Las elités en México: un déficit de honor

México carece de auténticas élites. Lo que predomina en el paisaje social de nuestro país es, más bien, un archipiélago de grupos oligárquicos que, en general, han obtenido sus privilegios a raíz de sus relaciones o del expolio continuo de ciertos bienes públicos. Estos grupos se caracterizan por la notable ausencia de un discurso sobre su propia responsabilidad frente a la sociedad, es decir, por un profundo déficit de honor.

| Élites

Existe un déficit de honor en la sociedad mexicana —del honor entendido como esa cualidad moral que lleva al cumplimiento de la propia responsabilidad (en buena medida autoimpuesta) y a la salvaguarda de la reputación personal que deriva de su cumplimiento. El honor —un valor que legítimamente se puede considerar de antiguo régimen, pero que sigue vigente en una perspectiva republicana— no ha venido a lubricar y potenciar la vida pública mexicana. Esta es entonces estridente, lenta, ineficaz. Abundan en ella procesos que no deberían llegar al litigio formal, que no deberían explotar, o que en todo caso deberían resolverse con una decisión personal, clara, inequívoca: no acepto esto; renuncio a un cargo o a algún beneficio a los cuales tendría en principio derecho, pero cuya aceptación marcaría negativamente mi integridad personal o la imagen de una institución pública. El honor en la vida republicana es lo que no está en la ley o lo que está antes de la ley pero que aligera, favorece, alimenta su imperio.

La ausencia del honor como valor público tendría en principio una explicación sociocultural: nuestras élites (es decir, los oligarcas de los bienes y el dinero, de una parte, y los oligarcas del poder que emana de las instituciones políticas, de otra) no han generado imágenes ejemplares ni liderazgos éticos, es decir, auténticos valores públicos. En México (con alguna salvedad, en aras de la estadística) no existe un verdadero “patriciado” en el sentido de la tradición republicana occidental, esa que va de Roma a los Padres Fundadores estadunidenses y a ciertos republicanos del mundo iberoamericano: una condición de jefatura moral enraizada en servicios a la república, a la libertad o a la democracia. Un ejemplo: en México casi no tenemos ricos que gocen de estima pública, sino nada más ricos famosos porque son ricos. Ser ricos les sirve exclusivamente a ellos, no a la sociedad —sugiero entonces que existen sociedades donde un rico puede ser, por decirlo así, un “bien público”. En alguna medida es su culpa: no tienen ni imaginan un código para la república; habitan solamente sus propios lenguajes privados, su ideología, su negocio.

Tenemos hoy, insisto, oligarquías sin patriciado. Una condición del patriciado, sugiero, es un sistema de valores a la manera de una interfaz para la vida pública. No bastan museos o beneficencias privadas; se extraña algo como la antigua ética del aristócrata (que en su origen fue un guerrero, Norbert Elias dixit) que sabe dónde, cuándo y por qué detenerse —que contribuye al tránsito del privilegio a la ciudadanía. La jerigonza católica de los oligarcas ya no sirve, sobre todo después de Marcial Maciel y sus correrías financieras. Por lo pronto experimentamos a diario lo contrario a una política del honor desde las oligarquías: la imposición de valores (familiares, empresariales, religiosos, políticos) que no son públicos. Nuestra estratificación social debe ser explorada con otras preguntas, quizá con otros ojos. Si ya tuvimos una antropología de la pobreza en Óscar Lewis, ahora necesitamos una antropología (política) de la riqueza.

En particular, debemos identificar otra faceta de ese universo del privilegio: los políticos oligarcas. En este caso, la contradicción es palmaria y sublime: en México hay una especie endógena de políticos privados. Dilucidar cómo procesarían el honor los oligarcas políticos es útil. Si ejerzo o aspiro a un puesto de alta visibilidad pública (ministro de la Corte, dirigente de un partido político) el honor debería funcionar como una forma de autocontención: ¿Hay dudas sensatas sobre mi actuación previa? ¿He pecado, aun discretamente, por omisión o comisión? Si dije esto y aquello, ¿soy digno del cargo? Quiebres pequeñísimos en la conciencia de los oligarcas del poder. Quiebres que no están, que no llegan.

¿Qué reúne a los oligarcas del dinero y a los de la política? La acumulación originaria (el imponer cercados privados en los territorios públicos, a la manera de los presupuestos y los recursos naturales) como el modo predilecto del capitalismo mexicano. Ambos expolian con independencia de la productividad y la innovación. Como sabemos, la acumulación originaria no requiere de mercados sino de relaciones, poder legal y político, información. Se acumula en privado (por decirlo así) a partir de relaciones de gabinete, de amistad, de compadrazgo, de favores en ambos sentidos.

En la cultura oligárquica, el honor es débil porque lo que cuenta es la información privilegiada y —de manera concomitante— la secrecía. El honor —la oportunidad que damos a los demás para que nos juzguen de acuerdo con unos valores que nosotros mismos definimos— está subsumido a la acumulación y al privilegio. Sí, en México hay mercado para muchas cosas, excepto para el honor. Este no cotiza ni en bolsa ni en las otras formas de lo público. El juicio del público tiende a ser un rumor, a veces difamante, no un acto político. El resultado es algo negativo para todos, y que podría evitarse si de vez en vez los oligarcas se presentaran ante la sociedad para exponer sus razones y decir “no” a alguna ventaja o privilegio (o “sí”, pero mostrando al mismo tiempo la ruta para observarlos y juzgarlos).

En fin, que los actos, parafernalias y vocabularios de nuestras élites son, a la fecha, nada más que genuflexiones frente al espejo, y no convocatorias para los otros, para el 99%. Alguien podría decir que así son las élites, en todas partes y en todo tiempo. No necesariamente. Hay ejemplos de ricos, muy ricos, que pidieron que les subieran los impuestos en Estados Unidos, que abrieron los archivos de sus negocios para una historia empresarial en serio (en Estados Unidos y Europa), que fundaron universidades y centros de investigación para el conocimiento y no para la propaganda religiosa o ideológica —y no digo que eso no suceda en México, digo que ocurre poco. Sí, hay ricos de ese estilo, ricos públicos. Y el honor es parte de sus activos: “Si pienso así, hago esto y, por lo tanto, júzguenme.”

Advertencia: si no llega el honor, se intensificará la lucha de clases o en todo caso las formas más ríspidas y duras de la descalificación. Tenemos hombres y mujeres públicos cuyas relaciones e intereses privados sobredeterminan su imagen en la sociedad. Sin casi ningún tipo de visión, siguen adelante en cualquier aventura que implique poder o dinero.

El diseño institucional del poder público, por cierto, no ayuda a que los oligarcas del dinero y del poder recapaciten, ni a que el grueso de la sociedad explote la veta del honor como un arma cívica. Dada la naturaleza mayoritariamente uninominal del régimen político (300 diputados en distritos, por ejemplo), las manzanas podridas se aíslan en otros tantos mundos acotados geográficamente. Si el gobierno nacional o la representación política se eligiera por listas, a la manera parlamentaria, las manzanas podridas podrían contaminar toda la lista, a los vecinos de arriba y de abajo. El honor tendría entonces incentivos: habría candidatos que se avergonzarían de compartir una campaña política con alguien que los deshonra. Por eso los regímenes parlamentarios son más sensibles —que no infalibles— y precisos con respecto a pecados que, sin ser aún delitos, comprometen la vida pública: una sospecha de sobreprecio en las compras del gobierno, un abuso en el ejercicio del dinero público, etc., llevan con frecuencia a la renuncia o a un aislamiento autoimpuesto, un conveniente ostracismo, no dictado por la ley sino por el honor.

Una política del honor es una política de la República. No todo son leyes, aunque estas ayudan a prever y castigar. Pero podría haber algo más, algo subjetivo, sutil, discreto, en el horizonte nacional. No está mal un país poblado por tantos astutos Ulises obsesionados con sobrevivir. Pero nos estamos excediendo, y de qué manera. Se extraña en la vida pública algo de Áyax —un arcaísmo patricio, el honor como una posesión intransferible de los que aspiramos a la ciudadanía, un espíritu de república en el club privado de los oligarcas.

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