La ciudad en común

En Madrid y Barcelona, para contrarrestar los efectos de la especulación financiera, las administraciones municipales de Manuela Carmena y Ada Colau ponen en marcha, junto con la ciudadanía, proyectos que recuperan el concepto «derecho a la ciudad» y colocan en el centro de la mesa la defensa de lo común.

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Este texto es un fragmento del libro Pasado Mañana. Viaje a la España del cambio publicado por Arpa Editores, 2017. El autor autorizó la publicación de este fragmento.

Un niño de pelo castaño claro empuña un megáfono. Habla para un círculo infantil. El megáfono circula de mano en mano. La asamblea junior se interrumpe de manera informal. Hay más juego que protocolo. Más deseos que reglas. En una pared, varios niños dibujan sobre un enorme papel marrón lo que quieren que sea el suelo que pisan. Las madres y los padres observan. No intervienen demasiado. En el solar Almendro 3, en el histórico barrio madrileño de La Latina, los niños son los arquitectos. Corretean sobre montones de arena, inventan mundos con maderas abandonadas. Diseñan el espacio. Los adultos son mediadores. Activan metodologías participativas para que los niños den forma a su mundo y resuelven los problemas prácticos de la dimensión adulta del espacio y de la vida (burocracia, gestiones, compra de material).

El solar Almendro 3 pertenece a la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid. El solar, tras estar veinte años tapiado, en noviembre de 2015 fue cedido por el Ayuntamiento a la ciudadanía. Los vecinos del barrio La Latina y las Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos de tres colegios públicos cercanos son los responsables del espacio. El gobierno de la alcaldesa Manuela Carmena, de Ahora Madrid, abrió un proceso participativo para que los propios vecinos decidiesen qué hacer en el solar. Abren y cierran cuando quieren. Moldean el espacio a su antojo. Organizan actividades: teatro infantil, construcción de mobiliario con materiales reciclados, festivales… Y cocinan reglas flexibles para Almendro 3, atravesadas por los deseos de los más pequeños.

El solar Almendro 3 no es el primer espacio cedido a la ciudadanía en Madrid que cuenta con muchas experiencias conocidas internacionalmente, como Esta es una plaza, La Tabacalera o El Campo de Cebada, entre otras. Sin embargo, el proceso de cesión tiene novedades. Por un lado, dispone de cierta financiación pública, por el otro la cesión se rige por un marco regulador de espacios municipales que han elaborado conjuntamente el Ayuntamiento de Madrid y colectivos sociales de la ciudad. Desde el ayuntamiento hablan de acuerdos público-sociales y de cogestión ciudadana. Buscan que la fórmula de colaboración público-privada no sea la única. Que la ciudadanía tenga voz y participe en los procesos. Que la cesión de espacios frene la gentrificación en los barrios turísticos del centro de Madrid.

Alberto Nanclares, uno de los padres involucrados en el solar, miembro de Ganamos Madrid y del colectivo Basurama, reflexiona sobre la incipiente república de los niños arquitectos de Almendro 3: «Es juego libre, juego sin columpios. En Europa, a partir de los años 50 encapsularon a los niños. Se les prohíbe jugar con lo que quieren, vagabundear por la ciudad. Convirtieron la ciudad en una maquina productiva y sin alma. A partir de los 90 Madrid llega a ser una máquina insoportable. La burbuja neoliberal asfixió la vida de mucha gente. Cuando explotó el 15M, el gran proyecto de ciudad, que es el espacio público, había llegado a su límite. Le saltaron las costuras». Nanclares piensa que experiencias como la de Almendro 3 simbolizan el fin de ciclo de la ciudad neoliberal: «Es importante ver a los niños jugar sobre las ruinas, es toda una metáfora. ¿Para qué reconstruir las ruinas de un Estado? Usémoslas para hacer con ellas lo que queramos».

Alberto Nanclares cita a Francesco Tonucci, autor del libro La ciudad de los niños, un auténtico tótem para muchos papás y mamás del solar de Almendro 3. Tonucci reivindica el libre albedrío de los niños en el espacio urbano y defiende que la ciudad que es buena para los niños es buena para todos. Tonucci tiene en España una de sus principales audiencias. Incluso algunos gobiernos locales, como el de El Prat de Llobregat (Barcelona) o Pontevedra, han puesto en marcha su proyecto piloto «Camino seguro», que anima a los niños a organizarse para ir juntos al colegio. Más niños, más seguridad. Más niños que caminan, menos coches.

Para intentar vislumbrar los modelos de ciudad que vienen, el urbanista italiano Domenico di Siena hace hincapié́ en el proceso de innovación ciudadana activado por el 15M: «Unos de los elementos esenciales del 15M es el redescubrimiento de la dimensión territorial, la conciencia del derecho a la ciudad». La explosión del 15M en España y de Occupy Wall Street en Estados Unidos rescató y amplió el concepto de «derecho a la ciudad»[I] formulado justo antes de las revueltas de mayo de 1968. El derecho a la ciudad histórico evoluciona a un derecho a modificar colectivamente la ciudad existente, y no necesariamente a rebufo de las instituciones. Tras décadas de especulación inmobiliaria, la ciudad dejó de ser «un espacio de encuentro para ser un subproducto urbanístico de las operaciones de los poderes económicos y políticos»[II]. Instaurar el derecho a la ciudad renace como mantra de activistas, urbanistas y académicos que luchan contra la especulación inmobiliaria y los procesos de gentrificación que expulsan a las comunidades de vecinos de los barrios.

Alberto Nanclares defiende la tesis de que las mamás y papás del solar Almendro 3 son más importantes para el cambio de piel que vive España que la clase política. «Esta época debe leerse al revés. Desde el mundo hacia el gobierno. Hay políticas públicas útiles, pero ya hay mucha gente que vive de otra manera, que juega de otra manera, que se relaciona de otra manera. Hay un desfase entre los marcos que ofrecen los gobiernos y esas otras vidas de la gente», matiza Nanclares. Precisamente, el marco regulador de cesión de espacios, que también está siendo trabajado por otros gobiernos municipales como el de Barcelona, intenta reducir el abismo existente entre políticas públicas y la vida de la gente. Lo público-social o la cogestión ciudadana son apenas una actualización del sector público a una realidad moldeada por cientos de iniciativas autogestionadas, autónomas, ciudadanas. El nuevo sistema nervioso de las ciudades no está apenas en el adentro institucional: es un dentro-fuera con ramificaciones múltiples que desborda el marco de la política representativa del siglo XX.

Tras el 15M, la palabra prototipo, reducida hasta hace pocos años al mundo de la cultura digital, comenzó́ a ser asociada a proyectos sociales. Prototipo, según la RAE: «Ejemplar original o primer molde con el que se fabrica una figura u otra cosa». El prototipo es un estado previo al modelo, y se caracteriza por estar en estado de cambio constante, de mutación y mejora. En los años iniciales de la programación web se acunó́ la expresión «beta permanente» para definir un prototipo no definitivo. En la España de la posburbuja inmobiliaria, algunos colectivos de arquitectos como Paisaje Transversal abrazan el concepto beta permanente para reivindicar el «proceso frente al objeto, la horizontalidad del trabajo y el pensamiento en red, el desarrollo de la inteligencia colectiva ciudadana y la apropiación comunitaria de los proyectos».[III] Desde el 15M, los antropólogos Alberto Corsín y Adolfo Estalella transformaron su blog Prototyping.es en un auténtico inventario de las prácticas urbanas que devolvían la vida a los barrios de la España de la crisis. De este modo fueron ensamblando su pensamiento antropológico sobre las diferentes experiencias colectivas existentes en los territorios.

De nuevo las ruinas preconfiguran el tablero de juego: los miles de edificios abandonados tras la burbuja a lo largo y ancho del Estado español se convierten en espacios de encuentro para la ciudadanía. Durante la 13a Bienal de Arquitectura de Venecia de 2012 muchos de los arquitectos residentes en el Estado español usaron la etiqueta crítica #UnOccupyBienale (‘desocupa la bienal’) para denunciar la arquitectura del pelotazo. Francesco Cingolami destacaba la importancia de diseñar espacios en blanco —incompletos, libres, abiertos— para incentivar fenómenos emergentes. En un tuit poético de Francesco cabe todo el horizonte de un urbanismo que persigue habitar los vacíos y poblar los espacios urbanos de relaciones: «We don’t need money, we don’t need new buildings. We only need empty spaces and free time to think, meditate and create. #UnOccupyBiennale».

La ciudad contemporánea más que un modelo preconcebido, se transforma en una red de prácticas colectivas. Prácticas que escenifican formas de vida que ya existen en solares vacíos, plazas tomadas o centros sociales. Prácticas que cuestionan la competición entre individuos como motor de la vida. Prácticas que preceden a las teorías o paradigmas de ciudad. Desbordando lo posible, las prácticas ciudadanas redefinen marcos, consolidan códigos comunes de acción y abren brechas en las encorsetadas instituciones. Un colectivo que hace exposiciones itinerantes en muros y paredes de la ciudad (La Galería de Magdalena), un cine al aire libre en el que los vecinos votan las películas que quieren ver (Cinema Usera) o una biblioteca basada en el trueque (Biblioteca Popular Josep Pons Can Batlló) son metáforas vivas del concepto prácticas ciudadanas.

La llegada al poder de las confluencias[IV] a algunas de las principales ciudades de España ha ayudado a hacer visible un modelo urbano atravesado agresivamente por el capital. La ciudad neoliberal, en palabras de Domenico di Siena, transformó el territorio en un simple escenario para la producción (trabajo), el espectáculo (consumo) o la protesta (política). Los nuevos gobiernos de las ciudades del cambio, mientras construyen otro modelo de ciudad, buscan pistas de la ciudad viva[V] escenificada en las plazas del 15M. Los nuevos gobiernos formulan nuevos espacios narrativos, nuevos marcos simbólicos. Insinúan que existe otra ciudad posible: ciudad rebelde,[VI] ciudad del bien común, ciudad de los cuidados. La ciudad en común. Sin embargo, este heterodoxo ecosistema de prácticas ciudadanas ¿necesita marcos simbólicos? ¿Sirve la teoría para orientar la gestión de un gobierno municipal? ¿Cómo se compagina el poder público y el fértil mundo de las prácticas ciudadanas de esa posible ciudad en común?

Solar Almendro 3, Madrid

«La ciudad es consumo. Poner un pie en la calle es gastarte dinero». Laia Forné, participante desde sus inicios del proceso municipal impulsado por Ada Colau y actual asesora de la Regidoria de Participació i Territori de l’Ajuntament de Barcelona, intenta dibujar definiciones para «la ciudad en común» en un bar turístico del barrio gótico de Barcelona. La conversación planea sobre la crisis, la presión turística del centro de Barcelona y la gentrificación. El camarero-DJ vomita clichés de la historia del pop rock. El edulcorado hilo sonoro, un público estrictamente turista y una decoración cutre que pretende parecerse a Andy Warhol transforman el bar en un no-lugar perfecto. En un no-bar. Podría estar en Barcelona, Hong Kong o Miami. Una imagen emerge en la conversación como un salvavidas: las sillas rojas que el urbanista Jan Gehl colocó en las calles de Nueva York. Sillas para sentarse, para observar, para charlar. Sillas en las que no era-es-será necesario consumir. Laia habla de la ciudad de los cuidados que Ada Colau y Manuela Carmena colocaron en la rueda mediática: «La crisis ha tejido un cambio en la manera de estar. La vida no puede estar solo al servicio de lo mercantil. Tenemos que poner en el centro de nuestras vidas la cura, en sentido amplio, de todo lo que necesitamos para reproducirnos. Necesitamos de los demás para sobrevivir. Somos personas interdependientes», afirma Laia. La ciudad de los cuidados, ridiculizada por la caverna conservadora, desmantela el modelo de ciudad neoliberal. Algunos colectivos feministas como Col·lectiu Punt 6 trabajan los cuidados en entornos urbanos y denuncian que el diseño de nuestras ciudades no ha sido neutro, «se ha hecho para promover el beneficio capitalista».

Al diseñar espacios públicos asépticos, poner cámaras de videovigilancia, quitar los bancos de una plaza, aprobar ordenanzas cívicas que restringen el uso de los espacios públicos, aumentar el número de licencias para hoteles y terrazas, se está priorizando determinados usos. La ciudad de los cuidados pone la sostenibilidad de la vida en el centro.[VII] Los primeros pasos de los gobiernos del cambio se dieron de bruces con la ciudad neoliberal que el establishment intenta definir como algo natural, neutral. Nada hay más político que una ordenanza.[XVIII] Nada más neoliberal que ordenanzas basadas en una supuesta neutralidad que privatiza la gestión de lo público. La moratoria para limitar la presión turística sobre el sector inmobiliario en Barcelona o devolver agua a las fuentes públicas de Madrid son intentos de construir una nueva neutralidad en la que la vida y la sostenibilidad estén en el centro.

Se trata de la ciudad relacional de la que habla la abogada María Naredo,[IX] asesora del Área de Participación y Transparencia del Ayuntamiento de Madrid. El proyecto de las supermanzanas puesto en marcha por el Ayuntamiento de Barcelona, que consiste en habilitar calles para los encuentros de la ciudadanía parando el tráfico de coches, «una unidad urbana mayor que una isla o manzana de casas, pero más pequeña que un barrio», respiran a ciudad relacional. Habilitar calles de las supermanzanas para el encuentro, liberarlas de vehículos, es repoblarlas de relaciones.

Tras la espiral de privatización del espacio público de las últimas décadas, la calle vuelve a ser un palco múltiple y multidisciplinar. La calle vuelve a tener ecos de conocimientos y aprendizajes compartidos. Cualquier rincón se transforma en un aula. Cualquier parque, cualquier plaza se convierte en espacio de enseñanza e intercambio. El Banco Común del Conocimiento del colectivo Platoniq recorrió rincones de todo el Estado español lanzando preguntas y creando grupos de encuentro: ¿Cuántas cosas puedes enseñar a tus amigos que puedan ayudarles? ¿Conoces a alguien que sepa hacer algo valioso, curioso, especial? Tras las plazas tomadas en 2011, el espíritu del Banco Común del Conocimiento impregna el espacio público de los barrios de muchas ciudades.

Para introducir el concepto de ciudad del aprendizaje, Domenico di Siena habla de procesos de pedagogía urbana que facilitan que nos entendamos como ciudadanos. La ciudad del aprendizaje tiene una visión radicalmente diferente a la ciudad creativa[X] basada en el consumo cultural. La ciudad del aprendizaje transita «entre modelos basados en la creación de productos y servicios que nos obligan al consumo, a modelos basados en la gestión de la información y producción del conocimiento (autoorganización)».[XI] Procesos, no productos. Compartir conocimiento, no competición mercantil. La Universidad Indignada, que recorrió́ diferentes barrios de Barcelona a finales de 2011,[XII] o el proyecto Ciudad Escuela (ciudad-escuela. org), que construye itinerarios pedagógicos por las calles de Madrid, son expresiones de ciudad del aprendizaje en estado puro.

Ciudad de los niños, ciudades relacionales, ciudades del aprendizaje, ciudades habitadas por prácticas ciudadanas. Ciudades cuidadas, compartidas, habitadas, cogestionadas. El «run run» de Iván Lagarto, el video viral en el que Ada Colau entonaba aquel «El run run es defender el bien común», abrió́ el marco narrativo de la ciudad del bien común. El «run run» colocaba sobre la arena del debate uno de los asuntos que las instituciones del siglo XX no entendieron: la gestión del común, los comunes o el procomún. Las prácticas ciudadanas suelen ser prácticas orientadas al común. Un solar abandonado de titularidad pública revitalizado por una comunidad es un espacio común.[XIII] En ese sentido, la ciudad en común deviene el imaginario compartido de todas las prácticas, marcos simbólicos y modelos de ciudad que combaten la ciudad neoliberal.

«Si sola no puedes, juntas lo podemos todo. Red de Apoyo Mutuo», desalojo en Barcelona, 2011

Sábado. Sol invernal de mediodía. En la Junta de Distrito de Villaverde, en el sur de Madrid, hay ambiente de boda. Apenas están las familias y sus círculos cercanos. Se respira una alegría contenida. Cierta intimidad. Guillermo Zapata, concejal de los distritos Fuencarral-El Pardo y Villaverde en el Ayuntamiento de Madrid, tras casar a dos parejas, mira por el retrovisor la gestión de Ahora Madrid. Destaca algunos logros. Algunas sorpresas. Una importante: el propio relato de qué es una ciudad. «Antes no estaba en disputa qué es una ciudad. Si digo ciudad, ¿qué te imaginas? Ahora es fácil identificar un modelo de ciudad que representa el cambio y otro que representa el PP. O caes de un lado o caes de otro». Zapata se asoma al que considera el gran desafío de Madrid, que los distritos existan como realidad: «Es una realidad hipercompleja. Si haces el relato del Madrid de las empresas, el relato es unitario. Soy concejal en una zona con muchos PAU[XIV] (Programas de Actuación Urbanística), y aquí hay un deseo de ser de algún lugar. Los chavales de Las Tablas, que se llaman a sí mismos “tableños”, van construyendo una identidad de barrio cuando todo estaba diseñado para no tener identidad de ningún tipo. Que tengan unas fiestas de barrio, cabalgatas, que existan como territorio. Con eso te va a venir todo lo demás».

¿Cómo se conjuga la ciudad en común? ¿Cómo se declinan sus necesidades? La ciudad en común soluciona la turbina gentrificadora del modelo Airbnb con un trabajo conjunto de asociaciones, ciudadanía e instituciones locales. Un buen ejemplo sería la plataforma Fairbnb de Amsterdam,[XV] que explora el alquiler de casas ocasionales con criterios éticos, datos transparentes y límites impuestos por el gobierno local. Las experiencias de cogestión ciudadana de Can Batlló en Barcelona, de Esto no es un solar de Zaragoza, el laboratorio de la Civic Factory de Valencia o los múltiples casos de Madrid son más inspiradores para la nueva política de la ciudad en común que las teorías de los comunes. Marcos de cesión de espacios como los de Madrid o Barcelona son brújulas de futuro. Además, las formas de hacer ciudad desde la base no sustituyen a la tradicional planificación urbana, centrada en grandes intervenciones en la ciudad a largo plazo. No sustituyen, pero inspiran y modifican el proceso al abrirlo a la participación ciudadana. Al hacer énfasis en la planificación participativa, la arquitectura y la democracia se integran en una nueva forma de hacer ciudad en la que los gobiernos no tienen la única ni la última palabra.

Los expertos conviven con las decisiones que emergen de procesos de inteligencia colectiva que se activan en los territorios y en las plataformas digitales. En los últimos tiempos se da más importancia al denominado place making —algo así como «construcción de lugar»—, un proceso con un enfoque multifacético para planificar, diseñar y gestionar los espacios públicos, que al tradicional urban planning. El place making trata de mirar, escuchar y preguntar a las personas que viven, trabajan y juegan en un espacio determinado para descubrir sus necesidades y aspiraciones.[XVI] Del espacio al lugar, del vacío urbano a los cuidados, del espacio público a la ciudad del común.

Sin embargo, en algunos casos apenas una acción institucional contundente puede salvar a las ciudades de la voracidad de la especulación financiera. La prohibición de construir nuevos hoteles en algunos barrios de Barcelona es un claro ejemplo. El nuevo plan urbanístico acota la creación de nuevos hoteles y pone fecha de caducidad a los alojamientos turísticos en el epicentro de la ciudad. Cuando Ada Colau toca asuntos como la vivienda o el derecho a la ciudad, tensa el ritmo. Le brillan los ojos cuando enumera algunas victorias recientes: «Desde la institución hemos tenido más capacidad de negociación con los bancos para recuperar centenares de pisos vacíos y ponerlos en alquiler social, algo que antes era impensable. En muy poco tiempo hemos conseguido centenares de pisos vacíos, gracias a la presión social. Negociamos con los bancos. Por primera vez se han puesto multas superiores a 300.000 euros por pisos vacíos a las entidades financieras».

A falta de métodos definitivos de la gestión público-social o público-ciudadana, la ciudad en común late como una polifonía. Una polifonía de prácticas, de autogestiones, de prototipos imperfectos mejorados colectivamente, de planes urbanos impregnados de participación ciudadana. Una polifonía que desplaza el tablero de las políticas públicas hacia un proceso ciudadano, participativo, sostenible e inacabado. Y que activa acciones contundentes desde arriba para completar las acciones de la ciudadanía. Pablo Iglesias considera que la experiencia de los ayuntamientos del cambio está anticipando lo que se podría hacer desde administraciones con un grado de competencias más intenso: «Cuando digo más intenso no digo más importante. Pensamos además que había que empoderar mucho más a las administraciones locales precisamente porque tienen una cercanía mucho mayor con la gente. Es lo que la gente puede notar de manera más directa. Muchas veces la política nacional se articula en una serie de elementos que, aunque afectan directamente a la vida del ciudadano, el ciudadano no los ve cuando abre la puerta de su casa. Y sin embargo desde las administraciones locales se ve, se toca, se respira. Eso es impresionante».


Pasado mañana

Arpa editores, 2017


[I] El concepto, formulado por Henry Lefebvre en 1967 en su libro Derecho a la ciudad, fue recuperado tras la publicación del libro Ciudades rebeldes de David Harvey. El derecho a la ciudad implica construir la ciudad de forma colectiva. El vendaval de contenido académico nacido al calor de Occupy Wall Street dio una vuelta de tuerca al concepto.

[II] «Instaurar el derecho a la ciudad», paisajetransversal.org, 3/1/2016.

[III] «Urbanismo en beta permanente», paisajetransversal.org, 16/3/2016.

[IV] El movimiento municipalista se articuló́alrededor de confluencias. Las más conocidas (Barcelona en Comú, Ahora Madrid, Compostela Abierta, Zaragoza en Común o Marea Atlántica) fueron la gran sorpresa de las elecciones del 24 de mayo de 2015. Aunque no disponen de mayorías, gobiernan ciudades de tanta relevancia como Madrid, Barcelona, Zaragoza, La Coruña, Santiago de Compostela, Ferrol o Cádiz, entre muchas otras.

[V] El concepto de ciudad viva nació tras la publicación de Muerte y vida de las grandes ciudades, de la estadounidense Jane Jacob. En España, el blog laciudadviva.org tiene una gran influencia sobre los urbanistas, arquitectos y movimientos sociales que trabajan cuestiones urbanas.

[VI] Concepto popularizado tras la publicación del libro Ciudades rebeldes de David Harvey en 2012.

[VII] Blanca Gutiérrez Valdivia, «La ciudad cuidadora», El País, 18/3/16.

[VIII] Fernando Sabin, Ana Méndez y Pablo Bartolomé, «Sobre la voluntad política y maquinaria institucional: no hay nada más político que una ordenanza», Diagonal, 1/8/16.

[IX] Amador Fernández-Savater, «(María Naredo) Dos modelos de seguridad: policial y relacional», eldiario.es, 19/11/2013.

[X] El concepto de ciudad creativa tiene en el urbanista Richard Florida uno de sus grandes adeptos. Está relacionado con la «clase creativa», que pretende englobar a jóvenes vinculados a la creatividad (diseñadores, publicistas…).

[XI] Domenico di Siena, «Sentient City. De la ciudad creativa a la ciudad del conocimiento», urbanohumano.org, 17/5/17.

[XII] Raquel Quelart, «La universidad indignada 15M se inaugura en plaza Catalunya», La Vanguardia, 31/8/201.

[XIII] El libro Common Space. The City as Commons de Stavros Stavrides aborda la cuestión de la mutación del espacio público al espacio común.

[XIV] En Madrid son un conjunto de operaciones de extensión del área metropolitana. La explosión de la burbuja inmobiliaria dejó buena parte de estos barrios deshabitados y en algunos casos sin servicios públicos. El distrito de Fuencarral-El Pardo es uno en los que existen más PAU.

[XV] Sito Veracruz, «FairBnB o cómo remediar que Ámsterdam se convierta en un hotel», paisajetransversal.org, 7/21/2016.

[XVI] Natalia Barrientos Barría, «¿Qué es el Placemaking?», plataformaurbana.cl, 2/5/2012.

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