Elogio del artesano indómito

El artesano tradicional, a pesar de sus restricciones, siempre reivindica la capacidad de autogobernarse. Esta es una lección indispensable en un mundo donde el trabajo común es cada vez más enajenante y aburrido.

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El mundo moderno concibe al artesano como un ser laboral desterrado. El asentamiento del capitalismo dio por hecho que la máquina terminaría por incorporar, totalmente y sin reparos, toda fuerza de trabajo y formas laborales históricas.

Desde tiempos prehispánicos, el artesano ha estado presente como macehualli trabajando la madera, el pedernal, la obsidiana. En tiempos de la colonia el artesano se apropió y reinventó oficios como el soplado, el grabado, la cartonería. En el siglo XIX, la mayoría de la población era campesina o artesana; durante la segunda mitad de ese siglo, diversas circunstancias económicas y políticas golpearon el mundo de los oficios: el surgimiento del comerciante, la naciente industrialización, las leyes liberales del Estado que atentaban contra los gremios y orillaban al artesano a una situación laboral cada vez más precaria e incierta.

Esto condujo a diversas formas de resistencia, como la creación de sociedades de apoyo mutuo basadas en la solidaridad, la propagación de la idea anarquista y su incorporación a las luchas y huelgas junto con la clase obrera emergente.

Desde entonces, muchos artesanos, junto con el campesinado, se convirtieron en asalariados fabriles y trabajadores de servicios, porque la acumulación incipiente así lo requirió. Sin embargo, el sistema del capital nunca absorbe totalmente.

Es así como el artesano urbano continúa existiendo: son hacedores-sabedores inmersos en el taller. Al igual que el resto de la clase trabajadora, el artesano contemporáneo enfrenta la precariedad creciente, además de la tensión entre continuar realizando su práctica con sus ritmos, modos y tiempos propios frente a la presión por integrarse al mundo de trabajo ofrecido y requerido por el capital.

Contra todo pronóstico, en el siglo XXI el artesano de oficio tradicional permanece. En un mundo dominado por la enajenación y la precarización, para repolitizar nuestra relación con el trabajo, la máquina y la producción, hoy podemos rescatar las complejas enseñanzas de estos artesanos tradicionales.


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El trabajo dominante es cada vez más fragmentado, automatizado y aburrido; el trabajador se desempeña de manera obediente y disciplinada; tiene que ser más productivo, trabajando con herramientas que no le pertenecen, creando objetos que no son suyos.

Este tipo de trabajo produce esa condición de extrañamiento con el mundo al que Karl Marx denominó “enajenación”. Además de mantener a la clase trabajadora en una perpetua necesidad nunca satisfecha, la enajenación limita y embota las potencialidades humanas.

El trabajo que reivindica el artesano, si bien no es totalmente autónomo ni libre, pues se mantiene insertado en la circulación del capital, mantiene rasgos que pueden ser recuperados y que nos pueden guiar para imaginar otro modo de trabajo no sujeto a la valorización del dinero.

Uno de esos rasgos es la capacidad de saber hacer. Saber hacer mantiene integrado de manera indisoluble el pensamiento y la práctica, lo intelectual y lo manual erróneamente considerado antagónico y en constante separación. Implica aprendizaje, desarrollo de habilidades y destrezas, sensibilidad, conciencia de los materiales y corporalidad, intercambio de saberes, imaginación y reflexión para poder resolver problemas prácticos de la vida común.

Esta capacidad de hacer por nosotros mismos brinda una posibilidad que el trabajo disciplinado y obediente diariamente niega, que es la de elegir y conducir la vida, autogobernarse.

El artesano ha mantenido estos rasgos esenciales que es necesario recuperar para darle otro sentido político al trabajo.



En la Ciudad de México, megalópolis en continuo crecimiento, precisamente la colonia Obrera ha sido terruño histórico de oficios tradicionales y hasta ahora se mantiene como una especie de semillero de saberes: posiblemente en cada calle hay talleres dedicados a un oficio específico. Vista así, la colonia Obrera, como casa de talleres, es también una escuela de imaginación laboral.

Existen los artesanos que reparan y los que trabajan por encargo. Encontramos a quienes trabajan la madera como carpinteros, ebanistas y torneros; oficios dedicados a las artes gráficas: fotograbadores, grabadores en acero, impresores, serigrafistas, acabados y suajes, encuadernadores; quienes se dedican al vestido: sastres, costureras, mochileros; trabajadores de metales como herreros, soldadores, torneros de metal y mecánicos; reparadores de zapatos, motores, relojería, joyería, guitarras, tapiceros.

El taller artesanal como espacio de trabajo humano es también un hogar, esto quiere decir que vida y trabajo se encuentran entrelazados en él. Desde ojos extraños, resultan pequeños y amontonados, incluso caóticos o desordenados pero ahí, en el taller, cada cosa tiene su función y su lugar, las herramientas, muebles, materiales, máquinas y adornos se entremezclan armónicamente para conformar el espacio adecuado para realizar el oficio. El acomodo y la estética del taller es resultado de años de quitar y poner según las necesidades, de gusto e historia del artesano. Ahí también se tejen relaciones cotidianas cara a cara, con los compañeros de trabajo, los vecinos, clientes y demás visitas. El taller es un espacio de compartición de saberes que se presenta como una extensión del artesano. En el taller no solo se imprime la actividad laboral sino la personalidad de los artesanos y sus propios modos de trabajo.

Richard Sennett ha observado que la artesanía: “designa un impulso humano, duradero y básico, el deseo de hacer bien una tarea sin más”. Para lo anterior se requieren años de práctica y pericia: el aprendizaje del artesano es lento, gradual y permanente. Implica mantener una conexión, entre mano y cabeza dialogando con los materiales y herramientas, poniendo en práctica las técnicas aprendidas y la capacidad de imaginar, el ingenio para proyectar cómo se va a realizar tal o cual objeto.

Luis Méndez se dedica al grabado en metal desde hace 54 años. Durante media hora, tiempo estimado de grabado, su cuerpo se mantiene casi estático, en una posición erguida mirando a través de su microscopio. Observando con atención, nos daremos cuenta que sus dedos, mano, muñeca y antebrazo están accionando hábilmente, dirigiendo el buril con la fuerza necesaria para realizar el grabado. Su vista, cabeza y mano se encuentran concentrados en esta labor, dialogando con la solera y el buril.

De igual modo la repetición es un ingrediente necesario, una de las principales críticas al trabajo dominante de rutina. Esta repetición pesa y aburre porque no tiene ningún fin más allá; en cambio, en la artesanía repetir los movimientos es entrenarse: la repetición se hace para lograr algo más que es un dominio que permitirá ir progresando y cambiar el contenido de la acción.

Tal es el caso de Gregorio Rodríguez, sastre desde hace 55 años. El primer aprendizaje que le mostró su maestro fue insertar el hilo en la aguja y hacer costuras simples. Para lograr esto, le amarraba con un hilo el dedo a la aguja, al repetir un movimiento básico aprendía la técnica correcta de hacerlo, lo que después le permitió aprender otro tipo de movimientos y otras formas de coser.

Todos estos elementos (imaginación, repetición, práctica y técnica) permiten comprender lo que se hace y desarrollar una habilidad concreta. Otra vez Sennett:

La habilidad se construye moviéndose de manera irregular. Y a veces dando rodeos. El desarrollo de una mano inteligente muestra algo así como un progreso lineal. Es necesario sensibilizar la mano en la punta de los dedos, capacitarla para razonar a través del tacto. Una vez conseguido esto, es posible abordar los problemas de coordinación. La integración de la mano, la muñeca y el antebrazo da lecciones sobre la fuerza mínima. Cuando se ha aprendido esto, la mano puede trabajar con el ojo para mirar físicamente adelante, para anticipar y, por tanto, mantener la concentración.

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Saber hacer implica también conocer y poder realizar casi todos los pasos del proceso de producción. Los artesanos realizan un producto de principio a fin. Hacen una cosa a la vez y no en serie ni en cantidades exorbitantes, esto les permite tener control sobre su trabajo (y sobre sí). Al fabricar de principio a fin, el producto no le es ajeno.

Edith Vargas, tornera desde hace 25 años, comenta:

Cuando haces algo en todo su proceso (desde el diseño, ir pensando cómo hacerlo, elegir los materiales, comenzar a hacerlo y terminarlo) plasmas parte de ti en el producto, poner una parte muy esencial dentro de cada una de las piezas. Entonces se crea un afecto muy personal y, aunque la artesanía no es tuya, la sientes como tuya, llevan tu sello.

Los tiempos y ritmos de fabricación del artesano confrontan la velocidad experimentada en la producción de mercancías industriales. Frente a esta productividad sicótica, el artesano reivindica la lentitud en el hacer.

Otra de las características de este hacer, es que el producto artesanal no es estandarizado, ya que la principal herramienta es la mano y esta hace de manera irregular.

La irregularidad, en el trabajo imperante, al pasar por el departamento de calidad, es considerada un defecto. Mientras que en el mundo del artesano, significa la marca personal de quien lo hace, la originalidad.

Sennett menciona algo similar cuando hace alusión a las mercancías manufacturadas y maquiladas:

Es posible que para lograr una forma perfecta haya que eliminar las huellas, borrar la evidencia del progreso del trabajo. Una vez desaparecida esa evidencia, la obra aparece inmaculada. La perfección de esta limpieza es una condición estática; el objeto no ofrece señal alguna de la historia de su producción.

Para Edith, la mano es una herramienta que permite lo que otras no, la sensibilidad:

Lo que pasa es que cada pieza habla de la mano del artesano, es como su firma y las firmas nunca salen igual. El acabado que se le da, la forma, la curva, todo eso habla de quién lo hizo. Una cosa es hacerlo mal, que no sirva que no sea bonito, pero otra es no hacerlo igual, para nosotros lo estándar no es igual a calidad.

Como menciona, en este modo de hacer va implicada también la calidad: los muebles de madera llegan a servir durante generaciones; los zapatos pueden ser reparados en varias ocasiones; el traje sastre aguantará varias puestas. La calidad de su trabajo es algo que reconocen frente a los productos manufacturados y la obsolescencia programada.

Otra relación interesante es respecto a las máquinas y herramientas. Cierto es que el motor es una constante y que utilizan máquinas eléctricas además de las herramientas manuales. Con el advenimiento del capitalismo, la máquina apareció ya no sólo como una herramienta sino como un sujeto que subordina al humano. La máquina comenzó a representar una amenaza en la medida que en vez de ser un instrumento de apoyo para los trabajadores se convirtió en una competencia que nunca se cansa, no se queja y trabaja con mayor rapidez. “¿Es la máquina una herramienta amiga o un enemigo que sustituye el trabajo de la mano humana?”, se pregunta Sennett.

En el proceso de hacer manualmente o con herramientas aliadas, se aprende y se da una circulación y retroalimentación entre la cabeza y lo que se hace. A medida que la máquina sustituye el trabajo físico, además de prescindir del trabajador y volverlo un operador, se pierde esa experiencia. El resultado final que realiza la máquina pocas veces es realmente comprendido por las personas.

Walter Loeza es ebanista desde hace 46 años y ha experimentado los cambios tecnológicos en torno las herramientas para trabajar la madera. Sobre la máquina, él opina:

En el sentido de la industria grande, la máquina es la que piensa “toca el botón”. ¿Qué aprende la persona que está sentada ahí veinte o treinta años? Y tiene todas las enfermedades porque lleva una vida sedentaria y sin conocimiento. El día que el patrón le diga “¿Sabes qué?, vamos a cambiar esa máquina y no me sirves, tengo otra persona más joven y con mayor conocimiento para la máquina que me van a traer ¡a volar!” ¿Te imaginas qué angustia? Si vas a tocar un botoncito 24 horas, ¿qué estás aprendiendo?

Y agrega:

Anteriormente, trabajaba casi manual, la gran mayoría era manual, el 70% de la herramienta manual que se usaba hace muchos años, se ha relegado. En este sentido, yo no dejo de trabajar con aparatos manuales, porque esa es la habilidad que uno debe de tener. De origen tiene uno que aprender las cosas. Si tú aprendes con una máquina, no vas a poder agarrar un lápiz y hacer una cuenta; ya te acostumbraste a agarrar una calculadora y que te dé una respuesta y si la máquina está mal, pues te falla todo.

Lo anterior nos permite apreciar un poco cómo es la relación del artesano con la máquina. En primer lugar, la adquisición de la máquina responde a necesidades reales, sobre todo, a la disminución del tiempo de producción.

Se adquieren a través del tiempo y por lo regular son máquinas viejas y usadas que se han conseguido en tianguis o que son desechadas por grandes fábricas aun siendo útiles.

Esta condición de la máquina hace que por lo regular sean herramientas con desperfectos. Sennett apunta que esas averías provocan al artesano a ir más allá, a utilizar el ingenio para arreglarla y al arreglarla la comprende aún más:

La utilización de herramientas imperfectas o incompletas estimula la imaginación a desarrollar habilidades aptas para la reparación e improvisación.

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Es común que los artesanos hagan adaptaciones a las máquinas. Ya sea para repararlas, para sustituir una pieza en vez de comprarla en el mercado, para mejorarla o porque está limitada según las necesidades del oficio.

Ejemplos como estos hay infinitos.

En la imprenta de Jesús, su herramienta principal es una Offset que ya estaba considerara obsoleta, recurriendo a mecánicos y torneros la echaron a andar. Esta máquina utiliza una bomba que gotea constantemente agua para mantener humedecido el rodillo con tinta. Tal bomba tiene un costo de 300 pesos, Javier -que es el impresor- ingenió su propia bomba de agua, consiste en un bote plástico de refresco lleno de agua, con un hoyo en la tapa colocado de manera inversa y sujetado al rodillo. Suelta una gota de agua cada segundo.

Otro ejemplo que denota el tipo de relación con la herramienta es que se hacen las propias herramientas, las llamadas “hechizas”. En los talleres artesanos es común que en respuesta a la falta de herramientas precisas para su oficio o inutilidad de las ofrecidas en el mercado, el artesano haga sus propias herramientas o modifique las que tiene de acuerdo a sus necesidades.

Por ejemplo, Edith observa que los tornos americanos están pensados para un prototipo de persona, hombre de alta estatura y occidental, pero, como ella es mujer y de baja estatura, entonces trata de adecuar las herramientas a su corporeidad utilizando tarimas para poder ejercer la presión suficiente sobre el torno.

La relación con los materiales y el modo de producir importan bastante cuando se trata de cuestionar el trabajo. Las personas aprendemos de nosotros mismos y de los demás por lo que hacemos y las cosas que producimos, a la vez que a partir de nuestra práctica nos transformamos. El modo de hacer en el trabajo artesanal y el modo de concebirse con los materiales tiene rasgos interesantes que no solo pueden asimilarse como particulares, sino que se confrontan con la forma de organizar, hacer y relacionarse con las máquinas en el trabajo industrial y el trabajo imperante.


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Otra cuestión fundamental a tomar en cuenta son las problemáticas que el artesano enfrenta, que son muchas y son agudas, al igual que a la mayoría de la clase trabajadora en este país, con sus propias particularidades. Mencionaremos algunos de ellos.

La presión del mercado y la condición de sobrevivencia a la que empuja su lógica. Cada oficio localiza una parte de la producción masificada que lo afecta, entre ellas: las modas, la producción de mercancías baratas, las nuevas tecnologías. El mercado es un terreno complejo al que el artesano trata de adaptarse sin perder la esencia de su oficio.

El precio de su trabajo casi nunca es respetado. Los trabajadores de la colonia Obrera comentan que no se valora el tiempo dedicado ni los saberes depositados. A esto se suma la existencia del intermediario en algunos oficios: él es quien hace acuerdo con el cliente y, por tanto, se queda con una parte del pago al trabajo, sin haber trabajado.

También muchos de los talleres no les pertenecen y deben de cumplir con rentas. Es común que el trabajo del mes se gaste solamente en mantener el espacio. Y se debe agregar el problema con los impuestos, ya que como el artesano no tiene figura legal se le considera a su taller pequeño negocio o a él pequeño empresario, lo que causa cobros de impuestos y servicios muy por encima de sus posibilidades.

Este panorama se completa con una condición innegable y compartida por la mayoría de la población: la falta de empleo. El trabajo del oficio tradicional ha menguado. Los artesanos de la colonia Obrera persisten, pero muchos de ellos han visto como compañeros suyos se han retirado del oficio y cambiado de ocupación.

Algunos de ellos consideran que su oficio va en declive, les preocupa su situación personal pero también que el oficio que ellos han reivindicado toda su vida se pierda definitivamente. Otros piensan que no será así, que el oficio artesanal sigue siendo base fundamental en la producción y que la gente común continuará recurriendo a ellos.

Han buscado nuevas formas para continuar existiendo, haciendo más cosas de las que de por sí hacen: el ebanista restaura muebles antiguos; el hijo del sastre ofrece su trabajo a escuelas y oficinas para uniformes; el mecánico industrial ha aprendido a diseñar máquinas a través de tutoriales y fotografías en internet.

Más allá de la situación crítica, los atraviesan también otras subjetividades. El gusto y el orgullo por el oficio: la satisfacción de saber hacer bien algo, de crear y, en el crear, seguir aprendiendo, de hacer un trabajo que no aburre ni aliena, la experiencia forjada en años, el conocimiento profundo del material con que se trabaja.

También existe un orgullo de haber logrado no trabajar para nadie, ser asalariado y que el modo de hacer y los ritmos de trabajo estén regulados por alguien externo o tener que presentarse a horas impuestas. Muchos de ellos han tenido la experiencia de trabajar en fábricas y comentan que ahí su trabajo no es reconocido, que ahí los trabajadores se pierden y se vuelven personas indistintas. Lo que se observa, y ellos comentan abiertamente, es que no existe separación entre su vida y el oficio. Son artesanos todos los días.


Mucho se ha debatido sobre la situación del trabajo, sobre sus posibles sentidos e incluso su extinción. Pero, mientras las ciencias, las artes, técnicas, las herramientas sigan apropiadas en pocas manos, manos ajenas y dedicadas al lucro, la liberación del trabajo y del tiempo no tendrán cabida.

Recuperar el saber hacer del artesano nos permite acercarnos a un modo de trabajar que se consideraba extinto o en vías de extinción; sin embargo, lo observado nos enseña otra cosa: que el artesano, además de mantenerse activo, ha cuidado un modo de trabajar que en la sociedad moderna se ha ido perdiendo: un modo de trabajar más humano.

Al inicio del texto mencioné que una de las enseñanzas del saber hacer es la posibilidad de autogobernarse pero ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que todo ese conjunto de saberes, conocimientos, ingenio, experiencia, habilidades, imaginación, dedicación y hábitos sirven cuando se ponen en práctica para resolver las cuestiones comunes de la vida, dar solución a problemas y atender las necesidades de los pueblos. Esta riqueza en manos de seres comunes y lejos de la lógica del valor, realizada con autodeterminación, permite trabajar de otro modo, desde otra lógica y, sobre todo, permite liberar el tiempo del trabajo para dedicarlo a otras actividades no-productivas de la vida.

(Foto principal: cortesía de -Ronin-; fotos del cuerpo del texto: Estefanía Palacios.)


Bibliografía consultada

–Illades, Carlos y Mario Barbosa (coordinadores). Los trabajadores de la ciudad de México 1860-1950. Textos en homenaje a Clara E. Lida (COLMEX Y UAM, 2013).

–Marx, Karl. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844.

–Marx, Karl. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858 (Editorial Siglo XXI, 1989).

–Novelo, Victoria. “Ser indio, artista y artesanos en México”, en Espiral, estudios sobre Estado y Sociedad (2002). vol. IX, núm. 25. pág: 165-178.

–Palacios Hernandez, Lylia (coordinadores). Oficios urbanos tradicionales de Monterrey: el lado invisible de la cultura laboral regiomontana (UANL, 2014).

–Sennett, Richard. El Artesano (Anagrama, 2009).

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