Marxismo para el futuro

Karl Marx imaginó una crítica total de la sociedad industrial del siglo XIX y de la historia. Ante un nuevo mundo –con nuevas formas de control y poder, con nuevas desigualdades–, la actualización de los preceptos más penetrantes del marxismo es una tarea urgente.

| Teoría

Una izquierda inteligente en nuestro tiempo no podría ni ser enteramente marxista ni vivir sin el marxismo. Como el exministro de finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis, nos recuerda, hoy el marxismo es más útil si es “errático”, irreverente, no doctrinario. Esto significa que, para ser eficaces, los desafíos políticos al capitalismo contemporáneo –sin olvidar otros ámbitos de injusticia o peligro como el racismo o el cambio climático– deben revisar, resistir y complementar el pensamiento de Karl Marx. Consideremos, en este sentido, cuatro argumentos del marxismo.

  1. El capital organiza todo en el mundo moderno, y el capital es producto de la explotación laboral.

La primera parte de esta sentencia sigue siendo profunda e importante. El materialismo de Marx era imperfecto y exagerado, pero esto no niega su demanda esencial: que los hombres son únicos en tanto que son productores de su propia existencia y, por lo tanto, productores de su propia historia y mundo. Además, un sistema de producción como el capitalismo, más que dominar, crea todo a su propia imagen –hasta a nosotros mismos. Esta intuición es vital para la era “post-productiva” del capitalismo financiero. Si no, ¿cómo entender la financialización tanto de la naturaleza como de los objetivos de los Estados y las organizaciones no gubernamentales, las universidades y las corporaciones, las start-ups y la vida social en general? ¿Cómo sino con esta intuición podemos entender la transformación de los hombres en lo que el filósofo Michel Feher llama “fragmentos de crédito en busca de capital” –ya sea como estudiantes construyendo su currículum o editores de publicaciones de izquierda buscando, desesperadamente, likes en Facebook? ¿O que nuevas aplicaciones que son gratis para los usuarios y poco rentables estén valuadas por inversionistas especulativos en decenas de millones de dólares? ¿O cómo entender que los destinos de democracias (antiguamente) soberanas como la griega hayan terminado por depender de la calificación de sus bonos y su deuda, que depende a su vez de las instituciones financieras globales y de los ministros de finanzas de otros países? Más que monetizar todo, el capital financiero ha transformado la naturaleza y medida del “valor”; esto ha reconfigurado los Estados, las marcas, las organizaciones no lucrativas, así como las aspiraciones sociales, la conducta humana –y hasta la ansiedad del hombre de nuestros días. Marx no anticipó esta etapa, pero nos dejó categorías esenciales para entender el poder del capitalismo para modelar el mundo y sus sujetos.

La segunda parte de esta sentencia –la explotación laboral como la fuente de todo valor– es menos útil en nuestros días. El trabajo inclemente y mal pagado sigue siendo una fuente de lucro y un importante motivo de crítica y organización. Casi todo lo que comemos y vestimos, y de lo que usamos para escribir, es el fruto del trabajo en esas condiciones. La explotación laboral, sin embargo, no es el manantial del capital financiero y su dominación creciente sobre el planeta. Esto fue y es suficientemente obvio en, por ejemplo, la crisis de la Unión Europea, el presente frágil de la economía china y las estrategias personales cotidianas de desarrollo de capital humano. La explotación laboral no conduce a la devastación –social y del planeta, de comunidades y democracias, de granjas y universidades– producida por el imperativo neoliberal y su programa. (Ni tampoco podemos sustituir aquí simplemente la relación capital/trabajo por la de crédito/deuda. La mayoría de los Estados y las empresas y las personas son, hoy, tanto deudoras como acreedoras.) El neoliberalismo y la financialización han introducido nuevos actores y poderes; un análisis de nuestro presente requiere un estudio más complejo del que la teoría de valor puede ofrecer: un estudio que examine las fuentes del capital, sus medios de fortalecimiento y sus capacidades para transformarse.

  1. La verdad y las dinámicas fundamentales del capitalismo no se encuentran en los mercados.

Los mercados son el centro de atención de los economistas y los ideólogos capitalistas, dice Marx, pero se tiene que mirar detrás de ellos para comprender el verdadero mecanismo y los daños del capitalismo. ¿Cómo es que el capitalista, el trabajador y las mercancías se crean? ¿Cómo se producen las ganancias? ¿Cómo se crea valor? ¿Cómo se reproduce la división de clases? Las respuestas a estas preguntas nos dirigen a las esenciales pero escondidas dinámicas del capitalismo; también desmienten la supuesta apariencia de libertad y justicia de los mercados.

Para Marx, las verdades ocultas del capitalismo estaban albergadas en la esfera de la producción –la zona en la que las mercancías se crean y de la que el capitalista extrae el excedente de trabajo del trabajador. ¿Podemos adaptar este planteamiento a la era del capital financiero? En lugar de mercados financieros, estudiaríamos las fuentes y los mecanismos de la financialización: el aumento del valor de los accionistas; la creciente complejidad de los instrumentos de la especulación, la monetización, el crédito y la deuda; la capacidad y poder de las agencias calificadoras y las calificaciones financieras para apreciar y depreciar el capital. De esta manera, identificaríamos los orígenes de la quiebra económica de Grecia en las bases neoliberales de la Eurozona, la crisis de 2008 y la estrangulación económica insertada en las rondas previas de restructuración de la deuda. Comprenderíamos la “espiral de la muerte” de la economía puertorriqueña como una instigación de todos los agentes involucrados en la construcción de su capital en las últimas tres décadas, incluyendo a los constantemente degradados bonos de “triple exención fiscal” que generaron una deuda impagable, y la inversión extranjera libre de impuestos. No culparíamos al hambriento y ahogado por su fracaso.

  1. El capitalismo tiene una pulsión de vida y una de muerte.

La pulsión de vida del capitalismo es el imperativo de crecer gracias a la búsqueda constante de mano de obra barata (y de abaratar la mano de obra), la constante producción de nuevos mercados y nuevas mercancías, la constante innovación, y la constante invención de nuevas fuentes de valor. La pulsión de muerte del capitalismo abruma violentamente las necesidades de la vida humana, del planeta y de la vida de la democracia. La voracidad –y no simplemente la injusticia y la desigualdad– es lo que hace del capitalismo irreconciliable con cualquier tipo de sustentabilidad.

La pulsión de muerte del capitalismo está sobredeterminada. Por un lado, Marx teorizó las tendencias que llevarían a las crisis del capitalismo –la sobreproducción, el consumo insuficiente, y la incapacidad para convertir la plusvalía en ganancia. (A esto, el capital financiero suma las crisis de liquidez, las burbujas, la deuda, el valor monetario, la volatilidad excesiva, y la manipulación de los mercados.) Por otro, Marx describió al capitalismo como el “productor de sus propios sepulteros”, pensando en una masa de crecimiento constante de trabajadores explotados y desposeídos que eventualmente se rebelarían y heredarían el gran logro del capitalismo –su espectacular capacidad productiva generada por su pulsión de vida. Una vez que esta herencia fuera incautada por la gente, compartida y reorganizada racionalmente para las necesidades humanas, Marx creía, ya no tendríamos que trabajar para vivir. Liberados al fin de la necesidad, podríamos finalmente dedicarnos a inventarnos individual y socialmente. Seríamos finalmente libres.

No hay duda, esta libertad imaginada por Marx al “fin de la historia” siempre nos eludirá. Aun así, Marx sugiere un futuro más estimulante que uno formado por la mercantilización –y ahora financialización– omnipresente de nosotros y del planeta. Esto anima la lucha por alternativas, que hoy en occidente se extienden desde Syriza hasta Podemos, Occupy, Ahora en Común y Sinn Féin. Más que una lucha de clases, esta es una lucha por el futuro del mundo.

  1. No existe Dios. Nada motiva nuestra historia y organiza nuestra vida fuera de nuestros poderes y, sin embargo, paradójicamente, los humanos nunca han controlado su propia existencia.

A lo largo de toda la historia, hemos sido dominados y embrujados por poderes que emanan enteramente de la actividad humana, pero que se nos escaparon de las manos. No obstante, decía el todavía teológico Marx, hemos venido a este mundo para superar esta condición: la historia avanza progresivamente hacia la recaptura de estos poderes alienados. Con el comunismo, sigue el relato marxista, podremos por fin controlar las condiciones de existencia en lugar de ser controlados por ellas.

Si examinamos las partes de este planteamiento por separado, podríamos llegar a la siguiente conclusión: el diagnóstico de Marx acerca de un mundo fuera de control es correcto, su visión progresiva de la historia es incorrecta, y su ideal político sigue siendo indispensable, en especial en la peligrosa coyuntura histórica en que vivimos. No podemos abandonar el sueño de una democracia radical y, en su lugar, rendirnos al gobierno de los mercados, los expertos y las maniobras políticas indiferentes al bien común. No podemos renunciar al ideal marxista de hacernos colectivamente cargo de nosotros mismos, aun si esta ambición debe estar ahora templada por la humildad de nuestro lugar en el planeta.


Este ensayo se publicó originalmente en Dissent.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de Pierre Wolfer.

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