Empatía y vulnerabilidad en la era digital

El mundo digital elimina, es cierto, la distancia entre el espectador y las escenas de brutalidad. Pero ¿esto produce respuestas voyeristas o solidarias?

| Políticas de las imágenes

Con este ensayo, sobre las respuestas digitales que generan las imágenes violentas, concluimos nuestra serie dedicada a las políticas de las imágenes.

Si bien los avances tecnológicos del siglo XXI nos han traído maneras sin precedentes de conectarnos entre nosotros a través de las redes sociales, también podrían estar produciendo una creciente sensación de aislamiento. Nos sentimos atraídos por sentimientos de soledad mientras navegamos en un mundo cada vez más digitalizado, incluso si la vulnerabilidad de la vida humana está visualizada completamente: de grabaciones de celulares de las muertes de estadounidenses negros a los videos de aquellos que están documentando su precaria existencia en los escombros de Alepo; del Facebook Live de la tortura de un adolescente con necesidades especiales en Chicago a la grabación del infame “ataque del ataúd”, en el cual dos granjeros sudafricanos forzaron a un hombre a meterse en un ataúd mientras lo amenazaban con aventar una serpiente adentro y prenderlo en llamas.

No solo tenemos más vistazos en tiempo real de los horrores del salvajismo humano, sino que también sentimos una creciente intimidad con la vulnerabilidad de las víctimas. Estos desarrollos podrían, en teoría, producir mayor empatía y mayor acción empática, pero las respuestas a esos horrores por lo general toman la forma del voyerismo, el culpar a la víctima, el shock, la indignación momentánea y la lástima –ninguna de las cuales son motivadores suficientes para los tipos de activismo que se necesitan.

La fabricación de las respuestas empáticas es necesaria para construir y mantener propósitos políticos significativos, pero la empatía requiere paciencia y trabajo duro. La creación activa de la empatía ayuda a las comunidades a desarrollarse y enfocarse en desafíos estructurales de largo plazo, al tiempo que permite mantener el difícil trabajo de la reflexión individual y colectiva. Identificarnos con las necesidades y perspectivas de los otros permite la apertura y el aprendizaje, así como la incorporación de nuevas perspectivas y otras formas de pensar. Estas son herramientas cruciales en la construcción de nuevos movimientos sociales, alianzas y coaliciones.

Pero donde la empatía es reclamada, estas otras respuestas al sufrimiento en internet son fáciles. Tomemos al voyerismo, la respuesta más fácil de todas. Con el voyerismo, el dolor, el sufrimiento y la humillación de la víctima son transformados de lo visceral a lo espectacular. Por extensión, la víctima es transformada de un humano viviente, que respira y siente y que merece, por tanto, dignidad, en un objeto de entretenimiento. Los peligros de esta respuesta no son nuevos, aunque la tecnología lo sea. Hacen eco del funcionamiento, la naturaleza pública y la caza de recuerdo de los linchamientos en los Estados Unidos, que necesitaban una proximidad íntima entre la víctima, el perpetrador y el espectador –formando “barreras de miedo y odio entre y dentro de las comunidades”.

Es en este contexto que las redes sociales son extremadamente importantes. El mundo digital acaba con la distancia entre el espectador y la escena de brutalidad, incrementando tanto el poder y la posición del observador como la vulnerabilidad y el desempoderamiento de la víctima. Cualquier agencia ganada por estas interacciones es inútil al menos que sea convertida en empatía y en acciones que tomen a los otros como seres humanos iguales y plenos.

La acción de culpar a las víctimas opera parecidamente al voyerismo, excepto que también pretende reforzar el poder normativo percibido de los acusadores y los perpetradores, un tipo de poder que es legitimado por quien culpa a las víctimas a través de su relación con la víctima. Este desbalance de poderes está justificado por el engaño según el cual la víctima merece el trato que recibe como resultado de sus acciones y sus creencias: las víctimas se vuelven, así, en daños colaterales en la búsqueda de un bien mayor, un sentimiento reflejado en un comentario del video del ataque del ataúd que dice: “Esta es la culminación de años de personas matando a granjeros en Sudáfrica y tomando sus tierras.”

El shock es otra respuesta maleable a estos horrores. Naomi Klein ha escrito extensamente sobre las maneras en que las instituciones neoliberales han utilizado el shock colectivo para incrementar su poder y transformar la sociedad. Sin embargo, el shock momentáneo también puede ser utilizado para realizar acciones empáticas, si la exposición de la vulnerabilidad se lleva a cabo de manera efectiva. Esto requiere la construcción de comunidades de prácticas sociales y políticas en las que el shock, la empatía y la acción colectiva estén conectadas continuamente. El programa Books and Breakfast de HandsUp United provee una buena imagen de lo que esto significa en la práctica. Con el intercambio de comidas y literatura, una política de solidaridad y responsabilidad se puede formar.

A primera vista, la siguiente reacción a los eventos horribles atestiguados en las redes sociales –la indignación momentánea– tiene más mérito que las otras porque permite cierto nivel de identificación con el sufrimiento. Sin embargo, la naturaleza empática de esta respuesta está limitada generalmente por la absoluta inmediatez de las interacciones digitales. La duración del descontento por un evento y su reflexión/provocación siempre son detenidas por la nuevas e intensas estimulaciones que vienen de nuestros celulares, laptops, relojes digitales y nuestras tabletas. En el proceso, nuestra indignación con la injusticia es por lo general demasiado fugaz para permitir cualquier reflexión significativa o la organización de respuestas considerables.

No obstante, el pragmatismo de las políticas de centro demanda que los líderes sigan la lógica de la indignación momentánea en sus acciones, aunque las promesas para rectificar las injusticias raramente son seguidas de cambios estructurales o de largo plazo. Esto deja espacio para que los políticos reaccionarios se aprovechen de ese dolor genuino que no ha sido traducido a acciones. En este contexto, estas figuras reaccionarias aparecen como “narradores de la verdad”, incluso si sus argumentos carecen de facticidad. Por ejemplo, el sitio Danger and Play promovía que los perpetradores de la tortura del adolescente con necesidades especiales de Chicago formaban parte del movimiento #BlackLivesMatter y que este hecho reflejaba sus valores –luego se demostró que estos señalamientos eran un sinsentido, y que los supuestos perpetradores habían sido acusados debidamente de crímenes de odio por capacidad.

Por último, la lástima puede ser la más perjudicial de todas las respuestas. En el peor caso, es utilizada condescendientemente en proyectos de estratificación social, utilizando el sufrimiento de la víctima para esencializar y estabilizar su vulnerabilidad, al tiempo que empodera al observador. En el mejor, es llevada por mal camino, arrebatando a la víctima su experiencia y transfiriendo la lástima a otra persona y el grupo que representa. Uno solo tiene que echarle un vistazo a la sección de comentarios del sitio conservador Breitbart News parta atestiguar cómo se transforma la vulnerabilidad humana en lástima solo por el poder –por ejemplo, la línea tan repetida de que “es tiempo de dejar de pretender que las personas blancas son el problema”. La lástima también se manifiesta como un reconocimiento pasivo del sufrimiento, una aquiescencia de las condiciones presentes que previene cualquier acción significativa. Si no son seguidos por cambios estructurales, los sentimientos personales de impotencia y las soluciones políticas temporales como la ayuda humanitaria solo reflejan y refuerzan el poder de la lástima.

La creciente proximidad al sufrimiento que es ofrecida en las redes sociales provee un espejo de nuestra propia vulnerabilidad y, por lo tanto, de la humanidad. Indudablemente, esto puede ser aterrador, pero en vez de escapar de estas experiencias deberíamos aprovecharlas. Debemos evitar ocultarnos del sufrimiento de los otros porque al hacer esto limitamos nuestra capacidad de empatía, acción e inspiración. Ser humano es ser vulnerable. Somos presas de la incertidumbre; nadie nos promete el mañana.

La acción significativa y la construcción empática requieren de mucho trabajo duro en lo intelectual, lo emocional y lo práctico. Estas tareas demandan fuerza, y no pueden ser completadas solas. La tecnología puede interferir con estas tareas pero también puede apoyarlas, si logramos encontrar maneras de vincular y unir nuestros fracturados sentidos personales y comunitarios, en vez de dejar que las redes sociales y el internet nos separen. Para lograr esto, debemos encontrar nuevas maneras de recombinar los elementos reales y virtuales con los que respondemos al sufrimiento, y también debemos modificar nuestras nociones del tiempo y la distancia. Debemos desafiar la naturaleza de la inmediatez de las redes sociales que desactiva la reflexión significativa, al tiempo que activamente desarrollamos un nuevo sentido de solidaridad, pues queda claro que somos más fuertes unidos que separados.


Este texto fue publicado originalmente en OpenDemocracy.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de Marina Shemesh.

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