Ideología y embarazos: de partos naturales o partos empoderados

El parto y la maternidad son procesos en los que, sutilmente, se pueden ejercer mecanismos de opresión. Para contrarrestarlos, las mujeres deben tomar consciencia de éstos, recuperar el control sobre sus cuerpos.

| Salud

Estar embarazada de mi primer hijo y recién hace unos días conocerlo ha sido muy sorprendente y hermoso a nivel personal, sobre todo por la experiencia de alteridad que inicia en el propio cuerpo. No obstante, en la vida social me he confrontado a una serie de recomendaciones –algunas categóricas– sobre las “mejores decisiones” que se deben tomar en el embarazo, el parto y la maternidad. Como en otros aspectos de la vida en el capitalismo, se te presentan opciones, más mientras más recursos económicos tengas, para hacerte creer que autónomamente “decides”.

Estoy consciente de que a la mayoría de las mujeres de este país no se les presenta una gama de opciones, particularmente en lo que al parto se refiere, y que existe una recurrente violencia ginecobstétrica, pues en muchos de los centros de salud las mujeres no son escuchadas, por lo que no pueden decidir sobre su propio cuerpo y sus procesos de dar a luz –cosa que se agrava, por ejemplo, para una mujer indígena en Chiapas, como lo documentó Reyna Mora Hernández. El tema no es menor: según el Observatorio de Mortalidad Materna, de las 872 muertes maternas en 2014, el 86.4% contó con asistencia médica, el 56% murió en una clínica u hospital del servicio federal de salud y el 20% en instituciones de seguridad social.

Sin embargo, las violencias ginecobstétricas no son privativas del sector público: México está entre los cuatro países del mundo con mayor número de cesáreas, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que estás no deben convertirse en una práctica generalizada y que se deberían de aplicar máximo en el 15% de los casos, ya que su práctica implica riesgos tanto para los bebés como para las madres. Según la Encuesta de Salud y Nutrición 2012, la cesárea se ha incrementado en nuestro país desde 2006 en un 50% (33% en el sector público y 60% en el sector privado). El incremento se explica porque una cesárea es 50% más costosa que un parto natural y su duración es mucho menor: un parto vaginal puede tardar hasta 10 horas mientras que la duración aproximada de una cesárea es de 40 minutos. De modo que los médicos en la mayoría de los casos aluden a razones innecesarias para practicar forzosamente una cesárea –que por el tamaño del bebé, que por el peligro de que del cordón umbilical se enrede en el cuello, que por la calcificación de la placenta, que son demasiadas horas en el parto natural, etcétera–, abusando de un lugar de saber para que las pacientes sean intervenidas y sientan que el médico hizo lo que correspondía o hasta que “salvó” a su bebé. O, por ejemplo, el hecho de que en muchos hospitales privados en México se obliga a la parturienta a quedarse inmóvil en posición horizontal, lo que solo facilita la instrumentalización y la intervención médica y no la expulsión natural.

La alta probabilidad de una cesárea en México y de una práctica médica mediante la cual un especialista “alivia” a la parturienta (es decir, la representación de la embarazada como enferma), desapropiando a la mujer de su experiencia de parto y condenándola a la pasividad, me empujaron a considerar la opción del “parto humanizado” (digamos que el parto más tradicional no necesariamente es un parto deshumanizado sino que está sobre-medicalizado). En los partos humanizados tanto la madre como el padre toman un papel más activo en el proceso; se promueve la presencia de una dula[1] que apoye en el trabajo de parto y, sobre todo, se priorizan condiciones para el parto natural, como una sala aclimatada para el trabajo de parto que es muy distinta a los fríos quirófanos repletos de luz blanca. El parto humanizado es una respuesta a la medicalización de los partos que comenzó a ser hegemónica desde finales del siglo XIX. En el pasado siglo, a partir de los ochenta varios grupos empezaron a cuestionar el modelo de intervención médica y de rutinas hospitalarias pidiendo mayor respeto a las mujeres en su trabajo de parto.[2] Este proceso de transformación ha llevado a considerar prácticas más antiguas y los roles de las mujeres, llegando, no obstante, en algunos casos al extremo de invalidar a la ginecología al hacer una representación idílica de los saberes femeninos arcaicos que reduce la maternidad a lo que dicten los instintos puramente “animales” o “naturales”.

A pesar de estar contenta con haber considerado la opción por un parto humanizado en un hospital,[3] y a pesar de haber tenido un parto natural en agua (que ayudó a que no sintiera dolor), mi propia formación/deformación profesional en la filosofía me ha llevado a cuestionar la ideología que caracteriza al discurso en torno a lo “natural” (que no hay que confundir con lo que se conoce como parto natural, es decir, el nacimiento espontáneo del bebé en posición cefálica entre la semana 37 y la semana 42). Este discurso sobre lo animal o lo natural no proviene tanto de la minoría de ginecobstetras que han decidido evitar las intervenciones médicas innecesarias en los partos favoreciendo el parto natural cuando no hay una situación de riesgo, sino que responde a una moda de cierta clase social. Como lo expresa muy bien Sarah Blackwood, esta moda, que en ciertos casos sobrepasa la idea procedimental de un parto respetado y le suma, más bien, un componente ideológico de empoderamiento de la mujer, tiene un enfoque moralizador, contrario al sentido clásico que decía que las mujeres pagaban “el pecado de Eva” con el dolor del parto. Las mujeres, dice esta moral, deben volver a sus poderes naturales y arcaicos y tener un parto sin miedo y sin dolor. Esta moda se instaura en una disciplina que dicta cómo se debe parir “bien” o parir “mal”, cómo se es “buena” o “mala” madre.

Se puede ver cómo opera esta lógica en casos locales. Por ejemplo, recientemente Jaime Rodríguez, el gobernador de Nuevo León (tomando en cuenta que en Monterrey las clínicas privadas practican la cesárea en un 90% de casos), declaró que las madres que evitan las cesáreas son mejores mamás: “para que la madre de familia evite la cesárea, necesitamos que la mamá hoy sea mejor mamá, más mamá.” No solo se trata de que haya una regulación de malas prácticas médicas o de que se piense en mejores condiciones sino que hay un constante juicio moral, totalmente normalizado, a las mujeres.

En un artículo reciente publicado en The New York Times, Jessi Klein se burlaba de que nadie le preguntaba a los hombres si tuvieron una vasectomía natural mientras que existe una gran presión para las mujeres en la prescripción de tener un parto sin dolor. La cuestión, de nuevo, en realidad no es si se debe pedir o no la anestesia epidural o si es posible tener un parto sin dolor sino que las mujeres no se sientan fracasadas o culpables porque tuvieron una cesárea necesaria, porque decidieron que les aplicaran la epidural o porque tuvieron que complementar su lactancia con fórmula –es un hecho ampliamente reconocido que la leche materna tiene muchos beneficios pero eso no implica, como se escucha ahora, que solo a través de la lactancia la madre puede establecer un vínculo con su hijo. Estas posturas, además, implican que la maternidad y la lactancia representan la realización última de toda mujer (el lado contrario del péndulo de las feministas de los años sesenta que respondían a la moda de la maternidad denegada con la vida laboral por encima de todo).

Lo que me inquieta es esta noción de lo natural basada en idealizaciones. El otro día escuché que la gran inspiración del parto empoderado son las mujeres africanas pariendo abrazadas de los árboles. Bonita imagen pero basta googlear un poco para enterarse que el 57% de las defunciones maternas a nivel mundial ocurren en África. A pesar del exceso en la medicalización de los partos y las malas prácticas ginecológicas, ello no debería impedir reconocer que la reducción en países desarrollados de la mortalidad en partos, sobre todo de alto riesgo, y en recién nacidos, se debe a la ciencia médica. Por lo tanto, no se trata de descartar la ciencia –yo personalmente no creo que sea óptimo tener un parto en casa por las posibles complicaciones– sino de transformar los protocolos rutinarios y las intervenciones médicas en un trabajo conjunto que respete el cuerpo de la mujer, sus decisiones y los tiempos del trabajo de parto.

Lo que me parece cuestionable de estas posturas naturales, por otro lado, es su desprecio, no solo por la medicina, sino por la ciencia en general, como si los abusos de ciertas industrias farmacéuticas o de ciertas prácticas médicas fueran suficientes para desprestigiar absolutamente todo el trabajo científico en pos de teorías de la conspiración (como ocurre con el movimiento anti-vacunas y la falta de pruebas a sus posturas). Lo controversial de esta ideología de lo natural y del instinto animal es que curiosamente siempre habla en términos de “evidencias”, como si la pseudo-ciencia o la anti-ciencia no tuvieran otra manera de formularse más que a partir de las premisas del método científico para que su discurso dogmático no suene demasiado religioso.

Uno de los factores que me llevó a escribir este texto es la constante referencia a lo animal para sostener esta cultura de la maternidad natural (que nada tiene que ver con el discurso de los círculos conservadores que pretende que la familia nuclear mamá-papá-hijos sea la familia “natural”, a pesar de que históricamente no ha sido así, para oponerse con argumentos más religiosos que científicos a la diversidad de familias), sobre todo porque no hay nada más violento y falso que hablar de “el animal” y englobar a todos los animales en un universal y hacer de éste un modelo prescriptivo. Decir que la mamá orangután no usa reloj para medir las tomas de leche, que algunas hembras no dejan que se acerquen a sus crías recién nacidas para mantener el monopolio de su olor o que otras especies se comen su placenta –también hay especies que devoran a algunas crías– no debería prescribirnos nada como mamás, porque los mamíferos humanos tenemos múltiples maneras de vivir tanto la maternidad como la animalidad.

Finalmente, lo importante del parto humanizado –que recupera el sentido ético de la asistencia durante el embarazo– es que a la larga se comprometa con realidades políticas y que no quede como una moda exclusiva para una clase alta con educación liberal. Esto implicaría, para reducir violencias ginecobstétricas, exigir que los hospitales públicos y privados tengan salas en condiciones óptimas para hacer el mejor trabajo de parto, que se entrene al personal médico en partos vaginales, que se respete y reconozca el trabajo de las parteras, que el sector salud cree espacios para que las madres puedan dar de lactar en los lugares de trabajo y el transporte público e, inclusive, que se proporcione a las madres un tiraleches –su precio en el mercado las hace inaccesibles para la mayoría– para que aquellas que tengan que regresar a trabajar puedan dejar tomas a quienes les ayudan a cuidar a sus hijos.

Pero, sobre todo, lo importante es que las mujeres tengan reales posibilidades de ser respetadas y de decidir sobre sus cuerpos no solo en el trabajo de parto sino, sobre todo, en la manera en que quieren ejercer su maternidad y que una versión ideal de ésta no se decante en prescripciones oprimentes que nieguen la multiplicidad de deseos que lleva a cada mujer a concebir un hijo.

(Foto: Marcos de Madariaga.)


Notas y agradecimientos

[1] Agradezco a Sandra Massry el haberme dado herramientas para hacer del evento de dar a luz una experiencia tan especial y por haberme acompañado durante el parto.

[2] Estoy infinitamente agradecida con el doctor Gilberto Ramírez Bergueron por su absoluto respeto y acompañamiento durante el parto.

[3] El hospital y el equipo de Bité Médica en la CDMX ofrece condiciones óptimas para un parto humanizado.

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