Los que no son y los que están: noticia de la Generación Inexistente

¿Los narradores mexicanos nacidos entre 1970 y 1979 son en verdad la "Generación Inexistente"?

| Literatura

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Por lo menos una vez al año un autor hispanoamericano (o un grupo de autores, o un periodista o una agente literaria), en ocasiones bajo el amparo de una antología (o de un sesudo manifiesto revisionista), anuncia la Buena Nueva de la poética rompedora del tercer milenio. Sobran detractores del ejercicio, sirenas de la inmovilidad que simulan un gesto despectivo contra el que ose decir que descubrió los ingredientes de la sensibilidad artística del aquí y ahora, y que sienten inútiles para el consumidor cultural del presente provocaciones como las purgas de Breton y las listas de Maples Arce. Otros somos más optimistas y creemos que la adscripción de escritores a corrientes puede ser orientativa y, en algunos casos extremos, una estampa luminosa de la metodología de un lector disidente y dogmático.

“100 protagonistas de la Generación Inexistente” del escritor poblano Jaime Mesa es el negativo de esas posibilidades: un desvarío de cuarenta y seis mil caracteres en el que se aboga por el sentido mercantil (consenso) y se propone una galaxia heterogénea de cien (o hasta ciento treinta) narradores mexicanos nacidos en la década de los setenta. Para comprender su tesis, que se escabulle en los pliegues de la ilegibilidad, ofrezco un resumen:

El rasgo más acentuado de los miembros de la Generación Inexistente es “la insistencia en no formar parte de una generación”. No viven en la misma ciudad ni tienen coincidencias estéticas, pero son amigos en las redes sociales (el que no postea no sale en el timeline). No tienen filias o fobias patriarcales, y como el universo Disney “la generación de los sesenta y setenta parece, más bien, una convivencia entre tíos, primos y sobrinos”. A últimas fechas han escrito sobre México y en la mayoría permanece el desinterés por la experimentación formal, pues “la inercia va hacia el realismo” (sic).

Veintiséis libros de veintiún autores es la puerta de entrada a la discusión de la Generación Inexistente, a la que se adjunta una lista de cien autores y algunas de sus obras: la generación en pleno. Como dictaminador del canon, Mesa es un acaparador compulsivo; uno lo imagina en el Concilio de Roma y Dios te libre de una Biblia en veinte tomos.

Rebatir las listas con rigor tomaría más caracteres que su justificación, y leer todos los libros meses de dudosa felicidad. Por extraño que parezca, Mesa está de acuerdo: sus listas son el fruto “de leer a 90 de los 100 autores de la generación, de algunos toda su obra, pero mínimo una o dos, de 1999 a la fecha”.

Es imposible no preguntarse quiénes son los diez antologados a los que no ha leído. Entre ellos podría estar Juan José Rodríguez, de quien recomienda Asesinato en una lavandería china, y (¿para la relectura?) la reedición de la novela con el título Sangre de familia. O Heriberto Yépez, a quien incluye en la lista corta con Al otro lado, a pesar de que tiene novelas de mejor factura, como 41 clósets, que ni siquiera aparece en la lista larga; si la hubiera leído (si hubiera leído Madame Bovary) sabría que el realismo no es el terreno de la “permanencia de las formas de narrar”.

Pero la mayor errancia argumentativa del ensayo es una confusión semántica en torno a la palabra generación. Mesa utiliza la cuarta acepción de la Real Academia Española (“Conjunto de personas que tienen aproximadamente la misma edad”) y le agrega el adjetivo de literaria, cuando debiera entender la palabra en su quinta acepción: “Conjunto de personas que, habiendo nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adoptan una actitud en cierto modo común en el ámbito del pensamiento o de la creación.”

“La insistencia en no formar parte de una generación” no es un complot negacionista de los contemporáneos de Mesa, sino la aceptación de que detrás de la amistad virtual y las palmadas en las ferias del libro no se esconde un ismo. Que no cunda la nostalgia: todavía es posible armar una generación si volteamos a ver las pantallas vecinas y buscamos anhelos comunes; ya el tiempo se encargará de asemejar las escrituras y desaparecerlas.

(Foto: cortesía de Dorine Ruter.)

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