La democracia mexicana: ¿setenta años para esto?

| Democracia

En México los primeros años del siglo XXI cuentan ya con su primera decepción consensuada: la democracia. Fue a finales del siglo XX, en los últimos veinte años del gobierno del PRI, cuando se comenzó a especular y a discutir acerca del porvenir del país si transitaba a la democracia. Se decía que esta traería bajo el brazo prosperidad, justicia social, crecimiento económico, menor corrupción y paz. La discutida, esperanzadora e intrigante alternancia llegó la noche del domingo 2 de julio del año 2000. Diecisiete años después, y sin los resultados esperados, varios académicos han hecho un corte de caja sobre el desempeño de la democracia mexicana y han encontrado en varias de sus características causas por las que no se observan dichos resultados. ¿De verdad el problema, como dice Enrique Krauze, fue la ingenuidad generalizada acerca de los efectos de la democracia? O, como señala Héctor Aguilar Camín, ¿son los componentes de la democracia, tales como la aversión a la mayoría absoluta y su apuesta a la pluralidad, los que han impedido los resultados esperados? Frente a dichas encrucijadas me propongo analizar qué es lo que es dable esperar de la democracia mexicana basándome en las condiciones políticas y sociales del país. Y presentaré una explicación alternativa acerca de por qué la democracia en México no ha alcanzado lo que se especulaba a finales del siglo pasado.

En una democracia una mayoría elige a sus representantes, quienes contienden en un proceso de reglas claras y parejas y en el que no se tiene la garantía de quién será el ganador. Con la aparición de la alternancia en el 2000, pareciera que ambas características fueron alcanzadas. Krauze atribuye la inconformidad con la democracia a su falta de capacidad para inhibir tres cosas: la corrupción, la impunidad y la violencia. Corrupción enraizada en el sistema priista del siglo XX y que creímos que vía la alternancia iba a desaparecer, pero que hoy se percibe peor. Impunidad que si antes de la alternancia se encarnaba en forma de burocracia enriquecida injustificadamente y elecciones robadas, ahora la percibimos por medio de una mansión del presidente ―comprada a un contratista del gobierno― en una de las zonas más exclusivas de la capital del país y gobernadores con cuentas ‒y casas‒ en el extranjero, hoy prófugos de la justicia. Violencia que ha alcanzado ya los doscientos mil muertos por una guerra que nadie pidió. Sin ningún partido con la victoria en la bolsa y con un proceso confiable y repetido de elecciones es lógico esperar que la democracia tenga la capacidad, por sí misma, de impedir dichas patologías.

Sin embargo, en México el cambio de partidos en el poder y las transformaciones que conlleva no se han reflejado en el terreno institucional. Es decir, el país cuenta, sin importar el régimen presente, con una configuración institucional que suele permitir y fortalecer la corrupción, la impunidad y la violencia. Por lo que son las instituciones mexicanas en democracia y no la democracia las que presentan huecos, fallas, parálisis y una manipulación selectiva del cumplimiento.

Podría pensarse, siguiendo a Aguilar Camín, que la falta de transformación necesaria de instituciones se debe a que la democracia mexicana ha culminado en gobiernos minoritarios en el Congreso debido a una aversión a las mayorías absolutas, heredada de la época del partido hegemónico, y en una fragmentación política que debilitó a los partidos grandes. Hagamos una pausa para hablar del disenso provocado por la ausencia de mayorías que se menciona.

No resulta sencillo hablar de disenso y falta de acuerdos en un contexto en el que el presidente propone a un amigo para ocupar el cargo de procurador de la República, es decir, el encargado de la investigación y persecución de delitos federales en todo el país, y es aprobada en un par de horas por el Senado con ochenta y un votos a favor y tres en contra; sin discusión en el Pleno. Más difícil resulta aún encontrar fragmentación política si la legislatura pasada en la Cámara de Diputados aprobó cuarenta y siete de cincuenta y dos iniciativas mandadas por el presidente.[I] Antes que una fragmentación, parálisis o debilidad, lo que se observa es que podríamos estar frente a una ‘cláusula de gobernabilidad artificial’.

Ahora, el consenso no tiene que ser algo malo per se. Calificamos al consenso por los resultados de los acuerdos alcanzados por este. Más allá de las cifras macroeconómicas o de seguridad, el bajo desempeño y los resultados saltan a la vista cuando más de 80% de la población rechaza al actual gobierno. Es muy claro, ni el consenso que genera este gobierno, ni las medidas que implementa han tenido un impacto positivo para la mayoría de la población. Por lo que tal vez el problema no sea la presencia sino la ausencia del disenso, del conflicto y del debate en nuestra democracia. La falta de transformación de la configuración institucional mexicana sucede precisamente por el consenso que sostiene a las instituciones actuales. Instituciones dibujadas para favorecer a sus diseñadores.

No deja de parecer contraintuitivo que en una democracia las instituciones funcionen a la medida de los gobiernos y no a la medida de los ciudadanos. Dicho de otro modo, cuando democracia no implica representación. Esto sucede porque los mecanismos de control que tiene el ciudadano frente al gobierno se limitan a la votación. Una vez en el poder, el ciudadano no cuenta con mecanismos legales para castigar al gobernante que está en la silla. De esta manera, para que exista rendición de cuentas se necesitan controles «desde arriba»; esto es, quienes controlen al poder dentro del poder con incentivos para controlarse y castigarse entre sí. El control entre poderes es inhibido justamente por la cooptación en forma de consenso que existe entre ellos. Este consenso entre poderes por medio de la falta de controles obstaculiza la transformación a las instituciones que están al servicio del gobierno y en perjuicio del ciudadano.

El problema de la falta de representación aumenta cuando el poder económico se refleja en el poder político. Así, los intereses de una minoría son los que se verán reflejados en las acciones y el funcionamiento de las instituciones. Es así como la representación selectiva de intereses llega a la sociedad en forma de desigualdad. De este modo, los que tienen bienestar económico lo pueden intercambiar por bienestar político y contar con una voz que sirva para perpetuar ese bienestar a costa de los que menos tienen. También, es este traslape de intereses lo que explica la corrupción y la impunidad que, de manera inesperada para algunos, se mantuvieron o se incrementaron aun en democracia.

Las patologías del sistema político mexicano que mencionan tanto Enrique Krauze como Héctor Aguilar Camín son evidentes para todos los mexicanos en nuestro día a día, sin embargo, vale la pena tomarnos el tiempo de reflexionar los síntomas. Si bien ambos autores no parecen estar molestos con la democracia, sino con las expectativas que esta generó,[II] son las instituciones y la falta de mecanismos de control ante las mismas lo que ha generado que la democracia no alcance los resultados de los que se hablaba a finales del siglo pasado. No es el disenso sino el consenso entre votados lo que permite que en democracia no se representen los intereses de los que votan. Es la representación de intereses de los que más tienen lo que lleva a resultados políticos y económicos desiguales y perennes en favor de estos. Ningún sistema implica per se justicia social, menor corrupción, paz o crecimiento económico; la democracia no es la excepción.

Ante el diagnóstico, el problema con la democracia no es lo que esta generó, sino lo que no generó. Y ante el diagnóstico dejaremos de pedirle a la democracia virtudes inherentes e inmediatas que ningún sistema puede ser capaz de arrojar. Ante el diagnóstico dejaremos de ver a la democracia como problema y empezaremos a hablar de la ausencia de representatividad. Porque tal vez lo que tengamos enfrente no es una crisis democrática sino de representación.

 

[I] Gaceta Parlamentaria, miércoles 19 de agosto de 2015.

[II] José Woldenberg. 2016. «Sobre ‘Nocturno de la democracia’, convergencias y divergencias». Nexos, 1 de julio de 2016, disponible en: http://www.nexos.com.mx/?p=28788

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