Genealogía mínima de los malos usos de la homofobia

Más allá del miedo y la ignorancia, la homofobia plantea un problema de orden político y de resistencia frente a la hegemonía del heterosexismo, la misoginia, la desigualdad y la precariedad.

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«No conozco a ninguna gente homofóbica. Eso sugiere miedo.
Las personas que conozco que odian a los gays son:
Analfabetas, iletradas, incultas, sin instrucción, sin escuela, sin educación, atrasados, ignorantes, primitivas, vulgares, zopencas, densas, lerdas, letárgicas, obtusas, estúpidas, necias…
Pero no homofóbicas.»
Darnell Lamont Walker

En mi proceso de inculturación gay fue la palabra homofobia una de las primeras que se incluyeron en mi vocabulario y modificaron mi visión del mundo a manera de premisa de historieta de mutantes: hace veinticinco años acepté vivir en un mundo que me odiaba, luchando contra el prejuicio y la discriminación. Mi visión ingenua correspondía a un activismo optimista y moderno que afirmaba las políticas de identidad y creía en el avance progresivo del reconocimiento de derechos e institucionalización de políticas de ese mismo reconocimiento, como aquellas contra la homofobia.

Eran los años noventa, la cultura popular acogía a lo gay por medio de íconos como Madonna, mientras que lo queer —en teoría— se forjaba en las aulas de las universidades liberales estadounidenses; y México no era ajeno a esta emergencia global de la Nación Gay. Mediante Acción Ciudadana por la Tolerancia (ACTO), Letra S y La Comisión de Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH), un grupo de ciudadanos, académicas e intelectuales, presididos por Alicia Estrada Valle, madre del fundador de Ave de México, Francisco Estrada Valle, asesinado el 12 de Julio de 1992, impulsaban el reconocimiento legal de las consecuencias mortales de la homofobia. Para el 2001 la CCCOH ya había identificado 213 crímenes de odio (específicamente asesinatos) por homofobia, y para 2015 el número había alcanzado el de 1,310 asesinatos.

La CCCOH, ACTO y Letra S, grupos afines a Carlos Monsiváis, promovieron la adaptación del concepto estadounidense hate crime, acuñado en los años ochenta. La CCCOH comenzó a documentar casos por medio de la prensa con la metodología aprendida del Grupo Gay de Bahía. Con esta construyó el registro de más de 1,300 asesinatos en dos décadas, que sirvió como su argumento más fuerte para visibilizar la violencia homicida contra las minorías sexuales. El investigador Renaud René Boivin tuvo la oportunidad de conocer esta base de datos, y en su artículo «El Concepto del Crimen de Odio por Homofobia en América Latina. Datos y discursos acerca de los homicidios contra las minorías sexuales: el ejemplo de México» demuestra fallas metodológicas en la elaboración del registro por excelencia de asesinatos por odio. En la identificación de casos potenciales, la saña se convirtió en indicador privilegiado, aunque esto sin un cotejo de la información con fuentes judiciales y de medicina legal, e infló los registros de la CCCOH.

Renaud Boivin tomó una muestra de casos del (entonces) Distrito Federal y descartó 27% de los homicidios registrados por la CCCOH. Vale la pena mencionar que de los casos seguros, encontró que en dos terceras partes de los relativos a hombres y trans asesinados los hechos habían ocurrido en el hogar, en contra del mismo porcentaje entre varones del D. F. entre 1995 y 2010, intervalo de los registros de la CCCOH. El investigador propone hablar de la vulnerabilidad contextualizada en una cultura del homicidio, el uso de armas de fuego, el consumo de alcohol y drogas, donde la homofobia cultural y social toma parte de las formas de sociabilidad y vinculación sexual. Lo dicho: es más que miedo e ignorancia.

Además, acusa que «al centrarse en el ‘odio homofóbico’ de los crímenes, los militantes se olvidaron de lo fundamental, esto es, que la violencia homicida ejercida contra las minorías sexuales reproduce la falta de investigación, los errores de interpretación judicial, las violaciones de los derechos humanos presentes a lo largo de los procesos judiciales que involucran a las minorías sexuales». Un abordaje integral consideraría los prejuicios, estereotipos y las prácticas discriminatorias de las corruptas instituciones de procuración de justicia. En este punto las medidas legales parecen más una simulación que un mecanismo efectivo de eliminación de la discriminación estructural.

Es 2017, más de una decena de entidades han tipificado la discriminación como un crimen (han incluido una cláusula antidiscriminación en su constitución local o cuentan con una ley estatal para prevenirla y sancionarla). El proyecto civilizador del CCCOH ha avanzado, triunfó su adaptación mexicana del hate crime.  ¿Se ha traducido en una efectiva disuasión de la discriminación a las minorías sexuales? No. De acuerdo con la narrativa construida por el CCCOH en sus distintas versiones estamos viviendo en el segundo país más violento de América Latina para las minorías sexuales.

La Primera Sala de la Suprema Corte, al resolver el Amparo directo en revisión 992/2014, justificó en una tesis aislada al tipo penal, pues «la discriminación trasciende a un ámbito de evidente contenido social, con lo cual se niega un reconocimiento en el goce o ejercicio de derechos en virtud de una serie de rasgos que identifican a una persona como integrante de un colectivo que requiere cierto nivel de protección». Para la Corte, un acto discriminatorio, y el daño al individuo que conlleva, trasciende a la esfera colectiva, con lo que impide el acceso a derechos, prestaciones y servicios en condiciones de igualdad garantizadas a todos los miembros de un colectivo discriminado. Así justifica el empleo de medidas de índole penal.

La propuesta e implementación de las legislaciones que tipifican el delito de discriminación en un Estado donde los espacios de procuración e impartición de justicia están viciados de corrupción y heterosexismo, no solo es una medida inefectiva, sino también una expresión de una dimensión demagógica progresista del populismo punitivo. Los actores policiales y los funcionarios del sistema penal hacen como que remedian los problemas estructurales de discriminación y violencia focalizada en las comunidades de la diversidad con medidas de «mano dura» contra los infractores, sabiendo que con esto no hay necesidad de garantizar otros derechos.

Tras décadas de visibilidad y avance en sus derechos, el movimiento LGBTTT  finalmente fue recibido en Los Pinos el año pasado, donde se convirtió en una pieza más de la pantomima simuladora del Estado. El movimiento expidió acríticamente un cheque en blanco al presidente, quien anunció un paquete de reformas legislativas para reconocer el matrimonio igualitario y la identidad de género, en vez de fungir como interlocutor y establecer un mecanismo para erradicar la discriminación en materia laboral, de educación, el sistema de salud y el de procuración e implementación de justicia. Tras posar en la foto y atestiguar el fracaso de la iniciativa, el movimiento LGBTTT ahora enfrenta al Frente Nacional por la Familia, que se articuló en respuesta a esa foto que se tomaron los activistas en Los Pinos celebrando el matrimonio y su aura de respetabilidad.

Nos están matando y no hay ni voluntad política para resolver; ni grupos civiles organizados demandando y produciendo información de calidad sobre los hechos, ni sobre los patrones de discriminación. En vez de eso, grupos LGBTTT protestan frente a la embajada rusa con carteles que ridiculizan a Putin maquillado «como mujer» en lugar de emprender un trabajo serio de alcance a las víctimas de crímenes de odio. La aporía de la protesta gay misógina sería incluso divertida si no hablara del androcentrismo del movimiento, su incapacidad de empatizar y entender que se escribe homofobia, pero se pronuncia misoginia.

El movimiento LGBTTT mexicano no nada más ha fallado como generador de reportes sombra acerca de los asesinatos, lesiones y violaciones a los derechos humanos de las minorías sexuales, sino que ha sido cómplice de lavar en rosa el rostro del Estado mexicano para simular preocupación por el bienestar de nuestras comunidades. Además, al reforzar las políticas de identidad y el concepto de homofobia como miedo, se ha enfrascado en una guerra tribal entre las letras de LGBTTTI por invisibilización de su respectiva fobia específica. Nunca han entendido que se trata de hegemonía, la de la heterosexualidad como categoría política, y no de miedo y pánico a expresiones de género y orientación sexual. La homofobia no es únicamente un mecanismo censor del patriarcado para construir sociabilidad aceptable entre hombres, sino que también es fuente de homoerotismo (cualquiera que conozca o practique el lenguaje sucio gay sabe del potencial erótico del insulto homofóbico).

Como Žižek ha apuntado, la segmentación de las políticas de identidad, por más radicales que sean, responden a una lógica capitalista que mediante la construcción del otro multicultural (entendiendo aquí el estilo de vida gay como parte de un mosaico de estilos de vida étnicos, nacionales, religiosos, etcétera) establece una tolerancia represiva, en la que se da respuesta puntual a las demandas específicas de los grupos organizados por medio de la política de identidades (madres lesbianas, jóvenes gays con VIH, trans de la tercera edad, etcétera) y hasta ahí. El ejemplo tropicalzado de esto es la lucha por acceder a la protección del derecho a la salud por medio de la incorporación al seguro social por la vía del matrimonio y no de la lucha por el seguro social universal.

No se trata de educación, ni de odio, ni de miedo, ni de falta de instrucción: es hegemonía, simple y sencillamente. El Estado tiene una deuda con las poblaciones LGBTTT, pero también su propio movimiento le queda a deber, en la acción y en la reflexión. El ascenso del trumpismo en Estados Unidos, los campos de concentración para varones gays en Chechenia y la articulación del Frente Nacional por la Familia nos llaman a reunirnos estratégicamente más allá de las fobias internas de las identidades agrupadas en lo LGBTTT y las disidencias sexuales y de género. Los homofóbicos no tienen miedo, están envalentonados, no son ignorantes, saben muy bien lo que hacen, y comprenden la dimensión política de su lucha.

En la foto: Disturbios de Stonewall, 1969, Nueva York.

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