Las voces de Ayotzinapa

Lo sucedido en Iguala el 26 de septiembre del 2014 con los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa marcó un antes y un después en la historia de México. Una historia oral de la infamia, de John Gibler podría explicar por qué.

| Ayotzinapa

Hace más de un año publiqué, en este mismo espacio, una nota acerca de El rostro de los desaparecidos (2015), de Tryno Maldonado; y La travesía de las tortugas (2015), del colectivo Marchando con letras, ambos sobre la desaparición de los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa. Entonces sugería que una buena forma de representar lo sucedido la noche del 26 de septiembre del 2014 era recurrir a la «escritura documental», tal como la describe Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles (2013). Esta estrategia consiste, a grandes rasgos, en hacer que el archivo hable por sí mismo. A diferencia del narrador o el periodista común, el autor documental no ficcionaliza o interpreta unos hechos dados, más bien hace que su material de trabajo —sus investigaciones, entrevistas y bibliografía secundaria— exprese lo que su misma textualidad tiene que decir. Mi reproche a las obras mencionadas consistía en que nos presentaran trabajos confeccionados con entrevistas a los normalistas supervivientes y a las familias de los desaparecidos, pero que no nos dejaran ver las entrevistas mismas, que no nos dejaran leer el archivo que prometía ser mucho más interesante que el resultado final. Poco después de publicadas aquellas líneas apareció Una historia oral de la infamia (2016), de John Gibler, en el que el periodista estadounidense narra la tragedia de Iguala utilizando, precisamente, las herramientas de la escritura documental.

En su crónica, Gibler reconstruye con exactitud pericial lo ocurrido desde la tarde del 26 de septiembre hasta el mediodía del 27, y lo hace echando mano de las voces de Ayotzinapa. Veinticinco estudiantes y quince testigos narran, con contundentes paralelismos y coincidencias, la salida de los normalistas rumbo a Iguala, el secuestro de los camiones en la terminal de autobuses, los dos ataques que sufrieron esa noche, así como su descubrimiento, la mañana siguiente, de que cuarenta y tres de sus compañeros no estaban detenidos sino desaparecidos. Cuarenta sólidas entrevistas que derrumban cualquier maliciosa versión alternativa, como que los estudiantes habían ido a Iguala a reventar el mitin de María de los Ángeles Pineda, o que la Normal estaba infiltrada por Los Rojos y su objetivo último era tomar la plaza. El libro es un sumario —el expediente judicial que recoge las declaraciones de las víctimas— cuya lectura deja muy claro lo siguiente: que esa noche miembros de la policía municipal, estatal y federal se confabularon para emboscar, asesinar, secuestrar y desaparecer a civiles desarmados. Y si, según los testigos, el ejército no juega un papel preponderante en esta conspiración, resulta culpable al menos por negligencia.

Pero este documento es mucho más que un testimonio histórico, y su efectividad poética radica precisamente en su forma. El texto está conformado por cuarenta entrevistas, aunque el autor tuvo el acierto de eliminar las preguntas, fraccionar las respuestas, y después ordenar los pedazos en orden cronológico. En realidad se trata de ciento cuarenta y tres fragmentos de habla, testimonios que cuentan, cada uno por su lado, el mismo episodio diez, quince, veinte veces seguidas. Esto no solo da la sensación de un incesante déjà vu, la repetición es, además, una herramienta de análisis. El lector se convierte en el investigador que en las películas revisa obsesivamente el pietaje del asesinato de John F. Kennedy o el de Luis Donaldo Colosio: ¿cuántos tiros fueron percutidos?, ¿de dónde vino esa bala?, ¿cuántos cómplices hay en la escena del crimen? Para alcanzar las conclusiones correctas hay que estudiar la cinta y verla de corrido, en reversa, cuadro por cuadro, en cámara lenta, un millón de veces. Algo similar sucede en Una historia oral de la infamia, pero aquí, además de identificar a los ejecutores materiales de la represión, descubrimos algo aun más inquietante: que la noche del 26 de septiembre marca un antes y un después en la historia del país.

Ya es casi un lugar común señalar que la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes normalistas es un acontecimiento, entendiendo el término tal como lo hace Žižek: «un cambio del planteamiento a través del cual percibimos el mundo y nos relacionamos con él» (Acontecimiento, pp. 23-24). Lo valioso del libro de Gibler no es que él diga o asuma que esa noche fue un parteaguas histórico, lo asombroso es que, echando mano de la escritura documental, muestra cómo los protagonistas del suceso descubren de repente que viven en un mundo diferente al que estaban habituados apenas horas antes. La crónica ilustra con exactitud el paso de un México antes a un México después de eso que hemos decidido llamar «Ayotzinapa».

«¿Cómo se puede escribir una historia de lo imposible?», se pregunta Michel-Rolph Trouillot en el epígrafe del volumen. Y la cita es pertinente porque en las siguientes doscientas páginas la línea que separa lo posible de lo imposible va a sufrir un dramático desplazamiento. La crónica avanza no solo por progresión cronológica, más bien se impulsa por una serie de desengaños en los que la realidad defrauda y decepciona continuamente las expectativas de los protagonistas. La actividad que llevaban a cabo ese día, por ejemplo, era una suerte de «tradición» (p. 34): los normalistas necesitan autobuses para viajar a la Ciudad de México y participar en la marcha del 2 de octubre. El magro presupuesto estatal no les permite comprar unidades nuevas, así que deciden ir a secuestrarlas «como se ha hecho año con año»; para ellos es «una actividad normal» (p. 42). Pero es entonces que las cosas cambian: «empezó a haber muchas cosas extrañas» (p. 43), recuerda Erick Santiago López; comienzan a notar «algo muy raro» (p. 52), según Carlos Martínez, y esa anomalía es que la policía les está disparando. No se trata de cohetes, como algunos creen en un principio, ni de tiros al aire: la policía está tratando de matarlos y esto es algo que les cuesta trabajo concebir. Según los jóvenes, cuando ellos dicen «somos estudiantes, no tenemos armas», la policía empieza a negociar. «Es casi un tipo de fuero», dice Iván Cisneros, «pues, al decir ‘somos estudiantes y no tenemos armas’ y les mostramos las manos de que no estamos armados, ya ahí, antes, pues los policías bajaban sus armas, y ya se tendría que haber empezado un diálogo como hemos hecho» (p. 54-55). Pero así era «antes», ahora han desaparecido los «fueros» y parece que el «diálogo» es un trámite prescindible.

Los hábitos son tenaces, por ello es que aun después del primer ataque —en el que la policía ha herido a tres jóvenes, entre ellos a Aldo Gutiérrez Solano con un disparo en la cabeza, y supuestamente ha detenido y encarcelado a decenas de ellos—, los normalistas creen que estarán más seguros si llega la opinión pública. «Nosotros marcamos a la prensa», dice Uriel Alonso Solís, con la ingenua convicción de quien cree vivir bajo un régimen democrático: «dijimos que con la prensa aquí nos íbamos a sentir más seguros» (p. 91). Pero es entonces que, frente a los medios, se suscita el segundo ataque, donde caerán Daniel Solís Gallardo, Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón. «Al principio, muchos pensamos que eran disparos al aire», confiesa Rodrigo Montes, uno de los periodistas que acababa de llegar a la escena del crimen para reportear el primer ataque: «pero cuando se empezó a escuchar los proyectiles —se escucha cuando pasan las balas, el zumbido— y los cristales de muchos carros empiezan a reventar, entonces todos empezamos a correr» (p. 123). Los normalistas, que para ese momento han salvado su vida en dos ocasiones, empiezan a entender que las reglas con las que creían que funcionaba el mundo han dejado de operar. Si al principio creen que la policía los va «a llevar, así como siempre cuando nos reprimen, a una cárcel o a alguna delegación» (p. 64-5), y su peor temor es que los dejen ir «después de su madriza» (p. 63), ahora, después del segundo ataque, tenían miedo «de que si nos encontraban ahí, nos mataran. Porque ahí ya no pensamos que nos iban a agarrar nada más. Al contrario, pensamos que nos iban a matar» (p. 122).

Un tercer y definitivo desengaño se suscita a la mañana siguiente, al descubrir que los compañeros que imaginan detenidos en realidad no lo están: «Nosotros creímos que a los compañeros que se habían llevado los íbamos a traer al día siguiente a la cárcel», dice Omar García, «bajo fianza o como fuera, un proceso legal, jurídico y los sacaríamos porque éramos estudiantes, como en años pasados, como en épocas anteriores donde caen estudiantes, se les saca de la cárcel bajo presión política o como fuera» (p. 140). «Pero en ese momento nunca pensamos en la desaparición», continúa Edgar Andrés Vargas, «yo pensaba que era como siempre: te llevan los policías, te tienen ahí, te cuestionan y todo y ya te sueltan» (p. 156). Pero esa noche la realidad se las ingenió para decepcionarlos una vez más, y convencerlos de que, desde ese instante, había que pensar e imaginar de un modo diferente.

La pregunta obligada después de leer Una historia oral de la infamia es: ¿cómo funciona esta nueva realidad?, ¿en qué consiste este país posterior a Ayotzinapa? Y creo que la crónica la responde solo de forma parcial, más que nada por la cercanía histórica: seguimos aturdidos por los hechos y no hemos podido entender lo que ha pasado de forma contundente. Después de cada uno de los desengaños suscritos los jóvenes normalistas entran en estado de shock, de la misma manera en que lo ha hecho la opinión pública: «cuando miré al suelo fue que cayó Aldo con el disparo en la cabeza», recuerda Carlos Martínez: «Yo me quedé como unos tres segundos en shock, tres segundos me quedé mirando el cuerpo y los disparos se oían y yo parado ahí, o sea mirando» (p. 57). «Todavía no podía creer lo que había vivido», admite Andrés Hernández después del segundo ataque: «Me hablaban pero no sé, no podía contestar, estaba en shock todavía» (p. 120). Cuando les muestran la fotografía del cadáver torturado de Julio César Mondragón, Germán dice: «A él le quitaron el rostro, lo desfiguraron. Nosotros nos quedamos nada más así como en shock, nos traumamos, la verdad» (p. 176). Y creo que esta última imagen en particular, el rostro desollado de Mondragón, es la más apremiante y elocuente para entender los nuevos paradigmas de un México post-Ayotzinapa. A pesar de ello, y no obstante el lugar que ocupa su recuerdo en nuestro horizonte cultural, es un acto que no hemos sabido entender del todo.

La crónica de Gibler hace patente que los restos del joven normalista no debe leerse de forma aislada; al contrario, forman parte de una inquietante retórica del rostro o, más bien, de su ausencia. Desde su brevísima nota introductoria, el periodista aclara: «La mayoría de los sobrevivientes pidieron proteger sus identidades con el uso de seudónimos, lo cual se ha respetado» (p. 11), y ese alias que los oculta es la primera máscara. Una similar a la que utilizan durante el secuestro de los autobuses: «Llegamos allá [a la central de autobuses de Iguala] y todos nos cubrimos el rostro con nuestras mismas playeras», dice uno, «para que no nos identificaran, para cubrir nuestra identidad» (p. 40). Este discurso del anonimato se complejiza cuando reparamos que los policías de Iguala también van «encapuchados como si fueran federales» (p. 95), tal como los sicarios que ejecutan el segundo ataque: «Después se bajaron otros dos sujetos y empezaron a tirar contra nosotros, todos encapuchados, vestidos de negro» (p. 128). Además del rostro, ¿qué se oculta en esta fiesta de disfraces? Y más importante aún: ¿qué es lo que se deja expuesto y por qué? Además de los restos de Julio César Mondragón, esa noche solo «dos civiles… estaban sin capucha», al parecer los orquestadores del ataque, «los dirigentes [que] daban la orden y los demás cumplían» (p. 75).

El 26 de septiembre se dieron cita en Iguala dos formas antagónicas de entender la nación. Por un lado los jóvenes que están formados en la mitología del siglo XX mexicano: estudiantes de instituciones posrevolucionarias, de ideario vasconcelista y tendencia marxista, que sobreviven en un mundo que los ha declarado obsoletos; resulta tan nostálgico como anacrónico que los normalistas se interpelen entre sí como «camaradas» (p. 64). Frente a ellos, por otro lado, se encontraban las fuerzas del orden, un grupo de policías cuya lealtad, al parecer, se alinea con intereses particulares. Se trata de un engendro institucional incubado en los últimos treinta años de neoliberalismo, donde lo privado empieza por carcomer lo público y termina por adueñárselo; es muy interesante cómo un soldado justifica la agresión a los normalistas diciéndoles: «ustedes son los que invadieron acá» (p. 143). Iguala ya no es un territorio libre y soberano, tampoco responde a ninguna ley federal: funciona más como un feudo del crimen organizado. Estas dos formas incompatibles de entender el país se han estado enfrentando durante décadas, y en los ataques de Iguala claramente fueron derrotados los primeros. Los restos mortales de Mondragón indican esto en parte: de un lado, que el proyecto posrevolucionario ha sido aniquilado de forma contundente, al mismo tiempo que exclaman —prácticamente gritan— que el nuevo proyecto nacional solo es eficiente cuando se trata de producir violencia, barbarie y muerte.

 


John Gibler, Una historia oral de la infamia. Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa.

México: Grijalbo/Sur+, 2016.


Foto: Daniel Cima/CIDH 

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