Las conspiraciones de la sociedad estadounidense según Morris Berman

En tiempos electorales, la lectura de Morris Berman resulta una buena guía para entender la dinámica de la conversación pública estadounidense.

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El proceso electoral en Estados Unidos, pese a las cifras y los análisis, para muchos sigue pareciendo un misterio. Las motivaciones de un pueblo heterogéneo, la representación y ejercicio de un poder casi inconmensurable o los fundamentos de una sociedad en constante tensión entre la libertad y la represión, son algunos de los elementos que, desde este lado de la frontera, dificultan la lectura de Estados Unidos.

En una editorial reciente en The Guardian, el economista Thomas Piketty aseguró que Estados Unidos se encuentra en el umbral de una nueva era política; el fin de un ciclo inaugurado con la victoria de Ronald Reagan y clausurado con el ascenso de Sanders y la “agenda socialista”. Por otra parte, Noam Chomsky ha asegurado que Estados Unidos es la mayor amenaza a la paz mundial.

En este contexto, el pensamiento del historiador Morris Berman nos ofrece algunas claves para entender el comportamiento político de Estados Unidos. Berman, académico radicado en México desde el año 2006, ha estudiado con detenimiento la cultura occidental y particularmente la de Estados Unidos. Su crítica está agrupada en tres obras: El crepúsculo de la cultura americana (2007), Edad oscura americana (2007) y Raíces del fracaso americano (2013). En la colección de ensayos Cuestión de valores (Sexto Piso, 2011), Berman propone una particular manera de entender los fundamentos de las relaciones políticas en Estados Unidos a través de lo que ha llamado los cuatro ismos o conspiraciones de la sociedad americana: 1) la noción del pueblo elegido, 2) la religión civil, 3) la frontera interminable y 4) el individualismo exacerbado.

Sobre la noción de un pueblo elegido, dice Berman:

La noción de los norteamericanos como el “pueblo elegido”, y de la nación como una “ciudad en la colina”. Esta última frase –citada tanto por Barack Obama como por Sarah Palin en la elección presidencial de 2008– se remonta a quien sería el futuro gobernador de la Colonia de Massachusetts Bay, John Winthrop, mientras viajaba de Inglaterra hacia América en el Arabella, en 1630: “Nos daremos cuenta de que el Dios de Israel está entre nosotros… Nos llenará de alabanza y de gloria… Pues hemos de considerar que seremos como una Ciudad en una Colina. Todos los ojos estarán puestos en nosotros.”

La idea esencial consistía en que era misión de Estados Unidos llevar la democracia a los pueblos del mundo, en tanto que el estilo de vida americano era (evidentemente) el mejor. (Irak no es sino la más reciente manifestación de este pensamiento.) De hecho, los puritanos tomaron a los judíos del Viejo Testamento como su modelo, en donde el éxodo de Egipto y la invasión de Canaan fueron vistos como el paradigma para el establecimiento de las colonias. La noción de que la historia de Estados Unidos es la principal manifestación de la voluntad de Dios en la tierra conserva un gran arraigo en la psique norteamericana. Alexis de Tocqueville lo llamó “el excepcionalismo norteamericano”, presente hasta nuestros días.

Sobre la religión secular:

La existencia de una “religión civil” en Estados Unidos. El primero en advertirlo fue el sociólogo Robert Bellah, en 1967; señaló que a pesar de la presencia del catolicismo, el judaísmo y numerosas sectas protestantes en Estados Unidos, la verdadera religión del pueblo americano era el propio país. Ser norteamericano es visto (de manera inconsciente por los norteamericanos) como un compromiso ideológico/religioso, no como un accidente de nacimiento. Por eso quienes critican a la nación de inmediato son etiquetados como “no-americanos”, y casi se les considera traidores. (Es bastante ridículo, si se piensa bien: ¿pueden imaginar que un sueco que critique a Suecia sea denominado “no-sueco”?) El historiador Sidney Mead dio en el blanco cuando dijo que Estados Unidos era “el país con alma de iglesia”, en tanto que otro historiador Richard Hofstadter declaró que “ha sido nuestro destino como nación no tener ideologías, sino ser una”. Es evidente que no es una postura que aliente la introspección.

Sobre los orígenes del expansionismo estadounidense:

Es señalada por Frederick Jackson Turner en 1893: la existencia de una frontera supuestamente interminable, hacia la que el pueblo norteamericano se expandiría geográficamente. Con el tiempo, se convirtió en una frontera económica, y después en una imperial: el Destino Manifiesto a escala planetaria. Esto yacía en el corazón del debate Carter- Reagan, ya que la noción de un crecimiento con límite es casi una forma de herejía en un contexto latinoamericano. El American Dream sueña con un mundo sin límites en el que la meta, como dice el gangster (el actor Edward G. Robinson) a Humphrey Bogart en Key Largo, es simplemente “más”. Alrededor de 1830, Tocqueville ya había advertido el carácter “incansable” del pueblo americano; y más de un siglo después, el periodista británico Alistair Cooke señaló que lo que en el resto del mundo eran considerados lujos, en Estados Unidos eran vistos como necesidades. Si los norteamericanos nunca se interesaron por el socialismo, menos lo hicieron por el budismo, a pesar de la existencia de algunos centros zen. No en balde el historiador William Leach tituló su estudio del expansionismo norteamericano de finales del siglo XIX Land of Desire [La tierra del deseo].

Sobre el individualismo tendiendo a lo salvaje:

El carácter nacional se basa en el individualismo extremo, la “autosuficiencia” de Emerson. A decir del historiador Joyce Appleby, tuvo su origen en el cambio en la definición de la palabra “virtud” que tuvo lugar en las colonias alrededor de 1790. Antes de ello, el término se utilizaba en su acepción europea (incluso clásica), es decir, “la capacidad de algunos hombres de sustraerse al interés privado y dedicarse al bien público”. Para 1800, la definición había sufrido una inversión total: ahora, “virtud” hacía referencia a la capacidad de mirar por los propios intereses en un entorno de oportunismo. Mientras que los federalistas suscribían la primera definición, los republicanos jeffersonianos promovieron activamente la segunda, como un elemento de la ruptura de la nueva nación con Inglaterra y todo lo europeo. La vida no trataría del servicio a la comunidad, sino de la competencia y la adquisición de bienes. Esto se resume en la popular expresión norteamericana, “No hay almuerzo gratis”. El “self-made man” debe abrirse camino por sí solo. […] En varios sentidos, la historia americana puede verse como la historia de una nación que elige consistentemente soluciones individuales sobre colectivas.

La lectura de Morris Berman resulta una buena guía para entender los orígenes de buena parte del discurso que en tiempos electorales emerge en el campo de lo público. El cambio de opiniones políticas en torno al socialismo en una nueva generación podría ser el comienzo de la ruptura con el país que Berman ha descrito.


Selección: Antonio Martínez.

Foto: cortesía de Diana Robinson.

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