Izquierdas mexicanas: releyendo a José Revueltas

La crítica de José Revueltas al comunismo mexicano propone la autogestión y la democracia como los principios de organización de una práctica emancipadora.

| Relecturas de la izquierda

Con este ensayo dedicado al pensamiento político de José Revueltas ofrecemos la segunda de cuatro entregas de una serie que se propone releer, desde las inquietudes del presente, a algunas de las figuras y de los textos más representativos de las izquierdas mexicanas.

Hay dos constantes que tienden rutas entre las distancias que separan a los dos ensayos de José Revueltas que comentaré en este texto. La primera es la autocrítica que Revueltas (1914-1976) va ejerciendo cada vez con mayor claridad. Se convierte, al caminar con Revueltas por los caminos de los movimientos de masas de México en la década de los sesenta, no solo en un recurso narrativo para exponer el desacuerdo con las formas anquilosadas de los partidos comunistas –primero el mexicano y luego a nivel internacional–, sino también en un llamado a la conformación de nuevas formas de emancipación social. Esta vocación de férrea crítica y autocrítica, apuntamos desde ahora, es uno de los más grandes legados de Revueltas.

La segunda constante que encontramos en Revueltas es su voluntad irreductible de pensar y trabajar por una sociedad libre e igualitaria. Una certeza, amparada primero en el marxismo-leninismo y después en las formas creativas y dialógicas del movimiento estudiantil de 1968, que no cesa aun en los momentos de mayor desesperación. Esta lucha está siempre acompañada de la necesidad de realizar análisis concretos e históricos sobre las estructuras y correlaciones de la desigualdad, la explotación y la opresión en México. Una posición que, desde un materialismo histórico autocrítico y ajeno a toda ortodoxia deificada, debemos continuar elaborando hoy.

La lectura de Revueltas, en un momento histórico en el que la explotación, la violencia y la desigualdad aparecen como las cabezas de una hidra terrible que amenaza con engullir esto que llamamos México, es necesaria para acompañarnos en el trabajo colectivo de la construcción de teorías y prácticas emancipadoras.


Ensayo sobre un proletariado sin cabeza: algunas consideraciones

En 1959 el movimiento ferrocarrilero fue reprimido. En esta derrota de la clase obrera independiente, Revueltas encuentra un aliciente no solo para romper con el Partido Comunista Mexicano (PCM) sino para cuestionar su existencia histórica –su rol como cabeza colectiva del proletariado. Para llevar a cabo esa crítica teórica del partido y su función, Revueltas realiza un análisis histórico del proletariado y un examen crítico del rol de la ideología burguesa en su enajenación. Este es el contexto en el que aparece Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962), documento en el que Revueltas busca sistematizar su pensamiento sobre la praxis política a través del partido de clase, posición que, como veremos, irá modificando al fragor de la movilización y la lucha política.

Hay en el México posrevolucionario, de acuerdo con Revueltas, un proletariado mediatizado por el Estado “que emana de la revolución”. Esta mediatización significa que ese proletariado encausa el lenguaje y la praxis de su acción política dentro de los canales que determina la clase que ha emergido triunfante de la revolución: la burguesía. Detrás de la revolución institucionalizada se oculta el contenido de clase del movimiento. Bajo la construcción ideológica del estado popular, obrerista y campesino, la burguesía busca hacer desaparecer la dirección que de hecho lleva el proceso de desarrollo económico y social del país. “De este modo –dice Revueltas–, la organización de la conciencia burguesa no viene siendo, en la realidad histórica de México, sino la organización burguesa de todas las conciencias, la fuerza dirigente en el proceso de desarrollo y la mediatizadora de la conciencia obrera.”

En este proceso de enajenación, los ideólogos que se asumen como dirigentes del proletariado son cómplices. Ahí, Revueltas incluye no solo a quienes desde el Partido Revolucionario Institucional enarbolan la dirección burguesa de los obreros. Su crítica más severa está reservada para el PCM. Este, argumenta, es inexistente históricamente. No ha sido jamás, de acuerdo con la teoría marxista-leninista del partido, la conciencia histórica colectiva que se coloque a la cabeza de un proletariado llamado por las leyes del desarrollo histórico a cumplir una función revolucionaria.

El PCM es, entonces, una cabeza inexistente, un partido que no logra comprender, histórica y teóricamente, la existencia real del proletariado al que dice representar. Convertido en un dogmático repetidor de las directrices del Partido Comunista de la Unión Soviética, replica de este, además, el culto a la personalidad. La deformación estalinista, que sustituye al centralismo democrático (la construcción colectiva de las posiciones del partido, para después asumirlas como disciplina, por definirlo someramente y de forma poco precisa), es la marca del PCM. Inconexo de la realidad, se entrega a la politiquería de camarillas acomodaticias, las cuales, además de al PCM, incluyen a Vicente Lombardo Toledano y al Partido Campesino-Obrero de México (PC-OM). Todos marcados por una incomprensión estructural de los problemas del proletariado en México, adversos a la lucha obrera independiente –como fue mostrado por la lucha ferrocarrilera de 1959– y replicantes de la ideología burguesa entronizada en el Estado.

Para lograr afirmarse como vanguardia proletaria, a la vez que apoyan ciertas medidas del gobierno burgués emanado de la revolución, los diversos grupos comunistas utilizan una estrategia que Revueltas analiza. Esta oscila entre la tácita aceptación del obrerismo del Estado, que media entre las clases sin pertenecer a alguna de ellas (la revolución institucionalizada), y el apoyo estratégico a la burguesía nacional. Este segundo punto merece mayor comentario. El PCM, el PC-OM y Lombardo Toledano defendían, con matices, una postura teórica que consistía en dividir a la burguesía en dos facciones en pugna. Una era la burguesía, financiera y comercial, que defendía los intereses del imperialismo. La otra, una burguesía nacional que, antimperialista, representaba los intereses proletarios. Esto es lo que Revueltas llama la dirección burguesa del movimiento obrero. Una deformación imputable al PCM y culpable del estado de abyección de los obreros y campesinos mexicanos.

Para que el proletariado, como la clase que representa la inhumanidad intrínseca al capitalismo y la propiedad privada, logre dirigir el proceso de su emancipación, y por tanto de humanización para todos, requiere –según el Revueltas de entonces– de la existencia de un partido de clase que piense para, por y con el proletariado. Ese es el argumento de Revueltas frente a la teoría del partido: un argumento estrictamente marxista-leninista. Solo el partido único de clase puede erigirse como la conciencia histórica y colectiva de la clase obrera. La cabeza del proletariado que entonces carecía de ella.


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“Gris es toda teoría y verde es el árbol de oro de la vida”

En la colección de cartas, discursos, documentos de trabajo y anotaciones personales que conforman el volumen México 68: Juventud y revolución (publicado en 1978 por Editorial Era) se percibe un Revueltas distinto. Liberado de la titánica labor de teorizar al proletariado decapitado, se lee la pasión, emoción, crítica y autocrítica que surge con la praxis política. Teoría, acción e interpretación que no puede escapar el tamiz de la subjetividad.

En los textos se aprecian las arengas de un Revueltas que mezcla un optimismo guiado por su concepción materialista dialéctica de la historia con la emoción propia del movimiento, que es creativo en su acepción más potente. Construye, nos dirá Revueltas, importantes aportaciones teóricas para los movimientos que sucedan a ese. Pone, para él y para muchos, en tela de juicio la estática teoría del partido que proviene de Lenin. No solo lo hace a través del ejercicio de la autogestión y la democracia cognoscitiva –la libre expresión y discusión de todas las ideas políticas, sociales, económicas, éticas y estéticas–, sino también mediante su innegable internacionalismo, reflejado en el diálogo filosófico, sociológico y material con París o Praga.

La falta de sistematicidad de las ideas de Revueltas no implica una ausencia de teorización. Como mencionaba, dos conceptos destacan y ofrecen lecciones importantes para pensar la práctica política hoy: autogestión y democracia cognoscitiva.

La autogestión se da primero en las aulas. Esta es una lección específica del movimiento estudiantil mexicano, que es una respuesta de la pequeña burguesía intelectual a la derrota del movimiento obrero independiente en 1959, como muestra la exigencia del movimiento por la liberación de Valentín Campa y Demetrio Vallejo. Así, los estudiantes adoptan el lenguaje del proletariado. Lo hacen porque perciben que está ahí la liberación para la humanidad, como ya había elaborado Revueltas antes. Pero no adoptan solo el lenguaje: crean también prácticas que adelantan la forma que un movimiento proletario podría tomar. Entre ellas destaca la mencionada autogestión: la capacidad de estudiantes y profesores de dirigir en conjunto la educación. Una educación que, además, se aleja del aprender habilidades funcionales a un sistema que oprime, para privilegiar el conocer formas de transformar siempre la realidad en la búsqueda de la igualdad y la libertad.

La autogestión es un espacio privilegiado para practicar la democracia cognoscitiva, el libre intercambio de ideas que es premonición de una revolución nueva que “tendrá un doble carácter, anticapitalista y antidogmático” (Revueltas, 2014, pág. 208). En ese espacio de plena libertad, la conciencia individual crítica y autocrítica se transforma en una conciencia colectiva en permanente cuestionamiento y cambio, impulsado desde dentro.

Revueltas encuentra en la confluencia de estos conceptos la aportación teórica más importante del movimiento. Un golpe fatal a la certeza que Revueltas tenía hasta entonces sobre infalibilidad de la teoría leninista del partido, situación que va aceptando conforme 1968 avanza, Lecumberri se convierte en su terrible casa y el rostro más violento de represión burguesa se muestra una y otra vez. Esta transformación se ve alimentada por la cerrazón e incapacidad de los partidos comunistas, mexicanos e internacionales, para dar entrada e impulso a los movimientos estudiantiles. Estos últimos, además, actúan con fuerza y capacidad inventiva; van dibujando un movimiento que se guía no por la necesidad histórica ineludible del partido, sino a través de la conformación histórica de una organización política que fluye, cambia, se critica y avanza. Algo que, sin duda, no podría ser ajeno a José Revueltas.


Revueltas, hoy

“Los dioses primero cegaban a quienes previamente habían condenado a la perdición”, nos dice Revueltas. Esta ceguera hoy se extiende del grupo en el poder a quienes se colocan en la oposición partidista de izquierdas. Como en 1960, el análisis que, suponemos, realizan de la compleja realidad de violencia y miseria en México es del todo insuficiente. El PRD sigue hablándole a cúpulas ajenas a la vida de los oprimidos, que en muchas ocasiones son perseguidos por gobiernos que enarbolan su bandera. Morena replica el discurso ideológico del Estado revolucionario, ese que mediatizó y enajenó por tantas décadas a la clase obrera mexicana. Una vuelta al pasado mítico se ofrece como salida. Una fuga moral hacia atrás, basada en la bondad, las buenas intenciones y el combate a la corrupción. Una crítica parcial que reforma mínimamente un sistema que requiere ser cambiado desde su raíz.

La revolución que Revueltas deseaba no llegará desde ahí. De nuevo no existe la cabeza. Pero vale la pena preguntarnos quién debería ser esa cabeza o, incluso, si debería de ser.

Revueltas afirma, en México 68: Juventud y revolución, que en el futuro la consigna revolucionaria “superará el viejo concepto –aunque ilustre y combativo– de ‘proletariado de todos los países, uníos’, por el de ‘pasemos del reino de la necesidad al reino de la libertad’”. Sin pretender que esta frase, de tajo, rompa con la tradición marxista-leninista a la que Revueltas se adhiere, sí nos introduce en una consideración crítica sobre la formación histórica de las clases y de la lucha en una sociedad capitalista. De forma sucinta, casi inadvertida, plantea una pregunta crucial sobre quiénes son los protagonistas de la revolución y qué es exactamente lo que la revolución busca. Advierte, sin desarrollarlo, que el enfoque en el proletariado puede dar paso a una preocupación por la libertad cotidiana, por la superación colectiva de la necesidad.

Debemos asumir, como parte de la labor de construir colectivamente un movimiento revolucionario en México, la de conocer la forma específica que reviste la explotación capitalista, incluyendo la economía ilegal y el despojo. Solo comprendiendo históricamente la configuración específica de las relaciones de clase podemos hacer justicia a la autocrítica desde el materialismo histórico por la que Revueltas abogó. También nos obliga a pensar en formas de opresión que se entrelazan con la clase: la ruptura dominación centrada en el género y la raza son ineludibles para la construcción de una nueva revolución. El problema sigue siendo: ¿por quién luchamos y cómo articulamos una crítica histórica en una práctica de emancipación?

En México hoy es ineludible mirar que en la violencia que gira en torno al narcotráfico hay un problema concreto de economía política. La economía ilegal se mezcla con la legal. Las minas operan a la par de los sembradíos de amapola y de muertos. La disidencia de aquellos que hoy, en su propia vida y miseria, representan la inhumanidad inherente al sistema, es brutalmente aplastada. Los movimientos sindicales independientes son rechazados por los sindicatos charros y por la masa de empleados sin afiliación que, en ocasiones, niegan esa condición de empleados bajo identidades definidas por las prácticas de consumo; un proletariado que es en sí, pero no para sí. Muchos movimientos sociales urbanos hablan con la retórica del autogestionado, pero encuentran imposibilidades materiales para ejercer la autogestión. Todo se queda en la palabra y no en la labor activa por la construcción y la toma del poder.

En medio de este escenario, en el que no solo el proletariado carece de cabeza, sino que ha desaparecido históricamente, aplastado por décadas de políticas económicas y culturales emanadas del neoliberalismo, una frase de Revueltas, escrita el 4 de noviembre de 1968, sigue retumbando y siendo cierta: “Ellos persiguen toda dicha. Ellos están muertos y nos matan. Nos matan los muertos. Por esto viviremos” (ídem, pág. 79).

Hoy también los muertos nos matan. Hoy también eso nos impulsa a la vida. Para ello, debemos de tomar en nuestras manos el proyecto activo de la toma del poder. La era de las fórmulas dogmáticas, sin embargo, llegó a su fin. De la autogestión de las luchas y la democracia cognoscitiva tenemos aún que aprender. Pueden estos conceptos convertirse en centrales para los movimientos sociales por venir: el diálogo, la libertad y la diversidad como divisas para la construcción de una nueva revolución por el fin de la opresión y la explotación del hombre por el hombre.


Bibliografía

Revueltas, J. (1962). Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. México, DF: Liga Leninista Espartaco.

Revueltas, J. (1978). México 68: Juventud y revolución. México, DF: Ediciones Era.

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