La pobreza no es un problema individual sino estructural

La idea de que "los pobres son pobres porque quieren" es una idea muy popular en nuestro país. Tenemos que superarla para transformar, en verdad, las estructuras reales que condicionan las desigualdades.

| Desigualdad

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Hace un par de semanas Leonardo Curzio publicó un artículo que aborda el tema de la criminalidad y la pobreza en el país. Con el título “Brandon y Jovani”, Curzio en su artículo utiliza los nombres de dos jóvenes arrestados en días anteriores para asociar el origen, según el autor, “extranjero” de éstos a una falta de arraigo con la comunidad a la que pertenecen y para resaltar cómo las normas transmitidas y los escasos referentes culturales de los que pueden echar mano estos jóvenes son la causa de la reproducción de la marginalidad y el crimen. Sin ser totalmente explicito, el argumento del autor es una muestra perfecta de lo que en la academia es conocido como “la teoría de la cultura de la pobreza”.

Esta teoría, como explica Philippe Bourgois en En busca de respeto: la venta de crack en Harlem (Siglo veintiuno editores, 2010), pone atención en “la transmisión patológica de valores y comportamientos destructivos dentro de las familias” como la principal causa de la reproducción intergeneracional de la pobreza, dejando de lado “el modo en que la historia, la cultura y las estructuras económico-políticas […] restringen la vida de los individuos”. Dicho argumento explica la pobreza y su reproducción intergeneracional desde una visión de individualismo extremo. Así, la pobreza es responsabilidad personal, no el resultado de las desigualdades estructurales.

Según la cultura de la pobreza, la transmisión de normas sociales (patrones de comportamiento) inhiben el éxito –en palabras de Curzio, no permiten “abrirse paso en la vida”. Es el reino de la sociedad darwinista en donde el éxito de las personas se asocia con la capacidad y el esfuerzo individual. Según esta lógica, los pobres son pobres porque no tienen las estrategias correctas para la superación de su situación de marginalidad.

El artículo citado coloca al nombre de las personas como un proxy del grupo social de adscripción, de la clase social a la que se pertenece, como un estigma con el que se carga desde el inicio de la vida. Curzio deja entender que la discrepancia entre el nombre de origen extranjero y la “fisonomía” del portador es un indicativo de marginalidad. Sigue, desde un periódico nacional, la lógica que, clasistamente, estigmatizan a las personas de estratos bajos de la sociedad que cuentan con nombres de origen extranjero. Es así como sale a la luz un imaginario social en que la reproducción intergeneracional de la pobreza se asocia con valores, nombres y prácticas que determinan, en general, la vida futura de las personas.

Huelga decirlo: todo este discurso está, y ha estado, construido de falsas asociaciones. El nombre extranjero no es el que rompe el vínculo con la comunidad de origen, como sugiere el autor. El vínculo, más bien, está roto por la intensa segregación de la Ciudad de México (la amplitud de los clusters de pobreza del oriente y las periferias de la metrópoli; la consolidación de las áreas residenciales exclusivas frecuentemente cerradas o amuralladas y la disminución constante de los espacios públicos, cuyo fin es permitir el encuentro entre personas de diferentes grupos y adscripciones sociales), así como por la desigualdad de oportunidades y de condiciones tan amplia.[i]

Ahora bien, aunque para algunos podría parecer que los argumentos de la cultura de la pobreza son anacrónicos y se encuentran en desuso en la actualidad, no es así. Según datos de la Encuesta Nacional de Pobreza, el 26% de los mexicanos opina que la pobreza se debe a causas individualistas, como que los pobres “no trabajan lo suficiente” o que “no se ayudan entre ellos”. Casi el 60% de las personas está de acuerdo con que los programas de combate a la pobreza “acostumbran a la gente a no trabajar lo suficiente”; y para el 11% de las personas, la forma más conveniente para pagar las políticas sociales para disminuir la pobreza es que “los pobres trabajen más para mejorar su situación”. La tesis de la cultura de la pobreza, en realidad, es un éxito en nuestro país.

Mientras tanto, el 10% de la población percibe que la solución a la pobreza se encuentra en el aumento de la educación. Aunque no puedo aportar cifras para sustentar el siguiente argumento, opino que es muy alto el porcentaje de la población que concibe a la educación como la clave para el “éxito en la vida”. Otros tantos son los que afirmarían que las oportunidades educativas están ahí y, si éstas no han sido aprovechadas, es por culpa de los individuos.

Sin embargo, los datos no sostienen la idea de que en México la educación sea un mecanismo igualador de la sociedad; por el contrario: el sistema educativo en México funciona como uno de los principales reproductores de la inequidad en la sociedad mexicana. Según datos de la Encuesta sobre Desigualdad y Movilidad Social (ENDESMOV) de la Ciudad de México, el 98% de los individuos que nacieron en un hogar que se ubica dentro del 10% de menor nivel socioeconómico no llegará a obtener estudios universitarios. Además, el acceso a universidades de diferente calidad también se ve restringido según el origen social: es dos veces más probable que llegue a la UNAM un estudiante que proceda de un hogar cuyo padre cuenta con un nivel educativo superior, que uno cuyo padre tiene un nivel educativo básico; de igual manera, es siete veces más probable que el primero entre a una universidad privada reconocida.[ii] Así pues, el sistema educativo mexicano, que debería ayudar a alcanzar una sociedad más igualitaria, más bien, acentúa las desigualdades. Es decir, en México origen es destino.

La relación entre la responsabilidad individual y el destino es complicada, pero explicar la pobreza, la marginalidad y la criminalidad con el argumento de la cultura de la pobreza (es decir, la transmisión intergeneracional de las normas y comportamientos culturales patológicos y destructivos dentro de los hogares pobres, o a los referentes culturales violentos en el entorno de los jóvenes de familias pobres) equivale a ignorar toda una serie de condiciones y restricciones estructurales que moldean la trayectoria de vida de los individuos en la sociedad.

El defecto del discurso meritocrático se encuentra en su baja correspondencia con la realidad: las posiciones más altas de la estructura social no se encuentran ocupadas por las personas que más se esfuerzan o con mayores capacidades. La venta de dichos discursos desde una posición de privilegio, ignorando la inmovilidad social de México, es una costumbre frecuente entre nuestros opinólogos que debemos superar. Para lograr una sociedad igualitaria, no hay que “cultivarnos” individualmente, ni cambiar de nombres: hay que transformar, colectivamente, las estructuras que configuran las desigualdades económicas y sociales.

(Foto: cortesía de Tonymadrid Photography.)


Notas

[i] Para leer más sobre la segregación urbana de la Ciudad de México y sus consecuencias en la sociabilidad y la cercanía con “el otro social” recomiendo Juventudes fragmentadas (FLACSO México y CIESAS, 2015) de Gonzalo Saraví, y Las reglas del desorden (Siglo veintiuno editores / UAM-A, 2008) de Emilio Duhau y Angela Giglia. Vinculado a lo anterior y con un enfoque en los discursos y las representaciones de la pobreza en la ciudad, vale la pena leer La integración excluyente (UNAM, 2015) de Cristina Bayón.

[ii] Dentro del grupo de universidades privadas reconocidas, se incluyen las siguientes: Universidad Iberoamericana, Universidad Panamericana, ITESM, ITAM, UVM y UNITEC.

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