La cultura de la violencia sexual en México y sus víctimas

En México la cultura de la violencia sexual hacia la mujer coexiste con la cultura de la impunidad. ¿Por qué persisten los casos de violaciones? Porque, para muchos, la violencia sexual es algo tolerado y normalizado.

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Las palabras de Daphne, la joven violada por cuatro jóvenes en Boca del Río, Veracruz, a inicios de 2015, podrían haber salido de mi boca hace unos años e incluso ahora mismo: “Sí, he tomado; sí, he salido de fiesta; sí, he usado faldas cortas como la gran mayoría, por no decir que todas las niñas [muchas mujeres] de mi edad. ¿Por eso me van a juzgar? ¿Por eso me lo merecía? ¿Por eso pasó lo que pasó? Por andar de noche con mis amigas.” Daphne es una de las miles de mujeres en México que ha sido violada, en una o en varias ocasiones, por alguien distinto a su pareja.[1] Alguien de tu entorno cercano –una amiga, una hermana, tu propia madre o abuela– podría haber sido violada también por amigos, conocidos, familiares y, en menor medida, por desconocidos, y probablemente no lo sabrías. Solo una de cada tres mujeres comenta con sus familiares la experiencia; menos de dos de cada diez busca apoyo en alguna institución pública y solo el 8% acude a las procuradurías estatales de justicia. De este porcentaje, solo tres de cada cuatro interpone una denuncia. Lo que alcanzamos a conocer es, por lo tanto, la punta del iceberg.

La violación es parte de un mismo continuo de violencia sexual de la que son objeto las mujeres.[2] Este continuo va desde manifestaciones consideradas por muchos inofensivas, como el acoso en lugares públicos (miradas lascivas, piropos molestos, roces y tocamientos), hasta la violación. Las mujeres somos objeto de múltiples formas de violencia sexual tanto en la esfera pública como en la privada. Con frecuencia, las formas de abuso sexual más prevalecientes –como es el caso del acoso sexual en lugares públicos– son normalizadas, condonadas, reducidas a actos sin importancia o incluso vistas como bromas, tanto por los responsables de estos comportamientos, como por las personas que son objeto de los mismos. La normalización de las formas menores de violencia sexual contra las mujeres contribuye a consolidar y perpetuar el continuo de violencia sexual, y excusa la ocurrencia de sus manifestaciones más severas, como puede ser la violación.[3]

Se puede hablar, así, de la existencia de una cultura de violencia sexual en México. El concepto de cultura de violencia sexual expande el ya existente de cultura de la violación, definida como una compleja serie de creencias que fomentan la violencia de los hombres contra las mujeres y que a la par condonan y normalizan esta violencia.[4] En estas sociedades, la violación se ve como algo sexy y el ejercicio de la sexualidad como algo violento. Esta violencia se justifica y se exalta en los medios de comunicación.[5] Además, la violencia sexual no se percibe como un crimen ni como un acto desviado y sus víctimas tienden a ser consideradas como responsables de su propia violación.[6]

¿Qué hacía una joven bebiendo un trago? ¿Por qué llevaba falda? ¿Por qué no se quedó en su casa? Estas preguntas, que algunos/as se plantean y que se vierten en las redes sociales y en los comentarios en medios de comunicación apuntan todas a la supuesta responsabilidad de la víctima. La joven salió con sus amigas y como muchos/as jóvenes –y adultos– se tomó un trago. Preguntarse por la falda corta es llevarnos a hablar sobre las preferencias individuales y la influencia de los medios en cómo debemos vestirnos. La casa y la familia no son en realidad espacios seguros para las mujeres, porque 30% de las violaciones son perpetradas por un familiar (padre, hermano, suegro, abuelo, tío, cuñado o primo). Los responsables de la violación de mujeres suelen ser personas conocidas (23%), amigos (24%) y vecinos (7%). En menos de una de cada cuatro violaciones está involucrada una persona desconocida (23%). Algunas mujeres violadas (4.4%) lo han sido en múltiples ocasiones.

¿Por qué violar a una mujer? La respuesta es multifactorial y compleja y debe entenderse como el resultado de pactos patriarcales[7] que se materializan, por ejemplo, en que se piense que el cuerpo de la mujer está para ser apropiado, que la apropiación del cuerpo femenino por alguien quien no tiene derecho resulte en la estigmatización de la víctima, que el cuerpo de la mujer pueda servir para sellar pactos entre varones, y que la apropiación de la sexualidad de la mujer se vea como un acto de exhibición de hombría o virilidad.

En sociedades como la mexicana, con altos niveles de desigualdad de género, y en la que para muchos hablar de sexualidad y sexo es tabú, a la mujer no le pertenece su cuerpo. El cuerpo de la mujer se protege y se oculta; la virginidad se cuida para ser entregada. El cuerpo tiene dueño, en masculino, y aquellos cuerpos que son percibidos como no protegidos –los que no se ocultan, los de las mujeres y niñas que no tienen dueño o pareja– es más probable que acaben siendo sexualmente abusados.

La violación es silenciada por las propias mujeres y aquellos que las rodean por estar en una sociedad históricamente patriarcal, colectivista y familista que culpabiliza y desprestigia a aquellas sexualmente abusadas.[8] Existe, además, una imagen socialmente construida de la violación, del violador y de la mujer violada. Aquellos casos que no se ajustan a esa imagen tienden a no ser reconocidos como tales y las víctimas son desprestigiadas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la violación ocurre en una cita, cuando el violador es un novio o amigovio, cuando la mujer ha tomado algún tipo de droga o alcohol, o si en lugar de penetración con el miembro hubo sexo oral o penetración con algo distinto al pene.[9] Las mujeres y niñas ocultan sus experiencias porque sienten que van a defraudar a la familia, y en ocasiones no saben cómo va a reaccionar.[10] 23% de las mujeres violadas en México no piden ayuda en instituciones públicas por vergüenza, tres de cada cuatro por miedo, y casi una de cada cinco para evitar que la familia se entere. El silencio, el miedo y la vergüenza son los mejores aliados de los agresores.

En algunos casos, las mujeres en general son los interlocutores del acto de violación; es decir, es a ellas, en su conjunto, a quienes se les quiere hacer llegar el mensaje de dominación del hombre sobre la mujer. En otros muchos casos (como sucede también en el feminicidio[11]), el mensaje va dirigido a pares, es decir, a otros hombres. En ocasiones, la demostración de fuerza y brutalidad que conlleva la violación de una mujer sirve para sellar la lealtad de un grupo de hombres a partir de ser cómplices de violencia y de un pacto de semen.[12] Asimismo, al igual que sucede con el acoso callejero (girl watching), la violación puede servir para desarrollar relaciones de camaradería entre hombres y como generador de identidades masculinas.[13]

En México, la cultura de la violencia sexual hacia la mujer coexiste con la cultura de la impunidad. Esta última está centrada en la evidencia de que los delitos no son objeto de sanción o solo de una sanción inadecuada. La ciudadanía desconfía de las instituciones de procuración e impartición de justicia. La Encuesta Nacional sobre Victimización y Percepción de Inseguridad 2015 muestra que 32% de los ciudadanos/as cree que denunciar un delito es una pérdida de tiempo, y 17% desconfía de las autoridades. Así, la impunidad contribuye a la existencia del fenómeno de la violación. Aunque la mujer decidiera buscar ayuda en instituciones públicas, la probabilidad de que las personas agresoras reciban efectivamente una sanción es muy reducida. Esta probabilidad es mucho más reducida todavía para aquellos agresores que gozan de ciertos privilegios sociales en comparación con las víctimas, quienes tienden a tener menor escolaridad y a pertenecer a grupos socioeconómicos desfavorecidos

Entonces, en síntesis, ¿por qué violar a una mujer? Porque para muchos la violencia sexual es algo tolerado y normalizado y las verdaderas culpables son las víctimas, a quienes de hecho les gusta lo que les sucede, porque el cuerpo de la mujer es objetificado, porque la dominación sexual masculina es erotizada, y porque, aunque se trata de un delito, si se le comete no pasa nada. La erradicación de esta cultura de la violencia sexual pasa por visibilizar y desnaturalizar las múltiples formas de violencia sexual que padecemos las mujeres en el ámbito público y en el ámbito privado, desde las miradas lascivas en la calle y los arrimones en el trabajo, pasando por los tocamientos en la escuela. Solamente de esta manera las mujeres dejarán de padecer la forma más severa de violencia en ese continuo: la violación.

(Foto: cortesía de Verónica R..)


Notas y referencias

[1] De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011 (ENDIREH), 1.3% de las mujeres mexicanas mayores de 15 años reportó haber sido violada o forzada a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad por una persona distinta a su pareja en alguna ocasión (n= 1,067); dieciocho de cada 10,000 mujeres (0.18%) lo fue en los últimos 12 meses (n=261). Estos datos son conservadores. Los datos que se ofrecen en este artículo proceden de análisis realizados por la autora a partir de la ENDIREH 2011.

[2] Kavanaugh, P. R. (2012). The Continuum of Sexual Violence: Women’s Accounts of Victimization in Urban Nightlife. Feminist Crimininology, 8(1), 20-39. Kelly, L. (1987). The Continuum of Sexual Violence. In J. Holmes & M. Maynard (Eds.), Women, Violence and Social Control (pp. 46-60). London: MacMillan. MacKinnon, C. A. (1979). Sexual Harassment of Working Women: A Case of Sex Discrimination. New Haven: Yale University Press.

[3] Fileborn, B. (2013). Conceptual Understandings and Prevalence of Sexual Harassment and Street Harassment Australian Centre for the Study of Sexual Assault. Melbourne ACSSA. Thirsk, L. (2012). Law and the Discursive Construction of Street Harassment as Violence in Mexico City. Toronto, Canada: CERLAC.  York University.

[4] Buchwald, E., Fletcher, P. R., & Roth, M. (Eds.). (1993). Transforming a Rape Culture. Minneapolis: Milkweed Editions.

[5] Vega Montiel, A. (2010). La Responsabilidad de la Televisión Mexicana en la Erradicación de la Violencia de Género contra las Mujeres y las Niñas: Apuntes de una Investigación Diagnóstica. Comunicación y Sociedad, 13, 43-68.

[6] De acuerdo con la Encuesta Nacional de Discriminación 2010, casi uno de cada cuatro mexicanos cree que muchas mujeres son violadas porque provocan a los hombres.

[7] Celia Amorós (1992) recupera la definición de Hartman (1981) de patriarcado como “un conjunto de relaciones sociales entre los hombres que tienen una base material y que, si bien son jerárquicas, establecen o crean una interdependencia y solidaridad entre los hombres que les permite dominar a las mujeres”.  Estas relaciones son pactos.

[8] Fontes, L. A. (2007). Sin Vergüenza: Addressing Shame with Latino Victims of Sexual Abuse and Their Families. Journal of Child Sexual Abuse, 16(1), 61-83. Frías, S. M., & Erviti, J. (2014). Gendered Experiences of Sexual Abuse of Teenagers and Adolescents in Mexico. Child Abuse and neglect, 38(14), 776-787. Weiss, K. G. (2010). Too Ashamed to Report: Deconstructing the Shame of Sexual Victimization. Violence Against Women, 5(3), 286-310.

[9] Kahn, A. S., Jackson, J., Kully, C., Badger, K., & Halvorsen, J. (2003). Calling it Rape: Differences in Experiences of Women who Do or Do not Label their Sexual Assault as Rape. Psychology of Women Quarterly, 27, 233-242.

[10] Ramos-Lira, L., Koss, M. P., & Russo, N. F. (1999). Mexican American Women’s Definitions of Rape and Sexual Abuse. Hispanic Journal of Behavioral Sciences, 21(3), 236-265.

[11] Segato, R. (2006). ¿Qué es un Feminicidio? Notas para un Debate Emergente. Revista Mora, 12.

[12] Otros ejemplos en Amorós, C. (1992). Notas para una Teoría Nominalista del Patriarcado. Asparkía: Investigació Feminista, 1, 41-58.

[13] Quinn, B. (2002). Sexual Harassment and Masculinity. The Power and Meaning of ‘Girl Watching’. Gender and Society, 16(3), 386-402.

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