Esto es lo que (no) hay: la literatura en el México del 2016

A primera vista, la literatura mexicana goza de cabal salud: becas, antologías, nuevas editoriales. Sin embargo, bien vista, parece de pronto alérgica al pensamiento crítico y el desacuerdo.

| Literatura

El panorama es alentador. Un país con una significativa tradición literaria, lograda con la fértil continuidad de varias generaciones de voces inquietas y propositivas a lo largo de poco más de un siglo; una tradición que presume de un puñado de obras maestras en los distintos géneros.

Un país que, hoy, cuenta con un campo literario amplio y diverso, donde lo mismo publican autores de larga trayectoria (de setenta, ochenta años de edad) que otros muy jóvenes (rozando la veintena incluso); predominan los novelistas y los poetas, pero el ensayo, el cuento, la dramaturgia, la crónica no se hallan descobijados; los hay autores de perfil clasicista y evidente maestría técnica, o virados hacia la exploración de las potencias del estilo, y otros con un sino por la búsqueda experimental; ya no obligatoriamente acuartelados en una sola metrópoli sino repartidos y en plena fase creativa en ciudades del norte, el occidente, el Golfo, el sur del país y, también, en el extranjero.

El panorama comprende un sistema de fomento de la creación artística desde las instituciones del Estado: becas nacionales y estatales, ferias de libro todo el año en cada esquina del mapa, ediciones subsidiadas por áreas del gobierno federal o local o por universidades, una cantidad jamás vista de premios regionales y nacionales de poesía, de cuento, de novela, hasta de ensayo, con montos para nada raquíticos…

Hay autores –pocos, sí, pero como nunca antes ha habido en nuestra literatura, que tradicionalmente ha viajado poco y mal–, hay autores, decía, que han llegado a un punto de reconocimiento internacional que se advierte en sus obras editadas en otros países hispanohablantes, en traducciones, invitaciones a ferias y congresos en dos o tres continentes, premios en España o Sudamérica. Un dato de indudable peso: tres Premios Cervantes para autores mexicanos en un lapso de seis años.

En suma: sería mezquino negar que ha habido y hay autores de talento, inteligentes y rigurosos, con una formación cosmopolita y universal, que han entregado piezas sólidas, maduras, en, digamos, las últimas tres décadas…

Esto es lo que hay. No es mal momento –pensaríamos– para la literatura mexicana.

Y sin embargo.

Y, sin embargo, hay algo que no terminamos de entender.

Prolífica y becada, viajera y galardonada, la literatura mexicana del siglo xxi es un literatura sin discrepancia. Sorprende lo reacia que se ha vuelto a la polémica y el desacuerdo. Ciertamente, ha habido y hay libros de talante crítico, fuertes revisiones del pasado y el presente, de la propia tradición cultural o del marco de pobreza y corrupción, de impunidad y violencia que padece la nación. No sería justa, pues, la visión de una literatura desentendida de los problemas sociales y políticos del país. Pero ¿qué ocurre después de la escritura?

No se dice nada nuevo –pero es necesario decirlo otra vez– cuando se dice que la conversación en torno de la literatura de hoy ha perdido filo, carece de pluralidad; lo que hay es, apabullantemente, solo aplauso y cortesanía.

No solo hablo de la moribunda reseña (fenómeno visible en México y muchos otros países): condenada a breves o nulos espacios en dos o tres suplementos, ejercida complacientemente entre amigos. Como ya veía José Emilio Pacheco hace dos décadas, la reseña ha cedido el lugar a la entrevista, esa no conversación entre un reportero que no ha tenido tiempo ni de leer la solapa de un ejemplar que no volverá a hojear y un novelista –solo se busca entrevistar a los autores de novelas– sabedor de las condiciones que impone la mercadotecnia editorial: por ello sonreímos y abundamos ante cualquier pregunta, sea la más superficial o desorientada.

El fenómeno también se aprecia en el hecho de que la reseña ha cedido sus espacios al “adelanto” editorial, esa curiosa forma de publicidad gratuita que suplementos y revistas encartan con gran soltura –aunque, si se exige precisión, de adelanto o de exclusiva no hay mucho en esta práctica: los fragmentos se difunden en más de un foro y usualmente con retraso, es decir, cuando el libro ya está en librerías.

Hay en estos síntomas, en esta conversación donde nadie desentona, un ambiente de forzada camaradería; una expectativa de respeto a la regla no escrita de no pisarse los callos entre cofrades: ¿para qué importunar con peros el libro mediocre de un autor coetáneo o coequipero cuando lo que queremos es que la gente lea, cualquier cosa, incluso el bodrio más blandengue o trivial?

Aunque no es solamente la voluntad de hacer del campo literario un campamento de boy scouts.

En el fondo están dos fenómenos: las consecuencias del sistema de becas y la concentración del mundo editorial.

Desde 1990 el mecenazgo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) nos ha dado esa mayor tranquilidad y estabilidad económica con que dedicarnos de uno a tres años a un proyecto que, en la mayoría de los casos, no sería sustentado por el mercado.

Pero este sistema, al mismo tiempo, ha apaciguado la disonancia. Como lo ha estudiado el sociólogo Tomás Ejea, el FONCA fortalece la situación de poder de los creadores con mayores trayectorias o prestigios, al colocarlos en la ventajosa posición de enjuiciar el trabajo de las siguientes generaciones. Esto, en el campo literario, ha tenido como consecuencia la casi extinción del ejercicio crítico: es inconveniente (se piensa) desmenuzar agriamente la producción contemporánea porque eso conduce a vetos y ninguneos en las próximas convocatorias de becas.

La otra deriva adversa está en el mercado. Recordemos: desde la década de los noventa, la industria editorial hispanoamericana ha dejado de ser industria, de ser editorial y de ser hispanoamericana. Se ha convertido en una maquiladora, una oficina dedicada al entretenimiento y una caja registradora española. La concentración en dos o tres grupos de capital extranjero, como ha señalado Fernando Escalante Gonzalbo, no es un fenómeno carente de connotaciones políticas: las metrópolis peninsulares (Madrid y Barcelona) han fungido como las instancias de validación para los escritores de Tijuana a la Tierra del Fuego, dando pie a un nuevo colonialismo cultural.

Describo este panorama con gruesos brochazos, dejando de lado por ahora los matices y las excepciones que siempre existen. El novelista –porque se le toma la llamada, únicamente, a los novelistas– ha de acatar, por lo menos en las primeras etapas de su carrera, los muy estrechos apetitos del mercado: ficción histórica o policiaca o juvenil nutrida por el maniqueísmo, el morbo y el resentimiento, por el sensacionalismo, la ligereza y la superficialidad, de ser posible, con una consciencia técnica pobre que no espante al lector de aeropuerto ni ponga en aprietos al apresurado traductor europeo. Es decir, una ficción sin cuestionamiento ético ni profundidad cognoscitiva ni responsabilidad estética, que renuncie a la radicalidad con la que la palabra artística puede reconfigurar las representaciones de los vínculos sociales y políticos en un continente de gran desigualdad como es Latinoamérica; es decir, en este escenario, el escritor no aspira a escribir una obra que desafíe la realidad sino a volverse una marca registrada que a cambio de avalarlo todo le reditúe contratos y cheques de varios ceros. Una literatura así lo último que requiere es de voces críticas que señalen la vaciedad reinante.

(Habría que agregar que la cada vez más flaca bibliodiversidad ha sido enfrentada, con muy dispar suerte, por sellos independientes, siempre necesitados del subsidio estatal a través de coediciones, subsidios para traducción o venta de altos tirajes para los programas de Salas de Lectura, Bibliotecas de Aulas o la Red Nacional de Bibliotecas, y que, salvo casos contados, no han logrado abrirse huecos efectivos en el monopolizado embudo de la distribución.)

Lo anterior ha derivado en el acrítico entorno actual. Como coeditor de un suplemento durante año y medio pude constatar que, salvo excepciones, la mayoría de los autores emergentes –diríamos: de 35 años para abajo– no se sentían inclinados a escribir reseñas ni ensayos críticos. Editores de épocas anteriores no pueden sino sorprenderse ante semejante mutación: en los tiempos de Fernando Benítez o Huberto Batis era natural ver reproducirse en el escritorio, sin buscarlas mucho, las reseñas firmadas por la gente joven.

No es, por supuesto, que la crítica solo pueda venir envuelta en las cuatro cuartillas de una reseña, o en las páginas de un suplemento, pero para muchos escritores la crítica en las publicaciones periodísticas fue una parte significativa de su trabajo literario, del proceso de formación de una estética, del diálogo con los lectores. Asumimos que no se trata solo de velar las armas, o de hacerse un nombre que vaya favoreciendo la recepción de la propia “obra creativa”; sino que –y ya es hora de cuestionar si no hemos estado equivocados en insistir en este lugar común– no hay creación sin crítica.

Decía George Steiner en Lenguaje y silencio que sin crítica la propia literatura está condenada al silencio. Parecería que el excepcionalismo mexicano se impone: sí es posible tener una literatura numerosa, subsidiada, viajera y, sin ironía, en algunos casos valiosa, sin el requisito previo de alentar o abrir sitios para la menor crítica ni discordancia. ¿A cambio de qué?

La falta de discrepancia habla de una comunidad literaria de formas cortesanas demasiado satisfecha consigo misma, recelosa de soltar el control de la fábrica de los prestigios. No se trata de defender la reseña como la artesanía pintoresca de un gremio venido a menos. Convendría defender el diálogo (azaroso, libre, divergente) que saque a la escritura contemporánea del limbo en que se fomenta y produce, e interpele finalmente al lector “común”, a ese sustrato lector más amplio del que siempre hablamos pero que rara vez procuramos alcanzar. Quizá de esta forma la literatura no sería vista como un divertimento superfluo sino como lo que es: un arma de cambio social.

Esto nos lleva de vuelta a la realidad: tenemos una literatura sin presencia en la vida del ciudadano de a pie. No se dice nada nuevo si se recuerda que la literatura mexicana lo es por la nacionalidad de sus autores, no por su integración en el paisaje social de los lectores. Ha mostrado Gabriel Zaid cómo la cultura mexicana parece organizada para no leer. Contradictoriamente, tanto mecenazgo y ferias y homenajes parecerían ir dirigidos a hacer de la nuestra una literatura escrita para no ser leída.

En su origen, el propósito del mecenazgo estatal habría sido la cooptación política de los intelectuales. Hoy, que cada vez queda más clara la nula relevancia social de la literatura, parecería que las autoridades no desaparecen el FONCA por pura inercia: puesto que ya existe, su función es seguir existiendo, así sea entre recortes de presupuesto y quejas por la parcialidad de los jurados. Ningún funcionario quiere cargar con la acusación de “no apoyar la cultura”, y esto sin olvidar que el dinero destinado al FONCA es ínfimo si se compara con, por ejemplo, los gigantescos gastos de publicidad del gobierno.

Si el Estado realmente se interesara en el apoyo de las letras, a la par del mecenazgo existiría una campaña de formación de lectores desde la primaria, no a través de programas de resonancia apenas si testimonial sino en las meras aulas del sistema educativo, con, además, una buena red de librerías y bibliotecas públicas en todo el país y un Instituto del Libro dedicado no a competir con los sellos nacionales ni a llenar las arcas de las trasnacionales a través de compras masivas, sino a hacer renacer la industria editorial mexicana.

Y mientras discutimos sobre una cantidad de fenómenos en los que todos participamos porque esto es lo que hay, y creemos que por lo menos en algo se podrá incidir favorablemente, tenemos como fondo un país donde se asesina con impunidad a periodistas, migrantes, estudiantes, mujeres, ancianos, bebés, y donde la clase política, sea del color que sea, ni rinde cuentas ni cumple la ley, y nada más busca modos de enriquecerse y encubrirse sus ecuménicas corrupciones.

¿Estamos seguros de que no hay un vínculo entre una literatura no leída, no discutida, sin circulación, invisible y muda, y el entorno de degradación ética en que los políticos expolian el erario y se confabulan con los delincuentes? ¿Cómo puede la literatura discrepar con su sociedad si es enseñada a no discrepar consigo misma? ¿De veras los libros de nuestros escritores, lanzados hacia la mente y sensibilidad de una mayor cantidad de lectores, no tendrían la capacidad disidente de dar pie a una discusión que suponga el inicio de un cambio en el estado de cosas?

Todo esto –crítica, discrepancia, diálogo con la realidad, transformación de la comunidad nacional a través de los libros–, todo esto es lo que no hay.


Foto: cortesía de Los viajes del Cangrejo.

Este texto fue solicitado a propósito de la reciente publicación del “Postmanifiesto del Crack” en la Revista de la Universidad.

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