Los nuevos disidentes: el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad

El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, cambió radicalmente la conversación sobre las víctimas del narcotráfico en México. Esta es su historia.

| Movimientos Sociales

Tercera parte.

Tomo la ruta hacia el norte. Mi última etapa antes de la Ciudad de México será Cuernavaca, capital del estado de Morelos. La llaman “la ciudad de la eterna primavera”. Es el lugar de veraneo de los habitantes ricos de la Ciudad de México, lo que significa que hay una tasa muy alta de secuestros, pagos de rescates y de asesinatos depravados. Cuernavaca también es apreciada por los amantes de la literatura: aquí es donde se desarrolla la novela apocalíptica de Malcom Lowry, Bajo el volcán (1947).

Me detengo en una amplia avenida rodeada de flores frente a una oficina administrativa de la universidad local. Toco el timbre, paso el control de seguridad y subo a una oficina abierta que da a un magnífico jardín –sin duda debido a la eterna primavera. Me entrevisto con un disidente extremadamente célebre en todo México, Javier Sicilia. A sus casi setenta años se le ve lleno de pasión juvenil, siempre intacta por la mística católica, Gandhi y Albert Camus. Poeta y activista de la no violencia, fuma cigarro tras cigarro, se muerde las uñas y cuenta lo que le ocurrió luego de que mataran a su hijo.

En marzo de 2011, el joven que terminaba sus estudios y trabajaba ya en la administración de un hospital fue a un bar de la ciudad con un amigo diseñador gráfico. Al regresar a casa su amigo se dio cuenta de que le habían sacado de su coche una cámara fotográfica y una computadora. Sospechó de la persona encargada del estacionamiento del bar. Al día siguiente volvieron al lugar acompañados de otros amigos para exigir que les devolvieran los objetos. El diseñador pidió a su tío militar que lo acompañara para dar más peso a su reclamo. La discusión se puso al rojo vivo. Y más peligroso aun porque el dueño del bar pertenecía al crimen organizado. Antes de desaparecer, el hijo de Javier Sicilia envió un SMS a su novia: “Lamento haber venido, esto va a acabar mal”. Temeroso de que el militar fuera una amenaza para sus actividades, el dueño del bar llamó a unos sicarios e hizo que secuestraran a los siete que fueron a pedir la devolución de los objetos robados. Javier resume: “Por 300, 000 pesos y dos camionetas, el precio del asesinato, torturaron y asfixiaron a esas personas. Las echaron en las cajuelas de los coches como si fueran animales y los abandonaron.”

Este asesinato conmovió a la ciudad entera. Instalaron una especie de altar en el centro de la ciudad, frente al Palacio de Gobierno. Luego de enterrar a su hijo, Javier se dirigió allí para dar una conferencia de prensa:

“Estaba lleno de ira y de una enorme confusión. Veía todo como a través de una escafandra. Sabía que tenía que hacer algo pero no sabía qué. Llegué frente al altar, vi a algunos amigos activistas y poetas a lo lejos, a los amigos de mi hijo y a una gran cantidad de periodistas. Ya había una mesa y un micrófono. Empecé mi discurso diciendo: ‘¡Estamos hasta la madre!’ Esta frase le dio la vuelta al país. Luego acusé al gobierno y a los criminales que están mezclados como el agua y la tierra: no se sabe dónde termina la política y dónde empieza el crimen. Todo está corrompido. Luego, sin haberlo preparado, amenacé al gobierno del estado: ‘Les damos quince días para encontrar a los asesinos. Y mientras tanto no nos vamos a mover de aquí.’ Pusimos en marcha un gran movimiento, con una manifestación que reunió quince días más tarde a cuarenta mil personas. Sin saberlo, había desencadenado algo. Todos los días daba una conferencia de prensa. Otros grupos se formaron en otros países del mundo. Se creó una red. El gobierno del estado tuvo miedo y me mandó a llamar. Me dijo que pronto encontrarían a los asesinos de mi hijo y que eso iba a calmar las cosas. Espontáneamente respondí: ‘Van a encontrar a los asesinos de mi hijo pero luego van a resolver el problema de las decenas de miles de personas asesinadas. Son dos cosas complementarias.’ A partir de entonces me obligaron a tener conmigo a dos guardaespaldas.”

Javier Sicilia lanzó el proyecto de una marcha por la paz hacia la capital para hacer visible el sufrimiento de los que han visto a sus familiares desaparecer asesinados con la complicidad activa o pasiva del Estado. Familiares del presidente en funciones en ese entonces, Felipe Calderón, trataron, como él dice, de cooptarlo. Le preguntaron si prefería una plaza de investigador en una universidad de España o de Francia. Javier la rechazó. En cambio pidió ver al presidente para hablar con él “de ser humano a ser humano”. Muchos activistas criticaron este encuentro que consideraron como una traición. Pero Javier Sicilia sólo se dejó guiar por su voz interior. Se sintió cada vez más investido por una misión política. Quería que las decenas de miles de personas que lo seguían adoptaran un proyecto de “refundación del Estado” en seis puntos.

La marcha por la paz llegó a México. Fue un acontecimiento nacional. Doscientas mil personas se unieron a esta “caravana”. Las víctimas pudieron subir al escenario para expresar su sufrimiento y contar sus historias. Según Javier Sicilia, así es como pudieron “volver a sentirse dignas”. Una toma de conciencia de la amplitud de la violencia y de la urgencia de actuar a nivel político se cristalizó entonces. Fortalecido por este éxito, el padre lleno de ira quiso llegar hasta el final. Propuso que la caravana llegara hasta “el epicentro del dolor”, en la ciudad septentrional llamada Ciudad Juárez, allí en donde miles de mujeres han sido asesinadas sin motivo aparente desde los años noventa. Es también el lugar en donde el baño de sangre empezó y donde el nuevo pacto nacional debía ser firmado. Aquí es justo cuando todo se desvirtuó. Javier Sicilia, el cristiano de izquierda no violento y no controlable, tuvo dificultades con la izquierda radical revolucionaria. Esta tomó discretamente el control de las mesas redondas que debían precisar los seis puntos del nuevo pacto. Cuando a Sicilia le tocó leer, por la noche frente a la multitud, el resultado de semanas de trabajo, no encontró el programa inicial sino una miserable lista de reclamos contradictorios. Se sintió lleno de amargura. La aventura de la refundación se interrumpió por motivos de discordia política. Lenin derrotó a Gandhi.

Sicilia lo admite: “Mexico tiene una gran capacidad de organización inmediata pero nunca podemos hacer que las cosas lleguen a buen término.” Su movimiento llamó la atención de todos aquellos que no querían ver el problema de los asesinatos. Con la capacidad que tuvo para poner en escena los problemas y su perfecto manejo de la palabra, el poeta levantó una ola pero en lugar de sumergir a un Estado corrupto, se estrelló contra los intereses políticos.

Sicilia sigue haciéndose preguntas. Está a favor de la despenalización de la droga, que para él es un problema de salud pública. Organizó una caravana a los Estados Unidos con la ayuda de mexicanos inmigrantes y organizaciones de izquierda. En México logró que se redactara y votara una ley de apoyo a las víctimas de la violencia y a sus familiares. Aun cuando fue promulgada en 2012, Sicilia reconoce que en la práctica no funciona.

Está preparando la segunda parte, redactando artículos y tratando de reunir a los adversarios políticos. Encontró refugio en la Universidad de Cuernavaca pero hay fuertes presiones que intentan hacerlo callar. El rector tuvo que enviar a sus tres hijos al extranjero. Recibió una amenaza que decía lo siguiente: “Vamos a matar a una de tus hijas como matamos al hijo de Sicilia. Haz que se vaya Sicilia.” Por lo pronto, sigue apoyando al poeta activista. Por lo pronto, el poeta sigue con sus dos guardaespaldas y se prepara para lo peor: “Estoy a favor de la no violencia pero no soy ingenuo. La no violencia tiene sus límites. El día que me quiten a los guardaespaldas me voy a conseguir un arma. No quiero me secuestre un salvaje que me quite mi dignidad. Me niego a que torturen psicológicamente a mi familia. Voy a morir peleando.”


Este texto es un extracto de “Dentro del volcán”, el séptimo capítulo del libro Los nuevos disidentes, de reciente publicación.

Traducción del francés: Marcela González Durán.

Foto: cortesía de Eneas De Troya.

Artículos relacionados