Humana, cruel y breve: la vida bajo la desigualdad

La evidencia empírica es indiscutible: la desigualdad mata. La muerte y las enfermedades crónicas llegan más temprano a los pobres y a los menos instruidos.

| Desigualdad

Es probable que el lector haya oído y leído mucho sobre la desigualdad en estos años de crisis financiera, pero cabe preguntarse hasta qué punto ha logrado distinguir otras clases de desigualdad que no sean las del ingreso y la riqueza. ¿Ha oído algo sobre las desigualdades de salud, de vida y de muerte, por ejemplo? ¿O acerca de cómo las situaciones desiguales de los padres afectan a sus hijos en el cuerpo y en la mente? ¿Y cuánto ha llegado a saber sobre los diversos procesos de igualación que se desarrollan actualmente en algunas partes de este mundo? ¿Qué oportunidades ha tenido de mirar tras la fachada de la “globalización” para constatar de qué modo y hasta qué punto se interrelacionan e interactúan los procesos de distribución en diferentes regiones del planeta? Y en el caso de no aprobar el estado actual de la desigualdad, ¿sabe el lector qué instituciones es preciso cambiar en primer lugar? ¿En qué fuerzas sociales puede depositar su esperanza y a cuáles estaría en condiciones de sumarse si así lo deseara?

La teorización sobre la desigualdad realizó grandes avances en las décadas previas a la actual crisis económica, sobre todo en el marco de la filosofía social, así como la medicina y la epidemiología: avances que aún no fueron absorbidos por la ciencia social dominante ni por el discurso público general. Todavía hay preguntas teóricas cruciales a las que no se ha dado respuesta o sobre las que no se ha reflexionado con seriedad.

¿Qué tiene de malo la desigualdad? ¿Por qué nos molesta la desigualdad económica de algunos y admiramos la de otros, como las estrellas del deporte y el entretenimiento, por ejemplo? ¿Cuál es la diferencia entre la desigualdad y la diferencia? ¿Qué tipo de igualdad deberían esforzarse por conseguir los igualitarios democráticos y libertarios contemporáneos? ¿Cuáles son los mecanismos sociales que producen la desigualdad —y la igualdad—?

Tales interrogantes, junto con otros relacionados, me han motivado a agregar esta contribución al debate en curso. Sin dejar de prestar la debida atención al becerro de oro y sus devotos —ni de presentar mis respetos a sus analistas económicos—, sostengo que las violaciones del derecho a desarrollar la capacidad humana, sobre las que se erige la desigualdad, requieren un abordaje empírico mucho más amplio y un enfoque teórico mucho más profundo que los aplicados en las ofertas existentes.

Comencemos por indagar en los campos de la experiencia actual.


Las breves vidas de los desigualados

La desigualdad mata. Entre 1990 y 2008, la esperanza de vida de los hombres estadounidenses blancos sin título universitario se redujo en tres años, mientras a las mujeres blancas con bajo nivel educativo se les acortaba la vida en más de cinco años. Solo el sida en el África Meridional y la restauración del capitalismo en Rusia han causado un impacto más letal que la polarización social estadounidense durante los años de auge de Clinton y Bush. La vida de los afroamericanos es más breve que la de los estadounidenses blancos; sin embargo, esta brecha en realidad se ha angostado durante las últimas dos décadas (después de haberse ensanchado a principios del siglo xx), entre 1990 y 2009. Tomadas en conjunto, las desigualdades de raza y nivel educativo —negros que cursaron estudios durante menos de doce años en contraposición a blancos que cursaron estudios durante más de dieciséis— acortaban la vida de los desaventajados en doce años en 2008. Esta brecha es igual a la diferencia nacional entre Estados Unidos y Bolivia.

El retorno del capitalismo a la ex-Unión Soviética implicó una drástica desigualación y un empobrecimiento masivo. El coeficiente de Gini[1] —que mide la desigualdad del ingreso— trepó en Rusia desde 27 en 1990 hasta 46 en 1993, mientras que en Ucrania pasó de 25 en 1992 a 41 en 1996, para continuar aumentando después hasta llegar a 52 y 46 respectivamente en 2001. Hacia 1995, los procesos de restauración habían generado 2,6 millones de muertes adicionales solamente en Rusia y Ucrania. Durante la década de 1990 y considerando la totalidad de la ex-Unión Soviética, la cantidad de víctimas fatales que se cobró este proceso ascendió a cuatro millones, de acuerdo con el epidemiólogo británico sir Michael Marmot.

Después de una recuperación durante los años cincuenta y principios de los sesenta, la situación de la salud se había estancado en la Unión Soviética y Europa Oriental, y hasta había empeorado en países como Rusia. Pero la restauración del capitalismo produjo un súbito salto en la mortalidad, con un incremento del 49% en la tasa de mortalidad estandarizada de los hombres rusos (de 16 años para arriba) entre 1988-1989 y 1993-1994, y uno del 24% entre las mujeres durante el mismo período.

La estimación de Marmot, según la cual hubo cuatro millones de muertes excedentes durante la década de 1990, es considerablemente más baja que los efectos letales de la colectivización estalinista en la década de 1930, cuya mejor estimación para el período de 1927 a 1936 es al parecer de circa nueve millones, con un impacto particularmente devastador en Kazajistán y Ucrania. Sin embargo, en lo que concierne a Rusia, la tragedia de los años treinta con la colectivización y la de los años noventa con la privatización no son incomparables. Desde 1930-1931 hasta 1933, la tasa (bruta) de mortalidad rusa se elevó en el 49,5%, es decir, alcanzó casi exactamente el mismo incremento que experimentaría sesenta años después. Cabría argumentar que las muertes excedentes de Rusia y Ucrania en la década de 1990, producto del desempleo masivo, el empobrecimiento en gran escala y el deterioro generalizado, fueron menos brutales que las causadas por las requisiciones, la hambruna y las deportaciones de la colectivización estalinista. Sin embargo, la aceptación silenciosa de las nuevas muertes sistémicas por parte de los liberales y conservadores del mundo es más inconcebible en los mediáticos años noventa —la “era de la información”— que el ingenuo descreimiento de los comunistas y admiradores soviéticos durante los aislados años treinta.

Hacia 2009, la esperanza de vida en Rusia y Ucrania continuaba siendo menor a la de 1990. En Rusia se amplió la brecha educacional de longevidad y subieron las tasas de mortalidad en todos los grupos educacionales. Pero en la Estonia y la Lituania de los años noventa, el drástico incremento de las muertes de personas que a lo sumo tenían educación secundaria completa acompañó un descenso de la mortalidad entre quienes habían accedido a la educación superior.

El principal patrón europeo occidental de la desigualdad en las posibilidades vitales indica un estancamiento o un alargamiento lento de la vida entre los pobres y las personas con bajo nivel educativo, mientras que el horizonte vital del resto está extendiéndose. Esta parece ser la tendencia del último medio siglo o más; en el Reino Unido se observa más o menos desde la introducción del Servicio Nacional de Salud (sin insinuar una conexión causal). Después de alcanzar un pico a mediados de los años noventa, la brecha inglesa entre las clases ocupacionales i y v ha decrecido un poco, pero las diferencias de perspectivas vitales entre las distintas áreas territoriales continuaron creciendo y aumentó el coeficiente de desigualdad entre las edades de muerte. Solo entre 2004-2006 y 2009-2010, la brecha de longevidad entre Glasgow y Kensington-Chelsea aumentó en más de un año. El patrón estadounidense es similar, pero incluye además una creciente brecha de mortalidad entre el cuartil más rico y el resto de la población, incluidos los cuartiles segundo y tercero.

También son bastante drásticos algunos cambios que se han observado recientemente en otras partes de Europa Occidental. En Finlandia, por ejemplo, la brecha en la esperanza de vida a la edad de 35 años entre el quinto (quintil) más rico y el más pobre de la población se ensanchó en cinco años para los hombres y en tres para las mujeres durante el período comprendido entre 1998 y 2007. Hoy asciende a 12,5 años entre el quintil más alto y el más bajo de la población masculina y a 6,8 entre los respectivos quintiles femeninos. Otro estudio finlandés realizado por el mismo grupo de investigadores halló que la tasa de mortalidad (estandarizada por edad) en las edades de 35 a 64 años se incrementó de manera contundente entre 2004 y 2007 en el quintil de mujeres más pobres, hasta quedar muy por encima del nivel que había alcanzado a fines de los años ochenta. Las muertes prematuras entre los desempleados y entre las personas que viven solas también aumentaron vertiginosamente entre 1988 y 2007, tanto entre los hombres como entre las mujeres.

En una serie de extensos estudios longitudinales se ha constatado que el desempleo produce muertes de más, aun cuando se controlan los resultados con referencia al uso de paliativos para el estrés, como el alcohol y el tabaco, así como al estado de salud previo al desempleo. Hasta las esposas de los hombres desempleados fueron empujadas a la tumba antes que otras mujeres casadas. Una de las consecuencias más nefastas que ha causado la actual crisis financiera es la generación de desempleo masivo. La megalomanía de unos pocos cientos de banqueros temerariamente especuladores ha arrojado al desempleo a millones de trabajadores. Desde principios de 2008 hasta enero de 2013, los desempleados de la UE aumentaron en ocho millones hasta alcanzar los veintiséis millones, mientras la correspondiente cifra de Estados Unidos crecía en 4,6 millones hasta un total de trece millones. ¿Cuántos de esos desempleados morirán a una edad prematura? Aún no lo sabemos, pero es probable que se cuenten por decenas de miles. En el Tribunal Internacional de La Haya se condena a personas por “crímenes contra la humanidad” que han tenido menores dimensiones letales.

El nivel educativo es en cierto sentido el instrumento más nítido y comparable para medir la desigualdad social de muerte prematura entre los adultos. Si bien no explica por sí mismo la mortalidad —aunque sí indica efectos vitalicios de las experiencias infantiles y juveniles, tema que retomaremos más adelante—, es relativamente preciso e internacionalmente comparable, además de que pone en evidencia un factor importante: la configuración temprana de las chances vitales. El nivel educativo es a menudo más potente que el ingreso o la riqueza. Por ejemplo, en Estados Unidos, un hombre blanco con estudios universitarios completos tiene a los 50 años de edad seis años más de vida por vivir que otro con estudios universitarios incompletos. La riqueza del quintil más alto brinda a sus integrantes un premio de cuatro años adicionales; el empleo de tiempo completo, 3,4 años más de vida que el desempleo; y el matrimonio otorga una ventaja de 2,5 años de vida. Un reciente estudio europeo sobre mortalidad también llegó a la conclusión de que el nivel educativo (estratificado en tres etapas) arroja diferencias más grandes que la comparación entre ocupación manual y no manual. La salud autoevaluada, por otra parte, evidenció diferencias más contundentes según el ingreso, especialmente en Inglaterra y en Noruega.

¿En qué parte de Europa se registra la mayor desigualdad de vida y muerte? Un equipo de investigación holandés, de la Universidad Erasmus, brinda una respuesta con referencia a las tasas de mortalidad (estandarizadas) entre los 30 y 74 años durante la década de 1990. La respuesta es: Europa Oriental-Central (Rusia y Ucrania no estaban incluidas). En comparación con las personas que completaron su educación terciaria, las muertes antes de los 75 años calculadas anualmente cada cien mil habitantes entre quienes solo accedieron a la educación primaria fueron 2.580 más en Hungría, 2.539 más en Lituania, 2.349 más en Estonia, 2.192 más en Polonia y 2.130 más en la República Checa. En lo que se entiende convencionalmente por Europa Occidental, Finlandia exhibió la pendiente más pronunciada de desigualdad, con 1.255 muertes adicionales por año entre las personas con bajo nivel educativo; Francia tuvo 1.042; Suiza, 1.012, e Inglaterra cum Gales, 862. La menor desigualdad letal se encontró en Suecia —con 625 muertes excedentes— y en algunas zonas de España (desde 384 en el País Vasco hasta 662 en Barcelona), así como en la ciudad italiana de Turín (639). Los datos indicados más arriba son para la población masculina; las muertes de mujeres exhiben similares patrones sociales y nacionales, pero los diferenciales son menores, por debajo de la mitad del promedio masculino. En la rama femenina, las mujeres nórdicas son relativamente más desiguales que los hombres. Las mujeres suecas son más desiguales que las francesas y las suizas; las noruegas y las danesas son más desiguales incluso que el promedio europeo, mientras que las finlandesas, en contraste con sus compatriotas de sexo masculino, se encuentran por debajo del promedio europeo registrado en el estudio.

No solo la muerte les llega más temprano a los pobres y a los menos instruidos. Las dolencias crónicas comunes también empiezan con bastante anterioridad, si es que llegan. En una investigación estadounidense se constató que diversas enfermedades cardiovasculares, la diabetes y la enfermedad pulmonar crónica afectan a las personas con ocho años de educación formal entre cinco y quince años antes que a quienes cursaron al menos dieciséis años en instituciones educativas. Un estudio sobre las posibilidades de vivir desde los 25 a los 75 años de edad sin enfermedades de larga duración en Finlandia y en Noruega determinó que, además de enfrentar un mayor riesgo de muerte, los hombres de nivel educativo básico padecían enfermedades prolongadas durante siete a ocho años más (de los cincuenta años comprendidos entre esas edades) que sus compatriotas con estudios superiores. Las mujeres de bajo nivel educativo podían esperar al menos cinco años más de mala salud.

La desigualdad mundial ofrece perspectivas muy diferentes a los recién nacidos, no solo en cuanto a los caminos que pueden seguir durante la vida sino también en lo concerniente a la supervivencia. La mortalidad infantil (menores de 1 año) y la mortalidad de menores de 5 años están descendiendo en el marco de lo que tal vez pueda considerarse el mayor éxito del desarrollo en años recientes. No obstante, en 2010, aproximadamente un niño de cada nueve murió en África (promedio subsahariano) antes de los 5 años, y más de uno de cada seis en las zonas más desaventajadas del mundo, como Angola, Chad y el Congo. En las partes más seguras del mundo rico (países nórdicos, Japón, Singapur), este destino aguarda hoy en día a tres niños de cada mil. La ratio entre los mejores y los peores países del mundo en lo referente a la supervivencia de los niños hasta los 5 años de edad asciende actualmente a 60:1.

Huelga decir que dentro de cada país hay vastas diferencias entre las chances de supervivencia infantil, según cuál sea el nivel educativo de la madre, el ingreso parental o la región. En Brasil, durante la década de 1990, el hijo de una madre con doce años de estudios tenía una chance diez veces mayor de sobrevivir hasta su primer cumpleaños que el hijo de una madre analfabeta. En Nigeria, alrededor del año 2000, aproximadamente doscientos niños más de cada mil morían antes de los 5 años en el quintil más pobre de la población en comparación con el quintil más rico. En varios otros países africanos, así como en Colombia y en la India, el diferencial alcanzaba unos cien de cada mil. El diferencial bangladesí y paquistaní de mortalidad antes de cumplir los 5 años ascendía aproximadamente a la mitad del indio.

La brecha en la esperanza de vida entre el grupo de los países ricos y los países menos desarrollados era de 27 años en 2010; entre países individuales —Sierra Leona y Japón— llegó a los 46 años. Dentro del grupo de países ricos, cabe destacar que la esperanza de vida en Estados Unidos, de 78 años, se encuentra por debajo del nivel promedio de los países ricos, que llega a los 80, y es un año menor que la de Cuba. La tasa de mortalidad infantil en Estados Unidos supera el promedio de la ocde,[2] mientras que la tasa de Washington está nivelada con la de Rumania y es más alta que la de Rusia.

La fuerza letal de la desigualdad no solo golpea a los pobres y poco instruidos. También marca divisorias de aguas entre los ricos, los famosos y los más instruidos. El epidemiólogo británico Richard Wilkinson (1996, 2005) lanzó en los años noventa una provocativa hipótesis, según la cual la desigualdad (económica) surte efectos negativos también en la vida y la muerte de quienes no se encuentran en el fondo del pozo. La argumentación empírica de Wilkinson y sus seguidores suscitó feroces batallas metodológicas porque se basaba en gran medida en estudios zonales, desde países ricos hasta barrios estadounidenses. La controversia todavía no está saldada: las sendas causales permanecen excesivamente oscuras y lo que se juega desde el punto de vista ideológico es demasiado para permitirlo. Pero la hipótesis de Wilkinson sigue encontrando respaldo, y en este sentido cabe mencionar en particular una investigación estadounidense en gran escala basada en datos individuales sobre privación relativa del ingreso —en comparación con otros habitantes del mismo estado, la misma edad, la misma raza e igual nivel educativo— y, por otra parte, la probabilidad individual de muerte y salud informada por los participantes. En dicho estudio, Eibner y Evans (2005) hallaron que la privación relativa reduce la salud e incrementa las posibilidades de muerte. (La privación relativa es una medida individual —a está en peores condiciones que b y c—, mientras que la desigualdad es una medida grupal que toma a a, b y c en conjunto: a mayor desigualdad, mayor privación relativa.)

Los actores y actrices que ganan un Oscar superan en más de tres años la longevidad de los nominados que no ganaron. Y los científicos distinguidos con el Premio Nobel viven en promedio más años que sus colegas: así se ha constatado en un sofisticado estudio sobre los galardonados en Química y Física durante la primera mitad del siglo xx.

La evidencia empírica es indiscutible: la desigualdad mata. La desigualdad de estatus acorta la vida de los desigualados hasta en los parnasos del cine y la ciencia. Sin embargo, los mecanismos psicosomáticos que enlazan el estatus social con la salud y la longevidad todavía no han sido muy explorados ni comprendidos.


Vidas atrofiadas

El retraso en el crecimiento es en primer lugar un indicador de subalimentación infantil. Técnicamente, en las estadísticas internacionales, se refiere a niños con una estatura menor en más de dos desviaciones estándar con respecto a la altura media para su edad de acuerdo con las normas de la OMS. Se trata de una condición con consecuencias vitalicias. Casi la mitad de los niños indios menores de 5 años la padecen, al igual que casi el 40% de los niños de África Subsahariana y de Indonesia. El retraso en el crecimiento también afecta aproximadamente a un tercio de los niños vietnamitas, un cuarto de los sudafricanos y un sexto de los mexicanos, pero solo a un décimo de los chinos y al 7% de los brasileños. El fenómeno está ausente en los países europeos poscomunistas, así como en el mundo rico. Por lo que se sabe sobre el desarrollo de los niños en los países ricos —es decir, sobre los efectos vitalicios, incluso transgeneracionales, de las privaciones infantiles—, esta malnutrición masiva causará a todas luces un impacto tremendo en el desarrollo humano del sur y el sudeste de Asia, así como en África. Pero al parecer, lo que se sabe es muy poco.

De más está decir que los niños con retraso en el crecimiento son un producto de la desigualdad, tanto intra-nacional como inter-nacional. En el sur y el sudeste de Asia, los niños que padecen esta condición representan casi el 60% del total en el quintil más pobre de la población, pero también alcanzan un pasmoso 40% en el quintil más rico (o mejor dicho, el menos pobre). En el África Subsahariana, la misma medición arroja entre cerca del 45% y el 28% de niños con retraso en el crecimiento. Un tercio de los niños latinoamericanos pertenecientes al 40% más pobre de la población padecieron retraso en el crecimiento en la década pasada.

En algunas partes de la India, la gente está encogiéndose —literalmente— en medio del bombo publicitario liberal sobre la nueva clase media y los sueños nacionalistas del “resplandor indio”. Desde mediados de los años ochenta hasta mediados de la década de 2000, la estatura promedio a la edad de 20 años disminuyó tanto entre los hombres como entre las mujeres en los estados de Delhi, Haryana y Panyab. En los grandes estados de Uttar Pradesh (166 millones de habitantes en 2001), Bihar (83 millones) y Madhya Pradesh (60 millones), solo las mujeres se achicaron, mientras que los hombres crecieron en altura. En los estados donde a lo largo de las últimas décadas crecieron tanto los hombres como las mujeres, los hombres siempre crecieron más: en Bengala Occidental y en Hichamal Pradesh, aproximadamente un centímetro por década. Conviene recordar que la estatura es un importante criterio indio de belleza. Sé de matrimonios concertados que no llegaron a buen puerto porque al novio (a su familia) le pareció que la novia era demasiado baja.

Al menos dentro de cierto margen de variación, la estatura es impulsada por los mismos procesos biológicos que rigen el crecimiento cerebral. Según estudios británicos y estadounidenses, los niños más altos obtienen mejores resultados que los más bajos en exámenes cognitivos desde la edad de 3 años. También hay una correlación positiva entre la altura en la infancia y los ingresos en la edad adulta, aunque es probable que ello se deba en parte a la transmisión generacional de oportunidades económicas por clase social, de una persona de clase alta que recibió una buena alimentación al principio de su vida —tanto en el útero como en la niñez— a su descendencia.

Las vidas también se atrofian a causa de la malnutrición social. El sistema de castas, la misoginia y el racismo atrofian la vida de los “intocables” y las castas bajas, de las niñas y las mujeres, de los grupos étnicos estigmatizados.

La vida de los dalit ha experimentado una enorme mejora desde la independencia india. Pero apenas una generación atrás, si hubiéramos sido “intocables”, no habríamos podido utilizar la tienda, el templo o el pozo del pueblo. Y la exclusión económica continúa siendo una regla hoy en día. Asimismo, si por entonces hubiéramos sido negros de Estados Unidos, no habríamos podido registrarnos en un hotel común ni comer en cualquier restaurante.

Si hoy fuéramos una niña rural del norte de la India o del Sáhel africano, aún no podríamos abrigar la esperanza de vivir un período de juventud, ya que deberíamos pasar de una infancia severamente patriarcal al matrimonio con un desconocido al menos diez años más viejo. Alrededor del año 2000, más de la mitad de las niñas surasiáticas de las zonas rurales fueron casadas por su familia antes de cumplir los 18 años; en el África Subsahariana rural, casi la mitad corrió esta suerte. En muchos países africanos y algunos asiáticos, es el marido quien toma por su cuenta las decisiones sobre la salud de la esposa: así lo ha reportado el 73% de las mujeres nigerianas, el 48% de las bangladesíes y el 41% de las egipcias.

Nuestra vida puede atrofiarse sistemáticamente por el solo hecho de pertenecer a la “raza” o la etnia incorrectas; ese era el caso de quienes no eran blancos en la Sudáfrica del apartheid y es la situación de quienes no son judíos en la Palestina actual, siempre sometidos a humillantes retenes, severas restricciones a los viajes y el constante riesgo de sufrir un encarcelamiento arbitrario o bombardeos terroristas.

Aun cuando no haya de por medio un sistema de castas, racismo o sexismo, cientos de millones ven sus vidas atrofiadas por la extrema pobreza y el desempleo crónico. Es la perspectiva de esta atrofia lo que impulsa a tantos a correr el riesgo de perder su única vida en el intento de entrar ilegalmente a Estados Unidos, Europa, Australia o los enclaves ricos de Asia.

La vida de los niños también se atrofia en los países ricos, y no por subnutrición fisiológica sino por los efectos aún poco claros de la desigualdad parental. Las encuestas nacionales estadounidenses de la última década demuestran que, cuanto más bajo es el ingreso de los padres, peor es la salud de los hijos, ya se mida en chequeos médicos generales, limitaciones a la actividad, ausencias en la escuela por enfermedad, visitas a la guardia de emergencia o días de internación hospitalaria. Sin embargo, no se observó un gradiente de ingresos con respecto a heridas, intoxicación o asma. Los efectos de los ingresos parentales se han medido desde los 2 años del hijo, y se ha comprobado que los diferenciales aumentan con la edad. Los efectos vitalicios de la desigualdad en la infancia temprana han salido a la luz en estudios británicos que siguieron la vida de cohortes nacidas en las décadas de 1930 y 1940, y detectaron impactos en los ingresos, en la salud somática y psíquica, así como en la esperanza de vida.

En los obituarios dedicados a Margaret Thatcher en 2013, se omitió en general uno de sus logros más importantes: la triplicación de la pobreza infantil en el Reino Unido, que pasó del 7% en 1979 al 24% en 1992 (aquí el umbral de pobreza se sitúa en los hogares que no llegan a la mitad de la mediana de ingresos por hogar, una vez pagados los costos de la vivienda). Fue un logro perdurable: aunque declinó a partir del gobierno de Blair, la pobreza infantil del Reino Unido nunca ha vuelto a aproximarse a los valores previos a la elección de Thatcher. En 2010-2011 se situaba en el 17%, y su modesto descenso exhibe la proyección de revertirse a un incremento hasta 2020.

Un reciente obsequio funesto que nos han dejado los banqueros europeos y estadounidenses es el efecto del desempleo parental —causado por la explosión de las burbujas financieras— en la educación de los hijos. En un estudio suizo se halló una “fuerte correlación” entre el desempleo de los adultos y el fracaso de los niños en la escuela, más fuerte aún que la relación con los antecedentes inmigrantes.[3]

Allá por la década de 1970, y hasta ya bien entrada la década de 1980 en algunos países, surgió un movimiento por la “humanización del trabajo” que incluía estudios de medicina social sobre el trabajo, el estrés y la salud. Uno de los hallazgos más significativos de estos estudios fue la importancia crucial de la exigencia y el control. La combinación de altas exigencias laborales —velocidad, precisión, atención constante o esfuerzos arduos— con un control escaso o nulo de la situación laboral propia auguraba un severo desgaste de la salud, tanto somática como psíquica. Y las recompensas bajas por grandes esfuerzos también encerraban el peligro de causar futuros daños graves a los afectados. La conclusión de este movimiento por la humanización fue un llamado a incrementar el control y la influencia de los trabajadores en el lugar de trabajo, ideas que hoy, bajo la égida de la “empleabilidad” y la “flexibilidad” laboral, han quedado tan distantes como el socialismo, excepto para la creativa industria de la tecnología informática.

En Rusia, la sensación mayoritaria de impotencia ante el proceso de cambio sistémico, sumada a la desaprobación del nuevo régimen económico que se instalaba durante la transición al capitalismo, parecen haber sido una de las causas del súbito aumento en la mortalidad y la mala salud autoevaluada de los habitantes durante los años noventa.

Estos factores estresantes de la exigencia y el control ejercidos desde arriba se institucionalizan en jerarquías. Ello explica los notables resultados de un extenso estudio longitudinal sobre todos los empleados de Whitehall —la sede del gobierno central de Gran Bretaña—, desde los porteros y recaderos hasta los más altos funcionarios ministeriales. La mortalidad antes de la edad de jubilación formaba la misma escalera que la burocracia, incluso después de que se hubiera tomado en cuenta el tabaquismo y otros factores de riesgo: los de abajo morían primero; los de arriba morían últimos (o bien, mejor dicho, tenían mayores probabilidades de sobrevivir hasta la vejez).

El retrato de la desigualdad acotado a una foto del uno por ciento más rico contra el resto del mundo se acerca más a la Disneylandia del Tío Rico Mc Pato que a las crudas realidades de la vida humana en el marco de las desigualdades contemporáneas.


Notas

[1] Este índice, que lleva el nombre de un estadístico italiano de principios del siglo xx, es la medición más utilizada para calcular la desigualdad del ingreso. Va desde 0, que repre senta la igualdad total, hasta 1 (o hasta 100 en la forma multiplicada), cuando una parte se queda con todo. En las sociedades contemporáneas ha oscilado entre 0,2 (o 20) en algunos países nórdicos y de Europa Oriental-Central durante los años ochenta y 0,75 (o 75) en algunas ciudades africanas, como Johannesburgo, alrededor del año 2000.

[2] La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, con sede en París, nuclea a los países más desarrollados del mundo. Durante mucho tiempo estuvo integrada por Europa Occidental, Estados Unidos, Japón y Oceanía, pero recientemente se expandió para incluir también a Chile, México y algunos países de Europa Oriental, como Polonia y Hungría, además de Israel y Turquía. Es importante principalmente como generadora de datos y análisis socioeconómicos, así como por la difusión de ideas sobre distintos temas, desde la administración pública con orientación de mercado hasta el cuidado infantil y la organización del mercado laboral. En tiempos recientes ha dedicado esfuerzos significativos al análisis de la desigualdad económica y a la concientización sobre este problema.

[3] Dagens Nyheter, 26 de marzo de 2013, disponible en línea. A menos que se aclare otra cosa, todos los sitios de Internet que se citan aquí fueron consultados por última vez el 26 de marzo de 2013.


Este texto es un extracto de “Humana, cruel y breve: la vida bajo la desigualdad”, el primer capítulo de Los campos de exterminio de la desigualdadlibro publicado este año por el Fondo de Cultura Económica, en traducción de Lilia Mosconi.

(Foto cortesía de Hernán Piñera.)

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