Escribir Ayotzinapa

¿Cómo escribir sobre Ayotzinapa? En los libros “El rostro de los desaparecidos” y “La travesía de las tortugas” se sugiere una propuesta: recuperar la memoria, las historias y las biografías de los desaparecidos.

| Literatura


Tryno Maldonado, El rostro de los desaparecidos

México, Planeta, 2015, 353 pp.


Varios autores, La travesía de las tortugas

México, Ediciones Proceso, 2015, 328 pp.


A poco más de un año de la tragedia, las mesas de novedades empiezan a poblarse con títulos alusivos a Ayotzinapa. Análisis políticos, investigaciones periodísticas, crónicas literarias e incluso poemas que intentan esclarecer, explicar o mitificar los hechos, así como, en algunos casos, homenajear a las víctimas. Celebro el estudio y la reflexión sobre acontecimientos como los de Iguala –la indiferencia y el olvido solo conseguirán perpetuar la violencia–, pero cuando la publicación coincide con la conmemoración de su primer aniversario empiezo a recelar: ¿un año es suficiente para una meditación sopesada sobre un asunto así? ¿O estamos más bien ante productos apresurados que buscan lucrar con la efeméride? Me lo pregunto considerando que el evento mismo –la desaparición de los 43 estudiantes, el asesinato de tres de sus compañeros y tres civiles más, el estado de coma de Aldo Gutiérrez Solano y la tortura que sufrió Julio César Mondragón– está fijándose en la consciencia colectiva como un punto de quiebre: no solo como un hecho que desafía las formas tradicionales de ejercer la violencia sino también las estrategias que tenemos para representarla. Lo sucedido la noche del 26 de septiembre es un claro ejemplo de “horrorismo”, término de Adriana Cavarero que Cristina Rivera Garza define como “formas de violencia espectacular y extrema que no solo atentan contra la vida humana, sino además –y acaso sobre todo– contra la condición humana” (Los muertos indóciles, p. 20). Considerando que la guerra contra el narco en general, y la noche de Iguala en particular, nos obligan a repensar el contexto en que vivimos y, al hacerlo, a replantear también nuestros métodos de escritura, una pregunta se torna ineludible: ¿cómo escribir sobre Ayotzinapa?

No busco erigirme en comisario literario, mucho menos designar una ruta estética. Solo propongo leer dos novedades sobre Ayotzinapa –El rostro de los desaparecidos, de Tryno Maldonado, y La travesía de las tortugas, del colectivo Marchando con letras– a través del concepto “escritura documental” que Cristina Rivera Garza postula en su libro Los muertos indóciles (2013). Elijo estos dos títulos y no otros porque ambos enuncian un fin muy similar: tratan de confeccionar un rostro para los desaparecidos. En una tentativa análoga a #IlustradoresConAyotzinapa, tanto Maldonado como el colectivo “le devuelve[n] los rostros a esos números que se desgastan de tanto repetirse, […] restituye[n] a muertos y desaparecidos la vida que aquella noche les robaron” (La travesía…, p. 17). Por otro lado, me apoyo en las reflexiones de Rivera Garza porque pocos autores mexicanos se han hecho, como ella, las dos preguntas que considero claves en nuestra circunstancia: “¿qué tipos de retos enfrenta el ejercicio de la escritura en un medio donde […] la muerte horrísona constituye la muerte de todos los días?” y “¿cuáles son los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir, literalmente, rodeados de muertos?” (p. 19).


En una literatura como la mexicana, en que, por ejemplo, aún está pendiente una obra sobre el EZLN, agradezco la existencia de un libro como El rostro de los desaparecidos. Maldonado no es un oportunista, tampoco un improvisado: sabe narrar y conoce la lucha magisterial. Su Teoría de las catástrofes (2012) es la única novela que, hasta el momento, se centra en la represión del movimiento normalista oaxaqueño de 2007. Ahora intenta animar la vida íntima detrás del nombre de los estudiantes desaparecidos y algunos otros compañeros y familiares, aunque esto lo logra solo parcialmente. Es importante hacer notar que se trata de una obra literaria, no periodística, y de esta manera Los rostros de los desaparecidos, aunque informa, más bien imagina. Es un libro que nutre la mitología del maestro rural y continúa su gesta con disciplina: así como el profesor de “Dios en la tierra” (de José Revueltas) es crucificado por los Cristeros, y el de “Luvina” (de Juan Rulfo) se identifica con un comején que muere intentando volar a la luz, los normalistas de Maldonado son estrellas esplendorosas que deben “aniquilarse a sí misma[s] entre la noche para iluminar con su luz y su calor los corazones indolentes de los seres humanos” (p. 269). El contingente de normalistas esbozado en estas páginas conforma un ejército de misioneros laicos que, en la tradición más cardenista, están dispuestos a dar la vida por sus ideales.

La travesía de las tortugas, por otro lado, es un título necesario. Sigue una estructura que, por desgracia, ya podríamos calificar de “recurrente”: así como setenta y dos escritores rindieron homenaje a los caídos en San Fernando con el proyecto 72 migrantes (2011), ciento veintisiete periodistas conmemoraron a un igual número de colegas asesinados en Tú y yo coincidimos en la noche terrible (2012) y el colectivo Periodistas a Pie recordó a los normalistas desaparecidos en Periodistas con Ayotzinapa (2014), ahora otro colectivo, Marchando con Letras, recopila esta colección de 47 perfiles indagando cómo era la vida de los estudiantes antes del 26 de septiembre. Dada su naturaleza periodística y su estructura plural, en estas páginas no vamos a encontrar ningún denominador común entre los normalistas, muchos menos a los héroes, casi mártires, que presenta Maldonado. Aquí más bien conocemos a personas, individuos autónomos que, salvo la pobreza y la juventud, poco más comparten entre sí. De hecho, al entrar en la intimidad de estas personas no deja de ser sorprendente que muy pocos de ellas hayan tenido vocación de profesores. La travesía de las tortugas deja claro que muchos normalistas terminaron en Ayotzinapa después de haber sido rechazados de la policía, del ejército, de la marina o de otras universidades públicas, sacrificando su vocación de agrónomos, veterinarios, arquitectos, etc. La homogeneidad que uno puede imaginarse detrás de frases como “los padres de los normalistas desaparecidos” también puede ser ilusoria. Esta investigación presenta muchos tipos de familias, desde aquellas muy comprometidas con el movimiento hasta otras indignadas con las autoridades de la Normal de Ayotzinapa –una “escuela de ladrones” (p. 323) para más de uno– por haber puesto en peligro a los estudiantes, así como aparecen otros padres que han decidido desentenderse de la búsqueda y ver por sus otros hijos. El panorama que esboza Marchando con Letras es siempre complejo, irreductible a maniqueísmos, en el que la presencia de la policía, el ejército, la guerrilla, el crimen organizado y la policía comunitaria impiden trazar una línea clara entre víctimas y victimarios.


Maldonado confiesa que su libro “fue construido a partir de unos cien testimonios directos recabados durante mi estancia de cuatro meses en la Normal de Ayotzinapa”(p. 15); los miembros del colectivo, por su parte, visitaron cuatro veces la escuela y luego se dirigieron a las poblaciones de donde procedían los estudiantes para hacer dos preguntas: “¿quiénes eran los 43 normalistas que no volvieron del infierno de Iguala?” y “¿cómo eran sus vidas, sus familias, sus problemas, sus sueños, sus lugares de origen?” (p. 17). Es decir, ambos libros están edificados con base en un archivo –el conjunto de entrevistas– al que desgraciadamente nosotros como lectores no tenemos acceso; y es aquí donde el concepto de “escritura documental” me parece relevante. Según Rivera Garza, la “escritura documental” es aquella en que el autor deja que el archivo hable por sí mismo –mostrándolo, citándolo, transcribiéndolo–, y lo hace por dos motivos: por un lado, intenta “rescatar” las voces de sus protagonistas, y por el otro, quiere convertirlos en autores de sus propios relatos. Es una herramienta estética y política cuya finalidad es mostrar una “pluralidad de voces”, así como una “subjetividad múltiple” (p. 16), que busca hacernos más vulnerables ante los hechos y, por ende, “volvernos más humanos” (p. 121).

Coincido con Rivera Garza, no solo en la urgencia de empatía social, también en que la “escritura documental” es una de las pocas vías que tenemos ahora para alcanzarla. Y ratifico esta opinión con la lectura de El rostro de los desaparecidos y La travesía de las tortugas. Ambos títulos, por más valiosos y necesarios que puedan ser, no han tenido tiempo de reflexionar en torno a la pregunta clave: cómo escribir sobre la guerra, cómo escribir sobre Ayotzinapa. Su forma es bastante convencional y, en ese sentido, cómoda, a pesar de que aquello que narran resulta extremadamente inquietante. Siguiendo la nomenclatura de Los muertos indóciles, el libro de Maldonado funciona como una “novela histórica tradicional”, ya que no solo oculta su archivo; además, suele “limar las asperezas propias del documento histórico, normalizándolo a lo largo de narrativas casi siempre lineales o introduciéndolo como un elemento más de la trama”(p. 99). Por ello en esta obra los normalistas, así como sus padres, parecen conformar un frente único de indignación y solidaridad que se contrapone a la corrupción y vileza de la policía y el crimen organizado: hay un adelgazamiento melodramático de las complejidades que siempre hacen confuso lo real.

El ejercicio de Marchando con Letras es menos ingenuo. Aunque la hechura de sus perfiles sea, de nuevo, convencional, gracias a su forma colaborativa estamos ante una verdadera “pluralidad de voces” que logra transmitir un escenario poliformo y conflictivo. Y a pesar de que no ejercen la “escritura documental”, sí citan la voz de sus informantes: podemos escuchar la voz de los padres de los normalistas y, además, tenemos acceso a la voz de los desaparecidos mismos. No todos, pero algunos de estos perfiles exhuman sus palabras, ya sea de diarios, cartas, redes sociales, mensajes de texto, etc., y en esos pasajes puede surgir una verdadera comunión entre el lector y los protagonistas. A pesar de que yo coreé su nombre en las marchas, y vi su rostro cientos de veces reproducido en internet, nunca experimenté la ausencia de Felipe Arnulfo Rosa como cuando leí sus palabras. El autor de su perfil se acomide a rescatar, de un libro de sexto de primaria, su tarea “Descripción de Ayutla”. Y aunque es el ejercicio de un niño mixteco que aprende español, me golpeó con la fuerza de un poema: “Tiene flecha, tiene máquina, tiene autobús, tiene árbol, coco, manzana, chiles, ropa, velas, sol, tiene coca, tiene mango, tiene luz, tiene pelota, hilo, pan, tortilla, mochila, casa de material, tiene escuela primaria y tiene escuela secundaria, tiene lápiz, tiene borrador, tiene iglesia, tiene cuaderno, tiene azúcar, tiene panocha, flor, tiene carne de pollo, tiene pescado” (p. 293).


Desde la perspectiva de Rivera Garza, una “novela histórica tradicional” como la de Maldonado está hecha para “confirmar el estado de las cosas”, mientras que estrategias narrativas como la “escritura documental” (así como otras que explora ella en su libro) buscan “cuestionarlo y en su caso subvertir[lo]” (p. 112). No veo esta última finalidad en los dos trabajos comentados. En una analogía que espero útil, El rostro de los desaparecidos y La travesía de las tortugas funcionan como monumentos: su finalidad es recordar, conmemorar. Pero es más urgente erigir ahora el anti-monumento, un texto que logre en literatura la misma incomodidad del Anti-Monumento +43, por ejemplo. Más allá de pruritos estéticos, esta estructura resulta paradigmática en muchos sentidos: no solo surge de la empatía y la colectividad –fue emplazado por varios grupos sociales y diseñada por un autor anónimo–; posee además una naturaleza efímera que lo torna perturbador. Su finalidad es ser retirado cuando aparezcan los estudiantes o cuando exista una versión plausible de lo que fue su destino; mientras tanto se mantendrá en su puesto recordándonos no solo esas ausencias, también las previas y las que se suman cada hora. Y lo más importante: a diferencia de un monumento tradicional, este busca “alterar la percepción de que un hecho es inamovible”. Este es un gesto que, al contraponerse a la comodidad de la resignación, solo puede aspirar a la justicia.


(Foto: cortesía de JosEnrique.)

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