La izquierda en el DF: el mito y las alternativas

Entre los actores políticos que hoy se la disputan la Ciudad de México están, además del debilitado PRD, Morena, algunos candidatos independientes y una serie de movimientos sociales que, al margen de la lógica electoral, dan muestras de una necesaria horizontalidad.

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La ciudad de México fue un mito de la izquierda. En sus políticas públicas se afianzó la idea de una oposición a aquellas otras que profundizan la desigualdad, la marginación y la violencia. Elevado a la categoría de bastión y faro, el Distrito Federal se identificó con la posibilidad de transformar a través de la toma del poder a un país que se desmorona.

Hoy el mito ha sido demolido. La identificación del Distrito Federal con la izquierda y con la transformación gradual de la sociedad en una más justa y equitativa agoniza. El mito fue obliterado por dos flancos: las prácticas políticas en la capital y la idea misma de izquierda que los partidos en México representan.

Miguel Ángel Mancera llegó a la Jefatura de Gobierno con niveles de aceptación inéditos. En menos de cuatro años ha perdido esa legitimidad. La cercanía de su administración con la de Peña, en específico en las estrategias de represión frente a la movilización social, es fuente de gran parte del descontento. Su administración ha sido una de ineficiencia, caos y un giro a la derecha que muchos de los votantes de 2012 no comparten.

La figura del Jefe de Gobierno, esencial para el mito de la izquierda –Cárdenas, López Obrador, Ebrard–, ha perdido su utilidad. Hoy no es ya un sinónimo de oposición y alternativa sino de incapacidad y colusión conservadora.

La situación del PRD nacional es análoga a la crisis que atraviesa en la capital. La complicidad de Mancera se replica en las Cámaras. La participación del PRD en el crimen de Ayotzinapa, el agotamiento del discurso de la izquierda moderna –que se tradujo en un vacío ideológico y toma de decisiones con base en el cálculo electoral– y la renuncia no solo de figuras emblemáticas del partido sino de muchos militantes jóvenes y críticos son signos de su colapso aparentemente irremediable. La asociación con Nueva Alianza en la ciudad, partido que se divide entre el sindicalismo charro y la tecnocracia disfrazada de ecologismo, es la última señal de su caída.

En este escenario, Morena busca restaurar el mito a través de la moral. Andrés Manuel es el significante. En él se encarnan los valores de una idea particular de izquierda: bondad, honestidad, valor, rectitud. Su oposición al régimen es moral. Su vocación es restaurar una versión romantizada del nacionalismo revolucionario del pueblo bueno.[1] No se trata, pues, de una propuesta de ruptura sino de regreso a un pasado que, en su forma ideal, nunca existió.

Eso no implica que Morena sea una fuerza desdeñable. Lideran, por ejemplo, las encuestas para la Asamblea Legislativa. La soñada unidad de la izquierda partidista se verá rota por su fuerte participación en la ciudad de México. Resta ver si de sus cuadros puede surgir algo que apunte a un rumbo distinto para el nuevo partido. Hoy replican las candidaturas de unidad, el mando vertical y la preminencia del decir sobre el hacer, del mito sobre la transformación material de la sociedad.

La lógica electoral no está exenta de críticas y una creciente ilegitimidad. El ritual trianual es un juego de sillas en el que los aspirantes a candidato son elegidos por lealtad o por oportunismo. Los votantes son solo prioridad en tiempos de campaña. Las ideologías ceden ante el premio de la victoria y la seducción del dinero público. Las izquierdas se funden con las derechas, y el pensamiento dual desaparece no por fuerza de la crítica sino de la naturalización del conservadurismo.

El régimen mismo muestra grietas que indican su colapso. La participación de las fuerzas del orden –el nombre que la burguesía se da a sí misma, diría Barthes[2]– en ejecuciones extrajudiciales, en desapariciones forzadas y en todos los ámbitos de la violenta economía ilegal son parte de este escenario. A la par, las acusaciones de corrupción de los funcionarios proliferan. No son solo las casas de EPN; son las prácticas inmobiliarias ilegales que los delegados capitalinos solapan, el uso de los recursos públicos para el disfrute privado de los funcionarios y el total desdén por cualquier simulación de transparencia y rendición de cuentas.

Ante este complejo escenario, los capitalinos que se asumen de izquierda se encuentran con dos opciones: o buscar modificar el sistema jugando con sus reglas, o posicionarse fuera de las reglas del juego a través de prácticas alternativas.

La primera opción incluye a los candidatos independientes. En este difuso grupo se encuentran partidos políticos disfrazados de ovejas, fuerzas de derecha liberal y diversas posturas de izquierda, en su mayoría también liberales, que desconfían de los partidos y su lógica cerrada. Opción que apuesta por la apertura del Estado, parece a veces perdida en un tiempo previo al que vivimos. Como si operaran antes de la profunda crisis del régimen. Como si las reglas del juego no hubieran sido establecidas desde la autocracia y la opacidad. Utópicos, idealistas: adjetivos que son a la vez crítica y alabanza. Es un hacer que, tal vez inadvertidamente, continúa construyendo el mito de la ciudad de México como un oasis natural dentro de la podredumbre que pulula por el país.

En los intersticios hay opciones que emergen: movimientos, proyectos e individuos autonomistas, anarquistas, socialistas, comunistas y los que se rehúsan a ser etiquetados. Son convertidos en amenazas por la izquierda devenida derecha para sostenerse como necesaria. Al mismo tiempo, van mostrando con el hacer que la transformación no vendrá de la construcción de mitos que naturalizan la desigualdad para seguir diciendo que requerimos un cambio, sino de la acción.

Esta colectividad no está exenta de contradicciones, de autoritarismos y de vías verticales; a la par, hay muestras de una horizontalidad necesaria para transformar no solo el régimen político sino el económico y las prácticas culturales de una ciudad en un país que exige un cambio de rumbo.

El futuro de la izquierda en el DF ha de ser desmitificante. Lejos de constituirse como una fuerza natural en medio de un mar conservador por fuerza del discurso o la moral, ha de mostrar a través del hacer colectivo, cotidiano y dialógico que es posible diseñar políticas que trabajen por la equidad. En el marco limitado de operación de la ciudad, la labor puede centrarse en la participación política y en el uso de los recursos del Estado para la mitigación de las desigualdades. Sin embargo, el proyecto de larga duración es el de transformar la forma en la que las relaciones políticas se construyen y los bienes económicos se producen y reparten. Es una apuesta compleja, pero necesaria.

Las dos opciones no son necesariamente opuestas. La desmitificación crítica y creativa implica alianzas nuevas. Lo que se nos exige es una mirada que cuestione el quehacer diario y la transformación práctica de las relaciones de dominación en la sociedad. En ello no están excluidos los individuos que militan en los partidos, pero la lógica electoral dominante solo podrá continuar profundizando las condiciones que crean la violencia, la desigualdad y la marginación que la izquierda que mitifica requiere para subsistir en un falso combate discursivo que no se refleja en su práctica política cotidiana.


[1] Una discusión interesante sobre los usos de la idea de pueblo bueno/pueblo malo es la que lleva a cabo Claudio Lomnitz en “Modes of Citizenship in Mexico”, Public Culture, vol. 11, no. 1 (1999), pp. 269-293.

[2] Roland Barthes. Mitologías. México: Siglo XXI, 1999.

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