¿Gay en México?: discusión sobre la pertinencia de una categoría

Más que simple sustantivo, el vocablo "gay" en México tiene un registro de clase: denota al homosexual de clase media que cuenta con capital cultural, poder adquisitivo y capacidad de movilidad social.

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Gay, política e identidad de género

El término inglés gay proviene del latín gai que significa “pícaro”. Es sinónimo, como el español “gayo”,  de “feliz”, “contento”, “ostentoso”, “llamativo”. Sin embargo, ya desde el siglo XVII el vocablo contaba con un doble significado –una connotación sexual. El Oxford English Dictionary registra su uso como adjetivo, adverbio, y sustantivo para calificar al adicto a los “placeres sociales” –un eufemismo de una vida sin “moral” entendida como normatividad sexual. Para el siglo XIX, el término se comenzó a utilizar entre las prostitutas, que lo usaron como sinónimo para “copular”. En el siglo XX, se le asocia con el deseo por sujetos del mismo sexo y se convierte en una especie de sinónimo de “homosexual”. Para la década de los setenta, lo gay designa ya una identidad específica, completamente desligada del vínculo entre homosexualidad y “enfermedad”: el gay es distinto del “homosexual” que había sido patologizado dentro del lenguaje clínico. Este es un cambio cultural que responde a las movilizaciones políticas basadas en la identidad sexual organizadas en Estados Unidos a raíz de las redadas de policía en contra de las llamadas minorías sexuales, sobre todo en los famosos disturbios de Stonewall.[1] Para esta época, gay designa al homosexual orgulloso de su identidad sexual. En el mundo anglosajón, el término se convierte así en un sustantivo político.

A partir de entonces, el movimiento gay se ha extendido por todo el mundo. Sin embargo, esta movilización política basada en la identidad sexo-genérica ha tomado formas diferentes. Mientras que en la década de los setenta en Estados Unidos los gays se movilizaron por y a través de una identidad basada en el género y la sexualidad, los movimientos análogos en México se cruzaron con otros aspectos de identificación igualmente importantes.

En México, el movimiento homosexual demostró desde sus inicios filiaciones políticas no exclusivamente basadas en una identidad sexual. Significativamente, la primera marcha gay en México se realizó el 26 de julio de 1978, no solo en conmemoración de los disturbios de Stonewall, sino como un contingente de grupos homosexuales en una marcha conmemorativa de la matanza de estudiantes en Tlatelolco del 2 de octubre de 1968. Los grupos que organizaron esta primera marcha del orgullo gay en solidaridad con el movimiento estudiantil fueron: el Frente Homosexual de Liberación Revolucionario (FHLR), formado en su mayoría por hombres afiliados al comunismo y el anarquismo; el Grupo Lambda de Liberación Homosexual, integrado por hombres y mujeres clase media, y Oikabeth, formado únicamente por lesbianas feministas. Así, el primer movimiento que luchó por la liberación de la identidad sexual en México no fue concebido solamente en función de la identidad sexual, sino que fue ideado también en términos políticos: de ideologías de izquierda, como el comunismo y el anarquismo, en el caso del grupo FHLR, o de consideraciones en relación con la pertenencia a un nivel socioeconómico, como la clase media en el caso de Lambda.


Salir del clóset como un “acto de habla”

Las marchas del orgullo gay, tanto en el mundo anglosajón como en el contexto latinoamericano, constituyeron un movimiento, una lucha social, que implicaba un salir del clóset colectivo. Los homosexuales, al mostrarse políticamente orgullosos de su orientación sexual y marchar en las calles, realizaban un acto político. Es importante notar que la misma expresión salir del clóset como la auto-revelación de la orientación sexual es también, como el propio término gay, una importación del mundo anglosajón: la traducción de la analogía coming out of the closet.

De acuerdo con Chauncey George,[2] la figura retórica del “clóset” no existía en el mundo gay de antes de la Primera Guerra Mundial. En ese entonces, el coming out (“salir de”) hacía alusión a la entrada en la sociedad homosexual o mundo gay, un mundo “ni tan pequeño, ni tan aislado, ni tan oculto como lo implica el clóset” –una especie de fiesta de debutante. De igual forma, Evelyn Hooker, quien durante la década de los cincuenta introdujo la noción a la comunidad académica, mantiene que el coming out originalmente significaba la entrada a un “nuevo mundo de esperanza y solidaridad comunal”, pero que para la década de los setenta, después de los disturbios de Stonewall, la connotación del clóset adherida al coming out implicaba salir de la “soledad, aislamiento y odio a sí mismo” implicados en esa imagen.

Salir del clóset –es decir: enunciar “soy gay”– es analizado como “acto de habla” por Eve Sedgwick (1950-2009) –una de las principales exponentes de las teorías del sexo-género– en su obra Epistemología del clóset (1994).  Sedgwick está haciendo referencia a la teoría del habla del filósofo británico del lenguaje J. L Austin (1911-1960).[3] Para Austin, el lenguaje no solo es una forma de relacionarse, de hacer declaraciones falsas o verdaderas, o de hacer intercambios simplemente descriptivos. De acuerdo con su teoría, decir algo es hacer algo. Así, las palabras pueden constituir “actos de habla” (speech acts) que al ser enunciados llevan a cabo (perform) una acción. Austin clasificó a estos enunciados como “performativos”. En Epistemología del clóset, Sedgwick estudia la expresión salir del clóset precisamente como una fórmula “performativa”, es decir, como un proceso que, realizado desde la autonomía del individuo, enuncia activamente la percepción e identificación sexual. Para Sedgwick la noción de salir del clóset –y, por lo tanto, las identidades sexuales y de género– están al centro del proceso de “subjetivación” o formación del sujeto.


Salir del clóset en México

En un contexto pigmentocrático como el de México, este proceso de subjetivación está también intersectado por una identificación de clase socioeconómica y de tonalidad de piel. Así, para los integrantes del FHLR, Lambda u Okiabeth, salir del clóset durante la primera marcha gay en México, constituyó, como más arriba se mencionó, un acto determinado tanto por su identificación sexual como por sus afiliaciones políticas y de clase, incluso por la tonalidad de la piel. Así, salir del clóset en México no ha sido el proceso clave en la formación de una subjetividad, como sí lo ha sido para el mundo anglosajón que Sedgwick analiza. Según la activista lésbica María Yaoyólotl, la diferencia entre gays y lesbianas en México, por ejemplo, no reside en sus deseos o prácticas sexuales, sino en su situación social, que se une a su afiliación política. Las mujeres “gay” son “las que no tienen una perspectiva feminista, las que pertenecen a la clase media y son de color blanco”, a diferencia de las “lesbianas”, que sí cuentan con una perspectiva feminista y no son necesariamente “blancas” (y, por lo tanto, tampoco privilegiadas). El salir del clóset de un gay en Nueva York a raíz de los disturbios de Stonewall en 1969 implicaba un proceso de subjetivación muy diferente al del homosexual mexicano que salió del clóset a través de su solidaridad con un movimiento estudiantil en 1978. Mientras que en Nueva York los gays salieron a las calles a marchar orgullosos de su identidad sexual, en México los homosexuales y lesbianas auto-revelaron su orientación sexual en el contexto de una protesta en apoyo a un movimiento político de izquierda.

Sin embargo, en el 2015 parece ser que el neoliberalismo ha alcanzado la homonormatividad, tanto en Nueva York como en México. En las marchas del orgullo gay en ambas ciudades, lo que prevalece ahora es una corporatización de la identidad sexo-genérica: una validación que las instituciones financieras ofrecen a los sujetos como premio a la ya aceptada identidad sexual –condicionada, claro, por sus posibilidades de poder adquisitivo. Tanto en Nueva York como en México, los objetivos del movimiento se canjearon por un certificado de matrimonio y la posibilidad de endeudarse con un crédito hipotecario.


¿Qué es “lo gay”?

Dentro del actual contexto neoliberal globalizado, en el mundo anglosajón el sustantivo político gay se ha transformado en un adjetivo asociado con una cierta “feminidad” para varones. Gay también se ha convertido en un adjetivo para calificar objetos o  conceptos. “Es súper gay” se dice para referirse, por ejemplo, a una blusa de lentejuelas rosas adornada con el dibujo de un unicornio y el debido valor kitsch agregado, cambiando así al movimiento político por un consumismo identitario.  Esta noción nos remite a los años ochenta, cuando se consolida el entendimiento cultural del término. “So gay” se usa ahora para referirse a esa estética de los ochenta instituida por músicos y cantantes británicos como George Michael de Wham, Neil Tennant de Pet Shop Boys y, sobre todo, Freddie Mercury de Queen. Es una estética de shorts muy cortos y ajustados, de colores rosa o azul pastel, en combinación con sudaderas holgadas de color amarillo y maquillaje ligero: pestañas enchinadas, brillo en los labios, a veces un poco de delineador negro. “It’s so gay”: hombres en pantalones cortos, con playeras de algodón blancas y un paliacate azul, vestidos como marineros y bailando coreografías previamente memorizadas. “Oh my gawd it’s so gay” (“Dios mío, esto es tan gay”, pronunciado con una voz aguda para hacerlo todavía “más gay”): playeras entalladas sin mangas, de colores brillantes, con pantalones de cuero o de mezclilla igualmente ajustados. El término gay, al constituirse como una estética, ha visiblemente normalizado a los individuos asociados a esta categoría –desde Stonewall, gay son los hombres blancos, de clase media, “liberales”.

Sin embargo, fuera de Estados Unidos y Canadá, en el resto del continente americano, gay queda como un anglicismo. En el contexto cultural de México, por ejemplo, gay no es necesariamente un sinónimo de “feminidad masculina” o del portador de una brillante playera rosa con lentejuelas. Eso en México es un “maricón”, un “puto” o una “jota”. Gay en México denota en específico al homosexual de clase media o media alta que cuenta con capital cultural, poder adquisitivo, capacidad de movilidad social y, probablemente, una tonalidad de piel más “blanca” y/o un lugar en el espacio de privilegio de la “blancura”. El vocablo gay en México marca una diferencia cultural en términos de la compleja interacción entre clase y tonalidades de piel, es decir, marca una desigualdad social visible en el proceso de subjetivación. Decir “es muy gay” en español también remite a la estética de los ochenta, pero se trata de una estética solo accesible para quienes disfrutan de los privilegios de pertenecer a ciertos grupos. Así, en español el uso de gay, más que calificar una estética, categoriza las clases sociales.

En México, el gay gozoso de Anglo-Norteamérica sería más bien el “maricón de ambiente”. Ser “de ambiente” –la forma coloquial en México de referirse a salir del clóset– no describe solamente el tener una preferencia sexual por el mismo sexo, sino también la pertenencia a cierto entorno limitado por el status social. En la sociedad pigmentocrática mexicana, no es lo mismo salir del clóset como gay que como “puto”, “maricón” o “jota”. Los privilegios del gay en México están reservados a una clase social asociada a logros académicos y profesionales. Así, este breve análisis del término gay y su diferenciación entre México y Anglo-Norteamérica apunta ya a diferentes procesos de subjetivación. Mientras que el gay en Nueva York sale del clóset marcado por una identidad sexo-genérica, el gay en México sale del clóset determinado por una identidad tanto sexo-genérica como de clase y tonalidad de la piel.


Este ensayo es el primero de una serie de textos para Horizontal que explora los vocablos propios de la homosexualidad en México –como “maricón”, “puñal”, “joto” y de ambiente”–, así como las diferencias entre queer/cuir y sexualidades periféricas, y travesti, transvestite e identidades transgénero y transexuales.


Referencias

[1] Los disturbios de Stonewall fueron una serie de levantamientos en respuesta a una redada policiaca en el bar gay Stonewall Inn, en junio de 1969 en Nueva York. A raíz de estos disturbios, y gracias al liderazgo de la trans portorriqueña Sylvia Rivera, la comunidad homosexual se organizó por primera vez para luchar en contra de la violencia policial y estatal que los acosaba y estigmatizaba. A raíz de esta organización, para 1970 surge simultáneamente en Nueva York, Los Ángeles y Chicago el movimiento gay, que desde entonces celebra anualmente su identidad genérica mediante una marcha conmemorativa el Día del Orgullo Gay.

[2] Gay New York: Gender, Urban Culture, and the Making of the Gay Male World, 1890 -1930 (1994).

[3] How to Do Things with Words (1962).


(Foto cortesía de Esparta Palma.)

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