México y Estados Unidos: la política del mal vecino

Se pensaba que la firma del TLCAN fortalecería, automáticamente, las relaciones bilaterales. El resultado del tratado ha sido, sin embargo, ambiguo: una amistad diplomática minada y cambios estructurales que solo han beneficiado a las élites de ambos lados del río.

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En la película de Orson Welles Sed de Mal (1958), Charlton Heston interpreta el papel de Miguel Vargas, un policía mexicano recién casado con una mujer estadounidense. Mientras conduce por el desierto, Vargas reflexiona sobre la singularidad política de un paisaje tan bello: “Susie, una de las fronteras más largas en la Tierra está justo aquí, entre tu país y el mío. Una frontera abierta. Mil cuatrocientas millas sin una sola ametralladora. Supongo que todo esto te suena muy cursi.” Sentimental o no, la afirmación resultaba, sin duda, algo exagerada, ya que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos llevaba en funcionamiento desde 1924. Durante la Gran Depresión de los años treinta, es más, cientos de miles de mexicanoamericanos fueron deportados ilegalmente o emigraron por coerción.[1] A pesar de todo, la reflexión del personaje nos ayuda a recordar el carácter reciente de la militarización de la frontera. Su inicio apenas se remonta a los años noventa, durante la presidencia de Bill Clinton, cuando en septiembre de 1994, pocos meses después de entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), se emprendió la llamada Operation Gatekeeper en California. Desde entonces, miles de migrantes han muerto en las peligrosas rutas para sortear los más de 900 kilómetros de vallas y muros fronterizos.

Y, sin embargo, para la derecha norteamericana, la frontera meridional sigue resultando demasiado porosa. En un giro sorprendente en la historia del Partido Republicano, su candidato a la Casa Blanca ha fijado en México el eje vertebrador de sus mensajes sobre política exterior. Según Donald Trump, el problema del desempleo se puede achacar al país vecino, ya sea por sus migrantes indocumentados que “roban” los empleos de los estadounidenses o por las empresas que aprovechan el TLCAN para abandonar Estados Unidos y esquivar así su regulación laboral y medioambiental. El magnate también ha acusado al gobierno mexicano de estimular deliberadamente la migración de narcotraficantes y violadores. En caso de ganar, Trump promete completar el muro para sellar toda la frontera. El coste de esta magna obra iría a cargo del gobierno mexicano, pues, según ha asegurado a la prensa, “México no querrá jugar a la guerra con nosotros”.

Puede que el fenómeno Trump acabe como una anécdota extravagante en la historia electoral estadounidense. En cualquier caso, se trata de un episodio muy sintomático de una tendencia secular en las relaciones entre México y Estados Unidos: las corrientes políticas de ambos países carecen, con contadas excepciones, de auténticos vínculos de amistad binacional. La derecha mexicana puede estar profundamente avergonzada por el sentimiento abiertamente antimexicano que domina entre sus parientes ideológicos al norte del Río Grande. La izquierda mexicana, sin embargo, tampoco puede alardear mucho. Obama hizo historia al restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba. En México, en cambio, el primer presidente afroamericano será tristemente recordado por su apoyo continuista a la guerra contra las drogas y, más concretamente, por el escándalo de la llamada Operación Rápido y Furioso, con la que, a partir de un intento frustrado de monitorear el tráfico ilegal de armas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos puso en manos de los cárteles mexicanos más de dos mil armas de fuego, incluyendo centenares de fusiles de asalto AK-47. El entorno de Hillary Clinton padece limitaciones similares. Incluso uno de sus intelectuales más destacados, el economista Paul Krugman, apoyó en su momento la aprobación del proyecto del TLCAN con un razonamiento bastante revelador. En un artículo publicado en Foreign Affairs, Krugman defendió que las ventajas del TLCAN no eran económicas sino políticas: “Para Estados Unidos, este acuerdo no tiene que ver con empleos. (…) Tiene que ver con hacer lo que podamos para ayudar a triunfar a un gobierno amigo.” Krugman creía que Washington debía apoyar al gobierno del PRI para hacer frente al desafío de “populistas mexicanos como Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano”, quien, según el propio economista, probablemente ya había sido el auténtico ganador de las elecciones presidenciales de 1988.[2]

El argumento de Krugman se basaba parcialmente en una creencia –muy propia del liberalismo norteamericano de raíz wilsoniana– que también ha entrado en crisis en los últimos años: la confianza en que el aumento del comercio bilateral implica una mejora automática en las relaciones diplomáticas. Tras más de dos décadas de TLCAN, es difícil afirmar que México y Estados Unidos sean mejores vecinos. Más relevante aún, los tratados de libre comercio resultan cada vez menos viables en un contexto de competencia democrática. En las primarias del Partido Demócrata, el socialista Bernie Sanders denunció constantemente los efectos del TLCAN para el tejido industrial del país, lo que le ayudó a cosechar importantes victorias en estados del llamado Rusty Belt (Cinturón Oxidado) como Indiana, Michigan y Virginia Occidental. Trump ha intentado tender puentes hacia estos mismos votantes prometiendo una vuelta al proteccionismo y al pleno empleo, mientras que Hillary Clinton ha mostrado su oposición al reciente tratado de libre comercio entre Estados Unidos y otras once naciones del Pacífico, incluida México. El propio Obama –actualmente, un indiscutible campeón de los tratados de libre comercio por todo el mundo– atacó duramente a su rival demócrata durante las primarias de 2008 por la cuestión del TLCAN: “Un millón de empleos se han perdido a causa del TLCAN, incluyendo cerca de 50,000 puestos de trabajo aquí en Ohio. Y, sin embargo, 10 años después de pasar el TLCAN, la senadora Clinton dijo que era bueno para Estados Unidos. Bueno, yo no creo que el TLCAN haya sido bueno para Estados Unidos –nunca lo he creído.”

Por su parte, una abrumadora mayoría de ciudadanos mexicanos cree que el TLCAN ha beneficiado más a Estados Unidos que a México. Recientemente, un significativo 33% de encuestados se mostró incluso partidario de un eventual Mexit, es decir, de la salida de México del TLCAN. La desafección de la población mexicana ante el TLCAN se debe, sin duda, a la brecha entre las promesas y la realidad. Si bien es cierto que, en general, el saldo comercial de México con Estados Unidos en los últimos años se ha mantenido positivo, hay que constatar que la mayor parte de lo que se exporta son recursos naturales –principalmente petróleo– y productos manufacturados en maquiladoras, con escaso valor agregado y poca capacidad de arrastre en el resto de la industria mexicana. Para Alejandro Nadal, profesor de economía en El Colegio de México, eso explicaría por qué, mientras el comercio con Estados Unidos aumentaba, la economía mexicana en su conjunto siguió estancada. Además, como es bien sabido, el campo mexicano ha sido el sector más perjudicado. Ya desde los primeros años del TLCAN, Estados Unidos inundó el mercado mexicano con alimentos subsidiados que ejercieron una fuerte presión a la baja en los precios de los productores locales. El gobierno mexicano, por su parte, no aprovechó el plazo de transición que contemplaba el TLCAN para proteger al sector maicero mexicano, dejando a los agricultores mexicanos en una situación de gran indefensión y vulnerabilidad. Tal y como señaló Charles Bowden en su momento, tampoco se puede olvidar el papel del TLCAN como un importante motivo de fondo en la expansión de la industria del narcotráfico y la consiguiente guerra contra las drogas. Más allá de las propuestas de reforma parcial que se puedan plantear, hay que tener en cuenta el auténtico objetivo institucional del TLCAN, que, según Alejandro Nadal, no sería otro que el de “hacer irreversible la imposición del neoliberalismo en México”.

A pesar de las iniciativas de Washington para impulsar nuevos tratados como el TLCAN, parece que el deseo de revertir la tendencia a la globalización neoliberal es cada vez más popular entre amplias capas del electorado. Quizás solo sea cuestión de tiempo para que la izquierda académica tome nota y encuentre maneras de canalizar estas demandas en una dirección constructiva, capaz de neutralizar el atractivo de la demagogia xenófoba. Para lograrlo, les será útil releer el célebre artículo de John M. Keynes “National Self-Sufficiency”, en el que, defendiendo con prudencia las virtudes del nacionalismo económico –especialmente en las finanzas–, el autor de Las consecuencias económicas de la paz se imaginaba lo que él mismo hubiera pensado de joven ante cualquier desviación de los dogmas del libre cambio: “una imbecilidad y un ultraje”. Sin duda, con el privilegio que nos da la perspectiva histórica, debemos celebrar la inclinación del economista de Cambridge por anteponer la voluntad de entender a la debilidad por gustar.

(Foto: cortesía de Chris Lewis.)


Referencias

[1] Francisco E. Balderrama y Raymond Rodriguez, Decade of betrayal: Mexican repatriation in the 1930s, Albuquerque: University of New Mexico Press, 2006, pp. 62-158.

[2] Paul Krugman, “The Uncomfortable Truth about NAFTA: It’s Foreign Policy, Stupid”, Foreign Affairs, noviembre-diciembre de 1993.

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