¿Hay vida después del capitalismo?

El desajuste entre la promesa de una vida extendida y una realidad precaria en la vejez es uno de los dilemas centrales del capitalismo contemporáneo. Debemos superar los dogmas del individualismo y la competencia para reconstruir una verdadera sociedad comunitaria.

| Desigualdad

Cuando declaró que la muerte era el principal enemigo en la vida, el teórico evolucionista Stephen Jay Gould insinuaba que la batalla no se había acabado: los enemigos pueden ser desafiados y las victorias parciales son posibles. La imaginación es nuestra recompensa por una vida que es limitada –y también es un medio para contrarrestar ese error de la evolución.

Pero la muerte no es el único enemigo. También está una máquina llamada capitalismo, que al mismo tiempo bloquea y moldea el futuro. Mientras éste moviliza recursos para acumular valor económico, el potencial de liberación se despliega en términos de avances tecnológicos –que incluyen nuevas medicinas y tratamientos que extienden significativamente la duración de nuestras vidas. Aunque también el costo humano de sus imperativos económicos: costos que se extienden en una vejez de aislamiento y pobreza para demasiadas personas.

El capitalismo puede advertir la existencia de la desigualdad, pero no el grado en que el sistema la fortalece, ni la responsabilidad para atender a aquellos más expuestos a la mala salud, la mala educación, la pobreza y el crimen –realidades que se suelen atribuir, erróneamente, a fallas personales, no a fallas estructurales. Este desajuste entre la promesa de una vida extendida y una realidad con condiciones de vida decrecientes en la vejez es uno de los dilemas centrales del capitalismo contemporáneo.

Frente a estos dilemas, algunos filósofos sociales como André Gorz (1923–2007) han propuesto una serie de alternativas claras, prácticas y democráticas al capitalismo. Gorz articuló una dirección alternativa –roja y verde– para las políticas de la izquierda, un modelo de ecología política que desafiaba la lógica, la moralidad y la eficiencia del capitalismo, así como su constante búsqueda de ganancias. Estas críticas lo dejaron prácticamente sin voz en los principales medios de comunicación (o como Gorz los llamó en Los caminos del paraíso [1986]: “los mercaderes del olvido”). Gorz nunca dejó de recalcar la devastación psicológica que surgía de la rápida y extendida degradación de las capacidades de la mano de obra combinada con la búsqueda de los capitalistas de nuevas maneras de flexibilizar el mercado laboral, mecanizar el trabajo y maximizar las ganancias.

Motivado por la idea de “producción socialmente útil”, Gorz propuso una serie de formas para revitalizar estas capacidades, minimizar el trabajo y maximizar el tiempo libre de las personas. En corto, si el capitalismo produce alienación, Gorz propuso, como respuesta, extender la esfera de actividad humana autónoma con el objetivo de incrementar el ámbito de autorrealización. Entre sus propuestas prácticas (que incluían un ingreso básico universal como medida provisional en lo que el dinero era eliminado), se encuentran planes para el desarrollo de comunidades organizadas democráticamente que pudieran determinar, entre otras cosas, valores de producción, programación y provisión para las necesidades locales; explorar la liberación de las formas jerárquicas de organización laboral; e implementar prácticas post-productivas.

En otro de sus libros, Adiós al proletariado (1980), Gorz describió la existencia bajo el capitalismo como una “muerte social”, pues creía que vivir más significaba poco si no se trataba de vivir bien. Esta es una observación que se siente cada vez más relevante en las sociedades capitalistas avanzadas, que, a su vez, están respondiendo en una variedad de formas. En Japón, por ejemplo, el número de centenarios ha superado los cincuenta mil, al tiempo que la población total ha disminuido en un millón –y continuara disminuyendo porque cada vez menos personas quieren tener hijos.

Dado un contexto con unas perspectivas que dicen que al menos el treinta y cinco por ciento del país tendrá más de sesenta y cinco años antes de que acabe el siglo, una población rápidamente decreciente y la necesidad de contratar a más trabajadores inmigrantes, el gobierno japonés ha expresado sus preocupaciones sobre su incapacidad para pagar las crecientes deudas del país. Reflejando en parte las fuentes de alienación en esta sociedad intensamente competitiva y cada vez más insegura, el primer ministro, Shinzo Abe, ha designado a un “ministro por los cien millones de personas activas”. (Aparentemente, eso significa actividad sexual también.)

Como si las cosas no estuvieren lo suficientemente difíciles para el gobierno japones, además, una peculiar condición psicológica llamada Hikikomori ha reducido la futura fuerza laboral en Japón por un millón de personas, y esta es una tendencia en aumento. Caracterizada por el aislamiento social y el pobre sentido de identidad, Hikikomori parece ser la respuesta de muchos jóvenes japoneses al grave estrés que trae los menos que satisfactorios prospectos del capitalismo contemporáneo y su incapacidad para proveer una existencia significativa. Como las posibilidades de disfrutar actividades en los exteriores, ya que los Hikikomori permanecen en sus casas, sin aventurarse, por periodos de tiempo que van de los seis meses hasta muchos años.

Bajo estas condiciones, “el regalo de la juventud” puede ya no ser tan atractivo, o tal vez los jóvenes simplemente teman la realidad de la alternativa: la de envejecer y perder el control, la de entrar al mundo del olvido. La cultura de la nutrición, las mejorías medioambientales y los avances médicos han aumentado significativamente las posibilidades para la mayoría de personas en Japón, y en otras partes de occidente, para vivir vidas considerablemente más largas, pero no ha existido un avance correspondiente en términos de su calidad de vida a largo plazo: los prospectos de la longevidad no coinciden con los prospectos de felicidad futura de las personas. Como la última Jenny Diski escribió: “Viejos, solos, no solicitados, invisibles… los vemos repetidamente en los noticiarios de la televisión, muriendo de soledad y negligencia, incluso en el atestado salón de día de un centro de asistencia… No puedo pensar en nada acerca de la realidad de envejecer que mejore la vida de una persona.”

Por lo tanto, el temor a envejecer puede ser mayor que el temor a la muerte, y por buenas razones. El declive físico por lo general es acompañado por la pérdida de los factores que conjugan una vida significativa: la familia, los amigos, las redes sociales, las experiencias, los logros, el reconocimiento y el conocimiento. La conciencia misma se forma gracias al involucramiento social: el concepto que se tiene de uno mismo, de nuestra identidad, no puede separarse de la acción humana y la interacción. Por ello, no sorprende que el envejecimiento impulse a muchas personas a dar respuestas desesperadas: trabajar compulsivamente, hacer ejercicio excesivamente, regímenes de dietas, la moda de “pénsate a ti mismo más joven” y la cirugía estética. Igualmente los puede inclinar a la soledad de sus esferas privadas por la televisión, las drogas, el alcohol y la depresión.

Estas circunstancias pueden explicar, en parte, por qué el suicidio ha incrementado dramáticamente en los años recientes (ha aumentado en un 15% entre los mayores de cincuenta años en Inglaterra y ha alcanzado su máximo nivel en 30 años en Estados Unidos). El capitalismo articula una “independencia” en términos del fundamentalismo de mercado, planteando que la forma ideal de comportamiento individual es la de ser competitivo, autónomo, posesivo, autosuficiente, la de estar siempre en busca del interés personal –o, en otras palabras, ser egoísta y avaro.

Los valores comunitarios se han abandonado; la dependencia, en este lenguaje, se relaciona con la enfermedad y la insuficiencia. Es en este contexto que el aumento de suicidios relacionados con la mayoría de edad tienen que considerarse. Como Lynne Segal lo ha señalado, al rededor del veinte por ciento de la población de mayor edad de Inglaterra vive en pobreza, y su sufrimiento se intensifica por las dolencias que están asociadas con la vejez, y por la creciente dependencia de este grupo con servicios de asistencia sanitaria de calidad, que cada vez son más escasos en una época de austeridad y recortes presupuestarios.

Por otro lado, el prospecto de la muerte también puede ser, en algún sentido, esperanzadora. Según la Teoría de Administración del Terror (TAT) –un enfoque emergido de la psicología social existencial–, considerar tu fallecimiento mejora la salud psicológica al brindar un cierto sentido de propósito a la vida y reducir el miedo a la muerte. Hace esto al envalentonar  y alentar a las personar a incrementar su inversión en capital cultural y social –los recursos que proveen significado, dignidad e identidad a nuestras vidas.

Esta teoría sugiere que no existe mente sin lenguaje, ni lenguaje sin interacción social. Después de todo, las personas son animales sociales, y sus concepciones de sí mismas se desarrollan a través de la independencia. Pero si las estructuras que forman las bases de la comunicación humana se están degradando, ¿qué significará esto para la identidad y la realización personal?

La muerte llega a nosotros, como suele decirse, o por diseño o por accidente de la evolución, no obstante que indudablemente las personas intentarán vencer al Grim Reaper de muchas maneras, o morirán en el intento. Pero ¿cuál es el punto de canalizar nuestras energías en vivir más si esto solo incrementará los años de un aislamiento, tal vez, marcado por la pobreza y unas circunstancias de negligencia?

Cuando fueron propuestas a principios de los ochenta, las ideas de Gorz fueron marginadas por los principales medios de comunicación, y fueron recibidas con humor y desprecio por los líderes empresariales, la izquierda, la academia y los líderes de los sindicatos. El concepto “utópico”, por ejemplo, era utilizado frecuentemente como peyorativo para referirse a Gorz y su trabajo; aun así, con calma y alegría el filósofo aceptaba el término. Hoy, con la agudización de los problemas descritos, sus argumentos se han convertido en un lugar común en el discurso político, particularmente los referentes a la catástrofe ecológica, el neoliberalismo, la austeridad y la globalización. Parece que esta voz, perdida en la jungla, estaba adelantada a su tiempo.

Siguiendo las ideas utópicas, pero fantásticamente prácticas, de Gorz, la respuesta correcta al envejecimiento debería ser el trabajo en conjunto en estrategias que liberen el tiempo para actividades creativas, crear redes comunitarias que antagonicen el lucro y que socialicen el trabajo de cuidado, cultivar recursos para regenerar y mejorar la calidad de vida de todos. En otras palabras: garantizar un orden social más allá del capitalismo que permita a los humanos prosperar, sin importar la edad.


Este texto fue publicado originalmente en OpenDemocracy.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: The Public Domain Review.

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