La vida imita a las noticias: el asesinato del periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas

Cómo el periodismo narrativo de Javier Valdez predijo su propia muerte.

| Violencia

El periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas, quien fue asesinado hace dos meses —el 15 de mayo—, publicó en Malayerba una de sus últimas historias la última semana de marzo. Malayerba era una columna semanal que aparecía los lunes en el periódico RíoDoce; era un tipo de crónica, un relato dramático sobre «la vida bajo el narco». Valdez dijo una vez: «todas las historias son reales». Hay cientos de ellas. En la entrega «Te van a matar», Valdez contó la historia de un periodista a quien familia y amigos le advirtieron que su cobertura abierta y crítica de la corrupción podría levantar amenazas serias contra su vida.

El periodista ficticio de Valdez no prestó atención a las preocupaciones, «apedreando con sus teclas, sus palabras, el ejercicio del poder político, la corrupción, la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia». El asesinato del periodista ficticio —«blanco marcado para no perderlo»— por sicarios vino tres horas después de que publicó en redes sociales acerca de un legislador corrupto.

Dos meses después, el 15 de mayo, la Malayerba de Valdez se hizo cruelmente real. Al sol de mediodía en una calurosa calle de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, el periodista, que acababa de cumplir cincuenta años de edad, se encontró con un prematuro final.

Ese día al menos dos hombres armados emboscaron a Valdez cerca de sus oficinas en el centro de Culiacán. Lo obligaron a salir de su coche a punta de pistola, y luego, en lo que parece ser un ataque coordinado, le dispararon trece veces. Uno de los sicarios huyó en el coche del reportero, pero rápidamente lo abandonó, tomando la computadora y el teléfono de Valdez.

Desde su asesinato, periodistas, algunos colegas cercanos, e incluso el Relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, han culpado a la delincuencia organizada por el asesinato de Valdez. Más específicamente, estos informes atribuyen su muerte a la sangrienta disputa entre facciones dentro del Cártel de Sinaloa. El cártel, sin líder alguno en ausencia de El Chapo, que espera juicio en Nueva York, está enfrascado en un conflicto con su generación más joven; lo que probablemente sea la causa del incremento de homicidios del estado. La disputa empeoró el verano pasado con el secuestro y la posterior liberación de los hijos de El Chapo en Puerto Vallarta, tal vez por Dámaso López, lugarteniente de El Chapo. Este acto, junto con la captura de los sicarios del Cártel de Sinaloa por el ejército mexicano, ha puesto a las facciones del cártel a la defensiva, y al estado en alerta máxima.

¿Pero acaso Valdez fue víctima de esta disputa? Parece incuestionable que una entrevista con un emisario de Dámaso López, que publicó el 20 de febrero en RíoDoce, resultó en la ira de otras facciones del cártel y atrajo sus amenazas, incluyendo sicarios del cártel recorriendo los puestos de periódicos para comprar todas las copias del impreso. En la entrevista, López negó haber secuestrado a los hijos de El Chapo y dijo que era amigo de «el Mayo» Zambada, el nuevo líder del Cártel de Sinaloa. Pero, ¿ la entrevista fue suficiente para matarlo? ¿Los hijos de El Chapo, recién resurgidos y motivados con la reciente captura de López en la Ciudad de México y su encarcelamiento en Ciudad Juárez, necesitan ponerse bajo la lupa con el asesinato de Valdez? El amigo de Valdez, Froylán Enciso, escritor, analista e historiador de la economía política de las drogas en Sinaloa, escribió después del asesinato que no podía entender por qué los hijos de El Chapo matarían a Valdez después del encarcelamiento de López.

La tesis del narco detrás del asesinato de Valdez tiene mucho sentido narrativo. Tiene sentido en ausencia de pruebas forenses y la obvia incompetencia del Estado mexicano para investigar casos de asesinato (el país tiene una tasa de impunidad de alrededor de noventa y ocho por ciento) y el comprensible deseo de cierre e incertidumbre. Pero la explicación del asesinato de Valdez a manos de un narcotraficante psicópata y con hambre de poder necesita ser colocada junto a las declaraciones que hizo una y otra vez acerca de dónde pensaba que provenían las amenazas: políticos o funcionarios públicos en colusión con y en protección del narco, pero no los narcos en sí. De hecho, cuando el periodista John Gibler, quizá uno de los más astutos corresponsales extranjeros en México, viajó a Culiacán a principios de febrero para Al-Jazeera, Valdez no le informó que le temía al narco, sino que dijo: «Por eso se le llama crimen organizado, porque tienen gente dentro del gobierno mexicano –hay personas dentro del sistema gubernamental– trabajando para ellos, porque la policía forma parte de la estructura criminal, porque tienen un ejército de asesinos contratados, porque tienen operativos financieros y empresarios, a quienes nadie fastidia». En este sentido, en su Malayerba «Te van a matar», la crónica identificó en forma de relato lo que Valdez dijo a los periodistas en peligro: los políticos y funcionarios públicos son los que facilitan el crimen organizado.


Los riesgos del narcoperiodismo

Ocho meses antes de su asesinato, en octubre del 2016, Valdez acababa de publicar el octavo de sus nueve libros, Narcoperiodismo. El periodista y autor dio una entrevista al periódico Reforma sobre los meses que pasó viajando por México entrevistando a periodistas, recopilando las amenazas que enfrentaban y las tácticas que emplearon para sobrevivir. Después de todo ese viaje, el número de periodistas asesinados en México se incrementó mientras escribía su libro; le dijo al reportero Andro Aguilar: «Le temo más al gobierno que al narco. El narcotráfico está porque no hay gobierno… el principal problema que tenemos para el ejercicio periodístico es la autoridad. Es una clase política hija del narcotráfico, intolerante, peligrosa, poderosa, coludida con la delincuencia organizada, con criminales de toda índole».

Valdez explicó que las amenazas a los periodistas provienen de informar cómo los políticos y funcionarios se corrompieron con dinero del narco. En su historia «Te van a matar», el periodista ficticio de Valdez no podría guardar silencio sobre un escándalo concerniente a un legislador corrupto, describiendo las fuerzas que ponen en peligro al periodista: «la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia» y el «gobernador pisando mierda, del alcalde de billetes rebosando». Los temas de su periodista ficticio reflejaban la vida real de Valdez, que cubrió «los negocios de los poderosos».

Narcoperiodismo es el claro posicionamiento de Valdez –en forma de libro– respecto a las amenazas que los políticos y funcionarios públicos hacen a los periodistas de México. Vale la pena citar por extenso:

«Cada vez son más los periodistas desaparecidos, torturados, asesinados en México. Conscientes de que el problema del narcotráfico ha masticado con rabia todas las fronteras, podemos pensar que son sólo los emisarios de los cárteles quienes dan la orden de ejecución, el levantón, el jodido calambre para que no escriban más en ese periódico que incomoda, estorba, se entromete. Pero no. No sólo los narcos desaparecen y matan a los fotógrafos, los redactores, los periodistas. También hacen su tarea de exterminio los políticos, la policía, la delincuencia organizada coludida con agentes, ministerios públicos, funcionarios de gobierno y militares. El gran pecado, el imperdonable delito, escribir sobre los dolorosos acontecimientos que sacuden a nuestro país. Denunciar los males manejos del erario, las alianzas de narcos y mandatarios, fotografiar el momento exacto de la represión, darles voz a las víctimas, a los inconformes, a los lastimados. El gran error, vivir en México y ser periodista».

Incluso más cerca de su asesinato que de la publicación de Narcoperiodismo, y según informes de especialistas en protección de periodistas que hablaron con Valdez, no se sintió inmediatamente en peligro. Pero parecía estar cada vez más preocupado por los artículos que RíoDoce había publicado desde enero referentes a «los vínculos entre los políticos locales y los narcotraficantes», le dijo a la Comisión para la Protección del Periodista Carlos Lauria. «Esto es algo diferente», comentó al CPJ. Se negó a declarar públicamente respecto a las amenazas específicas, publicando en su lugar «Te van a matar», que nadie, ni entonces ni ahora, relacionaba con un peligro inminente.

Con su autor ahora muerto, «Te van a matar» deja a su lector con una premonición espeluznante sobre lo que le pasó a Valdez unas semanas más tarde a mediados de mayo. Si estaba en peligro, parece que utilizó la amenaza como la fuente de una escalofriante Malayerba. Y aunque fue a la Ciudad de México la semana antes de su asesinato en lo que parece ser un plan de escape, Valdez volvió a Culiacán. Su coeditor en RíoDoce, Ismael Bojórquez, le dijo a un reportero del programa de noticias de Ciro Gómez Leyva que no había dinero para ir a otro lugar y que tenía que seguir trabajando.

«Te van a matar» está contada en el estilo típico de la Malayerba, un estilo propio de Valdez: en tercera persona, frases cortas, rítmicas, imágenes cristalinas, no hay manera de identificar sus sujetos, ni siquiera el periodista que estaba siendo amenazado. Gabriela Polit, académica de la Universidad de Texas que introdujo por primera vez a Valdez a un público estadounidense, escribió después de su asesinato que Valdez había creado su propia forma narrativa «combinando las ideas de Poe sobre la narración con la poesía».

Como con cada Malayerba, Valdez publicó el enlace a «Te van a matar» en su perfil de Facebook, al igual que el periodista en la crónica. En la sección de comentarios, un amigo le recomendó a Valdez que se cuidara, repitiendo la misma preocupación que el periodista ficticio de Malayerba no escuchó. Valdez respondió con una acostumbrada sospecha sobre la cercanía de la muerte de un periodista en México: «Gracias. No sé cómo hacerlo en realidad. He perdido todos los mapas y rutas de escape». Tres días antes, el 24 de marzo de 2017, un sicario había asesinado a la periodista de investigación Miroslava Breach en Chihuahua. Un caso que enfureció a Valdez, quien, al igual que Breach, fue también corresponsal del diario nacional La Jornada. Varias semanas después, las balas de los asesinos llegaron a Valdez. Como predijo en su comentario de Facebook, no hubo escape para el periodista cuando se enfrentó con los dos pistoleros que lo obligaron a salir de su coche para asesinarlo.

«Te van a matar» no es la única Malayerba en la que Valdez describió las amenazas a los periodistas que venían de políticos. En «La Costeña», publicado en RíoDoce el 24 de octubre del 2016, cerca de tres semanas después de su entrevista con Reforma, Valdez escribió acerca de una joven periodista recién graduada llena de idealismo: «Su pluma era dignidad y tinta indeleble… Era la nueva revelación del periodismo en la región y más allá».

«Un día le llegó un caso. La corrupción del gobernador. El dinero en todos sus bolsillos, tráfico de influencias, el aprovechamiento del servicio público para un bienestar personalísimo, de unos cuantos, privado». Esa noche fue a casa para celebrar su éxito con sus padres. En cambio, cuando abrió la puerta de su casa, los encontró muertos, tumbados en el suelo. Sus asesinatos la obligaron a exiliarse. «Igual que ese que los mandó matar».


 

Una comprensión más matizada de la vida

y la muertede Valdez

Malayerba y sus otras obras, incluyendo un montón de entrevistas y presentaciones en ferias de libros, muestran que Valdez no era un periodista de la guerra contra las drogas. Ese es un significativo malentendido.

Valdez no informó sobre los cárteles y su funcionamiento interno; dejó esa tarea, como indicó en Narcoperiodismo, a Ismael Bojórquez, otro de los cofundadores de RíoDoce. En ese sentido, Valdez era diferente al reporte de la guerra contra las drogas practicado por Bojórquez o periodistas como Anabel Hernández, ella misma objeto de serias y repetidas amenazas.

Valdez siempre estuvo interesado en los efectos sociales de vivir con los narcotraficantes y sus políticos y facilitadores oficiales públicos ‒«la vida bajo el narco», lo llamó‒. Y sin embargo, en cada entrevista los periodistas, aparentemente poco familiarizados con su producción, siempre preguntaban si escribía del narco. En marzo, SinEmbargo publicó una entrevista con Valdez en torno a la publicación de la segunda edición de Malayerba, en la que le preguntaban: «¿Eres persona especializada en el narco?». Valdez le dio más o menos la misma respuesta que dio a todos los que le preguntaron la misma pregunta: «Fíjate que yo siento que soy experto en gentes… especializado en contar la historia de las personas en el Narco. Sí tengo información de los capos, de las raíces, pero mi trabajo ha sido más la gente que ha padecido el narco».

La entrevista de SinEmbargo es una de las últimas de Valdez sobre Malayerba. Él aclaró lo que «narco» significaba para él, no era una persona. El narco es algo que existe dentro de todos los mexicanos. «Somos nosotros y el narco nuestro de cada día. Así como hay un priista en cada mexicano, aunque sea de izquierda, hay un narco en medio de cada mexicano. Esto creció y ya no se trata sólo de Sinaloa, del Norte, sino de todo el país. Es este narco nuestro mirándose en el espejo, reconociéndose. Somos nosotros sufriendo y gozando el narco».

Para Valdez, Malayerba fue una serie de historias con finales imposibles. Publicado por primera vez en 2010 con un prólogo de Carlos Monsiváis, fue su favorito de sus nueve libros. Los lectores están de acuerdo: Editorial Jus acaba de publicar una segunda edición, y Valdez la había presentado en una gira. Desde el 15 de mayo y a partir del asesinato de su autor, Malayerba es también el libro de lo que significa morir bajo el narco: sin cuartel.

Valdez era un periodista de considerable estatura e importancia, y parte de la prueba era su inmensa, lírica y empírica salida. RíoDoce ‒el periódico que inició con Ismael Bojórquez y Alejandro Sicairos‒ proporcionó empleo estable y lucrativo a sus periodistas y equipo de producción. Valdez capacitó a una generación de periodistas provinciales mexicanos en un país dominado por una élite mediática en la Ciudad de México. Dominó e innovó dentro de la crónica una forma narrativa de periodismo popularizada por Gabriel García Márquez, entre otros. Valdez es autor de muchos libros, uno de los cuales, Levantones, sobre los costos humanos de las desapariciones en México, acaba de aparecer en una brillante traducción al inglés ‒y magistral introducción a Sinaloa‒ por Everard Meade como The Taken. Dio entrevistas a todos los concurrentes y guió a periodistas extranjeros alrededor de su estado, a pesar de que también los satirizó en Malayerba (véase «Todos los güeros son gringos»). Como corresponsal extranjero para Agence France Presse también es uno de los pocos periodistas adscritos a una organización mediática internacional asesinada en el contexto de la guerra contra las drogas en México.

Dado sus logros como escritor y como ser humano ‒deja atrás a una esposa y dos hijos‒, Valdez necesita el mismo enfoque matizado y complejo de su asesinato que él proporcionó a otros en sus narrativas detalladas y reflexivas. Y, junto con las decenas de periodistas asesinados en el México contemporáneo, también merece justicia.

Que el sistema de justicia mexicano pueda entregar una interpretación compleja de su muerte basada en evidencia, incluyendo su periodismo, y de acuerdo con las normas internacionales de derechos humanos, es la esperanza de todos y la expectativa de nadie: desde el año 2000 más de cien periodistas han muerto en México. La mayoría de los casos están atascados en el pantano de impunidad que es la guerra contra las drogas en México. La incapacidad del Estado mexicano en el asesinato de periodistas, defensores de derechos humanos, migrantes y ciudadanos, reproduce sistemáticamente su incapacidad generalizada para procesar casos.

El autor de Malayerba conocía las inmensas dimensiones de la impunidad en México: trabajaba con las madres de los desaparecidos. Vio el problema de la impunidad con claridad ‒en Los Huérfanos del Narco escribió sobre niños con padres asesinados en la guerra contra las drogas‒. Se negó a retroceder o alejarse de amenazas que paralizaron a otros periodistas. Pero un problema con el asesinato que el propio Valdez predijo es que pocos parecen haber estado leyendo su Malayerba para entender lo atrapado que estaba. Y esa terrible conciencia, para alguien como yo que tradujo algunas (pero no las suficientes) de las historias al inglés, es un golpe de mala hierba.

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Traducido del inglés por Efraín Rodríguez Arzaga, y publicado originalmente en NACLA.org el 30 de mayo de 2017.

 

 

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