La sociedad de la anestesia

En México sorprende hasta qué grado hemos normalizado lo extraordinario: la escenas violentas y los sucesos terribles han dejado de perturbarnos. ¿Cómo convertimos estas imágenes en dispositivos ético-políticos?

| Políticas de las imágenes

Con este ensayo, sobre el impacto social de las imágenes violentas en México, continuamos nuestra serie dedicada a las políticas de las imágenes.

Una imagen de guerra

Es de noche, la cámara de un video aficionado decide seguir a un helicóptero que se aproxima a un barrio mal iluminado. La trayectoria que dibuja la luz del aparato sugiere que está intentando localizar un objeto, una persona. Como si intuyera que algo está por suceder, el camarógrafo baja el plano y enfoca las casas que sobrevuela el helicóptero. Unos segundos después, éste abre fuego a discreción.

La obscuridad hace que la ráfaga de la potente ametralladora sea aún más espectacular; la luz roja que proyectan los disparos traza una línea que primero vacila de izquierda a derecha y luego se concentra en un solo punto. De pronto los disparos cesan y el helicóptero se retira sin dejar de iluminar la zona de ataque. Todo está en calma, salvo unos árboles que terminan de agitarse por el aire que les viene de encima.

Para nuestra sorpresa estas imágenes, dignas de una operación militar en Alepo o Bagdad, sucedieron en una zona residencial de Tepic a principios de febrero de este año. Días después nos enteramos que se trató de un operativo de la Unidad de Operaciones Especiales de la Marina para capturar a Juan Francisco Patrón Sánchez, líder del cártel de los Beltrán Leyva. Las autoridades no dudaron en declarar que la intensión de esta operación era “disuasiva”.

A tres semanas de ocurrido, no deja de sorprender el poco impacto que han tenido estas imágenes en la opinión pública. Aun cuando al parecer no hubo víctimas civiles –el saldo reportado fue de 15 sicarios muertos, incluido el “H2”– se trata de un caso flagrante de uso excesivo e indebido de la fuerza. No solo el riesgo que supone este tipo de operativos militares para terceros resulta inaceptable, sino también el lenguaje empleado para describir y justificar lo ocurrido.

Cualquier información audiovisual o narrativa que muestre hechos de tal violencia debe ser analizada críticamente. Sobre todo, en un contexto de guerra como el que vivimos en México. Las imágenes y las palabras importan. No son inocentes, ni ingenuas. Por más que se alegue que se alertó por altavoz a los vecinos para que no salieran de sus casas, asusta e indigna pensar que el hecho de dar la orden para que un helicóptero militar abra fuego de alto calibre sobre una zona residencial pueda calificarse como una acción disuasiva.

Sorprende hasta qué grado hemos normalizado lo extraordinario. Si algo refleja la imperturbabilidad ante esta clase de imágenes y sucesos es la creciente incapacidad para apreciar y afectarnos por lo que nos ofrece una guerra que ya cumplió diez años. Uno se pregunta si la acumulación de cadáveres, cuerpos colgados y la sarta de restos humanos que producen y exhiben espectacularmente los cárteles, aunado a los cada vez más frecuentes casos de torturas, asesinatos y otros abusos cometidos por las Fuerzas Armadas ha terminado por insensibilizarnos.

Y es que después de ser testigos de un video insoportable, como aquél en el que un grupo de soldados tortura a una mujer en Ajuchitlán, Guerrero, uno se pregunta: ¿qué otra secuencia puede hacernos cobrar conciencia y protestar contra la tortura en un país en el que es una práctica común y generalizada? ¿Qué clase de imagen o narrativa exigimos para con-movernos y empatizar de una vez por todas con el dolor y la vulnerabilidad de los otros? ¿O quizás esta in-dolencia y desafección indica que, como individuos y sociedad, hemos activado un mecanismo que nos protege, aunque sea inconscientemente, contra el horror cotidiano?

Lo grave de un caso como el de Nayarit es que de no escandalizarnos y levantar la guardia ante esta clase de violencia de Estado –incluyendo aquí sus formas de enunciar y enmarcar dicha violencia– no nos extrañemos si empezamos a familiarizamos con una gramática política que emplee otros eufemismos como “daños colaterales” o “efectos secundarios” para denominar a los civiles muertos o heridos durante operativos similares.

Ya se sabe, narrar la muerte y establecer qué vidas merecen ser cuidadas y recordadas suele ser el primer botín de guerra. Después de Arendt, Foucault, Agamben o Achille Mbembe sabemos lo que puede deparar cuando el poder asume abiertamente su capacidad para persuadirnos que hay vidas que son superfluas o sacrificables para garantizar el buen funcionamiento del cuerpo social. Cuando decide soberanamente quién puede vivir y quién debe morir, sin lamentarlo.


Empatía pret-à-porter

La sociedad mexicana no es la única que se muestra rebasada e incapaz de aprehender la violencia que le atenaza. Son muchos los países a los que les cuesta prestar atención y afectarse con imágenes que bien podrían movilizar sentimientos tan poderosos como la empatía o la indignación en el ámbito público. Siguiendo a Zizek, parece evidente que tendemos a reconocer y fascinarnos más por la violencia subjetiva, provocada o sufrida por un agente que podemos advertir al instante, que por la violencia simbólica y sistémica. Siempre es más visible un crimen o un disturbio que aquella violencia que está encarnada en el lenguaje o provocada por el Estado y los sistemas económicos imperantes.[1]

La anestesia es global. Cuando una fotografía como la de Aylan Kurdi logra detenernos y vencer el actual déficit de atención, ésta no suele durar demasiado. La solidaridad que se lleva es pret-à-porter, lista para usar. Son sentimientos de uso casual y cotidiano, destinados al consumo masivo. Se trata de emociones rabiosamente estándar, repetidas hasta el cansancio y con notable fecha de caducidad. Hoy en día son relativamente pocas las personas que, a partir de una imagen violenta, tienen la voluntad de coimplicarse y hurgar seria y perdurablemente en el tema que citan y replican.

Una prueba. A un año y medio de ser publicada la imagen de ese niño sirio que fue arrojado como un alga a las costas de Turquía –una polaroid atroz de nuestro fracaso político, social, jurídico y ético– las cifras de migrantes muertos que han fallecido al intentar cruzar el Mediterráneo no han dejado de aumentar. De hecho, en 2016 murieron cerca de 5000 mil migrantes, una cifra récord desde que la ONU comenzó a registrar las víctimas mortales de esa ruta.

El impacto que tuvieron las imágenes del cadáver de ese niño de tres años logró poner en el centro del debate la actual crisis de refugiados, la más importante desde la Segunda Guerra Mundial. Las redes se rindieron al tema y aumentaron por algún tiempo los donativos a las ONG que trabajan con refugiados. Esta repentina toma de conciencia nos hizo suponer que se podrían impulsar medidas globales para revertir la condición de vulnerabilidad y urgencia de esas y tantas personas que deciden, o se ven obligadas, a cruzar una frontera para cambiar el rumbo de su vida. No fue así. Hace poco, el padre de Aylan –quien perdió en el mismo viaje a su mujer e hijo mayor– declaraba en su casa al norte de Irak: “Al principio todo el mundo se mostró ansioso por ayudar a los refugiados. Pero eso no duró ni un mes.”

Una de las razones que suele darse ante esta marcada indiferencia contemporánea es que la estetización de la guerra en el cine y la televisión ha provocado que cientos de videos y fotografías, tan reales como terribles, nos pasen de largo cada día. Esto es verdad, de hecho no es extraño confundir una imagen violenta con la escena de una película –cuántos pudieron haber confundido la primera vez que vieron las imágenes del atentado contra el embajador ruso en Turquía, con alguna secuencia de Reservoir Dogs de Tarantino–, pero a veces se olvida que la estetización de la violencia no es nueva en absoluto.

Desde Homero, la literatura y las artes en general se han visto impelidas a narrar y representar –es decir a poner y generar imágenes– a las acciones y excesos inherentes a la guerra. La Ilíada, sin ir más lejos, es un canto violentísimo que nos encara con la barbarie, pero también con la vulnerabilidad y compasión que nos es consustancial. Esta dimensión humana de la guerra y el relato de todas sus caras es quizá lo que se ha perdido con el grado de sofisticación y crueldad de las imágenes que nos inundan hoy en día.

Uno sospecha que, además de imágenes violentas, se necesitan narrativas potentes que puedan cultivar una empatía que atente contra nuestra in-dolencia. Una indignación que subsista y nos movilice críticamente ante acontecimientos y prácticas que son intolerables. Quizá así, por ejemplo, entendamos el profundo riesgo de que la tortura vaya de la mano al interrogatorio y la producción de verdad.

No se equivoca Susan Sontag cuando menciona que hace tiempo que el museo de la memoria es visual y que “las fotografías ejercen un poder incomparable a la hora de determinar lo que recordamos de los acontecimientos.”[2] Queda por ver y explorar cómo ciertas imágenes pueden convertirse en un dispositivo ético-político, es decir, bajo qué condiciones medios como la fotografía, el cine o la crónica periodística pueden movilizarlas para combatir y resistir las abundantes formas de deshumanización contemporáneas.

(Fotos: cortesía de Eneas De Troya y Plog Studio.)


Bibliografía

[1] Slavoj Zizek, Sobre la violencia, Barcelona, Austral, 2008, p. 22.

[2] Susan Sontag, Al mismo tiempo, Barcelona, Mondadori, 2007, p. 139.

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