Fantasías porfiristas

En el centenario luctuoso de Porfirio Díaz, la fantasía de un hombre todopoderoso, autor de la estabilidad y el crecimiento, dice menos sobre el porfiriato que sobre el presente.

y | Historia

 

En uno de los momentos abyectos de la historia política de México, entre su tercera y cuarta reelecciones, se formuló la idea de que Porfirio Díaz era “El Príncipe de la Paz” y “El Hombre Necesario”: una especie de monarca de la República. […] De hecho, uno de los logros más notables del porfiriato, muy ambivalente, sin duda, es precisamente la mistificación del poder del Estado, y del presidente como jefe de Estado […] El esfuerzo porfirista fue de hecho tan exitoso que la mitología de un Díaz-todo-poderoso fue “comprada” incluso por la oposición a Díaz, que gustaba de imaginar que en México “ni una hoja se movía” sin el consentimiento del dictador. O sea que tanto aduladores como críticos coincidían en representar a un Díaz-todo-poderoso, y ver en él a un zar, un káiser o un Napoleón. Un hombre cuyo cuerpo y vida se llegó a identificar con el cuerpo de la patria misma. Pero la realidad fue siempre otra.
Claudio Lomnitz, “Preguntas sobre el porfiriato” (2015)

Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el  ejercicio del poder,
y esta será la última revolución.

Plan de la Noria (1871)

Más allá de los treinta años que se perpetuó en el poder, proyectando la imagen de un hombre-Estado cuyo poder lo abarcaba todo, parece que, cien años después de haber sido derrocado, Porfirio Díaz sigue perpetuándose en la conciencia histórica de muchos mexicanos. Durante el mes que acaba, con motivo del centenario de su muerte, hubo multitud de análisis y comentarios sobre Díaz. Los puntos de vista fueron tan diversos como las plataformas que le dedicaron algún espacio: prácticamente todos los medios, de Milenio a Reforma, de Televisa a Nexos, de Proceso a Caras, publicaron algo a propósito de la efeméride. Quienes escribimos estas líneas participamos de un modo u otro en esa conversación, pero aún así no dejamos de encontrarla problemática en al menos tres sentidos.

Primero, porque el debate tendió a concentrarse mucho en la figura de Díaz y poco en el porfiriato. Aunque el motivo de las discusiones fuera el centenario de su muerte, el problema es que se suele remitir a Porfirio Díaz como si él constituyera la explicación fundamental de tres décadas de historia nacional, ofreciendo una representación muy simplista que reduce la complejidad de todo un periodo a la idiosincrasia o a la voluntad individual de una sola persona. Segundo, porque en ese afán de entender una época como obra y gracia de un solo hombre se dejan de lado factores internacionales que tuvieron un peso decisivo en la configuración del régimen porfirista. Y tercero, porque nos parece que todavía subsiste el anacronismo de exagerar los escenarios alternativos y las rupturas entre el porfiriato y la revolución mexicana con el fin de criticar, o incluso descalificar, a esta última (como si la consigna fuera, casi, “estábamos mejor con nuestro dictador”).

Postulamos que en el fondo de estos tres problemas no hay una polémica historiográfica; lo que hay es una disputa política que no se atreve a decir su nombre: una batalla soterrada en torno al significado contemporáneo de un periodo histórico que, a pesar de sus costos y contrasentidos, sigue capturando la imaginación de sectores sociales que quieren encontrar en él, y sobre todo en sus fantasías, un modelo a emular.


No fue un hombre sino una época: contingencia y cambio

Cuando la rebelión de Tuxtepec derrocó a Sebastián Lerdo de Tejada, México no era una hoja en blanco. La primera presidencia de Porfirio Díaz, como todas las presidencias, se explica a partir de una cierta coyuntura y una particular correlación de fuerzas entre varios grupos, entre los intereses económicos de quienes dominaban esta o aquella región del país, los intereses militares que llevaban poco tiempo de haber recuperado control del territorio, los intereses políticos que engendraba una sociedad muy diversa y desigual, etc. Durante las siguientes décadas la coalición porfirista fue mutando, adaptándose a multitud de eventos y circunstancias, para tratar de seguir gestionando una tensa estabilidad entre actores y presiones que, como suele suceder, tampoco eran estáticos.

Para ilustrar lo anterior pensemos en lo que representan, por ejemplo, tres figuras fundamentales como Manuel González, Manuel Romero Rubio y José Yves Limantour.

Manuel González fue un militar que se forjó al calor de las guerras contra la invasión norteamericana, de Reforma y contra la intervención francesa. Compadre de Porfirio Díaz, fue su “hermano de armas” en la lucha contra el segundo imperio y lo acompañó en las rebeliones de la Noria y Tuxtepec. Al triunfo de esta última, Díaz lo comisionó como comandante de la región occidente y luego lo nombró Ministro de Guerra. En 1880, tras una intensa negociación con los hombres fuertes de los estados, González sucedió a Díaz en la presidencia de la República, donde si bien nunca se mandó solo tampoco fue su dócil marioneta. Con todo, tras las elecciones de 1884 Díaz logró que González le entregara de nuevo la presidencia.

Manuel Romero Rubio, por su parte, fue diputado juarista en 1867 y senador lerdista en 1875. Tras el triunfo tuxtepecano partió al exilio junto con Lerdo, pero cuatro años después regresó a México: primero para convertirse en suegro de Porfirio Díaz y luego, en 1884, en su secretario de Gobernación, encargo que desempeñaría hasta su muerte en 1895. A lo largo de esos años ocupó un lugar protagónico en la recomposición de la coalición porfirista, de la que poco a poco fueron desplazados los generales tuxtepecanos de la primera hora (entre los cuales estaba, precisamente, Manuel González) e integrados viejos rivales (sobre todo los lerdistas encabezados por el propio Romero Rubio) y nuevo aliados (como el hombre clave del porfirismo en el noreste, Bernardo Reyes).

José Yves Limantour comenzó su carrera como profesor en la Escuela Superior de Comercio y en la Escuela de Jurisprudencia. Luego se desempeñó en varias comisiones técnicas relativas de la política comercial y monetaria, y después se incorporó como oficial mayor y subsecretario de Hacienda. Abogado de grandes talentos como administrador y economista, así como discípulo de Romero Rubio, fue miembro de la Unión Liberal de Justo Sierra y a partir de 1893 asumió el cargo de Secretario de Hacienda, en el que permanecería hasta la caída del régimen en 1911. Líder paradigmático del grupo conocido como “los científicos”, fue el personaje más representativo del relevo generacional que ocurrió en las filas del porfirismo, particularmente durante la década de 1890.

¿Fue el mismo porfiriato antes y después de la presidencia de González? ¿Fue el mismo tras la incorporación de Romero Rubio? ¿Fue el mismo después de la muerte de Romero Rubio y del ascenso de Limantour? Por supuesto que no, entre cada una de esas etapas hubo importantes coyunturas, conflictos, negociaciones, reacomodos. En sus primeros años, Díaz gobernó con sus contemporáneos como un primus inter pares. A partir de mediados de la década de 1890, Díaz logró mantenerse al frente pero de una coalición formada, en buena medida, por los discípulos de sus primeros aliados, con los que pudo gobernar de un modo más vertical y autoritario. La noción paternal que Limantour pudo haber tenido de Díaz era una que evidentemente no tenían ni González ni Romero Rubio.

Parafraseando a cierto alemán contemporáneo de Díaz, hay que recordar que los hombres hacen su historia, pero ninguno –ni siquiera Carlo Magno, Genghis Khan, Napoleón o Stalin– la hacen bajo las circunstancias que ellos hubieran escogido. Más allá de la figura personal de Porfirio Díaz, en suma, el porfiriato como época es inexplicable sin dos factores que desempeñaron un papel crucial a lo largo de su desarrollo: las contingencias y los cambios.


El país porfiriano no era una isla: contexto

Ese empeño por empatar hombre y época menosprecia, a su vez, otro aspecto que a estas alturas es obvio en la historiografía pero no en la discusión pública sobre Díaz y el porfiriato: que México no estaba aislado del mundo. Al contrario, el periodo comprendido entre 1876 y 1911 se caracterizó por un entorno internacional muy complicado, que algunas veces amplió la capacidad de maniobra de la administración porfirista pero otras veces la redujo considerablemente. Pongamos dos ejemplos.

La revisión histórica del Porfiriato iniciada en los años ochenta se concentró, en un principio, en sus éxitos económicos. Ciertamente se trató de una época de crecimiento sin precedentes en la historia independiente de México. No obstante, esa es una imagen incompleta, deformada, si no se toma en cuenta que durante dichos años el crecimiento económico fue un fenómeno generalizado en el mundo occidental. Prácticamente en toda la América Latina (¡hasta en los otros 17 países que no tuvieron la dicha de contar con un motor económico como don Porfirio!) hubo un crecimiento considerable, impulsado por un boom exportador derivado de la dinámica recuperación de la economía norteamericana tras la Guerra Civil, de la profundización del proceso industrializador en Europa y, sobre todo, de la disminución sustancial de los costos de la transportación marítima durante la segunda mitad del siglo XIX. Al mismo tiempo, el hecho de que los capitales europeos y estadounidenses empezaran a ver disminuida la rentabilidad de sus inversiones en los sectores ferrocarrileros de sus propios países, así como la misma lógica de competencia oligopólica entre capitalistas ferrocarrileros de todo el mundo, convirtió a lugares como México (aunque mucho después que Argentina) en destinos prometedores para invertir. Sí, los subsidios ofrecidos por el gobierno de Díaz también ayudaron, pero ni México fue el único que ofreció ese tipo de subsidios ni el gobierno de Díaz fue el más cumplidor con esos compromisos. Sin duda los gobiernos de Díaz supieron aprovechar esas circunstancias para integrar a México en la gran ola globalizadora de finales del siglo XIX, pero la existencia de esa ola nada tiene que ver con la visión o los méritos de Díaz. De hecho, buena parte de la estabilidad por la que es reconocido el México de Díaz fue un producto directo de ese favorable entorno económico internacional, por lo demás inimaginable para cualquiera de sus predecesores.

Pero así como ese entorno global ayudó al gobierno de Díaz, también le impuso severos límites que en parte contribuyeron, paradójicamente, a su larga permanencia en el poder. Porfirio Díaz gobernó un país que en el último medio siglo había padecido dos intervenciones por parte de potencias extranjeras. Un país que se veía a sí mismo, por decir lo menos, débil y vulnerable. Mientras México se pacificaba, el colonialismo europeo se repartía Asia y África, y Estados Unidos se proyectaba lo mismo hacia el Pacífico que en el Caribe. Para las élites mexicanas la amenaza exterior no era un asunto teórico o remoto sino una posibilidad real. Y si algo aprendieron esas clases dirigentes mexicanas de las invasiones previas fue que la única posibilidad de defenderse con éxito de una posible agresión exterior era permanecer unidas. Cuando murieron las figuras contemporáneas que hubieran podido suceder a Díaz (como Manuel González o Manuel Romero Rubio) era difícil encontrar a otro líder que pudiera garantizar la unidad nacional como la garantizaba Porfirio Díaz (a pesar de sus méritos, ni Bernardo Reyes ni José Yves Limantour eran figuras de consenso). Enfrentar a Don Porfirio políticamente no solo parecía un mal negocio sino, más aún, un riesgo innecesario para el vecino al sur de una nueva gran potencia en plena fase de expansión. Mejor no menearle, hubiera aconsejado el Quijote.

Es imposible entender el México porfirista no digamos ya solo a partir de la figura del dictador sino, además, sin tomar en cuenta las variables externas. El contexto internacional fue de enorme trascendencia tanto para los éxitos como para los fracasos del régimen.


Porfiriato y revolución: contrafactuales, causalidad y continuidades

¿Es posible condenar la violencia de la revolución mexicana, así como el autoritarismo del régimen en el que desembocó, y al mismo tiempo reivindicar a don Porfirio? Difícilmente. Pensar que una prolongación del porfiriato nos hubiera ahorrado los problemas que México experimentó tras la revolución tiene mucho de espejismo. Si Porfirio Díaz hubiera sido inmortal de todas maneras hubiera tenido que enfrentar las consecuencias geopolíticas de la Primera Guerra Mundial, del colapso de los precios de la plata durante la década de 1920 o de la Gran Depresión a partir de 1929. A pesar de tener 100 años encima Díaz (o un presidente Limantour, o un presidente Bernardo Reyes, si preferimos reemplazos biológicamente más probables) de todos modos hubiera tenido que habérselas con la necesidad de llevar a cabo cambios en términos de política exterior, de política económica o de apertura y participación política de las masas, como tuvieron que habérselas todos los líderes del mundo durante los años veinte y treinta. De hecho, Díaz (o cualquiera de sus eventuales sucesores porfiristas) no hubiera gobernado tan diferente de como gobernaron los primeros presidentes emanados del partido de la revolución pues, al igual que Álvaro Obregón o que Plutarco Elías Calles, era antes un político pragmático que un hombre de ideas o convicciones. La crisis de las democracias liberales de la primera posguerra, aun y cuando el suyo no fue ni hubiera sido un régimen susceptible de ser llamado democrático o liberal, lo hubiera obligado a tomar decisiones parecidas a las que tomaron los revolucionarios ya en el poder.

Además, más allá del especulativo “hubiera”, lo cierto es que la revolución y el porfiriato no fueron cosas ajenas. La primera fue un producto histórico del segundo. Hubo revolución, de hecho, como resultado de lo que ocurrió durante el periodo que llamamos porfiriato. El tipo de crecimiento económico que experimentó el México porfirista, en el que el boom exportador permitió el florecimiento económico de ciertas élites a costa de dislocar la vida tradicional de comunidades locales que “estorbaban” al orden y el progreso, y el tipo de estabilidad política que logró al mismo tiempo, sin partidos políticos ni genuina vida parlamentaria ni libertad de prensa o asociación, terminó generando profundos conflictos. El costo social de los despojos, las represiones y los abusos porfirianos fue un extraordinario caldo de cultivo revolucionario. Sin duda esos conflictos pudieron haberse resuelto de un modo distinto, pero tarde o temprano la coalición porfirista iba a tener que lidiar con ellos. La revolución no interrumpió la trayectoria del porfiriato: fue la expresión de sus limitaciones y despropósitos, el estallido de una serie de tensiones inherentes al propio régimen que carecía de mecanismos políticos ni institucionales para encauzarlas.

Finalmente, a pesar de la ruptura que implicó la caída de Porfirio Díaz y las diferencias de largo plazo en las que esta se tradujo, lo cierto es que también hubo muchas conexiones profundas entre el porfiriato y la revolución. Lejos de aquella ilusión de tabula rasa que todas las revoluciones se empeñan en proclamar como parte de su narrativa triunfalista, a nada se parece tanto una revolución como al antiguo régimen del que es hija rebelde. Y en eso, como en todo lo demás, la mexicana tampoco fue una excepción. Pensemos, por ejemplo, en la poderosa influencia que ejercieron las ideas de algunos intelectuales porfiristas como Emilio Rabasa, Andrés Molina Enríquez o Justo Sierra, pasada la frontera cronológica de 1910 o 1911, en ámbitos tan diversos como el pensamiento constitucional, la reforma agraria, la ideología del mestizaje, la educación pública o la creación de un gran partido único. O pensemos en el modelo de economía exportadora que se mantuvo prácticamente intacto hasta la Gran Depresión de 1929. O pensemos en la naturaleza del presidencialismo autoritario y centralista que caracterizó a uno y otro régimen. Ciertamente no fueron iguales pero, parafraseando a Tolstoi, ambos fueron infelices a su manera.

En más de un sentido, el porfiriato constituyó el punto de partida de la revolución. Disociarlos, como si la revolución hubiera sido una desviación, un error o un accidente, es distorsionar la comprensión del proceso histórico del que ambos formaron parte. La revolución no impidió la gloriosa continuación del porfirismo, fue la consecuencia histórica de sus propios déficits y excesos. Usar el porfiriato como recurso crítico contra los gobiernos revolucionarios es un ejercicio absurdo. Los contrafactuales no dan para tanto; la causalidad y las continuidades importan.


Fantasías porfiristas: crítica

¿De qué estuvo hecho, a final de cuentas, el porfiriato? De una estabilidad política de base oligárquica cada vez más dependiente de la continuidad de una misma persona en el poder. De una pacificación social que benefició tanto a las élites como a una incipiente clase media, pero que para amplios sectores de las clases populares implicó despojos, arbitrariedad y represión. De un crecimiento económico relativamente alto y sostenido, pero cuyo impacto social se tradujo en una acumulación de conflictos que no encontraron cauces para gestionarse pacíficamente. El porfiriato fue un periodo, como supo resumirlo Daniel Cosío Villegas, que subordinó las libertades de los más a la prosperidad de los menos. Y al hacerlo, dada su naturaleza poco democrática, convirtió a sus críticos y adversarios en enemigos del orden y el progreso tal y como los entendían, desde luego, los porfiristas.

Las tentativas de reivindicación de Porfirio Díaz suelen celebrar la estabilidad, la pacificación y el crecimiento porfirianos mientras relativizan, o de plano desdeñan, la opresión, la violencia y la pauperización a los que estuvieron estrechamente ligados. Es decir, no se ocupan del porfiriato realmente existente sino de una fantasía porfirista en la que las causas de la revolución son un detalle del que se puede prescindir.

La fantasía de un don Porfirio cuyo poder no conocía límites, que era la encarnación misma del Estado, origen y destino de un país y una época enteros, causa de la estabilidad y motor del crecimiento, es un legado del propio porfiriato. Es, en cierto sentido, el cuento que contó sobre sí misma esa época: el de un país donde la voluntad y el talento de un hombre providencial nos sacaron del caos y el atraso para encaminarnos por una senda de paz y progreso en la que solo cabía la obediencia, en la que no había lugar para el conflicto ni la disidencia.

A estas alturas la supervivencia de esa fantasía dice menos sobre el porfiriato que sobre el presente, sobre lo que inspira entre ciertos sectores una actualidad tan desigual, desgobernada y violenta como la mexicana: querer libertad en lo económico, consenso en lo político y disciplina en lo social. Crecimiento sin redistribución, liderazgo sin oposición, unidad sin pluralismo.

Don Porfirio murió hace cien años, pero la fantasía porfirista sigue perpetuándose entre nosotros.

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