Frente Nacional por la Familia: la familia como propiedad

Contra el ideal patriarcal, la familia podría ser una comunidad desde y a través de la cual imaginemos nuevos tipos de relaciones sociales más solidarias y más horizontales.

| Discriminación

Debo empezar por revisar mi propio lugar de enunciación, mis privilegios: vengo de (y tengo) una familia bastante “tradicional”, dos padres heterosexuales que siguen casados y que están por cumplir su 31º aniversario, clasemedieros, que han trabajado toda la vida para que mi hermana y yo pudiéramos tener “todo”. Bastante conservadora la familia, muchas veces me espanto por ciertos temas y ciertas palabras que salen durante las comidas familiares de los fines de semana; sin embargo, dentro de todo, mis padres nunca intentaron imponerme su forma de ver, entender y temer al mundo, respondían todas mis preguntas con sinceridad cuando no las sabían y alimentaron mi curiosidad por encontrar esas respuestas siempre. Estoy consciente de lo raro que es escribir desde este lugar, desde ese último en particular.

Toda mi educación básica, media y media superior la cursé en escuelas católicas: con lasallistas la primaria y la secundaria y con maristas la preparatoria. En la escuela lasallista, cada fin de curso escolar, los profesores repartían sobres a cada uno de nosotros; en ellos se encontraba todo el papeleo necesario que requería la escuela para nuestra reinscripción; cada año pasábamos por la misma tortura, pues había que llenar uno de esos formularios a máquina –hablo de los mediados de los noventa: ese vacío entre las computadoras accesibles y las máquinas de escribir anacrónicas– y también había que seguir el ritual de la foto en estudio, con las mejores galas y con toda la familia, porque en esa escuela, la fotografía familiar era exigencia. Dice mi madre que la razón detrás de la foto era porque “tenían que conocer a la familia de todos” y, por mucho tiempo, esa fue una respuesta que se me hizo de lo más satisfactoria: ¿quiénes sino los integrantes de la familia son el apoyo de los profesores y viceversa? Estaba lejos de mi experiencia el ejercicio contrario: juzgar a los alumnos por todo lo que una foto familiar tiene para ser leída: raza, clase y la misma “normatividad” de esas familias retratadas.

Mañana marcharán, supuestamente por todo el país, convocadas por el Frente Nacional por la Familia, personas que han decidido hacer del odio y la violencia norma, que han decidido también interpretar como ataques a su normalidad las propuestas del ejecutivo que, por lo menos en la Ciudad de México, ya han sido (casi) normalizadas. He leído, escuchado y reído mucho con artículos, posts, memes, notas y pláticas casuales con amigxs y compañerxs que compartimos puntos de vista similares, y muchos giran alrededor de la defensa de la pluralidad de familias, en entender que la dichosa “familia natural” es tan falsa como la distribución de colores “por género”, que la misma historicidad en la que se anclan no existe y el chiste que es en sí mismo el citar la Biblia como autoridad para argumentar el “derecho de la familia de existir”. Me quiero centrar en, justamente, la extraña elección que hicieran de centrar todo su argumento en la defensa de la familia, por ser este concepto, al mismo tiempo, problemático por la multiplicidad de acepciones diferentes que en sí mismo abraza y porque es ese mismo significante defendido el epicentro (y el productor) de mucha de la violencia invisibilizada que ese sector de la sociedad prefiere hacer a un lado al hablar justamente de violencias.

La derecha entiende que la máxima de cualquier sociedad es la defensa de una sola cosa: la libertad del individuo, y en particular de una sola cosa dentro de esa libertad: su propiedad. La familia, en esta línea, se entiende, al mismo tiempo, como propiedad y como herramienta para ampliarla: los padres tienen la libertad de criar a sus hijos a su imagen y semejanza y, por extensión, de hacer con las vidas de sus hijos lo que se les antoje (o lo que “sea mejor para ellos”, sin importar qué quieran ellos hacer con sus vidas). Es ésta una familia que se ancla a la tradición de las grandes épicas bíblicas del patriarca que todo lo sabe, todo lo puede y decide por todos lo que le convenga al grupo completo; es ésta una concepción de la familia dentro de un tiempo mítico que cancela cualquier historicidad y que, por tanto, no puede cambiar, no debe cambiar, pues cualquier cambio la introduce a la historia. Es la misma familia pequeñoburguesa que Marx describe, pero no es la misma familia que aparece en la literatura más crítica de los sistemas ya osificados a finales del XIX y principios del XX: basta revisar a Dickens, a Flaubert, a Woolf o a Proust para leer de familias que dentro de su misma normalidad retaban y resquebrajaban esa ahistoricidad a la que hoy regresan quienes la “defienden”. No quiero quitar el dedo del renglón de la propiedad, pues creo que es un medio para leer esta defensa casi feral que están construyendo, entre otros, un partido político como Encuentro Social: si es deber del Estado defender la propiedad privada, si es su única obligación en una sociedad neoliberal, entonces el que su concepción misma sea retada es una falla del Estado para proteger a sus gobernados, tanto como lo es el robo, el allanamiento o la inseguridad en general. Así, dentro de esta lógica, el matrimonio igualitario y, por tanto, la comunidad LGTTTBI completa es equiparada con el narcotráfico, con esa masa sin rostro (pero de un color de piel bien definido), con “los maestros”, con “los manifestantes”, con esos que no tienen derecho de ser escuchados y, por ello, sus tomas del espacio público son violentas, sin sentido y peligrosas.

Quienes comparten el hecho de poseer propiedad pueden decidir qué hacer para defenderla: legislar, contravenir legislación que los “ataque”, regular la vida, los cuerpos, el día a día de quienes no son propietarios –un paseo de cinco minutos por la historia de las revoluciones burguesas lo confirma–; son quienes pueden moldear las representaciones de esos “tipos” (tal como litografías decimonónicas) y jugar a que todos quienes no son como ellos conforman caricaturas hipersexualizadas, hiperviolentas e ignorantes. Depende de los hombres blancos con propiedades definir quienes sí poseen, como ellos, propiedades y quienes no: no tanto definir qué conforma la propiedad, sino lo que es considerado tal. Regresemos a aquello que se posee: la familia y a mi historia de la fotografía familiar. En la más simplista de sus simplicidades, una familia (diría el #FrenteNacionalPorLaFamilia) está conformada por Papá, Mamá e hijos, y eso es lo que en mi escuela buscaban ver: papá, mamá e hijos, una representación fija de un instante que no es fiel a la normalidad interna de esa familia pero que, al ser otro grupo humano que sonríe a la cámara, de seguro se debía tratar de una familia feliz, acogedora y unida, que come junta diario, que afronta cualquier problema unida, que trata de poner la mejor cara a todo y que siempre le echa ganas para salir adelante, porque esa familia sí piensa en sus hijos, en su futuro… Pero ¿y las relaciones de poder que circulan dentro de ella?, ¿y el racismo rampante con el que y en el que esa familia se pudiera desarrollar?, ¿y la violencia de género que quizá reproduce?

Parte central de esa misma propiedad, los hijxs no son personas que están formándose, que por uno y mil modos diferentes están aprehendiendo de su sociedad y de ellxs mismxs, que pueden pensar de formas diversas y preguntar sobre todo lo que les rodea. No. Como propiedad, esos hijxs tienen que ser tal como el Ideal sobre el que se construye esa misma familia: niños perfectos, inocentes, asexuados, aceleradamente sexualizadas –pero amenazadas constantemente si ejercen con libertad su sexualidad–, que no opinan, que no saben, que están para la foto, para llenar de orgullo a sus padres –siempre y cuando cumplan el modelo que se tiene pensado para ellos y que en general es uno bastante simple: perpetuar en el tiempo a sus propietarios, que sean copias fieles en todo sentido de sus padres. La violencia interiorizada, esa que incluye el sexismo, el clasismo, el racismo, la homofobia (es, decir, la violencia ejercida contra todo lo que no sea “la familia”) no tiene espacio para hacerse visible, ni menos para cuestionarla porque, en primera instancia, eso se toma como violencia –la verdadera violencia, se dice, es la del narcotráfico, la de las marchas salvajes por la calle, la de los grafittis, la del Otro sobre la propiedad privada de las familias ideales.

Cuando sectores importantes de la sociedad (y por importantes me refiero más a “poderosos”) se movilizan para dejar en claro que es el Otro el que ejerce violencia, que es el Otro el que amenaza y afecta e interrumpe una normalidad mítica, creo que es nuestra obligación tratar de desarticular sus argumentos y no solo condenar su odio, su violencia. Uno de los hashtags demuestra no solo la postura defensiva y violenta con la que construyen sus argumentos: #NoTeMetasConMisHijos, que, de nuevo, regresa a la idea de que esos hijos son propiedad de los padres, que nadie tiene derecho a regular lo que ellos quieren verter sobre sus hijos, así como nadie tiene derecho a decirles de qué color pintar su casa, o qué ropa usar o (y este argumento lo he leído) qué sabor de helado comer.

El significante “familia”, sin duda, todavía puede articularse sobre el concepto de propiedad, todavía puede pensarse que, para serlo, no importan las relaciones de poder que se establecen dentro de ella sino que la familia esté conformada de acuerdo al Ideal, un ideal que, como todos los ideales, solo pervive como imaginario, como la fotografía que en mi escuela lasallista se exigía cada año cursivo. Pero “familia” también puede ser un núcleo de relaciones que decidimos, que elegimos. La “familia” también puede ser una comunidad pequeñísima desde y a través de la cual imaginamos y hacemos todo por construir nuevas relaciones que no dependan de quién tiene el poder, quién dice qué y cómo. “Familia” son los amigos de toda la vida y las mascotas, las parejas homo, bi, trans y heterosexuales que comparten un amor que no hace daño a nadie. “Familia”, más bien –y sigo aquí a Roberto Cruz Arzabal– es un significante vacío que, por mucho que un grupo haya decidido tomarlo como estandarte de su odio e ignominia, supera cualquier simplificación.

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