Los nuevos disidentes: #YoSoy132 y la intimidación

Desde el 2012, movimientos como el #YoSoy132 cifraron uno de los rasgos principales del sexenio: el antagonismo de la sociedad frente al proyecto peñanetista.

| Movimientos Sociales

Cuarta parte.

En las afueras de la Ciudad de México, algunos carteles ofrecen recompensas a cambio de información acerca de los desaparecidos. Sin embargo, la atmósfera está menos tensa que en Guerrero. La gente espera tranquilamente el autobús en interminables colas. Con un taco en la mano esperan pertenecer algún día a la clase media. Mientras tanto, aguantan, pasan horas en los transportes públicos, trabajan a cambio de un salario miserable, se alimentan de televisión y se divierten ruidosamente los domingos. Casi a diario los periódicos proporcionan nueva información acerca de la célebre fuga del barón de la droga, “El Chapo” Guzmán, que escapó de la prisión en julio de 2015 y fue capturado después, o acerca de la fallida investigación sobre la desaparición de los 43 estudiantes. El país parece estar traumado por este acontecimiento; sin embargo, la clase política tradicional mantiene su dominio.

En el siglo XX, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernó el país alternando fases socialistas con una gestión ultra liberal. La dictadura perfecta que denunció Mario Vargas Llosa no resistió el terremoto de 1985 en el que la Ciudad de México puso al descubierto la negligencia del Estado. Lo que aquí llaman la transición democrática permitió por fin la alternancia. El PAN, el partido de derecha, llegó a la presidencia en 2000. Luego del sexenio de Vicente Fox, otro candidato del PAN, Felipe Calderón, tomó el poder. Este comenzó la guerra contra el narcotráfico. A él se atribuye el incremento inaudito de la violencia en el país ya que al desorganizar el sistema tradicional de los carteles, desencadenó la batalla de todos contra todos. Lógicamente el PRI regresó al poder en 2012 con la elección del fotogénico Enrique Peña Nieto. ¿Traerá esto un cambio?

Luego de haberme instalado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre iglesias barrocas que se hunden poco a poco en la tierra y mini rascacielos con pretensiones norteamericanas, me dispongo a entrevistar a los disidentes locales. La campaña de Peña Nieto, en efecto, dio origen a un movimiento inédito en México, un país acostumbrado a las luchas sociales tradicionales. Durante su campaña electoral, el candidato se presentó en la Universidad Iberoamericana, una institución jesuita. Fue mal recibido por ciertos estudiantes y tuvo que abandonar las instalaciones. La televisión que apoyaba constantemente la victoria anticipada del candidato del PRI trató de desacreditar a los estudiantes y afirmó que se trataba de militantes políticos. Indignados ciento treinta y un jóvenes hicieron un video en el que mostraban sus credenciales de estudiantes y aseguraban que no pertenecían a ningún partido político. La respuesta tomó una dimensión sin precedentes cuando miles de estudiantes de otras universidades entraron en escena y clamaron: “Yo soy 132”. Reclamaban el derecho a una oposición no dirigida por los partidos tradicionales y exigían la imparcialidad de los medios. Algunos meses antes de la elección del candidato tiempo atrás por la clase política, la juventud organizó manifestaciones monstruosas y amenazó con desestabilizar al sistema. Algunos hablaban de “la primavera mexicana”. Sin embargo, Peña nieto fue electo.

Me encuentro con los estudiantes que protestaron en una sala parroquial de una iglesia jesuita, su cuartel general –nada que ver con la Ayotzinapa leninista. Alfonso, Eréndira, Ignacio y Valeria son jóvenes participativos, de comunicación, edición o diseño. Me explican que forman parte de los ciento treinta y un estudiantes que lanzaron el movimiento: “Nació en un contexto electoral en donde se veía claramente que nos querían imponer a un presidente. Ya estaba electo antes de las elecciones. Nadie creía en las instituciones. Queríamos mostrar que podíamos hacernos cargo de una campaña. Desmontamos la estrategia mediática de Peña Nieto pero las manifestaciones del mes de mayo de 2012 fueron absolutamente espontáneas”, me aseguran. “Lo que ocurrió que es todos los que no somos conformistas nos juntamos. Nació un sentimiento de solidaridad cuando subimos nuestro video a las redes sociales y la gente allá afuera empezó a decir: ‘Nosotros somos 132’.” Insisten en el aspecto 2.0 de su acción: “el movimiento no estaba centralizado sino que funcionaba en red. Los que querían participar formaban sus propias asambleas, sin ninguna instancia de control, solamente tomaban en cuenta algunos principios: pacifismo, horizontalidad y rechazo a los partidos. Se crearon asambleas interuniversitarias en todo el país. Luego la ola rebasó la esfera de los estudiantes.” Pero eso no impidió que el candidato del PRI fuera electo, les digo. “Puede ser pero desde ese momento estaba desacreditado ante la opinión pública. Hoy a la mitad de su mandato, sigue sin tener legitimidad. Además logramos organizar un debate filmado fuera de la maquinaria mediática entre tres de los cuatro candidatos –sin Peña Nieto. Y, sobre todo, probamos que un movimiento podía escapar a los clichés y a las estructuras políticas tradicionales: gente muy diferente se vinculó a nosotros que veníamos de una universidad privada católica. Desde 1968 no se había visto un frente común entre universidades públicas y privadas. Esto se pudo hacer porque la gente escuchó un nuevo lenguaje diferente al de los movimientos sociales más radicales aun cuando algunos querían volver a ese lenguaje. De repente empujamos a muchos jóvenes a participar en los movimientos políticos del país. El movimiento no ha terminado, se ha dispersado en varias redes que trabajan en diferentes temas.” Esta noche son siete los que están presentes en su reunión semanal. Su grupo está formado por trece personas. La diferencia entre “históricos” y “nuevos” del 132 fragmentaron el movimiento. La horizontalidad también tiene sus desventajas. Estos jóvenes han creado una plataforma en línea sobre las violaciones de los derechos humanos. A veces los amenazan, a veces los atacan y derrotan. Por el momento, no están preparando nada para las elecciones presidenciales de 2018. La fiebre cedió.


No lejos de ahí en el Chelsea de La Ciudad de México, hecho de casas Art Decó ahogadas bajo la vegetación tropical entre restaurantes bio y escuelas de yoga, me encuentro con un francés Philippe Ollé-Laprune. Dirige desde 1999 la Casa Refugio Citlaltépeltl que acoge a escritores exiliados perseguidos en sus países. Gran conocedor de literatura y de arte latinoamericano, parece saber todos los secretos de la vida intelectual mexicana. Su análisis de la situación de la disidencia es muy desalentador. “México es el país de los pactos”, me confiesa. “El sistema asimila a todos los recalcitrantes. ¿Es usted un poeta enojado? Le damos una beca y lo hacemos entrar en cintura. ¿Es usted un defensor de los derechos humanos? Le proponemos un buen puesto. ¿Es usted un disidente? Lo integramos al equipo dirigente. Toda intención de disidencia es extinguida. Se pone en marcha el engranaje de la lealtad y de la jerarquía. Se desactivan los conflictos por la solidaridad. Cuando el pacto se rompe, el país se sume en la ultraviolencia: como en la Independencia, la Revolución de 1911 o en la guerra contra las droga lanzada en 2006. Se hizo que el PRI volviera para que aplacara todo eso. Es una representación muy compleja. Aquí navegamos entre la violencia y la corrupción. En pocas palabras, no se es disidente por mucho tiempo.” Algunas personas pueden incluso organizar a voluntad movimientos de protesta como un escalón para acceder a puestos de poder. Es deprimente.


A la mañana siguiente, tomo el metro. En las pantallas, los rostros de los desaparecidos desfilan ante la mirada acostumbrada de los pasajeros. Me entrevisto con un periodista célebre, investigador, Alejandro Páez Varela. Estamos en un café de moda; lleva su computadora portátil, sus lentes pequeños y su expresión ligeramente malhumorada, es todo un intelectual paradójico. Su opinión es todavía más filosa: “No hay disidencia en México.” ¿La tragedia de los cuarenta y tres estudiantes no despertó algunas consciencias? Me responde que desde hace años ocurren atrocidades que implican a más personas –migrantes masacrados, pueblos diezmados… Pero la clase media no se inmuta. Miro este café, las calles aledañas tranquilas. Continúa: “México no está a punto de incendiarse aun cuando cincuenta por ciento de su población vive por debajo del umbral de pobreza y los ultra ricos tienen cada día más poder. Y cuando están en el poder, los dirigentes deciden hacer reformas que los benefician de manera personal una vez que vuelven al sector privado. El Estado ya no es el dueño de los sectores estratégicos, ni las telecomunicaciones ni los bancos. Y ahora debido a una reciente reforma, tampoco del petróleo. Si comparamos los daños que hemos sufrido seguimos dormidos.” Le pregunto por qué no cree en las manifestaciones, en los movimientos, en las marchas: las de Ayotzinapa, las de Javier Sicilia o las de Yo Soy 132. “Las manifestaciones reúnen a veces a un millón de personas. ¿Y luego qué pasa? La violencia aumenta. La izquierda radical sigue repitiendo lo mismo desde los años 1970 y no ha transformado nada. Los guerrilleros tampoco. ¡Lo peor es que la gente no entiende que la están despojando! Siguen votando por los verdugos.” En México coexisten una suavidad extrema y una violencia inhumana.

En cuanto a las nuevas disidencias, Alejandro tampoco cree en ellas. ¿Yo soy 132? “La mitad de sus dirigentes ya forman parte del establishment. Su vocero trabajó en la televisión que criticaba tan violentamente hace tres años. Sí, este sistema es corruptor por naturaleza. La única manera que asegura que la dictadura de un pequeño número continúe es captar a la oposición. Mire los periódicos: todos los dueños de la prensa progubernamental vienen de la prensa de la oposición. ¡A todos se los echaron a la bolsa!”

Aun cuando dice que está cansado, Alejandro continúa luchando a pesar de saber que pelea contra el aire: “La única cosa que me hace sentir es porque vamos a tocar fondo.” Nada de esto le impidió crear hace algunos años un periódico de investigación en línea, SinEmbargo, que se ocupa de denunciar la corrupción y las violaciones de los derechos humanos. No es fácil. En noviembre de 2014, un twit supuestamente de una famosa cantante que tiene siete millones de seguidores, acusó a Alejandro de crímenes sexuales contra menores. Frecuentemente recibe amenazas de muerte. Su sitio fue atacado la mañana siguiente de una gran investigación acerca de la lujosa casa del Presidente. Pero no estaba preparado para lo ocurrido recientemente. El 31 de julio de 2015, el fotoperiodista Rubén Espinosa, que desde hacía meses se encargaba de denunciar la corrupción del gobernador sátrapa de Veracruz, fue asesinado en un departamento de la Ciudad de México. Espinosa había venido justamente a la capital para refugiarse porque hasta hace poco era segura. Como me lo confirmaron muchos de mis interlocutores, ya solo es. El pacto en la Ciudad de México ya no funciona.

Alejandro no se ha recuperado de la muerte de su amigo Rubén: “El día de su muerte, mi asistente y yo nos habíamos despedido de él en la banqueta diciéndole: ‘Cuídate’. Tenemos un departamento vigilado dentro del edificio de SinEmbargo. Si lo hubiéramos hospedado aquí, no hubiera sido asesinado. La situación es grave ya que el hombre que orquestó su asesinato es un miembro muy duro y muy peligroso del PRI. Acaba de ser nombrado en la Asamblea de la Ciudad de México.” Me explica que me dio la cita por la mañana y en un café muy cerca de su casa porque ha cambiado sus rutinas. Ya no sale en la noche y no circula en coche: lugar cerrado y potencialmente peligroso. Su teléfono esta intervenido pero dice que no cejará.


Este texto es un extracto de “Dentro del volcán”, el séptimo capítulo del libro Los nuevos disidentes, de reciente publicación. En las siguientes semanas publicaremos las otras dos partes que complementan el relato.

Traducción del francés: Marcela González Durán.

Foto: cortesía de Marte Merlos.

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