La lucha por la verdad

El ecosistema mediático debe asimilar las nuevas tecnologías y los nuevos desafíos políticos. Después de la victoria de Donald Trump, también el periodismo debe reinventarse, renovarse, actualizarse.

| Periodismo

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Tras la elección presidencial de Estados Unidos y el Brexit se ha instalado la sensación de que los hechos y el debate racional han perdido relevancia en la política y, en general, en la esfera pública. Políticos, periodistas y opinadores han tratado de señalar a los culpables en un esfuerzo por preservar cierta noción de sociedad democrática. Los primeros blancos han sido los medios, las redes sociales e internet. En este texto trataré de ofrecer un panorama de algunos de los problemas que la esfera mediática-digital enfrenta.


Las noticias falsas, ni tan falsas

En las últimas semanas ha habido una discusión continua respecto a las noticias falsas que se propagan en las redes sociales, particularmente en Facebook. En general las conversaciones al respecto intentan desentrañar las consecuencias de este tipo de información. La conclusión –prematura pues carece de evidencia– a la que se llega es que las noticias falsas son dañinas para los usuarios, que refuerzan prejuicios y que ponen en tela de juicio la credibilidad de toda la información en línea. Las fake news fueron creciendo de a poco, y en el último tramo de la elección (agosto-noviembre) superaron a las noticias de grandes medios por casi un millón de clicks. Por eso uno de los términos más usados por los analistas de medios estadounidenses es “posverdad” –como si alguna vez hubiéramos poseído la verdad–; los hechos ya no enganchan a los usuarios de las redes; se ha desarrollado, en cambio, una relación sentimental con las noticias.

Nicholas Kristof en The New York Times concluyó que las noticias falsas permiten la locura y socavan la democracia. Sin embargo, hay que tomar la crítica liberal con un grano de sal. En muchas ocasiones son los medios más autorizados quienes propagan noticias falsas, tan solo baste recordar la ficción de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para ponderar ese discurso. Durante el periodo electoral, cuando la histeria se desató, Buzzfeed presentó un estudio hecho por PropOrNot que equiparaba las noticias falsas con la propaganda rusa; el reporte presentó una lista –creada sin ningún rigor, pero citada múltiples veces por la opinocracia liberal gringa– en la que se encontraban medios como el influyente blog Naked Capitalism que terminó demandando a The Washington Post por difamación.

Quienes condenan las noticias falsas quizá no advierten que al hacerlo pudiesen otorgar armas de censura a sus enemigos. Un ejemplo claro de esto es que los gobiernos de Irán y China han comenzado una batalla contra lo que ellos consideran “las noticias falsas” con el pretexto de ampliar la censura. Mientras el mundo se queja por las noticias falsas –un término vago, sin significado real y que permite a las personas afirmar que todo lo que no les gusta o cualquier cosa con un pequeño error en ella cuenta como “falsa noticia”–, están entregando una herramienta fácil para sofocar cualquier tipo de disidencia.

“La verdad” en los medios es poco más que la suma de una serie de relatos en disputa que reflejan las relaciones de poder existentes. Durante la elección, ya lo he dicho, fue un error poner “checadores” como interlocutores de una batalla cultural; para ellos siempre hubo un doble estándar: las mentiras de Trump siempre eran mentiras, mientras que las mentiras de Clinton siempre podían contextualizarse. Estas organizaciones comenzarán a diseñar “la verdad”.

Al igual que el “discurso de odio” o el “terrorismo”, la noción de “noticias falsas” es demasiado vaga para evitar una interpretación subjetiva y arbitraria. Entidades privadas como Facebook y sus aliados estarán haciendo estas evaluaciones en lugar de las autoridades públicas, además estas empresas pueden estar sujetas a la influencia de gobiernos no democráticos en ciertos países donde operan.


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El fin de la era del click

Los medios de comunicación entraron en un nuevo ciclo de crisis. Pueden, por lo menos, identificarse dos antecedentes: el primero abarca de finales de los noventa al primer lustro del siglo XXI y está vinculado con la masificación de internet; el segundo va de 2006 a hoy y se relaciona con el auge de las redes sociales y la hegemonía de Facebook. Para sortear estas dificultades los consorcios mediáticos hipercapitalizaron los clicks, mientras que empresas como Twitter o Facebook guiaron sus negocios para hacerse de todo el dinero proveniente de ellos y de los billones de datos almacenados de sus usuarios. Parcialmente esta nueva crisis de medios es consecuencia de la vorágine del “clickternet”.

Además de provocar problemas monetarios, internet ha trastocado a los medios en su naturaleza. El cambio de paradigma “de uno para muchos” a “de muchos para muchos”, aunque era obvio que suponía la integración de las audiencias como entes productores de información, no se había manifestado con la contundencia de esta época. El medio digital entendido como conversacional rompe con uno de los preceptos básicos de la tradición: la objetividad. Anomalía del siglo XX: la objetividad es una creación de las agencias internacionales para atraer más clientes alrededor del mundo. El supuesto de un desapasionado rigor periodístico como modelo de negocios.

Al aumentar la cantidad de productores de información, la objetividad ha sido sustituida por la transparencia. La era blogger (de finales de los noventa a principios de los dosmiles) colocó voces nuevas para entender la realidad. Y las redes aceleraron el proceso. Sin embargo, el modelo monetario del nuevo paradigma era incompatible con la naturaleza del medio. Un espacio finito (el banner en una página web) fue comercializado con el fin de que un consumidor (asumido siempre como pasivo) le diera click. Y entonces las redes sociales amplificaron la tiranía del click. Un modelo que niega las tres virtudes de internet: nadie la posee, todos pueden usarla y cualquiera puede mejorarla.

Más que en las mentes perversas con lógica de la Guerra Fría, las noticias falsas son producto directo de la operación que el capital, a través del click, tuvo en internet.

El clickbait necesitará un replanteamiento mayúsculo, sus efectos van más allá de las noticias chatarra. Si las corporaciones de medios tradicionales o parte del establishment se preocupaban poco por su relación con la sociedad, los medios digitales, absortos por los clicks, lo han hecho menos. Uno de los ejemplos más contundentes es la historia de los adolescentes macedonios que maquilaron miles de noticias falsas sobre Trump. No tenían ningún interés en apoyar al candidato republicano, únicamente querían ganar dinero y lo hicieron, uno de ellos declaró haber ganado 60 mil dólares. Así, el capital desconectó a los medios que prometían volver a conectar a sus usuarios.


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Un enemigo llamado Facebook

A Facebook se le pide que, de una vez por todas, se reconozca como una empresa de medios y no tanto como una red social. El problema con la internet de hoy es que ha reemplazado a una red distribuida construida por el usuario, basada en texto e hipervinculada, por una especie de televisión personalizada producida centralmente. Así, los monopolios digitales se convierten en un problema de distintas dimensiones; propongo tres: la información, el modelo de negocios y el discurso.

En cuanto a la información, el lugar común asegura que sufrimos de un exceso. Lo que en un primer momento significó el derribo de los mediadores hoy se ha convertido en desinformación constante. En su libro Amusing ourselves to death, Neil Postman escribe que la “desinformación no significa información falsa, significa información engañosa –información errónea, irrelevante, fragmentada o superficial– que crea la ilusión de saber pero que de hecho nos lleva a no conocer”. Sin embargo, la era conversacional nos indica que los postulados tradicionales del periodismo ya no son suficientes. La información ahora debe ser deliberativa; no se puede apostar a “los hechos” en medio de una batalla cultural.

Pese a los esfuerzos de culpar a las burbujas generadas por las redes, estudios empíricos demuestran que las interacciones en Facebook tienden a ser diversas. Estamos expuestos constantemente a distintos puntos de vista que confrontamos para, de forma simultánea, hacer una “curaduría” de nuestras fuentes de información en la red. Es fundamental resaltar la autonomía de las personas para establecer sus patrones de información, en contraste con quienes únicamente ven al ser digital como un enajenado carente de voluntad. No es que antes de Facebook configuráramos nuestros grupos sociales y círculos cercanos con la mayor diversidad posible, sino que ahora nuestras interacciones están a la vista, ya para alimentar el ego, denunciar una causa, compartir un momento íntimo o tener una buena discusión.

Ahora mismo Facebook prueba maneras de “solucionar” el problema de las noticias falsas a través de revisión de los usuarios, organizaciones de “fact-checkers” y disminución de incentivos económicos para quienes las hacen. La solución, aunque podría agradar a un sector, parece cosmética frente al dilema que implica concebirse como una plataforma de distribución de contenido de terceros y una transformación del modelo de negocios de las noticias digitales. En cierto sentido, este nuevo ciclo crítico coloca a las noticias en el lugar de la música durante el debate de las descargas gratuitas.

Pensar a Facebook como un medio o, mejor dicho, como un intermediario, resulta, en este contexto, aterrador. Pensar que “la verdad” se decidirá en Silicon Valley es, por lo menos, una indeseable distopía. El monopolio de internet ya ha pasado por esto. Apenas el año pasado, ante la presión por los “filtros humanos” que curaban información relevante, Facebook los sustituyó por algoritmos, y ahora que la culpa recae en el algoritmo se plantea la reinstalación de los humanos. Debemos reconocer que consumir información es un acto de desconfianza y ni humanos ni algoritmos nos traerán sosiego.

Al salir del ámbito de las noticias en sentido estricto, nos podemos percatar de los problemas de la hiperconcentración de los monopolios virtuales. El ámbito más disputado es el de los derechos humanos. Si lo pensamos, el gran éxito de las redes (Youtube, Facebook o Twitter) se debe a que son contenedores aparentemente “neutros” construidos desde los extremos. Es decir, ninguna de estas herramientas vale por sí misma sino por la capacidad que le da a cada persona de generar valor. De ahí que en algún tiempo se generó una ficción que sobrevive: estas redes son la nueva esfera pública. Aunque parezca una obviedad, vale la pena recordar que son espacios privados al cien por ciento, aunque algunas veces lo que allí sucede tiene consecuencias públicas.

Estos espacios privados tienen sus propias reglas; los términos de servicio de cada una especifican qué se puede hacer y qué no. En general, todos estos contratos de adhesión que firmamos –casi siempre sin leerlos– se ajustan a ciertos estándares sobre privacidad o libertad de expresión, pero de manera irregular y no exigible. Esto ha resultado un problema por todos lados: los pezones femeninos, las publicaciones racistas, las publicaciones sobre disidencias sexuales, etcétera. Cuando confiamos en los valores de una empresa para que sea arbitro de nuestro propio discurso o derechos, algo –todo– puede salir mal.


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Entre medios y noticias

Uno de los fenómenos mediáticos más perturbadores de la elección estadounidense no es que no se haya tomado nota de lo que sucedía con el racismo o el despertar de los trabajadores, sino que, aun haciéndolo, nadie hizo caso. Este aparente desinterés no se explica únicamente a través de los monopolios digitales o el modelo basado en clicks. Se trata de un cambio profundo en nuestra manera de relacionarnos con la información. La crisis ha expuesto los límites del esquema.

Con todo, no ha habido mejor época para hacer periodismo. Las posibilidades tecnológicas de oblicuidad dan herramientas que cualquier periodista en otra época hubiera soñado. Datos públicos y privados en cantidades industriales están disponibles. Tecnólogos, politólogos, sociólogos y economistas están cada vez más cerca del periodismo con excelentes resultados. La épica del periodismo ciudadano o cívico sigue ahí en resistencia y mejorando, tal es el caso de  ROAR magazine cuyo contenido es subvencionado por una fundación y generado por activistas en la primera línea de los movimientos y protestas.

La decisión de Facebook de entenderse o no como una empresa mediática será definitoria para los medios digitales. Si sube las barreras y comienza a editar y producir contenido noticioso, tendrán que surgir nuevas plataformas que llenen el vacío. En cualquier caso, esas nuevas formaciones tendrán que huir del modelo basado en la publicidad, pues dejará de ser rentable.

Sobre la orientación del periodismo digital existen dos relatos en disputa. Un camino es el de la especialización o explicación; sin embargo, como lo vimos con la cobertura de Vox hacia la campaña de Clinton, es mucho peor esconder partidismo en supuestos hechos. En una crítica feroz al sitio, Nathan J. Robinson concluye que “cuanto más persista Vox, menos esperanza hay para la política estadounidense. El modelo de Vox se basa en la idea de que la gente no debe pensar por sí misma, que las partes importantes del pensamiento político y de la toma de decisiones deben ser subcontratadas a expertos. Inevitablemente, estos expertos producirán soluciones que a nadie le gustan, porque en el momento en que uno está convencido de que toda oposición está fundada en la ignorancia, uno siempre estará en lo correcto, sin importar cuántas personas se lastimen o cuántas personas se quejan”. Lejos de iniciar conversaciones, este tipo de línea editorial las concluye.

Otro de los caminos es la nueva intelectualización. La fuerza de The New Inquiry, The Point, n+1, Jacobin o el resurgimiento de Dissent nos hace creer que una constelación mediática de esta naturaleza puede dominar esta crisis y está dispuesta a ganar la batalla. El profesor de la Universidad de New Brunswick, James Livinson, recuerda que entre 1900 y 1930 las revistas culturales (y no los diarios) definieron las estéticas y cánones del siglo XX. “Fue un tiempo increíble de fermento intelectual. Nuestro tiempo es similar, todos saben que tenemos que hacer algo radical”, explica.

Una de las nociones que pueden ser útiles para los medios digitales de esta nueva época es la del “reporteo rebelde”, que para John Ross “tiene la obligación de contar la historia de aquellos que le confían la suya, de decir la verdad sobre la forma en que funciona el mundo”. Esa verdad requiere de mucha conversación pública que puede ser amplificada a través de la tecnología. La web tendrá que revirar a lo textual. Tenemos que dejar de pensar que cualquier evolución tecnológica es natural e inevitable y, por lo tanto, buena. Se requiere más texto que videos para seguir siendo animales racionales. La tipografía es, en esencia, mucho más capaz de comunicar mensajes complejos que estimulan el pensamiento.

Los nuevos nuevos medios en internet están requeridos a interactuar más con su ecosistema. Así como los periódicos defendieron la libertad de prensa en las cortes, los medios digitales deberán hacer lo mismo con la defensa de su infraestructura vital en internet. Esto significa, fundamentalmente, dejar fluir la información libremente, republicar, remezclar, hipervincular. Además, el periodista de estos medios tendrá que saber programar para apropiarse de la web y construir más allá de los muros de Facebook. Tanto como la prensa, la red es un recurso común que debe defenderse colectivamente; a propósito de este argumento, la relatoría de libertad de expresión de la OEA ha dicho que “en la medida en que el entorno digital ofrece el espacio para promover el intercambio de información y opiniones, su configuración y arquitectura resultan relevantes”.

El cambio en el ecosistema digital impactará a los medios. Si se quita de la ecuación el dinero de los clicks, se deben plantear soluciones de corto y mediano plazo para mitigar el impacto financiero. Entre otros caminos está el concentrarse en el apoyo de los lectores y reconectar con ellos; probar y establecer nuevas mecánicas de medición de impacto, intención, tiempo y engagement deberán ser más valiosas que las impresiones; por último, los medios digitales deberán enfocar sus líneas editoriales, con menos clicks los públicos serán menores pero la calidad tendrá que ir en aumento; conocer y estudiar a profundidad a su comunidad será la clave. En suma, debemos imaginar una internet sin Facebook que use de mejor manera la tecnología disponible y que no rompa la lógica de red distribuida. Con ese horizonte, los nuevos nuevos medios deberán ser factuales, complejos, rigurosos y transparentes, así como independientes financieramente. La elección estadounidense ha vuelto a encarrilar la visión del periodismo como un servicio público, más como un hospital o una escuela y menos como una plataforma para hacer negocios y salir en la foto con los políticos.

(Fotos: Robert Scoble, CAFNRKai MörkC.C. Chapman.)

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