México ante Trump: si esta es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?

El gobierno no ha sabido reaccionar: el problema no es solo el discurso xenófobo de Donald Trump, sino las implicaciones políticas de que exista un electorado que apoya ese discurso.

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¿Qué comunican las más recientes declaraciones de funcionarios del gobierno mexicano, sobre todo del propio presidente Peña Nieto, respecto a la sucesión presidencial en Estados Unidos? ¿Está México preparado para enfrentar lo que significa el éxito de Donald Trump?

El 1 de marzo Bloomberg difundió un par de declaraciones de Francisco Guzmán, jefe de la oficina de la presidencia, en las que el funcionario procuró minimizar el riesgo de la candidatura de Trump y oponerle pragmatismo al escándalo. Lo suyo fue tratar de transmitir tranquilidad a los inversionistas, proyectar la seguridad de quien asume que lo de Trump son exageraciones propias de la temporada electoral y que si llega al poder tarde o temprano tendrá que moderarse.

El 3 de marzo Milenio publicó una entrevista con Luis Videgaray, secretario de Hacienda. En ella hubo un deslinde categórico pero cuidadoso, una réplica directa pero que evitó escalar la confrontación. No por realista su mensaje deja de ser incómodo: de ninguna manera México acatará los desvaríos del aspirante republicano respecto a la construcción de un muro fronterizo, mas si gana tendremos que encontrar algún tipo de modus vivendi con él.

Finalmente, el 7 de marzo el propio presidente Peña Nieto ofreció un par de entrevistas con El Universal y Excélsior. Por un lado, advirtió que no haría señalamientos particulares de ningún tipo, que el gobierno mexicano se mantendría al margen del proceso electoral en curso y que gane quien gane México buscará construir una mejor relación con su vecino del norte. Pero, por el otro lado, condenó los posicionamientos de Trump, consideró que se basan en el desconocimiento y terminó comparando la posibilidad de su triunfo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Algo así como si dijera no quiero polemizar pero, con todo respeto, ese señor me recuerda a Hitler.

Ya antes se habían pronunciado dos secretarios, el de Gobernación y la de Relaciones Exteriores. Luego hicieron estas nuevas declaraciones el jefe de la oficina de la presidencia y el secretario de Hacienda. ¿Por qué habrá considerado el presidente que valía la pena o que hacía falta, además, que él mismo interviniera? ¿Por qué en ese momento, por qué a decir eso y a decirlo así? ¿Cómo interpretar las diferencias en los tiempos, los medios, los mensajes, los tonos y los destinatarios de todas esas voces? ¿Hay una posición oficial o cada quien está hablando por su lado?

En cualquier caso, como conjunto esas respuestas del gobierno mexicano acusan dos equívocos.

El primero es insistir en que la retórica anti-mexicana de Trump es producto de la incomprensión, como si Trump recurriera a ella porque no conoce los beneficios que obtiene Estados Unidos de la relación bilateral con México ni sabe lo que ocurre en la frontera. Dicha línea de argumentación es absurda porque el propósito de Trump no es ser ecuánime en su representación de la realidad sino ganar adeptos. Y su retórica se ha mostrado muy efectiva para conectar con ciertos sectores de la sociedad estadounidense y reclutarlos a su favor. No es por ignorancia, pues, sino por estrategia.

El segundo es reaccionar como si el problema se agotara en la aspiración personal de Trump, sin acusar recibo de los procesos mucho más amplios dentro de los que esta se inscribe. Por un lado, porque en el éxito de Trump se afirma una fractura entre las bases y las cúpulas del partido republicano que tendrá implicaciones profundas en la política interna estadounidense y, por ende, en la relación con México. Y, por el otro lado, porque su candidatura forma parte un nuevo auge de los movimientos anti-inmigración, anti-integración y anti-establishment tanto en Estados Unidos como en Europa, un fenómeno con cuyas consecuencias México tendrá que habérselas ya no digamos en el escenario de que gane Donald Trump, sino incluso aunque perdiera. Las fuerzas que lo nutren no van a desaparecer.

Ante el avance de un candidato a la presidencia de Estados Unidos que representa una clara y grave amenaza, el gobierno mexicano primero guardó silencio y ahora contesta con un mosaico de declaraciones dispersas, improvisadas y sin claridad de propósito. Es una respuesta a la que se le nota que tenía que decir algo, pero no que tuviera algo que decir.

(Foto: cortesía de Mapbox.)

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