Marcha por la Familia: las tres islas de nuestro miedo

La Marcha por la Familia se trató de un enfrentamiento de cuerpos contra otros cuerpos: cuerpos movilizándose para negar los derechos de otros cuerpos. Aquí, un relato de los sucesos del sábado en Querétaro.

| Discriminación

Vi pasar, marchando junto a otros, a amigos de la infancia, a conocidos de mi familia, a gente que flota alrededor de mi pequeñito círculo social. Era de esperarse: Querétaro no es muy grande. Soy una isla.


Apropiarse de los modos de protesta

La marcha acaba de empezar. Ellos todavía no se han movido de su marca de salida, frente a la histórica Plaza de Toros Santa María, uno de los pocos resabios del Querétaro de antes, ese que tanto añorarán a lo largo de la protesta. Lo primero que me sorprende es la cantidad de jóvenes: con sus padres, con su grupo religioso, en parejas. Lo segundo: el número de niños que andarán esos 3.6 kilómetros. Son más aún que los jóvenes y llevan pancartas con consignas como: “La adopción es un derecho del niño, no del adulto” y “No arruines mi inocencia”.

Miles de globos rosa y azul pastel, como en un baby shower esquizofrénico. Bicicletas con megáfonos. Drones en el cielo despejado. Banderas del Frente Nacional por la Familia. Sombrillas del PAN. Gorras del DIF. Hábitos cafés sobre cuerpos jóvenes. Chamarras con el logotipo (multicolor, como la bandera prohibida) del programa Vivir Mejor. Banderas de México. Gritos divertidos y gritos encolerizados.

¿Quiénes son ellos? ¿Qué hacen aquí, a las 9 de la mañana, marchando por esto? ¿Qué tipo de familia tienen ellos mismos? ¿Quién los convenció de venir? Hay más mujeres que hombres: ¿qué existe dentro de una mujer para marchar aquí, para pensar que los derechos que su género ganó hace pocos años no los merece alguien más? ¿Tienen conciencia de estos derechos? ¿Quiénes son esos chicos que están acá en vez de estar levantándose tarde, jugando Xbox o leyendo un libro? O aún más: ¿quiénes serán ellos, esos jóvenes y esos niños y niñas, cuando crezcan? ¿Qué tipo de ciudadanos, qué tipo de madres, qué clase de católicos?


La Marcha por la Familia se realizó, de acuerdo con los organizadores, en 113 ciudades del país. La primera de ellas fue en Querétaro. La cita fue a las 8 de la mañana. Duró alrededor de tres horas, al cabo de las cuales se leyó la proclama y, ante el sol abrasador del mediodía, mucha gente terminó dispersándose. Un anticlímax. Los organizadores anunciaron una asistencia de 100,000 personas y las autoridades de 35,000. En Guadalajara los organizadores comunicaron la asistencia de 250,000 personas; las autoridades confirmaron 50,000.

Y no es un número despreciable. Es un éxito, por donde se le mire. Al final, se ven satisfechos. Caminan felices de la mano de sus hijos. Un éxito.


“¿Por qué estamos aquí?”, pregunta el megáfono. “Para defender a la familia”, responde la concurrencia.

El megáfono tiene una carga simbólica: es el objeto para hacerse oír en contra del sistema. Es un signo de la izquierda, de la lucha social. “¿Mi familia es natural?”, pregunta el megáfono. Silencio incómodo. Un sí tímido. “¡Mi familia es natural!”, grita el megáfono. La concurrencia corea. “¡Mi familia es natural, sí!”

Aplausos.


La fácil apropiación de los modos de protesta por la derecha demuestra que esos modos están caducos. Las proclamas comunes en los mítines de la vieja izquierda han sido modificadas para incluir, ahora, los conceptos de Dios, familia natural, diseño original, costumbres, tradición. Pero también: ideología, libertad, justicia.

“Justicia para todos”, gritan. Y la frase ya no dice nada.


Esta marcha no puede empezar sin reconocernos mexicanos. “¿Les parece si cantamos el Himno Nacional?” Todos corean un sí efusivo.

No soy una persona muy patriota, nunca lo he sido. Pero, de alguna manera, este día lo fui. Y lo fui más que nunca. Oí el Himno Nacional cantado por esas voces. Oí el poema que le da letra, un poema bélico y violento, un himno que menciona a Dios en su primera estrofa: nuestro destino fue escrito en el cielo por el dedo de Dios. Sentí el amor a la patria, algo casi desconocido para mí así en abstracto, a partir de su negación: como al viajar, amar la patria al sentirse desconectado, desidentificado, lejano. En esta marcha escuché el himno nacional más triste.


Fue una marcha muy tranquila. Pacífica, respetuosa en sus consignas. Ninguno entre mis interlocutores mencionó algo así como una frase de odio. Todo en paz.

En Querétaro existe un culto a la corrección política. Es un culto propio de las buenas familias, pero también de la Iglesia. En este caso fue, sospecho, un eje rector indispensable impuesto por el Frente Nacional por la Familia para no desvirtuar, en este mundo de respeto y derechos humanos, el movimiento como unidad. Esto hace que, en apariencia, el problema no sea la homofobia. La palabra no se dijo nunca. No se mencionó ni una vez la palabra “homosexual”, ni “gay” ni “lesbiana”. Tampoco se mencionó, en ningún contexto, la palabra “sexo”. Es evidente que el Frente ha apostado por la corrección política. Justo como ellos en la marcha, yo no hablaré de homofobia.

Quizás el repudio a los homosexuales, como hasta hace apenas unos años, ya no es parte de la doctrina católica, sea por el signo de los tiempos o por los advenedizos comentarios del papa Francisco. La marcha, entonces, ha sido un ejercicio desgastante de subtexto: adivinar lo que hay detrás de lo que sí se dice. Si alguien dice “designio original”, hay que adivinar de qué originalidad se trata. Si una pancarta dice “Confusión = abandonar la biología y tomar la ideología”, hay que tantear qué están entendiendo por abandonar, por biología y por ideología. Si un hombre que marcha mientras vende dulces dice “que las parejas puedan tener familia para continuar con la humanidad”, hay que imaginar qué está pasando por su cabeza, acaso un cocido entre el reino del pecado y un mundo distópico. Y preguntar no sirve de nada. Los argumentos son circulares, vacíos. Detrás de lo que sí se dice hay suposiciones, prejuicios y todo un fantasma moral.


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Conservadora alma queretana

La marcha estuvo llena de frases como “QUERÉTARO AL FRENTE”, “LA DE AQUÍ DE QUERETARO ES LA PRIMERA MARCHA A NIVEL NACIONAL” y “HOY QUERETARO ES NUESTRO”. El nombre de la ciudad era un motif eficaz. El orgullo queretano es a menudo mayor que el orgullo nacional y éste se ha vuelto más fuerte en los últimos años. La ciudad, a raíz del terremoto de 1985, ha recibido más y más habitantes. En los últimos 16 años, la población de Querétaro se ha duplicado, y con ello los enormes problemas de desarrollo urbano. Un pueblo agigantado hasta volverse su propio enemigo. Los queretanos “de toda la vida” lloran en las redes sociales: “Si no estás dispuesto a vivir como nosotros, lárgate”. “Querétaro era mejor sin tanto foráneo”. “México ya se hubiera ido a la mierda si no fuera por Querétaro”. Para ellos, un oasis en medio de la fosa común que es el país. Este “país de Andrómacas”, según Carmen Boullosa. Una isla.

A los escritores e historiadores les gusta decir que Querétaro es una ciudad de paso, un cruce de caminos. Lo fue por mucho tiempo. Hoy la ciudad está proyectada para seguir creciendo desmedidamente. Una isla que se desborda hacia las orillas, que empieza a ahogarse.

“De Querétaro salieron para todo México las leyes que defienden las familias y no se someten ante ideologías internacionales”, dice la Proclama por la Familia, un documento entregado a todos los participantes de la Marcha. De aquí, de nuestro lugar. Ése que hoy es nuestro. El mejor lugar del mundo.


En la marcha están Faustino Armendáriz, Obispo de Querétaro, y dos diputados panistas, Carmelita Zúñiga y Juan Luis Íñiguez.


Es curioso que en el camino trazado por la marcha no haya habido ni una sola iglesia.


“La única familia es la conformada por un padre y una madre”, grita alguien.

“Todos tenemos una familia”, grita otro unos minutos después.

Al inicio de Everything is Illuminated, una de las mejores novelas escritas en inglés en los últimos años, Jonathan Safran Foer pone en voz –o en la pluma– de Alex, el inquieto y ambicioso joven ucraniano, una frase que le dijo su madre al explicar por qué viajaba una hora todos los días hasta su trabajo. “Un día harás por mí cosas que odias. Eso significa ser una familia.” Una definición más.


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Cuerpos en choque

El movimiento que originó esta marcha tiene muchos problemas conceptuales. No son una organización académica, lo entiendo, pero sus argumentos son tan falaces que es difícil generar una discusión. Y es que si alguien hace notar la diferencia entre las familias, ellos hablan de la familia natural. Si alguien trae a colación las familias monoparentales, ellos hablan del ejemplo y la perversión. Si uno pregunta qué perversión, ellos hablan de los estudios científicos que comprueban el fracaso de las parejas homosexuales como padres. Si uno cita (y siempre más precisamente que ellos) los estudios que revelan justamente lo contrario (¡y son estudios científicos, como exigen!), ellos regresan a la naturaleza, al orden de lo real. Si alguien intenta desafiar esa concepción del mundo, entonces, a través de la filosofía, la sociología, la antropología, los estudios sobre derechos humanos, los reportes de países donde el índice de bienestar es altísimo, los católicos disidentes, la disonancia cognitiva, la inoperancia de la Biblia o cualquier otro argumento, ellos contestan que así son las cosas. Yo caminé esos varios kilómetros para conversar, para entender qué es lo que está en el centro de esa pasión por la familia heterosexual; para comprender en sus propias palabras qué los hace salir una mañana de sábado bajo un sol abrasador para pasar el día caminando y gritando consignas. Realmente quería escuchar sus razones, entrar en sus mentes para tratar de descifrar sus motivos, como uno descifra los de un personaje que habrá de narrar y conseguir entonces algo parecido a la empatía aun cuando no hubiera acuerdo. Pero, al final, como último argumento, está siempre ése: así son las cosas, así han sido y así deben mantenerse. ¿Por qué? Porque eso es lo correcto. ¿Es que no puedes verlo?

Esto sin hablar de las mentiras sin excusa posible: sobre la patria potestad, sobre la inclusión de material sexualmente gráfico y el adoctrinamiento de los niños en las bonanzas de la transexualidad (que no se encuentran en ningún lugar del documento enviado por el presidente), además de todo eso que Ángel Plascencia resumió en su artículo para El País (y de viva voz de los miembros del Frente): “La homosexualidad es reversible, los anticonceptivos causan esterilidad, la transexualidad es un trastorno mental y existe un ‘lobby’ o grupo de presión gay a nivel internacional para que se creen leyes a favor de la comunidad LGBTI.”


Esta mítica de los otros –la demonización de ciertos sectores (los homosexuales o, peor aún, los transexuales, entre muchos otros), la deificación de otros (ante todo de los sacerdotes)– se da como un signo de lo bíblico en nuestros tiempos. Pero no es tanto bíblico en general como del Antiguo Testamento: Sodoma, eso en lo que podría convertirse la polis de aceptarse lo “anti-natura”; la ira inconmensurable de Dios por atentar contra él o, en términos seculares, contra la naturaleza; la imposición irremediable de las costumbres, de lo que está escrito en algo que, parece, según ellos es lo mismo que la ley.

Es también una visión antigua del mundo –una sin la labor social de la Iglesia, las teologías de la liberación y la dignidad humanas, y que no conoce (o peor, ignora) los movimientos sociales de los últimos dos siglos– traída a la posmodernidad: apela a la permanencia, a la eternidad de la fe (o las fes) y sus preceptos morales frente al devenir del mundo, frente a la historia y sus avatares.

La política y la religión se mezclan hoy en imaginarios sociales peligrosamente complementarios. Nunca debieron haberse diluido, o al menos nunca debieron superar la barrera histórica de la Reforma, la Revolución o la Guerra Cristera. No somos un país laico, nunca lo hemos sido. Pero ahora este amasijo se pone en juego en términos políticos: ¿qué podemos decir nosotros, los laicos, los defensores del Estado sin religión, contra una ciudadanía que no habla desde la institución eclesiástica sino de aquello que la precede, es decir, la cosmovisión construida por ella? En términos políticos, nada más. Con argumentos, con discusión. Pero esto no puede hacerse frente a la mítica. Mítica y política son, hoy, opuestos claros.


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La protesta en la calle, como han sostenido varios autores, es un acto de performatividad. Y en tanto tal, es un acto comunitario que ocurre sobre los cuerpos. Judith Butler la define como “una lucha sobre las formas básicas en que nosotros, como cuerpos, tenemos sustento en el mundo: una lucha contra el desapoderamiento, la invisibilización y el abandono.” El problema es que Butler, junto con el resto de los autores que ha pensado desde la Primavera Árabe 2011 contra los regímenes tiránicos de África del Norte y el Medio Oriente, así como el Occupy Wall Street y el 15M, han partido de la cercanía de esos movimientos a las luchas de izquierda por los derechos y las libertades de los gobiernos, los bancos y las corporaciones. ¿Cómo pensar desde la teoría la reunión de los cuerpos en una protesta que se afinca en un conservadurismo severo en contra de los derechos que han sido paulatinamente conquistados?

En la Marcha por la Familia, se trata de un enfrentamiento de cuerpos contra otros cuerpos, cuerpos que niegan los cuerpos, o los reconocen superficialmente, tan sólo en su existencia biológica. Es, como se ha repetido hasta el cansancio, una marcha contra los derechos. Los que protestan en la calle en este caso, como en muchos donde lo reaccionario se vuelve el centro de gravedad, están luchando no por sí mismos sino en contra de otros. Es, en ese sentido, una apropiación extremista del espacio público.

El problema que subyace ante todo, insisto, es un problema político, no de afinidades o concepciones morales. Lo que se discute es la ley, y la ley es (virtualmente) laica. Va más allá de la plaza pública y se inserta en los cuerpos. “Y cuando las multitudes se alejan de la plaza pública hacia la calle aledaña o el callejón, hacia los barrios donde las calles aún no están pavimentadas, algo más sucede”, dice Butler. “En ese momento, la política no se define más como el asunto exclusivo de la esfera pública hacia la esfera privada, sino que cruza esa línea una y otra vez, trayendo la atención a la forma en que la política está ya en el hogar, o en la calle, o en el barrio, o ciertamente en los espacios virtuales que no están atados por la arquitectura del espacio público.”


Hace poco leí las crónicas de Carlos Monsiváis sobre la historia homosexual en nuestro país, muchas de ellas contenidas en Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual (2010). La sensación al leerlo: todo sigue igual. No hemos avanzado ni un paso. Seguimos ocultándonos, seguimos teniendo miedo, seguimos burlándonos de nosotros mismos y discriminando a los que, dentro de nuestro mismo complejo (la abstracta comunidad LGBTTTI), no son como nosotros, asimilando, corporalizando los prejuicios de allá afuera. Nos seguimos haciendo menos. El discurso sigue atravesándonos, chocando con nosotros.


Los cuerpos padecen este choque. Los cuerpos no heteronormados, los cuerpos diferentes. El problema, parecen no darse cuenta los manifestantes, empieza cuando eso que ellos proclaman (“No te metas con mis hijos”) está sucediendo en el nivel de su propio discurso. Es difícil imaginarlo, doloroso incluso, pero es más que probable que en esa marcha haya habido niños y adolescentes cuya preferencia sexual no sea la que afincará una familia de padre y madre. Ellos mismos se están metiendo con sus hijos, y con los nuestros. Su discurso ha traspasado las barreras de la libertad de expresión para atravesar los cuerpos con un prejuicio, un miedo, un odio irracional. Una costumbre, la tradición.

Ellos pueden marchar. No hace falta recordar esa libertad constitucional, como lo hacen en el podio. Lo que no debería poder hacer nadie (y lo están haciendo) es pedirle al gobierno que eche para atrás una ley que reconoce la existencia y los derechos de las familias otras. Si lo hacen, y sobre todo si lo hacen sin argumentos válidos, se convierten en intolerantes, eso que denuncian en nosotros. Al nombrarlos así –intolerantes, reaccionarios, retrógrados– no nos burlamos, sino que lanzamos una llamada de atención; no tenemos una intención de ofender, sino de hacerlos entender la diferencia.

Si ellos no marchan por el odio, están representando a esos que sí odian, que hieren y que matan.


Solipsismo

Una niña de unos once años se acerca al sistema de sonido. Se ha memorizado un texto, pero improvisa un poco. “Yo como niña no quiero clases que aún no comprendo. No me quites mi inocencia.” Aplausos, ovaciones.

Si bien no todos los católicos están de acuerdo con lo que pide el Frente, ¿cuántos de los que marcharon esta mañana no son católicos?

El riesgo de las marchas siempre ha sido el solipsismo. Somos muchos, no tenemos oposición. Esta calle, siempre en movimiento, hoy está libre por y para nosotros. El silencio de estas calles, completamente anómalo, se rompe solo por nosotros. La ciudad escucha. ¿Qué escucha? La verdad.

Porque no hubo ningún rechazo, ninguna crítica. Ni siquiera alguien que dijera que las familias diversas –es decir, aquellas que no se componen de un hombre y una mujer con hijo(s)– han existido por mucho tiempo y que el axis mundi sigue en donde siempre ha estado, sólido como una roca. Que los homosexuales tienen el derecho de casarse en muchos lugares del mundo, a adoptar en muchos de ellos, y todavía no se ven cuatro jinetes andando por ahí, matando a los infieles. Que también hay un lado de la religión católica que no vemos cotidianamente, el del Padre Solalinde, el de Monseñor Raúl Vera, obispo de Saltillo y nacido a tan sólo unos kilómetros de esta ciudad. “La gente piensa que el obispo no es católico”, es el título de la crónica de Emiliano Ruiz Parra. También es católico, pudo haber dicho alguien.


Policías que se niegan a dar entrevistas. Calor. Vendedores ambulantes. Skatos en la Alameda. Tráfico desquiciado. Selfies desde el podio. Niños llorando. Comentarios aleccionadores. Interlocuciones con un presidente incorpóreo. El cielo queretano: una mezcla del azul provinciano de siempre con el gris capitalino de los últimos tiempos. Una ciudad viva, un apéndice esquizofrénico de la Ciudad de México, un lugar esencialmente tranquilo, hermoso como pocas ciudades del país. El orgullo.

Al final el podio se queda solo. Quizás la isla son ellos. Quizás están gritando para que los rescaten, para que el mundo regrese a ellos tal y como lo conocieron, como se lo narran ellos mismos a partir de las historias que se han contado. Gente común y corriente. Queretanos que quieren sinceramente lo mejor para sus hijos. Queretanos que creen que la verdad se esconde en algún lado de su discurso, sin saber que la verdad se encuentra en la libertad. Quizás. Lo que perseguimos no está en el pasado sino en el futuro. En las banderas multicolor, tanto como en las de México. En las sonrisas de los padres orgullosos, sean heterosexuales u homosexuales.


¿Cómo hacer para ganar esta batalla por los derechos? No es un conflicto moral, como algunos comentaristas lo hacen parecer: es una lucha política, un lucha social que debemos emprender en contra de las concepciones anti-loquesea. Su configuración moral está definida y difícilmente vamos a cambiarla. Debemos cambiar, sin embargo, la mecánica en que esas formas conviven con las verdaderas formas de las libertades. Y eso depende de los que estamos en medio de esa marcha o mirándola pasar. O comentando en las redes sociales lo ridículo y vergonzoso de un sábado como este en todo el país. Depende de un entendimiento mayor de los avatares de la política y de la evolución de las libertades. Ésa, al fin y al cabo, es la izquierda que anhelamos, que creemos destruida. Al fin y al cabo, y lo sabemos bien, ya lo dijo John Donne:

Ningún hombre es una isla

solo en sí mismo.

Cada hombre es la pieza de un continente

una parte de la tierra firme.

Eso ellos solo lo entienden en las marchas.

(Fotos: Frente Nacional por la Familia Querétaro.)

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