Juanga: fama y muerte del último hijo del pueblo

México está de luto. Para generaciones enteras de mexicanos la música de Juan Gabriel significó una auténtica educación sentimental.

| Música

Consejo para el futuro biógrafo de Juan Gabriel: lee con atención las novelas de Charles Dickens, especialmente David Copperfield

El “Divo de Juárez” nació en Parácuaro, Michoacán, el 7 de enero de 1950 y fue bautizado como Alberto Aguilera Valadez. En abril de ese año, Gabriel Aguilera, su padre, le prendió fuego a un pastizal para volver a sembrarlo, pero el fuego se extendió a otros terrenos y eso le provocó un ataque de pánico del que jamás logró recuperarse. Lo internaron en La Castañeda, infame hospital psiquiátrico capitalino, y lo mismo hubiera dado que lo enterraran.

Victoria Valadez, madre de Alberto, no recibía apoyo de su familia política, así que se fue con su hijo a Apatzingán en busca de un futuro mejor, luego a Morelia y finalmente a Ciudad Juárez, Chihuahua. Cuando Alberto cumplió cinco años su madre lo inscribió en el internado “El Tribunal”. Juan Contreras, su profesor de hojalatería, le enseñó a tocar guitarra y se convirtió en su protector. A los catorce años se escaparon juntos de “El Tribunal” y se dedicaron a vender artesanías de mimbre y hojalata (en las tramas dickensianas nada tiene de extraño que adultos y pubertos tejan alianzas semejantes). Luego se reunió con su madre y su hermana, y junto a ellas se dedicó a vender burritos en la calle.

Al final de la adolescencia Alberto buscó público para las canciones que había compuesto, primero bajo la tutela de Juan y después en su cabeza, mientras recorría los bares de la noche juarense. Probó suerte en Tijuana y California, luego volvió a Juárez y de allí saltó a la Ciudad de México. Mientras que en la capital consiguió emplearse como corista de Leo Dan y Angélica María, cuando volvía a Juárez era Adán Luna, la estrella del Noa Noa.

En un viaje a la Ciudad de México cuyo objetivo era encontrar disquera, fue acusado de robo y recluido durante dieciocho meses en el Palacio Negro de Lecumberri (una prisión más atemorizante que King’s Bench, donde cumplió condena Wilkins Micawber, amigo y tutor de David Copperfield). No tiene ni veinte años cuando acude en su auxilio Enriqueta Jiménez, “la Pietra Linda”, quien consigue su liberación después de reunirse con el director del penal.


Segundo consejo para el futuro biógrafo de Juan Gabriel: no busques el tema de sus canciones, son infinitos; no busques la estética que las aglutine, son tres o cuatro

Tras salir de la cárcel cambió su nombre artístico a Juan Gabriel, como homenaje a su protector y a su padre. No es un dato menor que escogiera la línea patriarcal para identificarse y que, al mismo tiempo, fuese su madre uno de los nodos devocionales de su obra. Juan Gabriel no fue un sociólogo, como quisieran la mayoría de sus apologistas, ni un Manuel Acuña amanerado, como aseguran sus detractores, pero sí un revisionista de su vida en clave cristiana.

Su primer LP, El alma joven (1971), arranca con su primer éxito, “No tengo dinero”, y allí se encuentran ya algunas de las claves de su estilo: la afición por las melodías del pop y el rock de la década de los cincuenta, arreglos de cuerdas que se debaten entre las influencias de George Gershwin y The Beach Boys, una voz estridente, metálica y, a veces, honda y una lírica generalista y sumamente memorable.

En un país menos exigente con sus ídolos eso le habría bastado para convertirse en el pope de la nueva canción, pero después del enorme legado de José Alfredo Jiménez (que murió en 1973) en México nadie que pretendiera quitarle el lugar de máximo compositor nacional podía abstenerse de la música ranchera. Así que después de El alma joven II (1972) y El alma joven III (1973), grabó Juan Gabriel con el Mariachi Vargas de Tecalitlán (1974). El sencillo “Se me olvidó otra vez” reveló su capacidad para hacer una inmersión única en el género. Que los versos del cantante nómada “por eso aún estoy en el lugar de siempre / en la misma ciudad y con la misma gente” sirvan para comprobar que su obra no es una maqueta de sus experiencias personales.

El resto de la década compuso sin pausa, a veces para sus discos y otras para las grandes damas de la canción hispana. Del periodo, la dylaniana “Siempre en mi mente” y “Aunque te enamores” (ambas de 1978) son las más emblemáticas.

En 1980 apareció su primera obra maestra, Recuerdos. Los sencillos “La frontera” y “El Noa Noa” lo llevaron de regreso a las pistas de baile, mientras que “Yo no nací para amar” era la primera apuesta en una tendencia nueva en él: orquestas enormes para contar amores que fracasan, y una voz que quedamente cuenta su pena y crece hasta el reclamo estruendoso e imperial.

Nada parecía capaz de detener los número uno en las listas de Billboard y la omnipresencia radial, no importaba la estética a la que se adhiriera: “Inocente pobre amigo”, “La diferencia” (1980), “No me vuelvo a enamorar” (1982), “No vale la pena” y “La farsante” (1983) son de mención obligatoria.

Y en 1984 apareció Recuerdos II, el álbum más vendido en la historia nacional (más de ocho millones de copias). El sencillo “Querida” fue promocionado con un video donde Juan Gabriel bailaba entre velas encendidas. Los conspiranoicos, siempre tan fieles a los fantasmas de la época, lo acusaron de satanismo, pero el resto del país se descubrió en la desesperación del amante que le pide a su querida que vuelve, aunque sea por compasión. Los gramáticos del fandom descubrieron lo dispuesto que estaba Juan Gabriel a echar por la borda la corrección verbal si interfería con su ritmo, pero nadie se inmutó en la rareza de pedir “por lo que quieras tú más ven / más compasión de mi tu ten”.

En 1985 grabó con Rocío Dúrcal la canción insignia del dueto, “Déjame vivir”. Si Dúrcal lo hubiese sobrevivido (murió en 2006) se habría convertido en la protectora de su cancionero, así como Chavela Vargas lo fue del de José Alfredo. En su contra también jugaba que Juan Gabriel fuese un interprete tan destacado y un showman inigualable; un pleito entre ellos detuvo las colaboraciones por más de una década, y los conspiranoicos, tan adictos a la insinuación sexual, creyeron que se debía a un amorío entre Juan Gabriel y el esposo de Dúrcal. En este caso más vale atenerse a la versión de Dúrcal, porque es más creíble y porque alude al choque cultural entre mexicanos y españoles:

Tengo un carácter fuerte y, quizá, pues a veces no me viene bien el ser así. Pero creo que en la vida uno tiene que comportarse como es. […] El mexicano es una persona muy sentida, muy así… ¿no? […] Muy dulce, muy… no se le puede subir demasiado la voz. […] Por el otro lado también deberían de saber cómo es el carácter español: es un poco brusco, es un poco fuerte, hablamos muy cortado. […] A lo mejor he levantado el tono un poquito más de la cuenta y en ese momento no era el momento adecuado ni oportuno.

En 1986 Juan Gabriel compuso para Daniela Romo su canción más conocida, “De mi enamórate”, y a finales de año apareció su segundo Álbum Total, Pensamientos. El último tema, “Hasta que te conocí” era una bofetada de virtuosismo para cualquiera que dudase de las altas cotas de su obra. Como “Bohemian rapsody” de Queen, se trata de una suite ecléctica, melancólica y majestuosa. Al año siguiente repitió el experimento con “Debo hacerlo”, una canción aún más vanguardista y ambiciosa.


Tercer consejo para el futuro biógrafo de Juan Gabriel: “Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo” es una respuesta que deja poco lugar a la especulación

Habría que preguntarle a nuestros padres o a nuestros abuelos cuándo supieron que Juan Gabriel era gay. Ahora puede parecer de una inocencia vergonzante no darse cuenta, pero recuerden que en este país Mario Bezares dejó caer una bolsita de coca sin levantar grandes sospechas. Lo que está claro es que para 1990 era una obviedad que no incomodaba más que a los persignados de toda la vida. La ilusión modernizadora del salinismo y el surgimiento del debate mediático en torno a los derechos de las minorías de la Era Clinton habían hecho mella, y sus cuatro conciertos en el Palacio de Bellas Artes en noviembre (un mes después del anuncio del Nobel de Literatura para Octavio Paz) fue el acontecimiento cultural de 1990, y el álbum del evento la banda sonora de esa Navidad.

Luego el silencio y los rumores: tiene SIDA, problemas con Hacienda, ya no puede componer, está peleado con su disquera.

Y en 1994 apareció su tercera y última obra maestra, Gracias por esperar. En el álbum Juan Gabriel se expone más que antes como artista gay y genio del pop. La primera canción, la circuitera “Vienes o voy”, trata del estira y afloja de unos amantes que no cohabitan, y “Pero qué necesidad” es una oda a la tolerancia y la diferencia. Pero el disco más popular del año fue el nostálgico Segundo romance de Luis Miguel, que le arrebató el Grammy Latino y el Premio Lo Nuestro.


Cuarto consejo para el futuro biógrafo de Juan Gabriel: el artista mexicano más grande que cooptó el PRI es el artista mexicano más grande; es triste, pero es así

Creo que Gracias por esperar es el primer final de la carrera de Juan Gabriel. Todavía depara algunas sorpresas, como el espectacular tema de la telenovela Abrázame muy fuerte (2000), pero ciertos acontecimientos vergonzantes fueron los que marcaron sus últimas dos décadas.

El más terrible y recordado fue su canción propagandística a favor del oficialista Francisco Labastida en las elecciones de 2000: “Ni Témoc, ni Chente, Francisco será el presidente / ni el PRD ni el PAN / ni el PRD ni el PAN / el PRI es el que va a ganar”. El rumor reza que el PRI le ofreció perdonarle su deuda con Hacienda a cambio del jingle, pero esa elección el PRI se sirvió con cuchara grande las arcas de PEMEX, así que parece más razonable sospechar que le pagaran en efectivo. La profecía de la canción, afortunadamente, no se cumplió, y el PRI perdió sus primeras elecciones presidenciales, y el sector a favor de la alternancia en el poder ejecutivo se sintió traicionado.

En 2005, mientras bailaba “El Noa Noa” en un concierto en Houston, Juan Gabriel sufrió una aparatosa caída del escenario que se volvió viral en YouTube y después fue retransmitida hasta el cansancio en la televisión.


Último consejo para el futuro biógrafo de Juan Gabriel: no olvides la autoentrevista

En agosto de 2014 Juan Gabriel reinventó la publicidad de conciertos con una autoentrevista a dos voces. La distribuyó en YouTube, se hizo viral y fue recogida por la prensa rosa.

En una esquina, Juan Gabriel vestido con una camisa de seda negra con su nombre bordado en letras doradas, y detrás de él la consola de su estudio, sobre la que descansa una guitarra decorada con cuentas al estilo huichol.

En el otro extremo del estudio está Alberto Aguilera, el hombre que presta su cuerpo a la entidad artística “Juan Gabriel”. Aguilera lleva lentes oscuros, una túnica de color terroso, una mascada de seda enredada al cuello, el pelo relamido y un abanico que abre y cierra para enfatizar sus palabras. Junto a él descansa un retrato en sepia de un lozano Gabriel-Aguilera que mira al horizonte con melancolía.

El mayor acierto del video de Gabriel-Aguilera es enfatizar que la femineidad pertenece a Aguilera. Que nadie se engañe: Juan Gabriel no es el espectáculo exagerado de un señor tímido. No, Juan Gabriel es la síntesis estética de una poderosa fuerza homosexual que habita en Aguilera. Por eso charlan como viejos conocidos:

ALBERTO AGUILERA: Estás más delgado y te ves mucho mejor.

JUAN GABRIEL: Gracias. Te preocupé, te asusté, te pusiste nervioso y siempre te meto en líos, en problemas, en demandas. Pero tú siempre estás conmigo. Me quieres, me cobijas, me proteges, me abrazas, me comprendes, me aceptas, me perdonas. Yo sin ti no puedo vivir.

AA: Y yo sin ti me muero. Por eso los dos debemos cuidarnos, y mucho. Yo estoy muy agradecido contigo porque, mira, yo gracias a ti, sé lo que sé. También soy lo que soy y tengo lo que tengo. Compartes conmigo tus alegrías, tus tristezas, tus formas de ser, tus shows, tus fans. Gracias a ti yo como, yo vivo, yo tengo casa…

JG: Casas, dirás…

AA: Bueno, son tuyas. Así como son mis canciones, son tus casas, Juan Gabriel. Te admiro, me caes bien.

JG: Tú también.

Puedes sacar a Juan Gabriel del arrabal pero no puedes sacar el hambre de sobresalir de la superestrella.


Coda: los duetos

La primera carrera de Juan Gabriel terminó en 1994, pero sus conciertos posteriores en Bellas Artes (1998, 2008 y 2014) confirmaron que mantenía su capacidad interpretativa.

En 2015 aparecieron Los dúo y Los dúo Vol. 2, en los cuales la primera plana de la música nacional actual y algunos invitados extranjeros lo acompañaban para reversionar sus mayores éxitos. Y, dos semanas antes de su muerte, apareció Vestido de etiqueta por Eduardo Magallanes (2016), donde Magallanes, su productor de cabecera, lo ayudó a orquestar algunos de sus temas emblemáticos. Ni de lejos son mejores que las originales (¿a quién puede interesarle “Hasta que te conocí” en versión tango?) pero sirven de consuelo en el luto nacional.

Supiera o no que la muerte lo rondaba, su esfuerzo por reorganizar y pulir su obra ahora no puede parecer otra cosa que una fatalidad o un revisionismo muy propio de la idiosincracia mexicana. Juan Gabriel, el compositor que nos enseñó a sentir. Un artista demasiado parecido a nosotros.

(Foto: cortesía de Julio Enriquez.)

Artículos relacionados