La izquierda mexicana y el fantasma de Vicente Lombardo Toledano

Lombardo Toledano fue a la vez líder de izquierda y acérrimo defensor del sistema. Curiosamente, el PRD parece hoy obstinado en imitarlo.

| Generación del 15

Con este ensayo sobre Vicente Lombardo Toledano inicia una serie de textos que piensan, desde las inquietudes del presente, los legados de la Generación del 15.

Vicente Lombardo Toledano (1894-1968) fue uno de los más activos miembros de la “generación de 1915”, también conocida como el grupo de los “Siete Sabios”. Pero en contraste con las orientaciones políticas de sus compañeros de generación —entre los que se encontraban Alfonso Caso, Daniel Cosío Villegas y Manuel Gómez Morin—, alrededor de 1925, durante su primera visita a Europa, la “desilusión sobre su acervo cultural” lo llevó a estudiar, entender y adoptar “las doctrinas socialistas que solo conocía superficialmente”.[1] Así, la carrera de Lombardo Toledano dentro del movimiento obrero mexicano empezó desde los primeros años de su juventud.[2] Sin embargo, no fue sino hasta principios de los años treinta, cuando se enfrentó con el líder sindical Luis N. Morones al buscar un acercamiento entre las posiciones de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) y el pensamiento de la izquierda de la época, que Lombardo Toledano se consolidó como el principal líder obrero del país. Como resultado de su rompimiento con Morones, salió de la CROM para crear una “CROM depurada”. Así, en 1933 fundó y dirigió la Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM). Su trayectoria en el movimiento obrero continuaría con intensidad a lo largo de las décadas de los treinta y los cuarenta. En 1936, se convirtió en el primer secretario general de la CTM. Más tarde, fundó la Confederación de Trabajadores de América Latina (1938) y fue vicepresidente de la Federación Sindical Mundial (1945).

Naturalmente, entonces, crecí escuchando que Vicente Lombardo Toledano (VLT) —mi bisabuelo— fue un ilustre personaje de la historia de México. Fue, según me enseñaron en casa, un hombre marxista, increíblemente culto y elocuente, corresponsable de la construcción del México de la segunda mitad del siglo XX y, en particular, de la organización y defensa de los derechos de la clase trabajadora de nuestro país —un gran personaje de la izquierda nacional.

Crecí también junto con la democracia y la izquierda mexicana. En 1988, ayudé a pintar bardas promocionando la candidatura a diputada federal de mi abuela Marcela Lombardo por el PPS (Partido Popular Socialista) y el PFCRN (Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional) —ambos miembros del Frente Democrático Nacional—, y fui, a mis ocho años, a más de una manifestación en apoyo de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia. Entonces, las cosas tenían sentido. Mi familia entera participó entusiastamente en la consolidación de la izquierda mexicana, de cuya historia nuestro ancestro fue un protagonista central.

Poco después, vi cómo el PPS —el partido que Lombardo Toledano fundó y dirigió por años— y la mayoría de sus miembros quedaron fuera del PRD. Me di cuenta, también, de que muchos de quienes participaron en la consolidación de las izquierdas y la fundación del PRD no sentían la admiración por Lombardo Toledano que a mí me inculcaron desde niño casi como (única) religión. Escuché elogios a mi bisabuelo de parte de Manuel Bartlett (en algún homenaje en Puebla), de Carlos Salinas (cuando trasladaron los restos de VLT a la Rotonda de las Personas Ilustres) y hasta de Vicente Fox (el día que tomó posesión) antes que de cualquiera de los líderes del principal partido de izquierda en México.

Así, con la curiosidad de cualquier adolescente y la perspectiva parcial de cualquier familiar, pasé en esos años bastante tiempo tratando de entender por qué los principales líderes de la izquierda del México de finales del siglo XX preferían discretamente ignorar las ideas, las propuestas y la figura misma de VLT. Yo sabía que no siempre había sido así. Cuando en 1947 Lombardo Toledano convocó a la “Mesa Redonda de los Marxistas Mexicanos”, asistieron casi todos los personajes más conocidos de la izquierda de aquel entonces. Todavía en 1952, el Partido Comunista apoyó inicialmente la candidatura presidencial de VLT por el recién fundado Partido Popular (aunque al poco tiempo dejó este partido para unirse a la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano, FPPM, partido encabezado por Miguel Henríquez Guzmán).

El distanciamiento de fondo entre Lombardo y el resto de los grupos de izquierda mexicanos sucedió cuando dejó de ser un líder obrero para convertirse en un líder de partido: poco después de fundar (y comenzar a dirigir) en 1948 el Partido Popular (más tarde, Popular Socialista). Eran tres las características de su forma de hacer política desde la izquierda que otros líderes izquierdistas de su época no compartían y que pueden explicar el sutil desprecio de estos últimos al personaje. Primero, desde su salida de la CTM y la fundación del PP, Lombardo eligió aliarse en repetidas ocasiones con el PRI, defendiendo esta postura bajo el argumento de la necesidad de detener el avance y acceso al poder de otras fuerzas mucho más conservadoras. Segundo, siendo el líder del único partido con registro visiblemente de izquierda, hizo poco por abrir las puertas del sistema de partidos a otras corrientes de esta tendencia política y, a juicio de muchos, renunció a una protesta mucho más enérgica contra la simulación y el fraude electoral en México.[3] Y tercero, en más de una ocasión condenó protestas populares por representar un peligro para la estabilidad política del país (fue, por ejemplo, un duro crítico del movimiento estudiantil del 68). Directa o indirectamente, Lombardo defendió estas tres posturas señalando al imperialismo como el principal enemigo de las clases trabajadoras y argumentando que era necesaria la alianza entre ellas y el partido en el poder para frenar los avances imperialistas.

Si bien considero escandalosa su condena a una protesta estudiantil como la del 1968,[4] me es difícil juzgar si Lombardo tenía razón en el resto de su estrategia. Existe cierta evidencia de que su visión sobre el papel de la izquierda mexicana tenía algo de sustento. Durante la Guerra Fría, rara vez se respetaron las decisiones de los electores latinoamericanos en las urnas cuando estas decisiones no convenían a los intereses de Estados Unidos. El apoyo de VLT a los gobiernos priistas y su falta de respaldo a los movimientos populares de izquierda pudieron haber tenido la racionalidad de evitar una intervención más agresiva de Estados Unidos en la política nacional, con consecuencias tal vez menos deseables que los 70 años del PRI en el poder. En este sentido, VLT se consideraba un verdadero defensor de las clases populares. El lombardismo pudo haber sido cauteloso, demasiado paciente o, incluso, pusilánime, pero no fue simplemente una herramienta discursiva para justificar la permanencia del PRI en el poder y la defensa de los intereses de la oligarquía de aquel entonces.

Los miembros del Partido Comunista de esos años no pensaban igual que yo, y de ahí su desprecio a Lombardo Toledano. A finales de la década de los setenta, por ejemplo, Arnoldo Martínez Verdugo, en medio de un debate con Raúl Moreno Wonchee sobre la postura que la izquierda mexicana debía tomar frente al imperialismo, decía sobre el “oportunismo mexicano”:

Una estrategia de “unidad nacional” o de “amplio frente nacional” para “alcanzar la independencia económica, sacar al país del subdesarrollo y elevar el nivel de vida de las grandes masas populares […] no tiene sustento en las actuales relaciones sociales y de clase, es un llamado en el vacío, un eco del remoto pasado, cuando no algo peor: la justificación de una política de conciliación de clases, de supeditación de los obreros a la burguesía.[5]

Aunque no coincide con el tiempo en que Lombardo vivió, la cita viene al caso justo porque es parte del debate alrededor del papel que debía jugar la izquierda ante las reformas electorales que lentamente acercaron al país hacia una democracia.

Hoy, como en tiempos de Lombardo, existen en México cada vez más movimientos sociales que buscan un cambio de fondo en el rumbo del país. Hoy, también, la sociedad se siente frustrada con la infinidad de obstáculos que el actual sistema de partidos impone para que los ciudadanos participemos directamente en la política. Al mismo tiempo, las condiciones actuales son muy distintas a las del tiempo de VLT. La Guerra Fría se terminó hace décadas. Los intereses militares de Estados Unidos están lejos de Latinoamérica. La izquierda se ha mostrado capaz de ganar elecciones y de gobernar en varios estados del país, así como en muchos países de la región. Hoy, en nuestra incipiente democracia, sentimos (con razón) menos miedo de salir a las calles o de escribir en cualquier medio para expresar nuestro descontento con el actuar de nuestros políticos. Hoy el PRI representa mucho más claramente los intereses de unos cuántos e ignora los intereses de las mayorías. Hoy en México, después de una imperfecta transición a la democracia, es posible luchar para conseguir el triunfo en las urnas de un candidato de izquierda que defienda explícitamente los intereses de los más pobres y las libertades individuales. Hoy, quienquiera que piense que aliarse con el partido en el gobierno, condenar la protesta y cerrar las puertas del sistema de partidos a la ciudadanía son opciones viables, desentona mucho más patentemente con un pensamiento de izquierda.

Imagino entonces que si quienes en la actualidad son dueños de nuestro principal partido de izquierda se sentaran a reflexionar sobre el papel que puede y debe desempeñar la izquierda en el México del siglo XXI, difícilmente llegarían a las conclusiones que Lombardo llegó en sus tiempos. Y menos cuando son ellos mismos sus principales críticos. Sin embargo, para mi sorpresa, no parece que sea así, sino todo lo contrario. En el presente, el PRD también se alía con sus opositores —defensores de causas claramente opuestas a las de la izquierda—, bajo el argumento de que es necesario para frenar el avance o acceso al poder de fuerzas más conservadoras. Hoy el PRD cierra sus puertas a quienes quieren participar directamente en política, obstaculizando la creación y crecimiento de otras organizaciones de izquierda fuera de sus filas. Hoy quienes dirigen al PRD se han mostrado temerosos de defenderse contra posibles fraudes electorales como el de 2006. Hoy el PRD critica, condena y empuja a salir de sus filas a aquellos que considera demasiado contestatarios del régimen. La estrategia y las acciones recientes del PRD parecen, en suma, las de un grupo de lombardistas anacrónicos e ignorantes del contexto en el que operan. Parece que el PRD se ha convertido en una caricatura del PPS, y eso en pleno siglo XXI, cuando pensar como Lombardo es un disparate.


Notas

[1] VLT, “Carta a Henri Barbusse”, Obra histórico-cronológica, t. III, vol. 3, México, Centro de Estudios Filosóficos Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 1995, p. 253.

[2] En 1922, por ejemplo, organizó a artistas e intelectuales en el “Grupo Solidario del Movimiento Obrero”, que buscaba vincularlos y acercarlos con la CROM. En 1923, fue electo miembro del comité central de la CROM para cuestiones educativas y culturales.

[3] Por ejemplo, Narciso Bassols y Víctor Manuel Villaseñor renunciaron al PP en 1949, cuando Lombardo y otros dirigentes aprobaron que Ignacio Pesqueira aceptara la diputación por el segundo distrito de Sonora (que había ganado), en lugar de rechazarla en protesta por la simulación electoral.

[4] Suelo justificarlo (seguramente sin razón) pensando en él, moribundo, sufriendo por el cáncer de próstata que provocó su muerte apenas un mes después, el 16 de noviembre de 1968.

[5] Arnoldo Martínez Verdugo, “Los dogmas del oportunismo (3). La burguesía ‘nacional’”. El Universal, 7 de abril de 1978.


(Ilustración: curiousflux.)

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