Los nuevos disidentes: las que ríen

¿Cómo organizarse civilmente en un país en guerra? ¿Cómo transformar el dolor en un arma política?

| Movimientos Sociales

Quinta parte.

Me dirijo a mi última cita, me hundo en sombríos pensamientos. Entre activistas revolucionarios e individuos reclutados o aniquilados, la disidencia en México no está en su mejor momento. Recuerdo las palabras de Javier Sicilia que afirma que el mundo vive una crisis de civilización en donde México no es sino la vanguardia sangrienta: los narcotraficantes aterrorizan a las poblaciones locales y las obligan a huir. En su lugar, las grandes empresas extranjeras se instalan y devastan los espacios naturales. El Estado vota leyes de liberalización, encubre a los narcos y recluta a los recalcitrantes que no han sido asesinados o secuestrados, mientras la clase media se atiborra de refresco y telenovelas y sueña con imitarlas. Los zapatistas, en los años noventa, fracasaron en su sueño de tener una autonomía ecológica y respetuosa de las minorías indígenas. Los guerrilleros ya no alimentan los sueños de casi nadie; se quedaron atrapados en los años setenta. Los jóvenes hacen cualquier cosa por tener un trabajo mal pagado. Estamos en México, o los bajos fondos de la globalización capitalista.

Es sábado y me encuentro con dos mujeres en un luminoso café librería: Sol Chaylan, alta y excéntrica morena, y Adela Salinas, más reservada, precisa y nerviosa. La primera tiene una hija de ocho años; la segunda, un niño de once años. No son militantes aguerridas ni intelectuales públicas ni periodistas de investigación. Pero tratan, a su manera, de hacer algo. Todo empezó después del shock de Ayotzinapa. Me cuentan que se sintieron inmediatamente afectadas ya que los 43 desaparecidos eran muy jóvenes. “Fuimos por separado a las manifestaciones y exigimos el regreso de los estudiantes”, me cuentan. “Algunas de nosotras nos conocíamos un poco ya que nuestros hijos iban a la misma escuela. El 20 de noviembre decidimos llevarlos a una gran manifestación. Luego cuando volvimos a casa, nos enteramos que el gentío había sido dispersado con gas lacrimógeno. Decidimos pensar cómo llevar a cabo acciones que no pusieran a nuestros hijos en peligro y nos empezamos a reunir periódicamente en un café. Teníamos un objetivo común: que nuestros hijos crecieran en un mundo más libre y seguro y buscamos métodos para desactivar la violencia. Teníamos que inventar para ellos acciones que no los pusieran en peligro. Como madres, no hacíamos sino pensar en eso todo el día. No importaba que fuéramos de izquierda o de derecha, creyentes o ateas, tradicionales o feministas, hicimos de esto un proyecto común.”

Para salir de la cultura de la protesta violenta, las madres organizaron movilizaciones espontáneas, flashmobs. Se percibe al escuchar cómo las describen que se divirtieron mucho. La primera vez hubo fallos. Debían desplegar letras gigantes hechas con telas tradicionales pero el pequeño dron que habían rentado para que las filmara no llegó nunca. Lo que sí lograron fue desactivar la agresión de la policía que las rodeaba. Una participante pidió agua para su hijo a una mujer policía y esta se la dio. Algunas semanas más tarde se vistieron de negro, sus hijos iban de blanco y se dieron cita en un centro comercial muy elegante; de repente todas se juntaron y empezaron a cantar una canción muy conocida que adaptaron: “Solo le pido a Dios que la guerra y el sufrimiento no me sean indiferentes.” Querían hacer un llamado a la sociedad que se había quedado pasiva frente a toda la violencia del país. Eso funcionó tan bien que todo el mundo les aplaudió, los policías incluidos. Ese día se bautizaron como las “madres patria”. Más mujeres todavía se les unieron.

El 12 de diciembre siguiente se juntaron en una gran procesión el día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe –“que es la madre de todos los mexicanos”, aclara Sol. Vistieron de luto a una estatua de la Virgen. “Ese 12 de diciembre queríamos decir que no era un día de fiesta sino un día triste por la desaparición de los jóvenes. Era también una manera de tocar a otra clase social, la gente humilde. Lo hicimos con mucho respeto. Éramos setenta esa vez, sin nuestros hijos porque estaban en clase. Caminamos hasta la catedral tocando campanas y llevando las fotos de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos.” Ahora preparan una danza maorí y la idea las divierte. El propósito principal es rechazar el estatus de víctimas: “Somos mujeres privilegiadas porque no han tocado a nuestros hijos. Comprendemos perfectamente el dolor de las familias de las víctimas. Sentimos su vulnerabilidad: somos madres. Pero queremos salir de la lógica del dolor. La víctima responde a la violencia y se queda en esta dinámica. Nosotros queremos deshacernos de eso y transformarlo en nuestra fuerza, no en nuestra debilidad. Celebrar la libertad creativa y no la violencia o la arrogancia.” La mater dolorosa no es su estilo.

Hasta el momento nada funciona. Como en el caso de Crimea, Bielorrusia, China o el Tíbet, Irán o en el territorio palestino, no ha habido una transformación mayor. Sin embargo, estas madres de alumnos hacen temblar modestamente la fortaleza del poder. Un día de estos, aquí y allá, algo va a ocurrir.


Este texto es un extracto de “Dentro del volcán”, el séptimo capítulo del libro Los nuevos disidentes, de reciente publicación. En las siguientes semanas publicaremos las otras dos partes que complementan el relato.

Traducción del francés: Marcela González Durán.

Foto: cortesía de Mauricio Romero Mendoza.

Artículos relacionados