Marabunta: resignificando el barrio

En la colonia Gabriel Hernández existe un colectivo cultural que pretende transformar la idea de comunidad en el país, desde su barrio. Esta es la historia de Marabunta.

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Los taxis que salen del metro Martín Carrera no suben hasta al montaña. Solo llegan a una avenida que lleva el tremendo nombre del cabo del fin del mundo: Finisterre. Luego, hay que trepar por una abigarrada, chueca y empinada calle hasta un edificio verde con una hormiga enorme pintada en la fachada. Ahí tiene su base Marabunta, una agrupación formada por familias, vecinos, amigos y viejos conocidos que pretende reinventar el modo de hacer comunidad en la Ciudad de México, desde la peligrosa y estigmatizada colonia Gabriel Hernández, en la delegación Gustavo A. Madero.

Las últimas noticias de la Gabriel son escalofriantes: ejecuciones, asesinatos, robos. Mientras subes por la calle, piensas en que es posible encontrar la muerte en la cima de este cerro. Luego, piensas que, si bajas vivo, tendrás material para un relato digno de un Dante urbano. Al final, como un Fernando Vallejo en búsqueda de su mancebo en la Medellín de los sicarios, caes en cuenta que, mientras asciendes por esta escalera al cielo, en realidad bajas a los infiernos.

Pero la tarde es tranquila, dulce, anaranjada; su luz cae sobre las abigarradas calles donde destaca el centro cultural, deportivo y de operaciones del colectivo Marabunta: La Roca.

Con los propósitos principales de promover el autoaprendizaje y forjar una forma particular de ver el barrio y el mundo, hay pocas actividades que Marabunta no haya emprendido en La Roca: montañismo, primeros auxilios, parkour, danza aérea, teatro, alebrijes.

La Gabriel.

Para Marabunta el espacio físico siempre fue una necesidad esencial. La Roca –su nombre viene del material que abunda en todo este cerro– fue creado por la urgencia de tener un espacio propio para realizar y ampliar las actividades del colectivo. Una escuela abandonada en la cuadra –”donde la banda se juntaban a drogarse”– fue recuperada por los vecinos.

La recuperación de este espacio fue, así, un evento político, frente y dentro de la comunidad, que costó trabajo en conjunto y tenacidad. Marabunta echó mano de lo que se pudiera: de un programa de recuperación de espacios públicos, Iniciativa México –para lo que el colectivo tuvo que convertirse en asociación civil–, el tequio y la faena. La Roca es uno de los dos centros culturales en México administrados por la barriada. El otro está en Durango.

Hoy, la escuela abandonada es irreconocible. Las condiciones de La Roca son excelentes. En la parte de abajo hay un teatro amplio. Arriba, un gimnasio. En la pared hay consignas como “amar es urgente”. Adentro, niñas y niños, jóvenes maestras, sueltan frases de esperanza, con sustento:

“Todo el proceso Marabunta es movido por el corazón.”

“Cuando haces danza aérea quieres decir que no estás de acuerdo con lo que está pasando afuera.”

“Esto va a traer paz en la Gabriel como en el mundo.”

A través de los años, el trabajo y la reflexión llevaron a Marabunta a crear cuatro pilares o principios: la primera violencia es la injusticia –que refuerza la idea de la paz desde un punto de vista crítico–; consciencia en todas direcciones –que habla de la integralidad del trabajo–; resignificando barrios –que es la raíz de dignidad de este proyecto–; ayer violencia, hoy cultura y conciencia –que es la reivindicación de que el cambio es posible.

Los procesos de organización social son largos en el tiempo. Y los cambios significativos se construyen muchas veces con pequeños actos cotidianos. Años atrás, algunos integrantes crearon una estudiantina llamada Flor y Canto. Luego, el grupo de rescate llamado Ángeles de las Calles, quienes tomaron un módulo de policía como oficina. En 1983 hubo un grave deslave en un kínder cercano al barandal donde se juntaban los vecinos. Ante el letargo de las autoridades, los Ángeles de las Calles fueron los primeros en hacer las labores de rescate. Posteriormente, realizaron un festival cultural para juntar dinero para los ataúdes de los niños fallecidos. También, entre los habitantes del barrio crearon la primera compañía de teatro en la Basílica de Guadalupe: la Nahui Ollin.

Tantos proyectos se fusionaron en 2007: el espacio libre e independiente Marabunta pasó de colectivo a centro comunitario con espacio propio. Solidaridad, deporte, aprendizaje en un mismo lugar. Un foco de conciencia en la Gabriel Hernández.


La realidad nos madreaba

Miguel –activista, defensor de derechos humanos y músico, montañista y antiguo punk– camina con niños por la plancha del Zócalo después del memorable concierto de Roger Waters. Cuida a los niños que acuden usualmente a La Roca, quienes acaban de compartir escenario con el bajista de Pink Floyd y ahora llevan una playera negra que dice “Derriba el muro”.

En cada país que visita la gira de Roger Waters el staff busca organizaciones “que trabajen abajo” para participar en algunos momentos de sus conciertos. Marabunta envió su historia, el staff investigó quiénes eran y, finalmente, los eligieron para que bailaran en la canción “The Wall” y le pegaran a una piñata de Donald Trump.

Miguel hace una reflexión: “Que los niños sepan que es posible otra cosa, que pueden salir del barrio a vivir este momento con uno de los mejores bajistas del mundo.”

La historia de Miguel, director de Marabunta, merece atención. Su juventud fue ruda. Desde jóvenes, Miguel y “su banda” buscaron generar espacios independientes de cultura. A falta de un lugar para formarse, los músicos, escritores y pintores de la colonia fueron autodidactas. Él mismo fue expulsado de la secundaria y del seminario. Sin embargo, fue inspirado por la teología de la liberación. Un cura de la Basílica –que se encuentra, por cierto, cerca de la colonia–, los retaba, en buena onda, a transformar su entorno. Los chicos aceptaron el reto.

Pero Miguel vio cómo sus compas de juventud murieron a edades cortas: entre los 17 y los 22 años. Nueve de ellos incluso murieron durante un periodo muy corto de tiempo. Miguel pensaba que acabaría como ellos. “Nos dimos cuenta que el estigma que cargábamos no solo era por condición de desempleo y de drogadictos, sino porque vivíamos aquí, en la Gabriel Hernández, y siempre cargaríamos ese estigma de barrio de muerte”, dice.

La familia de Miguel tenía, sin embargo, un grupo de espeleología llamado Marabunta. Hacían campismo y alpinismo. Desde entonces comenzaron a realizar excursiones, las cuales, junto con la danza área, son las actividades que más atraen a las nuevas generaciones. El nombre de su organización actual es un tributo a aquel grupo –y otro al trabajo coordinado de las hormigas.

Así que todo empezó con la búsqueda de la dignidad de la banda, de quienes estaban en la calle. “Debíamos demostrar que éramos útiles en el barrio, que no nada más éramos la prángana, la lacra; aclarábamos: si estamos en la calle es porque en la casa hay un desmadre”, dice.

Cuando Marabunta comenzó a realizar actividades fuera del barrio, a involucrarse con los afectados por diversas realidades, cambió el rumbo de los caminos de los vecinos de la Gabriel. Los jóvenes crearon una estudiantina, luego La Urbaneta, una banda de contenido social que hacía happenings. Al final, la Brigada Humanitaria, mediante la cual apoyan a aquellos se ven envueltos en situaciones de violencia en las manifestaciones más rijosas de la capital mexicana. Hoy, en las marchas, es común ver a Miguel rifarse el físico, coordinar, grabar con una GoPro y ser jaloneado por los policías en una hora.

Más allá de los trancazos y el gas lacrimógeno, gracias a esta brigada, los vecinos y chicos de los talleres comenzaron a salir de “La Gabriel” y a envolverse en procesos de solidaridad fuera del barrio.

Hoy sobre Miguel pesan distintas amenazas. Pero ya no es como en la juventud cuando las redadas y los asesinatos cometidos por la policía eran frecuentes. Miguel comprendió que la violencia era sistémica y, por ello, se propuso cambiar el entorno de la colonia, y del país, con el riesgo que eso implica. Desde que Miguel comenzó a trabajar con la banda del barrio han pasado ya 36 años.


Otra forma de buscar la paz

La tragedia de la discoteca News Divine, ocurrida el 20 de junio del 2008, fue uno de los primeros actos de injusticia que sacaron a Marabunta del barrio. Aquel día, los policías del gobierno de la capital realizaron un operativo porque presuntamente en el lugar se vendían alcohol y drogas a menores de edad. Al saber que los policías cerraron local, los asistentes intentaron salir, de golpe, por el pasillo de emergencia. La estampida provocó que doce personas perdieran la vida por asfixia.

El News Divine está a diez minutos de la Gabriel Hernández. Al intentar auxiliar a los jóvenes, los integrantes de Marabunta fueron recibidos a golpes por los granaderos. Marabunta fue una de las primeras organizaciones que defendieron a los familiares de las víctimas.

Cuatro años más tarde, a partir de la marcha del primero de diciembre del 2012, en la que una persona murió y más de un centenar de personas fueron apresadas durante las protestas por la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, la brigada comenzó a documentar violaciones y dar primeros auxilios en estos eventos. El #1DMX los llevó a salir de esta colonia enclavada en el monte, desde donde se mira toda la capital, a visitar lugares como el pueblo purépecha autónomo de Cherán y Ayotzinapa. Después de eso, siguieron visitando otros estados con otras tragedias: fueron a Iguala, por ejemplo, y luego a Veracruz y Sinaloa, a buscar desaparecidos.

El colectivo había realizado anteriormente rescates alpinos, búsquedas y salvamentos de personas, pero nunca habían trabajado con desaparecidos. En el barrio, cuando se perdía un niño en el cerro, era común que los vecinos subieran a buscarlo. Con los años, la organización Marabunta comenzó a formarse en el montañismo. Pero el contexto de las desapariciones forzadas cambio todo.

Como organización, se incorporaron a la Brigada Nacional en Búsqueda de Nuestros Desaparecidos. Su habilidad para buscar personas extraviadas en las montañas cayó como anillo al dedo. Marabunta ya ha logrado un modelo de trabajo. Carla, integrante de Marabunta, explica que las personas con un familiar ausente tienen el ánimo para profesionalizarse con ellos en las búsquedas. Al llegar a una comunidad alrededor de la cual puedan existir fosas, la brigada se apoya en sectores progresistas de la iglesia. En las misas los sacerdotes invitan a familiares para que, de manera anónima, a través de las alcancías de la limosna, escriban lo que saben sobre lugares con fosas clandestinas. Después, analizan los datos y apoyados en ellos definen qué hacer. Para cerrar el círculo, la brigada realiza actividades con la comunidad.

Pero las condiciones siempre cambian: en Iguala trabajaron directamente en la montaña donde peinaron cuevas y pozos. “Íbamos para facilitar el acceso a donde ellos no tienen ni equipo y conocimientos para llegar y explorar. Llegamos con la intención de facilitar los accesos pero el trabajo se ha vuelto más complejo”, explica Miguel.

Miguel cuenta una anécdota de la búsqueda en Veracruz. Las familias se encontraban tristes, sin rastro de nada. El equipo de Marabunta encontró un agujero. Hicieron un anclaje de seguridad con material de alta resistencia y de ahí una línea hasta la boca del pozo. Miguel fue el ancla y otro compañero suyo, “El Chino”, bajó con un costal para sacar una víbora que se encontraba. Pero adentro de la fosa también había huesos.

Los familiares lo celebraron. Es difícil pensar en una celebración así, pero para los familiares fue hermoso porque podían devolverle a alguien la paz. Todo mundo se concentró alrededor del agujero. La forense lo analizó y dijo que los restos eran recientes. Ahí los familiares rodearon el pozo y rezaron:

“No sabemos quién eres, pero ahora que te encontramos, falta poquito para que tu familia descanse.”


Epílogo: hormigas guerreras por la no-violencia

La marabunta es una familia de hormigas nómadas de guerra.

Es paradójico, pero entendible, que esta organización barrial sea una brigada de “hormigas” errantes cuyo fin es la no-violencia activa. A caballo entre la educación popular de Freire y la desescolarizante de Iván Illich, las actividades medulares de Marabunta rondan una máxima inspirada en la obra de Hélder Câmara, promotor de la no-violencia y una de las máximas figuras de la teología de la liberación en Brasil: “la primera violencia es la injusticia”.

Personajes importantes de la teología de la liberación, como el cura Enrique Marroquín, pieza clave del entendimiento de la contracultura en México y la defensa de los sectores de la “onda”, son la inspiración de Marabunta. Aunque también fue importante el paso por el lugar de personas como David Cabañas, hermano del guerrillero y maestro normalista Lucio Cabañas.

Además de la base de la no-violencia y la teología de la liberación, en su proceso de resistencia-resiliencia-rexistencia, la visión comunitaria es la base de todo para Marabunta. La Roca no es casa de cultural horario de nueve a seis. Está abierta a las necesidades del barrio y los intereses de cada quien tienen cabida.

Más que un modelo replicable, Marabunta es una inspiración, una provocación, un aliento: una casa de colores que crece en medio de la plasta grisácea que se come los cerros de la sierra de Guadalupe.

Y efectivamente, “la Gabriel” es un lugar con alta incidencia de secuestro, narcotráfico y asesinatos. La Roca busca ser la manera de generar contrapeso y afectar positivamente este entorno. También es un espacio para aprender a transformarse a sí mismo. A quien está sumido en el vicio y cree que no puede salir, le dicen: “Vamos a la montaña. La verdad es que eres bien útil.”

Hoy, su brigada sigue trabajando en la colonia, donde las ambulancias tardan horas en llegar. Y sigue siendo una referencia en el barrio.

Desde el techo de La Roca, toda la ciudad se mira en la tarde. El viento arrecia y la perspectiva es inmejorable. Carla dice: “Lo que queremos es que después digan: la Gabriel es la colonia donde están aquellos loquitos que quieren cambiar el mundo.”

(Fotografías: Eduardo Velasco.)

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