Maricón de ambiente en México

Términos como "maricón", "jota", "mayate" y "chacal" evidencian la asociación que la cultura popular ha establecido entre homosexualidad y estigma social. Comprender su raíz es comprender su vínculo con la desigualdad.

| Género

Posada,_José_Guadalupe_(1852-1913),_El_baile_de_los_41_maricones_-_1901,_p._1_dett (2)

En un artículo anterior argumenté que, mientras en México el término gay describe una identidad sexo-genérica al mismo tiempo que la clasifica dentro de una estructura pigmentocrática, en Anglo-Norteamérica gay describe una identidad sexo-genérica y una estética específica. Esta clasificación estética del adjetivo se usa, por ejemplo, para calificar como “súper gay” una blusa de lentejuelas rosas con un unicornio o para describir objetos y actitudes relacionadas con la década de los ochentas, como playeras entalladas sin mangas, de colores brillantes, con pantalones de cuero o de mezclilla igualmente ajustados. No estoy argumentando que estos significativos no se lean también como “súper gay” en México, sino que estos son reconocibles solo para aquellos sujetos con capital cultural, movilidad y poder adquisitivo.

El vocablo gay, entonces, solo es traducible y aplicable en México, con esa misma significación, para aquellos y aquellas homosexuales que pertenecen a la clase media y media alta, sujetos que además suelen ocupar el lugar social de “la blancura” –ese espacio de privilegio que en México está limitado por la pertenencia a una clase y asociado a cierta tonalidad de piel, y que, como lo define Mónica Moreno, alude sobre todo a una posición relacional, al igual que otras categorizaciones sociales como el trabajo, el género y el gusto: dónde estás y con quién estás.

La estética que califica el adjetivo gay en Anglo-Norteamérica es en México equivalente a “maricón de ambiente”. Maricón es, probablemente, el primer término utilizado por la prensa para hablar al mismo tiempo de la homosexualidad y del afeminamiento masculino. Maricones, la versión plural, se utilizó por primera vez en la prensa mexicana el 17 de noviembre de 1901 para describir a los asistentes al “Baile de la Redada de los 41”, específicamente a aquellos vestidos como mujeres. “Aquí están los maricones. Muy Chulos y Coquetones”, fue el titular que acompañó la litografía de José Guadalupe Posada sobre el escándalo de aquella fiesta de clase alta allanada por la policía.

Así, desde 1901 se instaura en la prensa y en grandes sectores de la cultura popular mexicana la asociación entre la práctica del deseo sexual de varones por varones y una estética particular: la de afeminamiento masculino. A través de los años, sin embargo, esta asociación ha sufrido un giro en términos de clase. Mientras que los asistentes a la fiesta irrumpida por la policía en 1901 provenían de la élite política y cultural –cuenta la leyenda urbana que el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre, fue uno de los probables asistentes–, los maricones contemporáneos son asociados con los sectores populares.

El término maricón o marica es presuntamente derivado del nombre femenino María, como la Virgen: maricón sería la “feminización masculina” de ese nombre. Así, maricón es asociado con el afeminamiento masculino. Es precisamente esta transgresión estética del género –asociada a ciertos sectores sociales– lo que define quién es gay y quién es marica en México.

Por otro lado, si bien el término gay fue traducido al español como de ambiente durante la década de 1930, ambiente no es la traducción literal de gay, que significa “alegre” o “feliz”. “Ser de ambiente” en México significa pertenecer a un ámbito social en que es más o menos seguro tener gustos y deseos por el mismo sexo. “Ser de ambiente” funciona, así, como la forma codificada para poder, de alguna manera segura, salir del clóset. Además, “ser de ambiente” en México no significa solo tener preferencias sexuales por el mismo sexo, sino también pertenecer a cierto ámbito limitado por el status social: el de la clase media baja y baja.

Aunque el presente análisis se dedica principalmente a los varones, es importante mencionar las investigaciones de Anahi Russo Garrido sobre el significado de “el ambiente” en la homosexualidad femenina en México. Russo Garrido ha señalado cómo la exclusión y las actitudes “clasistas” que se reproducen en estos medios hacen imposible cumplir la promesa de encontrar un lugar seguro para la expresión de las sexualidades disidentes. Más importante aún, Russo Garrido señala cómo es común que en estos medios “la clase reemplace a la identidad sexual, a la intimidad o a la práctica en los criterios para la formación de alianzas entre individuos”.

Esta distinción de clase social prevaleciente en los círculos de ambiente apunta además, en conjunción con la tonalidad de piel, hacia la formación de una estética visible en la transgresión de género en México. A pesar de que existe discriminación y repudio potencialmente para todos los homosexuales y gays, la homofobia conoce ciertos límites: sabe distinguir socioeconómicamente contra quién y dónde ejercerse. De acuerdo con Carlos Monsiváis, este límite es inaccesible para los homosexuales más “obvios” –es decir, “los afeminados pobres, los travestis, los ‘maricones de burdel’”. Así, estos límites se establecen en función del “dinero”, pues los homosexuales con recursos económicos tienen la “movilidad y la franqueza de intenciones que desconocen los carentes de recursos”. Estos últimos, los “carentes de recursos”, son los que se permiten la transgresión de género, porque ya no tienen nada más que perder.

La “performatividad de género” –concepto acuñado por Judith Butler–, que determina la inteligibilidad o la ininteligibilidad del sujeto mediante el establecimiento de una línea de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo, en México es determinada además por las maneras en que se vincula con la clase social y tonalidad de la piel, apuntando así a un proceso de subjetivación diferente al anglo-norteamericano. En la ciudad de México, por ejemplo, en los bares para gays y lesbianas de clase media y alta la presentación de género parece seguir esa línea de continuidad y coherencia, es decir, la clientela consiste de gays “masculinos” y lesbianas “femeninas”. Donde la presentación de género es más a menudo transgredida es en los bares de clientela proveniente de la clase popular. Ahí se encontrarán muchos más hombres “afeminados”, vestidas y travestis, así como muchas más mujeres “masculinas”.

Desde los inicios del Movimiento de Liberación Homosexual, como señala Sofía Argüello Pazmiño, los militantes homosexuales han buscado desasociarse –utilizando muchas veces el lenguaje “científico” de la patologización– de aquellos homosexuales más estigmatizados por los medios, es decir, los que transgreden su presentación de género: los “maricones de ambiente”. De esta forma, la clase y la presentación de género han constituido la línea de división primordial dentro del movimiento.

Desde la cobertura de la primera marcha del movimiento homosexual en México, realizada el 26 de julio de 1978, la prensa ha utilizado por igual vocablos como “lilos”, “invertidos” o “jotos” para referirse a homosexuales. Tan solo seis años después, durante la Sexta Marcha Nacional del Orgullo Gay en 1984, el uso de estos vocablos ya apuntaba a divisiones entre integrantes del movimiento y sus respectivas organizaciones. El conflicto se daba entre, por un lado, aquellos militantes homosexuales que consideraban imperativo el cumplimiento de parámetros normativos sociales como “la moral”, “la decencia”, el ser “buenos ciudadanos” para disociarse de “cargas identitarias valoradas como estigmatizadas/estigmatizantes” y, por otro, los homosexuales estigmatizados y criminalizados por los discursos mediáticos, es decir “travestidas, mayates, chichifos, mujercitas, jotos, bonitas”.

Joto es un término acuñado a raíz de que los homosexuales más pobres fueron enviados a la crujía “J” del Palacio Negro de Lecumberri; se asocia desde entonces a un homosexual afeminado. Mayate es una expresión usada para referirse a un hombre que gusta de las chicas transgénero (o transexuales en el habla coloquial), aunque también, de acuerdo con Annick Prieur, se refiere a “hombres que, sin ser femeninos ni considerarse homosexuales, tienen relaciones sexuales con otros hombres”. Chichifo se utiliza para referirse al hombre que intercambia relaciones sexuales por dinero, ropa, bienes y otros beneficios. Chacal ha sido definida por Del Otro Lado, “revista gay de México y de América Latina”, como un sujeto “masculino y de origen social medio bajo”, y aunque existe la idea de que tienen la característica de ser “mestizos”, “morenos” y “lampiños”, también los hay “güeritos y bigotones” –lo que define entonces a un chacal es su “endiablado gusto por la penetración”, siendo la mayoría de ellos “activos”; a diferencia de los chichifos, no están necesariamente “recompensados”.

Es imposible conocer las prácticas sexuales en detalle o saber lo que realmente sucede en la cama durante un encuentro sexual pero, para fines de este análisis, algunas de las denominaciones propias de México, como chichifo, mayate y chacal, son utilizadas para referirse a hombres que tienen sexo con hombres, que no son “afeminados”, y que pueden o no intercambiar servicios sexuales por dinero. Por otro lado, joto (o jota) define a un sujeto de sexo varón con un afeminamiento en su género. En cualquiera de estas denominaciones, no estamos hablando de sujetos de clase media alta o alta que salen del clóset como chichifos o mayates.

Argüello advierte cómo en “Eutanasia al Movimiento Lilo”, un panfleto de mediados de los ochentas del Colectivo Sol, “nociones como decente, bien portado, trabajador (con trabajo estable, con buen salario, y cumplido con sus impuestos)”, entre otros, definían al “homosexual asimilado”. Aún más, Argüello señala cómo los conflictos tanto dentro del movimiento homosexual como fuera de él se daban debido a “la diferenciación de las masculinidades homosexuales feminizadas” (expresada, por ejemplo, en que algunos activistas del movimiento “vestían de mujer”) y conflictos de clase. Es interesante notar cómo entonces la visión política, en su mayoría de izquierda, no era un eje en pugna, como sí lo eran la clase social y el género, que fueron los atributos que se conjugaron para la “asimilación gay”. Esto no es muy diferente a las pugnas actuales entre los organizadores de la marcha gay, como aquella entre activistas trans y “homonormados” (como son llamados precisamente por algunas activistas trans).

De acuerdo con Carlos Monsiváis, en la década de los noventa, después de la crisis del VIH, el término maricón fue desplazado por el vocablo gay en la prensa mexicana. Este cambio coincidió con la entrada de términos como “homofobia” y “crimen de odio” —todo un nuevo lenguaje introducido como respuesta a la innegable crisis del SIDA en México.

Es importante notar cómo la palabra gay se entiende como un término asociado a los derechos civiles, pero al mismo tiempo también a una identidad de consumo y a una asimilación a la hegemonía cultural estadounidense. Este no es solo el caso en México. María Elvira Díaz Benítez observa cómo en Brasil el término gay se ha constituido como una “norma estética” que desde los tiempos de Stone Wall ha efectuado una “normalización de los individuos bajo un solo un modelo de identificación” por el que los “hombres blancos, de clase media, intelectualizados y liberales” se convirtieron en gay. Esta naturalización de la identidad gay “invisibilizó y negó el hecho de que no todas las personas homosexuales poseen dichas características”.

Un sujeto gay en México no es el maricón, el joto, la jota o ni siquiera el puto “de ambiente”. Cada uno de estos términos ha tenido historias y geografías particulares. Salir del clóset en México es, así, un acto performativo distinto al de salir del clóset en Estados Unidos, ya que las enunciaciones “soy gay”, “soy maricón” o “soy puto” designan en México una identidad sexo-genérica asociada con clases sociales distintas, las cuales son a su vez inseparables de una cierta tonalidad de piel. Así, salir del clóset en México como gay, maricón o puto, apunta a un proceso de subjetivación definido tanto por una identificación sexo-genérica como una identificación pigmentocrática; este proceso de subjetivación es entonces diferente al establecido por las principales teorías performativas de sexo-género anglosajonas. Mientras gay en inglés es un término carente de diferenciación económica, en español tiene una connotación de desigualdad social. A su vez, términos como maricón, joto, jota, mujercito, mujercita, bonita, lilo, apuntan a la asociación que los medios y la cultura popular han establecido entre la homosexualidad y el afeminamiento masculino, con el resultado de generar la estigmatización de estos sujetos debido a su transgresión del género y la clase social.


Este ensayo es el segundo de una serie de textos para Horizontal que explora los vocablos propios de la homosexualidad en México –como “maricón”, “joto” y “de ambiente”–, así como las diferencias entre queer/cuir y sexualidades periféricas, y travesti, transvestite e identidades transgénero y transexuales.

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