-ahí de un ausente, si el populismo es el espectro de la democracia, entonces el populismo es –dependiendo de la singularidad del caso– el ser-ahí de la democracia ausente, tomando en cuenta que la democracia nunca está plenamente presente. La espectralidad no corresponde al orden de los presentes. El populismo actualiza –o no– a la democracia, pero siempre a la democracia por venir. El populismo puede o no encarnar el espíritu democrático. El populismo que actualiza a la democracia sería el populismo democrático; el populismo que la imposta, el antidemocrático.


El populismo en México: la lógica estratégica

No me parece que sea solo el populismo al que hay que creer bajo palabra. Lo mismo podría decirse de los políticos no populistas. De hecho, las demandas y propuestas de los demócratas liberales pueden parecerse mucho a las de los populistas: mejorar el sistema democrático, extender a todos los beneficios del crecimiento económico, acabar con la corrupción, imponer el estado de derecho.

La diferencia fundamental estriba en el modo de conseguir esos objetivos: el populismo clama por un desplazamiento del mal gobierno y pretende encarnar uno bueno. Naturalmente esto puede salir bien, como en el viejo cardenismo mexicano, que no derivó ni en continuismo ni en autoritarismo, pero también mal, si se considera que a) una vez en el poder, el populismo puede desplazar a las élites actuales por unas peores (el caso de Venezuela) o b) se traicione la promesa de desplazamiento y se cogobierne con “el mal gobierno” (Vicente Fox). Aun con lo dicho arriba, la del desplazamiento es una propuesta que a veces puede ser sexy y otras parecer urgente.

Seguramente, Andrés Manuel López Obrador podría coincidir con muchos de sus críticos (Héctor Aguilar Camín o Roger Bartra, por ejemplo) en que la reforma moral que precisa México es la del respeto a la ley, pero diferiría en el modo de lograrla. Se trata del mismo asunto planteado por Ariel Rodríguez Kuri: nuestras elites tienen un déficit de honor. La diferencia está en la consecuencia que se sigue de esto. La postura liberal diría que se solucionará mediante la confección de mejores leyes, castigos mediante el voto a un partido, y luego a otro y otro, hasta que se alcancen equilibrios virtuosos. Algo así como que nuestras élites se reeduquen a sí mismas mediante un complejo entramado legal, cultural y político. En eso hemos andado y la espiral de la corrupción parece no tener final.

Desde un punto de vista más desconfiado, se diría que es poco probable que dicha reforma moral vaya a suceder porque las élites que gobiernan se decidan a transformarse mediante la obediencia a la ley. Desde ese otro punto de vista –el populista–, habría más bien que reemplazar a las élites actuales (para López Obrador, la “mafia de los treinta y tantos” y las élites partidistas) para generar otra coalición reformista, con personas que no tengan el déficit de honor acusado por Rodríguez Kuri, lo que a su vez generaría incentivos para la reforma de los partidos tradicionales.

Como solución posible a la crisis de representatividad, me parece un planteamiento más realista el desplazamiento propuesto por el discurso populista –en este caso el de López Obrador– que la pretensión autoliberadora de las élites dominantes. Este discurso populista tiene, además, la ventaja de no ser antipolítico y expresarse por una vía partidista, a diferencia del discurso de ciertas candidaturas independientes que ha tendido a la polarización entre “ciudadanos” y “políticos”, como el puesto en escena por “El Bronco” en Nuevo Léon.

Que el populismo pueda ser no solo una amenaza sino también un correctivo y aliciente para la democracia parece un consenso en los estudios políticos de los últimos años.[6] Para Enrique Perruzzotti –me parece que a su pesar–, en los últimos tiempos se dice que el populismo principalmente “actúa como una fuerza correctiva contra las tendencias elitistas del gobierno representativo, ayudando a disolver la acumulación oligárquica del poder político que el gobierno representativo puede generar”.[7]

Pensando en 2018, puedo decir que en los dos estudios serios sobre populismo contemporáneo en México que conozco, se ha sostenido que el populismo lopezobradorista ha sido benéfico para nuestra democracia (Kathleen Bruhn) y que fue renovador en el gobierno del Distrito Federal (Jorge Basurto) (como creo podría serlo también en el gobierno federal).[8] No por ello debe obviarse la posibilidad de una deriva autoritaria populista desde otros frentes, por ejemplo, el de “El Bronco”, quien como presidente municipal de García, N.L. hiciera de su moral personal una política pública, promoviendo el voto de castidad. Aunque no haya un final predeterminado, la trayectoria de los populistas hoy puede decir mucho de su probable actuación mañana.


Referencias

[1] Margaret Canovan, “Trust the People! Populism and the Two Faces of Democracy”, Political Studies XLVII (1999): 3.

[2] El contraste entre las dos visiones de la democracia se hace manifiesto en tres puntos, en tres tensiones específicas, según ella. El primero de estos contrastes es que mientras la cara redentora promete la salvación, hace “la promesa de un mejor mundo a través de la acción por el pueblo soberano” (Canovan, 11), la pragmática “sólo” promete dar una solución pacífica a los conflictos, ve a la democracia como un conjunto de instituciones, procedimientos y prácticas. La segunda tensión se sigue de la anterior: mientras que la cara redentora sitúa al poder popular en el centro de su visión, la pragmática ve a la democracia simplemente como una forma de gobierno entre otras. Por último, mientras que la cara redentora tiene un fuerte impulso anti-institucional, la pragmática es fuertemente institucionalista. Las instituciones democráticas necesariamente se alejan del “pueblo”, lo cual presenta un contraste frente al reclamo de una expresión inmediata de la voluntad popular. La democracia no puede funcionar como gobierno sin instituciones alienantes. Sin embargo, también puede decirse que “las instituciones democráticas necesitan un ocasional aumento de fe como medio de renovación” (Canovan, 14). Sin esa fe no hay legitimidad democrática.

[3] Ver Jacques Derrida, Spectres of Marx (Routledge, 1994).

[4] Canovan, “Trust the People! Populism and the Two Faces of Democracy”, 14.

[5] Derrida, Spectres of Marx, 11.

[6] Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, Populism in Europe and the Americas. Threat or Corrective for Democracy? (Cambridge University Press, 2012).

[7] Enrique Perruzzotti, “Populism in Democratic Times”, en Carlos de la Torre y Cynthia J. Arnson, Latin American Populism in the Twenty-First Century (Woodrow Wilson Center-The Johns Hopkins University, 2013).

[8] Ver en el volumen de Mudde y Rovira citado arriba Kathleen Bruhn, “To Hell with Your Corrupt Institutions!: AMLO and Populism in Mexico”, 88, y el capítulo de Jorge Basurto en el libro Populism in Latin America editado por Michael Conniff.


(Foto cortesía de Hernán Piñera.)

Artículos relacionados