Endeudados, mediatizados, seguritizados, representados: la vida en el neoliberalismo

Mucho más que un set de políticas económicas, el neoliberalismo ha desatado una “transformación antropológica”, aseguran Michael Hardt y Antonio Negri. Estos son los hombres y las mujeres de la era neoliberal.

| Teoría

Se sabe: a estas alturas, más de cuarenta años después de su primera prueba en el Chile de Augusto Pinochet, el neoliberalismo ha hecho mucho más que transformar la configuración económica del planeta. Ha abatido los regímenes de protección social. Ha insertado el principio de la competencia económica –antes más bien acotado al mercado– en todos los órdenes de la vida. Ha hecho de la empresa el modelo básico de la organización social y política. Ha inventado nuevas formas de precarización. Acaso más importante: ha desatado –como han observado Michael Hardt y Antonio Negri y, antes de ellos, Michel Foucault– una “transformación antropológica” que ha producido ya nuevos sujetos.

En la primera parte de Declaración (2012) –su acompañamiento teórico a los movimientos sociales de 2011 y una suerte de apéndice a su célebre trilogía: Imperio (2000), Multitud (2004) y Commonwealth (2009)– Hardt y Negri exploran las cuatro “figuras de subjetividad” que, a su juicio, ha fabricado el neoliberalismo y que atestan nuestro presente: el endeudado, el mediatizado, el seguritizado y el representado.

En un entorno en que el sistema de welfare ha dado paso a uno de debtfare, el endeudado ha tenido que vender su vida al enemigo, el acreedor, y trabaja sin descanso para pagar una deuda finalmente impagable:

Está emergiendo una nueva figura del pobre que no solo incluye a los desempleados y a los trabajadores precarios con trabajos irregulares y a tiempo parcial, sino también a los trabajadores asalariados estables y a los estratos empobrecidos de la llamada clase media. Su pobreza se caracteriza ante todo por las cadenas de la deuda. Hoy la creciente generalización del endeudamiento marca una vuelta a relaciones de servidumbre que recuerdan otros tiempos. Y, sin embargo, mucho ha cambiado. Marx caracterizaba con ironía la condición mejorada de los proletarios que surgieron con la era industrial como Vogelfrei, libres como pájaros en la misma medida en que están doblemente libres de propiedad. Los proletarios no son la propiedad de los señores y por ende están libres de los vínculos de servidumbre medievales (esa es la parte buena), pero también están libres de la propiedad en el sentido de que no tienen ninguna.

Hoy los nuevos pobres siguen estando libres en el segundo sentido, pero mediante su deuda son, una vez más, propiedad de sus señores, ahora señores que dominan mediante las finanzas. Renacen las figuras del siervo y de la servidumbre por contrato. En una era anterior, los inmigrantes y las poblaciones indígenas en América y Australia tenían que trabajar para resarcir sus deudas, pero con frecuencia su deuda no hacía sino aumentar constantemente, condenándoles a una servidumbre indefinida. Incapaz de levantarse de la miseria a la que se ve reducido, el endeudado está atado a cadenas invisibles que ha de ser capaz de reconocer, comprender y romper para ser libre.

Absorbido por la tarea de recibir y compartir información, el mediatizado está al margen de la comunicación más importante, la que ocurre cuando se está junto a otros cuerpos en un mismo espacio, construyendo horizontalmente afectos políticos:

En eras anteriores, a menudo daba la impresión de que en relación con los medios de comunicación la acción política se veía sofocada ante todo por el hecho de que las personas no tenían acceso suficiente a la información, o a los medios para comunicar y expresar sus propias opiniones. […] Sin embargo, nos preocupa más el modo en que hoy los sujetos mediatizados sufren del problema contrario, sofocados por un exceso de información, comunicación y expresión. “El problema ya no consiste en hacer que las personas se expresen”, explica Gilles Deleuze, “sino en procurarles espacios de soledad y de silencio a partir de las cuales tendrían  finalmente algo que decir. Las fuerzas de represión no impiden que las personas se expresen; por el contrario, les fuerzan a expresarse. Deleite de no tener nada que decir, derecho a no tener nada que decir, puesto que esa es la condición para que se forme algo raro o enrarecido que merezca un poco ser dicho.”

[…]

Mientras que la conciencia del trabajador alienado está separada o dividida, la conciencia del mediatizado está subsumida en o absorbida por la red de redes. La conciencia del mediatizado no está verdaderamente escindida, sino fragmentada y dispersa. Además, en realidad los medios de comunicación no hacen que seas pasivo. De hecho, apelan constantemente a tu participación, a que elijas lo que te gusta, a contribuir con tus opiniones, a narrar tu vida. Los medios de comunicación son receptivos en todo momento a tus gustos y aversiones, y en contrapartida tú estás constantemente atento. De esta suerte, el mediatizado es una subjetividad que, paradójicamente, no es activa ni pasiva, sino que tiene la atención constantemente absorbida.

Así como el endeudado trabaja para pagar una deuda de la que es en teoría “responsable”, y el mediatizado teje redes que terminarán por aislarlo de los otros, el seguritizado también contribuye a su propia condición: motivado por el miedo, es vigilado y a la vez vigila:

Uno no es solo el objeto de la seguridad, sino también el sujeto. Respondemos al llamamiento a estar atentos, constantemente alerta ante una actividad sospechosa en el metro, los taimados propósitos de nuestro compañero de asiento en el avió o las intenciones malévolas de nuestros vecinos. El miedo justica ofrecer nuestro par de ojos y nuestra atención despierta a una máquina de seguridad aparentemente universal.

Hay dos dramatis personae en la sociedad seguritizada: los reclusos y los guardias. Y somos llamados a interpretar ambos personajes al mismo tiempo.

[…]

Decir que somos objetos y sujetos de vigilancia como reclusos y guardias en una sociedad cárcel no significa que estemos todos en la misma situación o que ya no haya una diferencia entre estar en la cárcel y estar en la calle. De hecho, en las últimas décadas el número de personas encarceladas en todo el mundo ha aumentado enormemente, sobre todo si en esa cantidad incluimos no solo a las personas presas en cárceles convencionales, sino también a las que están bajo supervisión judicial, en centros de detención, en campos de refugiados y en mil distintas formas de encarcelamiento.

[…]

Así pues, el seguritizado no es una figura homogénea. De hecho, los grados infinitos de encarcelamiento resultan cruciales para el funcionamiento de la subjetividad seguritizada. Siempre hay otro que está por debajo de uno mismo, bajo mayor vigilancia y control, aunque solo sea en grado infinitesimal.

Atado a su deuda, absorbido por los medios y resignado a vigilar y ser vigilado, el representado no puede ya participar activamente en la vida política y delega su agencia a ineficaces estructuras de representación, desbordadas –entre otras cosas– por la configuración global del poder:

Hoy, aunque llegáramos a creer en los mitos modernos de la representación y la aceptáramos como un vehículo de democracia, el contexto político que la hace posible ha cambiado radicalmente. Toda vez que los sistemas de representación fueron construidos sobre todo en el ámbito nacional, el surgimiento de una estructura global de poder los socava en profundidad. Las instituciones globales emergentes no hacen mucho esfuerzo por aparentar representar la voluntad de las poblaciones. Los acuerdos sobre las políticas a seguir se sellan y los contratos de negocio se arman y son garantizados dentro de las estructuras de gobernanza global, con independencia de toda capacidad representativa de los Estados nación. Existan o no “constituciones sin Estados”, no cabe duda de que la función de representación que, de modo mistificado, pretendía poner al pueblo en el poder ha dejado de ser eficaz en este terreno global.

Así pues, el representado, como las demás figuras, es el producto de la mistificación. Del mismo modo que al endeudado se le niega el control de su potencia social productiva; del mismo modo que la inteligencia, las capacidades afectivas y las potencias de invención lingüística del mediatizado son traicionadas; y del mismo modo que el seguritizado, que vive en un mundo reducido a miedo y terror se ve privado de toda posibilidad de intercambio asociativo, justo y afectuoso, a su vez el representado no tiene acceso a la acción política efectiva.

Emancipar al endeudado, al mediatizado, al seguritizado y al representado. Esa –se desprende de la lectura de Hardt y Negri– es hoy por hoy una de las primeras tareas que toda rebelión antineoliberal debe emprender.


Selección: Rafael Lemus.

Foto: cortesía de Rubén G. Herrera

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