¿México es el país más feliz del mundo?

Los índices de bienestar que produce el INEGI dan cuenta de un país donde la discriminación y la desigualdad económica son la regla. El bienestar (y la felicidad) es así un campo fértil para la politización.

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Tener hijos nos hace menos felices. También tener mascotas (los gatos restan más felicidad que los perros). Las mujeres son menos felices que los hombres. Y, en este país, nada afecta tanto la felicidad como ser indígena. ¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones? ¿Qué nos dicen del país en que vivimos?

Desde hace algunos años el bienestar subjetivo, entendido por lo general como la suma de la felicidad y la satisfacción de vida de las personas, ha comenzado a ser medido como un aspecto del desarrollo. En México los primeros resultados a cargo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) se midieron mediante el módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) en 2012 y, desde entonces, se ha dicho que la mayoría de los mexicanos somos felices. Esta conclusión provocó revuelo en la prensa local, por el contraste ante lo que ésta consigna diariamente sobre nuestra debacle nacional. Por si fuera poco, México se encuentra –según los indicadores– entre los países más felices del mundo. Y no solo están las mediciones del INEGI: hay también otras encuestas, nacionales y extranjeras, que coinciden con esta paradójica felicidad mexicana.[1]

Sobra decir que no todo es felicidad. Las encuestas a cargo del INEGI registran que los mexicanos estamos contentos con nuestra vida privada, pero insatisfechos con el país y, sobre todo, con la seguridad ciudadana. Algunos datos de la encuesta piloto de 2012 revelan la representatividad de la muestra e incluso el estado del país: el 71% de los encuestados nunca había volado en avión, el 82% no tenía tarjeta de crédito y casi el 4% tenía un pariente desaparecido o extraviado.

Las mediciones de la felicidad dan material de sobra para la controversia (por ejemplo, pienso en la crítica de Davies a la versión más comercial de esta tendencia), pero aquí me concentraré en los datos del INEGI publicados este año y en los tabulados ampliados que desagregan la correlación entre el bienestar subjetivo y diversos aspectos puntuales. No está de más subrayar que la estadística es una disciplina que parte de generalizaciones. Para dar un ejemplo conocido: ya que la población mundial tiende a estar formada por números semejantes de mujeres y hombres, estadísticamente el ser humano promedio tendría un testículo y un seno. Sin embargo, estas hojas de cálculo, desde su aparente esterilidad matemática, arrojan una serie de datos sobre el bienestar subjetivo nacional que van de lo curioso a lo deplorable.

Es interesante que en los estudios más recientes el INEGI haya extirpado casi por completo la palabra “felicidad”, posiblemente por las reacciones que el término provocaba en los medios. Lo sustituyó por el más rebuscado “eudemonía”, de raigambre griega y que la Real Academia Española define como: “estado de satisfacción debido generalmente a la situación de uno mismo en la vida”, aunque las encuestas siguen midiendo y hablando básicamente de lo mismo.


Nuestra felicidad en datos

La mayoría de las mediciones sobre bienestar consisten en pedirle a la gente que califique su vida en una escala de 1 al 10 en diversos aspectos. En México el promedio de felicidad tiende a ser de 8, pero ¿qué nos resta o que nos da mayor dicha, y qué tanto? A continuación revisaré algunos promedios generales del país en dichos tabulados sobre el bienestar para comenzar a responder esta pregunta.

En México la familia es, por mucho, el aspecto más relacionado con el bienestar subjetivo. La paradoja es esta: no tener hijos nos hace dos décimas más felices con la vida. Si lo desagregamos por género, los hombres pierden una décima de satisfacción al tenerlos y las mujeres tres, seguramente por la mayor cantidad de trabajo que implican para ellas. Esta información, que causa chispas con la visión hegemónica mexicana de la vida, ha sido apoyada por investigaciones que han observado una tendencia semejante en varias partes del mundo. Aquí hay un artículo de divulgación que da un palmario recuento apoyado en diversas evidencias. Cabe resaltar que la tendencia también depende de la edad y las condiciones en que se tenga a los hijos.

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Este es tan solo uno de los campos que contribuyen a que las mujeres en México estén dos décimas menos satisfechas con su vida que los hombres, una brecha de género que el INEGI define como la diferencia entre el promedio de los hombres y el de las mujeres. Resulta elocuente que esta brecha sea más marcada en los siguientes apartados: “Soy libre para decidir mi propia vida”, “El que me vaya bien o mal depende de mí” y “Tengo fortaleza frente a las adversidades”.[2]

Por otro lado, la sociabilidad es fundamental para la felicidad. Estar casado es el estado conyugal que más bienestar subjetivo trae a la población, de una a cuatro décimas por encima de los divorciados, viudos, separados o quienes viven en unión libre en la mayoría de los aspectos que se miden. Reunirse con familiares o amigos en los 30 días previos a la encuesta trae una diferencia de medio punto a no haberse reunido con ellos; este incremento se mantiene aun si el contacto es mediante teléfono o algún medio digital. En cuanto a otro tipo de compañía en el hogar, tener una mascota baja en promedio una décima de satisfacción de vida; y tener un gato baja dos décimas más que tener un perro u otro tipo de animal.

Con respecto al ingreso por hogar hay una tendencia clara: a mayor ingreso aumenta el bienestar subjetivo. El promedio de diferencia entre el primer decil (el 10% de la población) más pobre y el que tiene mayores ingresos es de ocho décimas, tal vez menos de lo que podría suponerse. La educación causa una diferencia aún más marcada, pues el bienestar subjetivo aumenta más de un punto (1.1) entre carecer de educación y el posgrado. (El posgrado, por otra parte, resta una décima respecto a sentirse optimista del futuro de uno mismo.)

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Hablar español y una lengua extranjera da 5 décimas de satisfacción de vida adicionales (8.4) a solo hablar español (7.9). Es poco probable que este aumento tenga que ver con la dicha de declinar verbos en francés u otro idioma; más bien se relaciona a cuestiones como mayor nivel socioeconómico y educativo, que contribuyen al bienestar subjetivo. Hablar una lengua extranjera sin hablar español resta cuatro décimas (7.5) en comparación a solo hablar español. Pero la diferencia más notoria proviene de hablar una lengua indígena sin hablar castellano, lo que resta un punto y tres décimas de quienes solamente hablan este último (6.6). Esta diferencia debería causar indignación: se acerca al doble de la que existe entre el decil más bajo y el más alto de ingresos. Es difícil hallar otro factor en estos tabulados que disminuya tanto la satisfacción de vida en México como ser indígena y no hablar español, pero la cosa no termina ahí. Un hombre que sólo habla lengua indígena tiene un promedio casi un punto mayor que la mujer (7.3 y 6.4, respectivamente). Estamos ante el grupo cuyo bienestar subjetivo es el más castigado en México: las mujeres indígenas que no hablan español.


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México, ¿el país más feliz?

¿Cómo interpretar estos altos niveles de felicidad, así como los factores que le suman o le restan décimas? Los mexicanos somos felices aunque nuestra felicidad pueda parecer inexplicable frente al estado del país o la inseguridad, problemas atribuibles al gobierno. Hay una dimensión política del bienestar subjetivo que gradualmente se incorpora en distintos dominios, por ejemplo, el electoral. Se asomaba desde el lema de campaña de Ernesto Zedillo (“Bienestar para tu familia”) y su presencia está aún más clara en propagandas recientes como la del gobernador electo de Colima, José Ignacio Peralta, cuyo slogan anunciaba: “Vas a vivir feliz, seguro”. Este uso político de la felicidad podría caer fácilmente en excesos retóricos, como justificar el rumbo de un gobierno porque la gran mayoría de la población está feliz así. Las marchas de septiembre de este año en defensa de la familia tradicional, ultraconservadores y extraviadas en sus argumentos, podrían aducir que este modelo familiar debe preservarse pues es la principal fuente de felicidad y satisfacción para los mexicanos.

En realidad es al revés: la cerrazón de criterio y conductas promovida por el Frente Nacional por la Familia desembocan en uno de los factores que más merma la satisfacción de vida mexicana: la discriminación. Dependiendo de nuestro color de piel, etnia, aspecto físico, o clase social podemos en promedio perder un punto, lo que se relaciona con los ya varios artículos que Horizontal ha publicado al respecto. La pérdida de bienestar subjetivo es semejante por discriminación ante la preferencia sexual, por lo que estas marchas en defensa de un modelo de familia que excluye a varios sectores solo pueden contribuir a su infelicidad. Este movimiento es un claro ejemplo de la espina que los mexicanos colocamos en el costado de nuestra dicha mediante el hábito de hacernos menos unos a otros.

Una paradoja en el caso de México es que tal vez perder algo de felicidad sería conducente para el desarrollo. La Encuesta Nacional sobre Satisfacción Subjetiva con la Vida y la Sociedad (ENSAVISO) de la UNAM concluye que los mexicanos somos tan felices, en parte, porque evaluamos nuestro bienestar subjetivo de acuerdo con estándares muy bajos. Es decir, a veces tener lo mínimo es suficiente para sentirnos satisfechos con la vida. Una perspectiva más crítica y estándares más altos disminuirían la satisfacción de la población, pero también nos volverían más exigentes y tal vez más activos para requerir una situación mejor. La felicidad tiene una dimensión política: es necesario comenzar a politizarla.

(Foto: cortesía de Adrian Berg; gráficas: Sebastián Vargas.)


Notas

[1] Para dar algunos ejemplos están dos recientes de la UNAM (ENSAVISO 2015; Flores 2015) y otras provenientes de la Encuesta Mundial de Valores (Inglehart s/f; Inglehart et al. 2008), Ipsos (2008) y el Centro de Investigación Pew (2014).

[2] Confróntense los boletines de prensa del INEGI de febrero y agosto de este año sobre el BIARE, pp. 6 y 11 de cada uno.

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