EZLN: el complemento que la izquierda necesita

Contrario a lo que se piensa, más que atomizar el voto de la izquierda, una candidatura del Congreso Nacional Indígena traería una bocanada de aire fresco a nuestra convivencia democrática.

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El pasado 14 de octubre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) anunció en el comunicado Que retiemble en sus centros la Tierra que durante el Quinto Congreso Nacional Indígena (CNI) se acordó que se realizarán las consultas necesarias en comunidades y pueblos para considerar la postulación de una candidatura presidencial para los comicios de 2018. Esta candidatura, emanada de las bases, tiene un perfil definido: deberá ser una mujer indígena. Por supuesto que la declaración removió las aguas políticas nacionales y ha dejado en claro lo que ya todo mundo sabe y se hizo más nítido que nunca en la invitación que el gobierno federal le hizo a Donald Trump hace unos meses: el gobierno de Peña Nieto no solo no tiene rumbo sino que está virtualmente terminado y desde ahora se empieza a disputar, ya sin ambages, la sucesión presidencial de 2018.

La sorpresa ha dado pie a distintas especulaciones y comentarios. Entre otras, sobre el interés de una guerrilla en participar en un proceso electoral, pero eso no debería de extrañarnos. En algún momento, el EZLN le dio su respaldo a Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones de 1994 y en ese mismo año apoyó al periodista Amado Avendaño como candidato a gobernador de Chiapas  (incluso lo reconoció como “gobernador en rebeldía” ante el fraude electoral). Por otra parte, la guerrilla zapatista no ha sido una guerrilla activa desde 1994 y, en ese sentido, su fuerza de movilización ha sido política. La participación en la lucha electoral directa ha sido descartada, pero no de manera indirecta, como lo ejemplifica el apoyo al PRD en 1994. Si bien es cierto que el EZLN ha sido un movimiento social y de bases, desde que saliera a luz se convirtió también en un actor político y la decisión de respaldar una candidatura en el proceso electoral no es una incongruencia sino simplemente uno de los varios frentes en los que se puede dar la lucha.

Por otra parte, habría que dejar en claro dos cosas que, aunque sencillas, pareciera no ser tan obvias: el CNI no es el EZLN y el EZLN no es el Subcomandante Marcos. En el CNI conviven varias decenas de organizaciones y comunidades, por lo que el EZLN si bien representa un importante liderazgo moral no posee el control del CNI. El Subcomandante Marcos, antiguo vocero y miembro más visible del EZLN, no debe ser tomado como una sinécdoque del movimiento zapatista, ya que éste es mucho más amplio y complejo que lo que pueda declarar su figura de enlace con el mundo no-indígena. La propuesta fue llevada por el EZLN al Quinto Congreso Nacional Indígena, y en estos momentos es el CNI y sus bases (es decir, decenas de comunidades indígenas) quienes están valorando su pertinencia y la posibilidad  de hacerla suya. La propuesta ha sido del EZLN, pero la candidatura será del CNI, una instancia que funciona desde hace dos décadas. No hay que olvidar esto, que es lo que se ha prestado a una serie de discusiones sin sentido y a malos entendidos que ya la propia comandancia zapatista ha buscado clarificar en su último comunicado Una historia para tratar de entender.

En caso que el CNI aceptara formar un Concejo Nacional Indígena y con ello nombrar a una delegada que fungiera como candidata presidencial, esto, sin duda, significaría una bocanada de aire fresco no solamente para el proceso electoral sino para la manera de hacer y concebir la política mexicana. El que la candidata sea elegida por las bases y no por el dedazo presidencial que caracteriza al PRI, el elitismo del PAN o el caudillismo tradicional que ha vivido la izquierda es ya un mérito. Por otro lado, indudablemente hay candidaturas, más allá de los triunfos electorales, que son importantes por el solo hecho de trastocar el statu quo y darle voz a sectores y grupos históricamente marginados. La candidatura de una mujer indígena podría nutrir enormemente no solo la discusión política actual sino que nos hará preguntarnos sobre las injusticias que permanecen como resabios de nuestro pasado colonial, vigente en muchas de nuestras formas de jerarquización y organización públicas y privadas. Un debate amplio sobre racismo y patriarcado significaría un cuestionamiento igualmente profundo sobre la modernidad capitalista de la cual los primeros son pilares fundacionales, de la naturaleza de la violencia y los feminicidios, males endémicos de nuestra sociedad o el cuestionamiento de la acumulación de capital privado a partir de la explotación de bienes, territorios y recursos públicos como lo significan los megaproyectos y las políticas extractivistas.

Nuevos enfoques y debates que traiga esta candidatura pueden representar un espacio de oportunidad para renovar el pensamiento de izquierda. Las cuestiones electorales han estado marcadas por años por la modernidad (modernización industrial, tecnológica y administrativa), el capitalismo (reformas financieras, desregularización de mercados, abolición de derechos laborales, explotación de la naturaleza) y las “actualizaciones” necesarias del Estado-nacional (perfeccionamiento del Estado policiaco, la sacralización de lo “legal” y el control de la administración de justicia). Han sido discusiones de la instrumentalización y el hacer más eficiente al poder a través de la política, abandonando las nociones de bien común, soberanía popular o democracia participativa. En palabras de Partha Chatterjee, se ha creado un tiempo utópico para la modernidad capitalista (y el perfeccionamiento de sus mecanismos de control)  mientras que el espacio donde habitan las comunidades se encuentra fragmentado en realidades y proyectos políticos diversos y plurales. “Heterotopías”, las llama Foucault. Similar a este concepto es la noción política que el EZLN pareciera tener en mente cuando habla de “un mundo donde quepan muchos mundos” o el mismo título del último comunicado “Que retiemble en sus centros la Tierra”, pretende destacar que no se busca la unicidad o la homogeneidad sino que se resalta la pluralidad del proyecto político y las formas de vida.

¿Sería posible ver una gira nacional del CNI que no ocurra en los sets de televisión o en las sedes de los organismos empresariales sino donde ocurren los despojos de los megaproyectos, esas nuevas formas de acumulación originaria? Eso construiría una candidatura exitosa más allá del resultado final. Hacer política in situ, visitar y hablar en y sobre los megaproyectos que están provocando la destrucción de comunidades y de floras y faunas enteras: los terrenos de las autopistas privadas (Estado de México, Michoacán); las mineras y su generación de contaminantes tóxicos de aguas y suelos (San Luis Potosí, Nuevo León, Oaxaca, Chiapas); la privatización de los recursos acuíferos para beneficios de un puñado de empresas (Chiapas, Guerrero, Estado de México, Sonora); la deforestación en masa de nuestros bosques (Michoacán, Chiapas); la construcción de gaseoductos que fragmentan tierras ancestrales (Morelos, Sonora); el despojo de tierras comunales para beneficios de grandes empresas que cultivan transgénicos (Campeche, Yucatán, Oaxaca, Chiapas). Es posible y deseable que la candidatura presidencial y su plataforma giren alrededor de esta agenda, de este desasosiego que ellos han manifestado y enunciado en los veintisiete puntos de su comunicado. La descolonización de la naturaleza (Mignolo) o la acumulación por desposesión (Harvey) deben ser conceptos centrales si se pretende construir un proyecto de izquierda en una sociedad postcapitalista o anticapitalista, algo en lo que han fallado, sin excepción, los recientes gobiernos progresistas en América Latina.

Si la candidatura, el proyecto y la política que habrá de formalizar el CNI en la campaña electoral se enfoca en lo que ellos mismos han destacado como puntos nodales de su interés y atención (enunciativos pero no limitativos), cualquier cosa que venga será algo positivo para las comunidades indígenas, para la izquierda y para el país. Coincido con el subcomandante Moisés en que esto podría significar algo tan grande o más que el 1 de enero de 1994. Pero si el proceso se desarrolla en los mismos términos que lo hizo La Otra Campaña en 2006 se corre el riesgo que el proceso sea desangelado y provoque más frustración que entusiasmo. La Otra Campaña fue significativamente diferente en origen, preocupaciones y consecuencias a La Marcha del Color de la Tierra (2001) que despertó muchas expectativas y sentimientos positivos en los 37 días y 6,000 kilómetros de recorrido. En 2006 no hubo propuestas sino denostaciones a los partidos políticos (especialmente contra el PRD y López Obrador) sin entender que los partidos de centro-izquierda también juegan un papel, distinto pero tan importante como el radical más recalcitrante, pues es en esas coordenadas se suele representar a la mayoría social. La Otra se convirtió en un ajuste de cuentas con el PRD por los ataques de paramilitares perredistas contra las bases de apoyo zapatistas en Zinacantán en 2004. El propio Marcos declaró en 2005 que el PRD “nos despreció y va a pagar; los vamos a hacer pedacitos, aunque nos quedemos solos, porque alguien tiene que cobrar esa cuenta”. En sus pronunciamientos nunca se hizo distinción entre el PRD local y el nacional o entre las muy distintas facciones que cohabitan en los dos. Lo mismo declaró Marcos que en el PRD “nos traicionaron desde el mismo momento en que confiamos en un movimiento cardenista” que calificó a López Obrador como “el innombrable”. La molestia legítima que había surgido de los enfrentamientos en Zinacantán pasó a ser un cobro de factura que hubo de endosarle a todo el PRD, muchas veces con argumentos legítimos y concretos y otras que no tenían mayor sustento que la antipatía declarada por Marcos en La (imposible) ¿Geometría? del Poder en México. El resultado de La Otra fue un movimiento que careció del respaldo popular que tuvo el zapatismo en 1994 o en 2001; que pecó de intransigencia y autoritarismo y que echó en el mismo saco a las dirigencias corruptas del PRD que a los millones de simpatizantes de López Obrador, que en gran porcentaje también habían simpatizado y respaldado las causa zapatistas en ocasiones anteriores. El CNI deberá seguir su propio camino y no heredar viejas rencillas y agravios de los grupos que los respaldan, incluyendo al EZLN.

Los errores tácticos y/o de estrategia tanto de la comandancia del EZLN como de las cúpulas partidistas de centro-izquierda, ahí están y deben de ser criticadas y recordadas para evitar nuevos desvaríos pero no para hacer genealogías del odio o la animadversión. Los caminos del CNI-EZLN son distintos a los de López Obrador, pero no son contrarios; son y pueden mostrarse paralelos o hasta complementarios. Si el zapatismo le ha criticado tanto a Cárdenas como a López Obrador empezar en una izquierda hipotética y recorrerse en las campañas electorales hacia el centro, el CNI tiene la oportunidad de crear una hoja de ruta a la izquierda y abajo: anticapitalista y horizontal. Ese contraste se puede manifestar como oportunidad y reto para que el candidato de centro-izquierda tenga otro referente y otras coordenadas y no solamente los que imponen la oligarquía y la partidocracia PRI-PAN. Seguramente Cárdenas y López Obrador han tenido una visión más moderada de lo que mucha gente de izquierda hubiese querido, pero definitivamente no han representado lo mismo que otros políticos, de otra manera el régimen no hubiera tratado con todos los medios legales e ilegales de impedir el triunfo de sus candidaturas presidenciales. Han representado no solo el voto de la izquierda sino en general un voto antisistema. Tanto en 1988 como en 2006 no se votó solo por la izquierda ni exclusivamente por los personajes; en ambas ocasiones hubo mucha gente que sin identificarse con la izquierda votaron por considerar que encabezaban, en alguna medida, opciones distintas al régimen. Tanto el neocardenismo como el lopezobradorismo lograron crecer más por sus elementos antisistema, que por su condición de izquierda. Algo que quizá no supieron identificar ni ellos ni la izquierda en general.

Esto es lo que tendría en común una candidatura del CNI (con el apoyo del EZLN) con la de López Obrador: son y construirán candidaturas antisistema antes que plataformas de izquierda tradicionales. No es el puerto ideal de llegada pero tampoco parece un mal punto de partida y de confluencia entre ambos movimientos. Ni la candidatura del CNI-EZLN es una invención de la “mafia del poder” como alegan algunos miembros y simpatizantes de Morena, ni la candidatura de López Obrador está en el mismo saco que el PRI, el PAN y ahora el PRD, como lo ha afirmado Marcos en el pasado. Para construir en política, se debe hacer desde los puntos de encuentro, de lo que nos puede identificar y no ahondar en el deporte de la ruptura y la diferencia o peor, en un pretendido purismo ideológico o moral, tan propio de las izquierdas.

¿Son el PRI y el PAN lo mismo? No, hay muchas formas en las que son diferentes, sin embargo, han encontrado en su fascinación por el dinero y la permisividad a la corrupción y la impunidad los puntos de coincidencia para seguir sosteniendo al régimen capitalista que favorece a un puñado de oligarcas y perjudica el interés de la mayoría. ¿Serían las candidaturas de izquierdas, del CNI y de Morena lo mismo? No. Pero deben de converger en principios inalienables como la denuncia de la explotación, la precariedad laboral, el combate a la corrupción, la defensa de la tierra y las comunidades contra los megaproyectos, los acuerdos de San Andrés, la defensa de los derechos laborales, la oposición a todos los privilegios de clase, género y color de piel, en la insumisión al régimen actual. Seguro hay y habrá diferencias. Que sea en las formas y no en el fondo. Las candidaturas no se excluyen: se pueden complementar como candidaturas antisistémicas.

¿Cuál es la verdadera izquierda? ¿Cuál es el movimiento más legítimo? ¿Cuál el más amplio y de mayor alcance? ¿Cuál es el más radical? Del purismo (ideológico y moral) al purguismo (de tipo estalinista) hay solo dos letras y un camino todavía más corto. No nos detengamos en las diferencias. La batalla debe ser contra el régimen de privilegios, la impunidad y la cultura de la corrupción. Faltan dos años para las elecciones de 2018, de momento no hace falta la declinación de nadie sino la lucha de todos en todos los frentes posibles. Recordemos también que el voto en México ha sido más un voto contra el régimen, un voto antisistema, o hasta un voto de castigo, antes que votos ideologizados de izquierda o derecha, como lo muestran los triunfos electorales del PAN en 2000 y 2016 o el regreso del propio PRI en 2012. Las candidaturas electorales son un espacio, entre tantos otros, de disputa política. La política no empieza ni acaba en las elecciones, hay que trabajar antes y después de ellas; seguir construyendo alternativas después del triunfo o la derrota electoral ya que la política es mucho más amplia y todo proyecto debe ser incluyente además de perfectible. Revalorar a la política como la construcción del bien común y no solo como una disputa electoral sería un triunfo no solamente para el EZLN, el CNI o para López Obrador sino de la sociedad en su conjunto. Eso y la reivindicación de heterotopías insumisas.

(Foto: cortesía de Lorenzo Tlacaelel.)

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