Habemus Rector: ¿y ahora qué?

Enrique Luis Graue será el nuevo rector de la UNAM. Aunque promete un rectorado de consolidación, no son pocos, ni poco complejos, los desafíos que deberá enfrentar.

| Educación

El pasado viernes la Junta de Gobierno de la UNAM anunció que el Dr. Enrique Luis Graue, actual director de la Facultad de Medicina, será el rector número 34 tras la refundación de la UNAM en 1910. Refutados quedaron los escenarios anticipados por aquellos que aseguraban que el proceso de elección de un nuevo rector era una simulación y que todo estaba decidido de antemano. La elección, como se vio, no solo fue real sino que cabría describirla como cardiaca, ya que en esta participaron aspirantes con concepciones muy diversas de lo que debe ser la universidad. Asimismo, y quizás por primera vez, dicho proceso tuvo un correlato en medios que le otorgó un nuevo nivel de visibilidad.

Al final, la Junta de Gobierno terminó por seleccionar a un candidato cuya elección falseó los pronósticos de los que aseveraban tener información “de buena mano” que presuntamente exhibía la intromisión de grupos externos que, según se dijo, habrían acordado la imposición de un candidato concreto. Dicho sea de paso, en cualquier caso era difícil creer en esta lógica. Conozco, por ejemplo, a la Dra. Maite Ezcurdia, investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas, y sé que es una persona íntegra y de principios; si el resto de la Junta comparte su talante, resulta entonces difícil suponer que sus miembros sean dóciles peones. Eso, desde luego, no niega que sean sensibles ante el contexto nacional dentro del cual se inserta la UNAM.

En todo caso, con esta decisión continúa el linaje de rectores cuya formación es de médicos. Una decisión que, para muchos, refleja la importancia que la Junta de Gobierno le concedió al tema de la gobernabilidad y la búsqueda de una tercera vía que privilegiara la creación de consensos. Como el propio Dr. Graue dijo, el suyo será un rectorado de consolidación.

En este sentido, el ahora nuevo rector anunció su intención de continuar con la actualización de los planes de estudio tanto a nivel bachillerato y licenciatura como a nivel de posgrado. Asimismo, señaló que buscará fortalecer una cultura de evaluación constante que permita mantener el nivel de la planta académica de la universidad. Por ello es que continuará dándole impulso a los programas que buscan integrar nuevas generaciones al profesorado universitario. De igual manera, evaluará la posibilidad de crear más Escuelas Nacionales de Estudios Superiores (ENES) en los diversos estados, ampliando con ello la oferta académica de la universidad. Sin embargo, también velará por mantener la calidad mientras se da este proceso de ampliación tanto de matrícula como de carreras ofertadas.

Es de destacarse que el Dr. Graue buscará implementar una maestría en Estudios de Género, lo cual consolidará la importancia que este enfoque ha ido ganando en la universidad. Asimismo, tal como se pudo escuchar en las cápsulas de Radio UNAM, el nuevo rector impulsará una cultura de integración en la cual se combata la discriminación, ya sea por motivos de raza, clase, género u orientación sexual. Finalmente, el tema de la seguridad también será abordado; un tema que, dicho sea de paso, afecta diferencialmente a las compañeras.

Todo lo anterior lo celebro y me parece importante. Lamento, eso sí, y sin que con ello demerite la trayectoria del Dr. Graue, que el techo de cristal se mantenga en la UNAM. Con esto me refiero a que tendremos que seguir esperando para tener a una mujer rectora. Y esto no lo digo porque haya sido simpatizante de Rosaura Ruiz –o de Suemi Rodríguez–, ya que en realidad he intentado mantenerme alejado de las discusiones que reducen la política universitaria a unas cuantas figuras. Digo esto a pesar de que fui alumno de Rosaura en mi primer semestre de licenciatura y he interactuado con ella en numerosas ocasiones pues ambos nos dedicamos a temas comunes –la filosofía e historia de la biología. Sé que es una mujer comprometida con el tema de género, y en la Facultad de Ciencias ello se ha hecho notar. Sé, también, que es una defensora de la laicidad, la autonomía y la gratuidad de la universidad. La recuerdo como una maestra que nos inculcó la importancia de despenalizar el aborto mientras aprendíamos historia y filosofía de la ciencia. Por todo lo anterior le tengo mucho respeto. Y, sin embargo, la importancia de romper dicho techo de cristal rebasa las candidaturas concretas de Rosaura o de Suemi, ya que esta es una tarea que seguirá pendiente y cuyos efectos muy seguramente rebasarán a la universidad cuando finalmente podamos andar sobre dichas astillas.

Sea como fuere, muy probablemente los retos que habrá de enfrentar el nuevo rector exceden la esfera de lo estrictamente académico. Este ha sido, sin duda, un proceso de transición que nos ha permitido corroborar algo que ya sabíamos: la talla de la universidad hace posible que en ella convivan una enorme variedad de ideologías acerca de qué debe ser la universidad y cuál es su función para con la sociedad. Quizás el más grande reto del nuevo rector se jugará en la esfera de la política universitaria.

Tendrá, de esta forma, que buscar dar cabida a todos los grupos que componen a la universidad; tendrá que saber dar espacios a los diversos sectores que contribuyen a la vida de esta institución. Ello no es tarea menor. A modo de ejemplo, en la universidad encontramos concepciones radicalmente opuestas casi con respecto a todo; tenemos desde profesores eméritos cercanos al ecosocialismo y el comunitarismo, como el Dr. Víctor Toledo, hasta investigadores galardonados con el premio Príncipe de Asturias, como el Dr. Francisco Bolívar Zapata, experto en biotecnología y transgénicos.

Ahora bien, estas diferencias se dan en todos los niveles. De entre mis conocidos, muchos biotecnólogos y biólogos moleculares apostaban por la candidatura de Bolívar Zapata e incluso sostenían que, si no ganaba, la UNAM habría perdido una gran oportunidad para reinventarse a sí misma. Para otros, en general ecólogos, su rectorado hubiera significado un acercamiento al modelo americano de universidad en el cual los vínculos con la iniciativa privada son tan estrechos que se habla del complejo industrial-universitario.

Dichas diferencias no son menores ya que implican concepciones políticas muy distintas de cuál es el lugar de la universidad y de los saberes al interior del país y en relación a diversos sectores, en especial en lo que respecta al sector privado. Lo que para algunos es anatema para otros es una apuesta fundamental, necesaria y positiva. Si este proceso de sucesión ha sido tan cardiaco es justamente porque hizo visibles las polarizaciones que existen al interior de la UNAM.

Polarizaciones que en ningún caso admiten lecturas maniqueas. Por ejemplo, al Dr. Sergio Alcocer, ingeniero de formación, lo apoyaban investigadores como el Dr. Guillermo Hurtado, quien hasta hace poco era director del Instituto de Investigaciones Filosóficas. De acuerdo con Hurtado, el Dr. Alcocer tenía el mejor programa e, incluso, la propuesta más completa en el área de las Ciencias Sociales y Humanidades.

Esto es: la elección recién concluida mostró la diversidad política al interior de la UNAM pero sin que dicha diversidad pueda narrarse como una contienda entre humanistas y científicos o entre la izquierda y la derecha. Las alianzas eran más finas y los ejes eran varios. Había también coincidencias indiscutibles en los temas de laicidad, gratuidad, autonomía y una educación de calidad y con carácter humanista.

Habiendo dicho eso, hay, sí, un conjunto de temas que la UNAM y el Dr. Graue habrán de enfrentar. Podemos destacar a los siguientes:

1. Una de las grandes debilidades de la UNAM consiste en el hecho de que su presupuesto proviene en gran medida del erario público. Para algunos sectores de la UNAM esto es una debilidad que incluso amenaza su autonomía. Por ello es que han buscado generar recursos propios u obtenerlos mediante colaboraciones con el sector privado. Sin embargo, para otros sectores la cercanía con el sector privado es motivo de intranquilidad. Ven en ello otra amenaza a la autonomía universitaria ya que ello abre la puerta a que fuerzas externas a la universidad incidan en su vida interna. El nuevo rector tendrá que sopesar ambos puntos de vista e intentar encontrar un punto que, en la medida de lo posible, atienda a las inquietudes de ambos enfoques.

2. De la mano de lo anterior se encuentra un debate que se está gestando y que eclosionará con este nuevo rector. CONACyT ha impulsado la creación de Laboratorios Nacionales, para los cuales este órgano aporta financiamiento pero que, por principio, están orientados a servir como espacios en los que la universidad y los sectores productivos colaboran, incluido el sector privado. Ello abre la puerta a que haya actores extra-universitarios involucrados en la vida de la UNAM. Al igual que en el punto anterior, hay puntos de vista que celebran esto mientras que, para otros, ello amenaza con violentar la autonomía universitaria.

3. Si bien la renovación de la planta docente de la UNAM ha gozado de un enorme apoyo, para algunos las cláusulas que dan preferencia a jóvenes menores de 37 (varones) o 39 años (mujeres) son discriminatorias y podrían haber sido evitadas. De igual manera, la presión por jubilarse con la que se han encontrado algunos investigadores mayores de 70 años ha generado molestia en algunos institutos. El nuevo rector deberá ponderar la importancia de dicho rejuvenecimiento pero sin que ello vulnere los derechos de la planta académica.

4. Un tema igualmente espinoso lo encontramos en la forma en que la polarización se aterriza en el sector estudiantil. Al menos en las Facultades de Ciencias, Filosofía y Letras, Economía y Ciencias Políticas y Sociales hubo grupos de alumnos que amenazaron con llevar la universidad a paro si ganaban Alcocer o Zapata. Por un lado, la UNAM tiene que garantizar la libertad de expresión y agrupamiento de sus alumnos; gestionar incluso la creación de canales que permitan la expresión de estos puntos de vista por medio de canales institucionales. Por otro lado, la UNAM, y no solo algunos miembros del sector estudiantil, tiene que construir formas políticas de interlocución que no presupongan ni el chantaje ni la amenaza de represión.

5. Asociado a lo anterior se encuentra la igualmente improrrogable necesidad de reflexionar sobre los mecanismos de gobierno de la universidad. En este proceso todos los candidatos avalaron este mecanismo e, incluso, mencionaron las razones históricas que llevaron a su adopción. Y, sin embargo, la presión por transparentar y abrir el proceso le dio matices novedosos a esta sucesión, matices que lo enriquecieron y que quizás ameriten una mayor apertura y participación.

6. El tema de los derechos laborales se hace cada vez más impostergable. Los profesores de asignatura fungen como una mano de obra calificada, barata y prescindible. Los profesores e investigadores contratados por medio de la figura del Artículo 51 se encuentran sujetos a mecanismos de contratación y recontratación que no gozan de la transparencia necesaria. Estos dos puntos, si bien son mencionados por el Dr. Graue en su plan de desarrollo institucional, no serán triviales y no deberán olvidarse.

7. También dentro del tema de los derechos laborales, pero ahora desde el enfoque de género, es importante que la UNAM se tome en serio la creación de licencias de paternidad que permitan a los varones involucrarse en el cuidado de los hijos recién nacidos.

8. Continuando con el tema laboral, la UNAM le debe a sus alumnos una formación que les ayude a insertarse en el mercado de trabajo. Sin embargo, esto no debe ni traducirse en la pérdida de una formación humanista y socialmente comprometida ni entenderse como la creación de obreros calificados. Si hemos de incorporar esta reflexión, debemos hacerlo haciendo posible que la UNAM tenga incubadora de empresas y prácticas profesionales que permitan alcanzar puestos de liderazgo.

9. De igual manera, la pérdida de competitividad de los salarios es innegable. Si bien este es un tema de alcance nacional, lo cierto es que la UNAM ha generado sistemas de estímulos que compensan los bajos salarios de los académicos. Pero estos estímulos no son formalmente un salario y ello ha acarreado dinámicas en las cuales la obtención de estos ingresos adicionales se ha vuelto un fin y no un medio; por ejemplo, se han terminado por privilegiar aquellas actividades que se traducen en una remuneración, en detrimento de actividades de difusión o divulgación que cuentan mucho menos. Asimismo, esto se ha visto reflejado en la imposibilidad de alcanzar una jubilación digna a menos que uno tenga la suerte de que se le presente un programa de jubilación asociado a la renovación de la planta académica (sin embargo, ver punto 3).

10. Por último, la labor del rector es representar a la UNAM tanto en México como en el extranjero. Deberá seguir negociando un presupuesto digno para la institución y seguir presionando para que la universidad pública en su totalidad no sea abandonada por el Estado. Así también, deberá seguir construyendo puentes con diversas educaciones educativas de Latinoamérica y el mundo.

En suma, el nuevo rector habrá de ser un líder y no meramente un gestor. Deberá ser capaz de ser un interlocutor con propios y ajenos. Su tarea consiste, después de todo, en saber convocar a los universitarios para lograr construir un espacio común en el cual nuestras diferencias sean una fortaleza y no un obstáculo. Su tarea es también defender los derechos de los universitarios tanto fuera como dentro de la universidad. Vigilar que la autonomía de la universidad no se vea amenazada y que su viabilidad institucional no se vea comprometida.


(Imagen cortesía de Nieri Da Silva)

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