Joe Hill y la América que no fue

En tiempos aciagos hay que rescatar referentes eminentes. Esta es la historia de Joe Hill, héroe obrero.

| Industria

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I

El 25 de noviembre de 1915 decenas de miles de trabajadores y trabajadoras en Chicago, provenientes de los mataderos, las refinerías y manufacturas, se unieron a la procesión fúnebre de un obrero sueco de 36 años llamado Joel Emmanuel Hägglund. Eran mujeres y hombres trabajadores, pobres, de los ghettos y los distritos manufactureros de la ciudad. No compartían ni el lenguaje ni la raza ni el oficio ni la religión. Lo que sí compartían no tenía que ver con ellos mismos, sino con el trabajo: la inseguridad, los riesgos de enfermarse, las penurias del invierno, la itinerancia entre la fábrica, el campo y la mina. Días atrás habían circulado hojas en una docena de idiomas anunciando el acontecimiento y la policía se había preparado para la manifestación de los desposeídos que habían tomado al joven sueco como uno de los suyos. Y en inglés, la lengua de los patrones pero también su lengua franca, cantaron en el cementerio:

Let this be our understanding

“All for one and one for all”

El autor de la melodía se encontraba en el féretro. Joe Hill, como todas lo conocían. Había sido ejecutado casi una semana antes, el 19 de noviembre de 1915, en Salt Lake City. “Muero como un obstinado rebelde”, había escrito a Bill Haywood, del comité ejecutivo del Industrials Workers of the World (IWW o wobblies). Pidió que no le vendaran los ojos, miró a los verdugos, les ordenó fuego y levantó la cabeza.


II

“No quiero encontrarme muerto en Utah”, escribió al comité ejecutivo del IWW, pidiendo se trasladara su cádaver a Chicago, donde se encontraban las oficinas centrales del sindicato obrero. Su cuerpo llevaba migrando sin parar al menos veinte años. Hägglund había tenido que trabajar desde la muerte de su padre, un obrero ferrocarrilero en la provincia sueca de Gästrikland, cuando tenía nueve años. A los 17 había migrado a Estocolmo a ser tratado por tuberculosis y a los 23, muerta su madre, decidió junto con su hermano probar suerte en Estados Unidos. Entre 1902 y 1910 había hecho la ruta clásica de los migrantes pobres en búsqueda de fortuna, trabajando en decenas de empleos desde Nueva York hasta los Ángeles, pasando por Chicago y Cleveland.

Esta vez iba de regreso. Había partido de San Pedro California en el verano de 1913 rumbo a Chicago. Se detuvo en Utah para trabajar en las minas de plata de Park City y ganar su pasaje al este. Pronto enfermó y, después de dos semanas de hospitalización, perdió el empleo. Entonces se desplazó hacia Murray, un suburbio de Salt Lake City donde se encontraban varias fundidoras de cobre y plomo que procesaban los metales del cañón de Bingham, al oeste del Río Jordán. El cañón era conocido como el peor campo minero del oeste y la organización obrera era fuertemente reprimida por la Iglesia Mormona, el gobierno del Estado y el Trust del Cobre, que controlaba la producción metálica en todo el oeste estadunidense y el norte de México. En caso de huelga, las compañías contrataban a enganchadores de migrantes, la iglesia mormona suministraba granjeros de su feligresía y el gobierno ofrecía protección a la compañía con la Guardia Nacional.

Con las leyes de todo tipo en contra, los forajidos y bandidos aparecían en el imaginario popular como depósitos de resistencia. En 1912, Rafael López, un minero mexicano llegado como rompehuelgas a Bingham, mató en una riña, al parecer sobre política, a otro obrero llamado Juan Valdés. En la cacería humana más grande en la historia de Utah, López logró abatir a cinco de los cientos de oficiales en su búsqueda y se refugió en una mina donde había trabajado meses atrás, no sin antes dejar salir a sus compañeros. Las autoridades iniciaron un incendio en la entrada de la mina para asfixiarlo pero, cuando ingresaron en búsqueda del cadáver, cinco días después, no hallaron rastro del minero.

La ausencia del cuerpo hizo explotar la imaginación popular sobre su historia. Se decía que había defendido el honor de una española llamada Inés Ocarriz o que había vengado a su hermano, asesinado por Valdés en Arizona. Más tarde se le identificó como Red López, un bandido, contrabandista y revolucionario que operaba en ambos lados de la frontera, comandando a la antigua banda de Butch Cassidy. Frank Hammer, el ranger responsable de la muerte de Bonnie y Clyde, aseguró haber ultimado a Red en 1921 en Río Grande, pero el caso se mantuvo abierto durante 90 años más.

La nobleza del forajido fue también un tema durante el juicio de Joe Hill. El 10 de enero dos sujetos encapuchados habían ejecutado a John Morrison y a su hijo mayor. El menor de los Morrison creyó ver a uno de los atacantes heridos. Dos días después Hill era acusado de asesinato doble puesto que el mismo día había sido atendido por una herida de bala en el pecho. El inculpado declaró que un amigo suyo le había disparado en una riña por una mujer, pero se negó a dar a conocer las identidades de los implicados: “no es asunto de nadie”, sostuvo durante todo el juicio. El caso atrajo simpatía, no solo por la construcción de Hill como un Galahad obrero, sino por el odio de la población a las autoridades y la fama de Morrison durante sus días como policía. Como a Red López, la figura de Hill como asesino de policías o galante adúltero atraía a la imaginación popular pero le daba pocas esperanzas para sobrevivir al cadalso.


III

“¿Acaso un hombre no puede luchar por su vida?”, preguntó Joe Hill a los guardias del pasillo de condenados el día de su muerte. Por la mañana había colocado una barricada con los elementos de la celda. Amarró la puerta con sábanas desgarradas, volteó el colchón hacia las rejas para que no pudiera verse al interior y, cuando los guardias lograron ingresar, los esperaba con un palo de escoba partido en dos. Mientras lo sometían los guardias le preguntaron: “¿No quieres morir como un hombre?”

El cantautor y su organización habían soportado un juicio de dos años y habían logrado presionar a suspender la condena en dos ocasiones. No había argumentos legales para inculpar a Hill además de la herida en el pecho. El crimen se había tratado de una ejecución, puesto que no se había robado nada de la tienda Morrison, y no se encontró ningún vínculo entre Hill y el expolicía. Por otra parte, las heridas de bala no eran, en absoluto, rarezas en el feroz mundo del oeste. Esa misma noche al menos otros tres fueron atendidos en Salt Lake City por la misma razón, pero Hill era el único con carnet sindical.

En esos años, las prisiones del oeste norteamericano concentraban a bandidos, desertores del ejército, asesinos y revolucionarios de ambos lados de la frontera. En las primeras dos décadas compartieron prisión líderes revolucionarios mexicanos con socialistas y anarquistas estadunidenses y europeos. La prisión como lugar de exilio en la frontera funcionaba como método de control de las redes revolucionarias que operaban en el dinámico mundo de la costa oeste. Enfrentando en general crímenes comunes, las luchas legales se extendían y a veces eran ganadas por los radicales. La prisión fue, paradójicamente, lugar de distintas victorias revolucionarias y concreción de solidaridades transfronterizas. Fue en torno a la liberación de los cuatro mexicanos, Manuel Sarabia, Ricardo Flores Magón, Librado Rivera y Antonio Villareal, que en 1906 se articuló una red de apoyo estadunidense a la causa revolucionaria mexicana.

No obstante, a partir del inicio de la Gran Guerra, esta red internacional fue aniquilada. Algunos, como Haywood y Goldman, terminaron exiliados en la Rusia soviética, mientras otros murieron en prisión, como Ricardo Flores Magón en 1922 en Leavenworth. Otros, menos afortunados, enfrentaron el exterminio físico de manera más o menos brutal. En 1927 fueron ejecutados los anarquistas Sacco y Vanzetti; el 18 de enero de 1918 Lázaro Gutiérrez de Lara, del Partido Liberal Mexicano (PLM), fue fusilado en Sáric, Sonora, por su participación en una huelga de mineros en Cananea. El 10 agosto de 1917 Frank Little, miembro de la junta del IWW que se encontraba organizando una huelga minera en Montana, fue sacado de su hotel por seis guardias de la compañía. Lo golpearon, lo ataron a la defensa de un carro y lo arrastraron por millas hasta las afueras del pueblo, donde lo colgaron con una nota en su cuerpo: “Primera y última advertencia”.


IV

“No pierdan el tiempo lamentándose: organícense”, escribió Hill en su último comunicado a sus compañeros wobblies. En 1910, después de siete años deambulando en el oeste minero, Hill se había unido al sindicato radical y pronto fue identificado como una de las figuras centrales de la organización. Como las canciones de Hill, la política militante de los wobblies combinaba un lenguaje franco y popular con reivindicaciones clasistas que rompían las barreras étnicas y religiosas entre la clase trabajadora estadunidense. A diferencia de la política de exclusión racial y de género llevada a cabo por la American Federation of Labor (AFL), el IWW tenía una alta afiliación femenina y organizaba conjuntamente a mexicanos, eslavos, japoneses, griegos y americanos en el medio y lejano oeste.

Esta política sencillamente clasista no sólo integraba orígenes múltiples en Estados Unidos sino que permeaba por los poros de la frontera sur. El proyecto del IWW no solo se oponía al de la AFL en lo que respectaba a la afiliación multiétnica y el sindicalismo industrial, sino por la apuesta por un auténtico internacionalismo. Militantes del IWW y del PLM, con Joe Hill entre sus filas, organizaron conjuntamente la invasión de Baja California y la proclama de la Comuna de Tijuana en 1911. En 1917, el IWW junto con la Casa del Obrero Mundial organizó en Tampico una huelga general que involucró a 15 mil trabajadores, además de huelgas de mineros en Coahuila, Chihuahua y Sonora.

No obstante, el proyecto fue derrotado. El nacionalismo de entreguerras, del New Deal y del cardenismo, y la represión de la Guerra Fría, con el macartismo y los charrazos, desarticularon las organizaciones internacionalistas, anarcosindicalistas y comunistas que habían conquistado sindicatos industriales estratégicos a ambos lados de la frontera. La nacionalización de la lucha sindical no sólo implicó la incapacidad de poner en marcha políticas obreras internacionales sino que significó la marginalización creciente de los migrantes de las organizaciones sindicales norteamericanas. El proyecto americano sindicalista, anarquista y comunista fracasó al parecer para siempre y el carácter internacional de las y los revolucionarios fue esterilizado por los mitos nacionales.

For united we are standing,

But divided we will fall


V

El 19 de noviembre de 2015 alrededor de 40 personas se congregaron en el Sugar House Park a las 6pm. El IWW convocó a la realización de una vigilia en el terreno donde antiguamente se ubicaba la Utah State Prison. Pocos de los habitantes del barrio saben de la prisión, demolida hace 50 años, y casi ninguno conoce la historia de Joe Hill. La zona de Sugar House, anteriormente poblada por trabajadores de la fábrica de azúcar, ahora es un barrio hip de ingresos medios-altos para la población blanca gentil (no mormona). Salt Lake City y el condado de Sumiit, a un costado, fueron las únicas zonas en las que Hillary Clinton superó a Donald Trump en las votaciones presidenciales en el estado, pero los seis delegados fueron ganados por el empresario con casi veinte puntos de diferencia a nivel estatal.

La poca resonancia que tuvo el evento incluso entre la juventud progresista de Salt Lake, y la composición del grupo, blanco, masculino y con un solo visitante extranjero, reveló la debilidad del proyecto del IWW a cien años de la ejecución de Hill. La turbulenta historia internacional y multicultural que encarnó el proceso se encuentra totalmente borrada a pesar de la vigencia del sistema que la produjo.

Who are we not to remember?

Who are we to dare forget?

Al fin del acto, apenas veinte minutos de iniciado, los asistentes rindieron un muy somero tributo a la historia multinacional de la que Hill fue producto. Al no tener mejor modo de hacerlo, un profesor asistente en contacto con sindicalistas de la CNTE, propuso nombrar a los mártires del IWW y decir “Presente” en español. El acto terminó con un poco sonoro: ¡Viva Joe Hill!

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