Etiopía: un país en revuelta

Un inédito movimiento político está luchando en Etiopía para transformar el estado de las cosas. Este podría significar el inicio de una nueva era en el Cuerno de África.

| Internacional

Río de Janeiro. La prueba reina de los Juegos Olímpicos está por acabar. El maratón es la competencia que refleja de mejor manera el espíritu olímpico de la Antigua Grecia. Pero desde hace años esa prueba no le pertenece ni los griegos ni a los europeos ni a los estadounidenses. Keniatas y etíopes se han adjudicado el protagonismo en el medallero. Con una marca de 2:08:44 el oro se lo lleva el keniata Eliud Kipchoge. Atrás están el etíope Feyisa Lilesa y el estadounidense Galen Rupp. La meta está solo a unos cuantos metros y Lilesa baja la velocidad y el ritmo que lo tienen en segundo lugar; sacrifica segundos en su marca para poder levantar los brazos. No los extiende al aire, como generalmente lo hacen, victoriosos, los atletas al cruzar la línea de meta. No: los levanta por encima de su frente y con ellos forma una cruz en diagonal. Al momento de hacerlo no sonríe, no ve al cielo, no busca a alguien entre los espectadores. Es un acto político: Lilesa es de origen oromo y la cruz es el símbolo que los manifestantes han adoptado en las intensas protestas de los últimos meses en Etiopía.

El detonante del movimiento en Oromia comenzó cuando en una secundaria el gobierno confiscó un campo de fútbol. Lo que inició como un conflicto local rápidamente fue creciendo hasta convertirse en un movimiento mucho más amplio. La magnitud y el vigor de las manifestaciones forzaron al gobierno, en enero de este año, a renunciar a la implementación del “Plan Maestro de Integración” propuesto en 2014, que pretendía ampliar la capital retirando, así, las tierras de las familias en las zonas conurbadas. Un hecho así no tiene precedentes en la historia moderna de Etiopía.

El movimiento no se quedó en Oromia, y la inercia contagió a la vecina región de Amhara, cuyos habitantes también comenzaron a exigir que el gobierno les regresara las tierras que ahora pertenecen a los tigray y que antes les pertenecían. Con la entrada de los Amhara al conflicto, Etiopía está viviendo un periodo de tensión social que probablemente no se vivía desde el derrocamiento de Mengistu Haile Mariamen en 1991. El golpe de Estado en 1991 fue originado por las mismas razones que motivan el actual movimiento: un conflicto por la administración de la tierra. No es casualidad que en un país donde cerca de un millón murieron por hambruna entre 1983 y 1985 estén hoy las calles tomadas por personas que defienden su patrimonio agrícola.

A diferencia de los países del resto del continente, Etiopía nunca fue una colonia europea. Después de que Europa se sentara a dividirse África durante la Conferencia de Berlín en 1884, Etiopía fue el único país que permaneció independiente. Sin embargo, al interior siempre han existido tensiones raciales. En Etiopía existen cerca de ochenta grupos étnicos distintos, pero el conflictivo actual se vive solamente entre tres de ellos: los oromo, que representan el 34% de la población en un país de más de 100 millones; los amhara (27%) y, finalmente, los tigray, que a pesar de representar el 7% de la población controlan las principales estructuras políticas y económicas del país.

Sin embargo, los oromo se conciben como una nación distinta a la etíope. Y sienten que los tigray ejercen un poder colonizador sobre ellos. Los territorios de Oromia se extienden del sur al este del país y en estos se encuentra la capital de Etiopía: Addis Abeba. Las tensiones entre la élite tigray que gobierna en Addis y los conflictos con los oromo siempre han estado ahí, pero, desde noviembre de 2015, las protestas en contra del gobierno han aumentado hasta llegar a un punto crítico en verano de este año. Los oromo son, sobre todo, campesinos; a pesar de que esta región produce el 60% de los recursos del país, a ellos se les ha negado el acceso equitativo a derechos políticos y sociales.

Lo importante de la composición del actual del movimiento es que la unión entre los amhara y los oromo suma más de la mitad de la población etíope. Sin embargo, la narrativa oficial fomentada desde las élites gobernantes ha presentado a estos grupos como antagonistas históricos. En esa lógica los oromo representan a un grupo de mente cerrada que busca desestabilizar al país con el fin de obtener su independencia; por el otro lado, los amhara son unos nacionalistas anticuados que lo único que desean es regresar a un sistema feudal similar al que existía cuando ellos eran los que dirigían Etiopía. Ante este escenario, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE), coalición gobernante desde 1991, se ha presentado –frente a la población y la comunidad internacional– como la única alternativa viable para mantener al país en paz y en orden.

A pesar de la magnitud de las protestas se habla muy poco del contexto actual en ese país. Esta es una acción contraintuitiva si consideramos los distintos hechos que han ocurrido en años pasados. En julio de 2015 Barack Obama se convirtió en el primer mandatario estadounidense en visitar Etiopía. Su visita ocurrió a un mes de las elecciones etíopes en donde el FDRPE ganó con un nivel de aprobación del 100%. Aunque varias organizaciones de derechos humanos le pidieron al presidente Obama que aprovechara la visita para denunciar las irregularidades electorales, éste aplaudió al gobierno entrante enfatizando que fue “democráticamente electo” y también recalcó la importancia de mejorar la cooperación entre ambos países.

Estados Unidos no es el único interesado en mantener buenas relaciones con Etiopía. De acuerdo con cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de setecientos mil refugiados viven en territorio etíope, lo que lo vuelve en el país con más refugiados del continente. Entre ellos destacan refugiados de Sudán del Sur, Somalia y Eritrea. Además estos últimos conforman el tercer grupo más grande de migrantes que cruzan a Europa por el Mediterráneo. La presencia de tantos refugiados pone en perspectiva geopolítica la importancia de Etiopía para Europa. Por mencionar un ejemplo, tan sólo durante la última semana de mayo de este año entre 700 y 900 migrantes perdieron la vida al cruzar de África a Europa por este camino. La Unión Europea no puede seguir fondeando altos números de refugiados y una crisis migratoria proveniente del Cuerno de África podría agravar las tensiones sociales y aumentar en popularidad los discursos xenófobos y nacionalistas. Esta es una situación alarmante si consideramos que en 2017 países como Francia, Alemania y Hungría celebrarán procesos electorales.

La estabilidad política y social en Etiopía es crítica para la estabilidad del resto de la región del Cuerno de África. La frontera este colinda con Sudán y Sudán del Sur en donde las Naciones Unidas mantienen operaciones de paz. Al sur el país choca con Somalia en donde el grupo extremista islámico Al-Shabab ejerce control. El norte está militarizado por los conflictos con Eritrea. Y al oeste, cruzando el pequeño estrecho entre el mar Rojo y el golfo de Adén, se encuentra Yemen, país que desde el 2015 sufre un conflicto armado. Por su parte, Addis Abeba es una de las capitales africanas con mayor presencia diplomática: ahí se encuentra la sede de la Unión Africana, la Comisión Económica de Naciones Unidas para África (CEPA) y un importante número de embajadas y organizaciones internacionales de todo el mundo. Es por ello que para Estados Unidos y la Unión Europea es primordial que el país no pierda los estribos del crecimiento económico y la paz característicos de las últimas décadas.

El actual primer ministro de Etiopía, Hailemariam Desalegn, ha manifestado en repetidas ocasiones que no habrá tolerancia contra los protestantes. Tan solo durante las manifestaciones ocurridas a inicios de agosto de este año, Amnistía Internacional reportó cerca de 100 muertos a manos de policías y militares. Human Rights Watch reporta cerca de 400 fallecidos desde que iniciaron las protestas en noviembre de 2015. Los videos y las fotografías de los abusos se han viralizado rápidamente en Twitter y Facebook y, aunque el gobierno controla el acceso a internet mediante la empresa paraestatal Ethiotelecom, los jóvenes han logrado organizarse para esquivar los bloqueos del gobierno y compartir la información seguramente.

Las tensiones siguen: hace unas semanas se reportó un intento de motín en la prisión de Qilinto, a las afueras de Addis Abeba. De acuerdo con distintas fuentes, 21 reos perdieron la vida debido a las estampidas y la sofocación, mientras que otros dos fueron ejecutados al momento de intentar huir de la cárcel. Las versiones oficiales están siendo cuestionadas por algunos medios locales y los familiares de las víctimas aún no han sido informados por parte del gobierno. La especulación crece en los frentes opositores en Oromia, ya que esta cárcel es conocida por detener a prisioneros políticos de esta región –muchos de ellos ligados al actual movimiento.

El gobierno etíope, a través de ministro de relaciones exteriores Tedros Adhanom y el vocero del gabinete Tewolde Mulugeta, ha intentado minimizar el efecto de las protestas dialogando con la comunidad diplomática en Addis Abeba y asegurándoles que las demandas del movimiento se discutirán y evaluarán una por una. Pero existe una presión mayor por parte de la comunidad internacional. El maratonista Feyisa Lilesa se encuentra en Estados Unidos en calidad de asilado y ha manifestado en varias ocasiones que regresar a Etiopía pone en riesgo su vida. La EBC (televisora estatal etíope) se negó a transmitir las repeticiones de la carrera de Lilesa o de pasar la premiación del corredor por miedo al símbolo que ahora representa para el movimiento. Y por si esto fuera poco, Ebisa Ejigu ganador del maratón de Quebec, Canadá, y Tamiru Demisse, ganador de la medalla de plata en los 1500m de los Juegos Paralímpicos de Río 2016, también cruzaron la meta levantando los brazos en forma de cruz.

Existe incertidumbre sobre el actuar del gobierno frente a las demandas de la población. A diferencia de otros movimientos, como el estudiantil en 2014, la presión internacional restringe el típico modus operandi represor del gobierno de Hailemariam Desalegn. Por un lado, el país es clave para la estabilidad de la región pero, por el otro, al interior se exige una mayor apertura al diálogo y el trato equitativo a las etnias históricamente oprimidas. Es por ello que la suma del contexto, las tensiones y el actual movimiento político podrían representar el inicio de una nueva era en Etiopía y el Cuerno de África.

(Fotos: cortesía de alvise forcellini.)

Artículos relacionados