Modernidad pirateada

La nueva exposición de Jota Izquierdo piratea referencias de aquí y referencias de allá: retrata un país, México, 100% pirata.

| Arte

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Un paseo por el Eje Central entre la Torre Latinoamericana y la avenida Chapultepec nos puede dar una buena idea de nuestro porvenir. Artículos de alta tecnología importados, robados o cambiados de una mano a otra circulan en una dinámica de capitalismo salvaje, acelerado. Sin importar el origen del teléfono adquirido, las transacciones sirven a sus participantes. El aparato en cuestión te acerca, bit a bit, a Whatsapp, Twitter o Grindr. El software (“¡Lleve el Office con licencia, original, un Corel, el Windows!”), una copia a la vez, nos permite cumplir con las tareas del trabajo precarizado pero productivo. Nuestra modernidad, instantánea y humilde, es una versión pirata de la promesa que filosofía, teoría, políticos y medios nos vendieron.

En el Museo Universitario del Chopo se exhibe una investigación del artista español Jota Izquierdo que reúne a varios creadores de la cultura popular con el objetivo de resignificar la realidad pirata mexicana. La exhibición abre con la pieza En los mares de la piratería, de Luis Figueroa del Sonido Apokalitzin, compuesta por vinilos, carteles, cables, neón y música, el puesto-altar reflexiona sobre la riqueza de la producción cultural que con empeño y desdén llamamos “pirata”. La curaduría se encuentra temáticamente dividida entre el mundo del sonidero y el del punk que convergen en una especie de pista de baile multinivel.

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La última menstruación de Verónica Castro, de Serdemetepecrecords.

En el mundo del sonidero, el viaje se hace entre puestos ambulantes de lona y lámina color amarillo que albergan videos musicales, documentales, portadas de discos y cartulinas con los mensajes que el público escribe para que los maestros del sonidero voceen en las tocadas. El pasillo está atravesado con las maquetas de distintos sonideros. El planteamiento se encarga de mostrarnos la apropiación tecnológica y estética de la cultura popular que no solo copia sino que crea y expande sus propios horizontes. Una entrevista con Abel Carranza, uno de los “gemelos fantásticos”, muestra el ensamble de las mochilas-bocina: una verdadera innovación en el más estricto sentido.

El mundo punk es explícitamente más político. Entre los puestos color azul rey, distintas publicaciones libertarias, anarquistas, punks y anarcopunks dan cuenta de una narrativa que lo mismo reproduce textos de Bertolt Brecht que manifiestos sobre la insubordinación e individualidad. Dice en alguno de los volúmenes de Desobediencia distribuciones: “No somos un número, somos algunas mentes pensantes, algunos corazones que laten, algunas manos que crean, otras que luchan, pero ante todo individualidades”.

Una de las piezas centrales de este recorrido es Desmadernos de Pablo Gaytán. Se trata de un mapa-crónica suburpunk evolutiva de la cultura de la Ciudad de México entre 1952 y 2016. Usando categorías deleuzianas, Pablo divide la experiencia de la ciudad en siete capas simultáneas: norma de control biopolítico, dispositivo comunicacional, sistema socioespacial de audio, cultura musical, figuras sociales, movimientos desmadernos y centralidad metropolitana.

La desmadernidad, según Pablo Gaytán, es “nuestra modernidad de carencias, a la cual damos vueltas con las más imaginativas tácticas lingüísticas, contraculturales, colectivas y económicas, siempre con tal de evadir, sobrepasar, rebasar o mimetizar las carencias impuestas por el hetero-capitalismo nuestro de cada día”. Los sujetos de la desmadernidad son los excluidos que, a cambio de resistir la precarización del yo, se han apropiado de cuanto elemento material o resquicio cultural para hechizar formas de convivencia radical.

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Abecedario sonidero (2016), Vicente Razo.

Hace un par de años, el historiador Carlos Bravo Regidor escribía de la idea de modernidad de las élites mexicanas (convergente con la de los desmadernos):

Es más o menos común al imaginario de ciertas élites de la periferia, de los países del llamado “sur global”. Y no es que dichos países estén condenados a ser premodernos o antimodernos, es que la idea que suelen tener sus élites de la modernidad es una idea rayana en lo mágico, a la que recurren no tanto para proponer alternativas realistas como para fugarse de la realidad. En otras palabras, esas élites periféricas promueven una idea de la modernidad que las exime de modernizarse a sí mismas, pero que les permite actualizar la ilusión de que, a pesar de todo lo premoderno o antimoderno que hay en su posición de mando y privilegio en países tan supuestamente deficitarios de modernidad, ellas constituyen un modernísimo país aparte.

La modernidad pirateada es la síntesis de ambos mundos, es contingente e histórica y, por lo tanto, está en permanente estado de emergencia. A contraflujo de la imagen “del pirata” que los medios, la Asociación Mexicana de Productores de Fonogramas y Videogramas, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos o la Sociedad de Autores y compositores de México han querido imponer, la curaduría de Jota Izquierdo amplía el horizonte de entendimiento y coloca en el centro el hecho incontestable: el bucle de “lo pirata” es irremediable. “Los piratas” no son un criminales sino individuos y familias que reorganizan la economía y ensanchan la cultura. En el reporte Media Piracy in Emerging Economies (2011), Joe Karaganis y Jhon D. Cross advierten que la piratería es más la suma de la tecnología barata, la desigualdad económica y el apetito de acceso a la cultura que un asunto legal. En el México desigual también pirateamos la democracia, las instituciones, los partidos, la música o los deportes.

¿Cómo definir lo pirata? Propongo que en principio se deba reconocer “lo pirata” como el producto de la tensión social construida entre “lo legal” y lo “ilegal”. Lo que visibiliza esta relación es una disputa entre el poder y la resistencia. “Lo pirata” resiste a la colonización de su producción cultural, rechaza ser definido por el imperialismo y la jerarquía social de la que raramente se beneficia. “Lo pirata”, sin embargo, usa esas codificaciones elitistas y las acerca a su campo para traducirlas a su propio lenguaje. De este modo, sin darse cuenta, colabora en la construcción de la necesidad de ser representado como un “otro pirata” para el depositario de “lo legal”, que las instituciones culturales y gubernamentales ya habían legitimado a través de acciones de piratas.

El sonidero y el punk juegan con estas estrategias para intervenir, infectar, todo tipo de ensamblajes culturales. Modernidad pirateada reivindica el quehacer pirata y su originalidad, su importancia como el sustrato de la configuración política y cultural en México. Del Eje Central a Los Pinos: México es un país orgullosamente pirata.


Modernidad pirateada

Investigación: Jota Izquierdo

Museo Universitario del Chopo

Doctor Enrique González Martínez 10, Cuauhtémoc, Sta María la Ribera, 06400, Ciudad de México.

Hasta el 25 de septiembre, 2016


Nota del autor: esta nota fue escrita previo a la revelación de plagio de Enrique Peña Nieto en su tesis de licenciatura (ahora el documento plagiado es una pieza escondida en la exposición). A diferencia de los artistas de la escena punk y el sonidero, auténticamente originales, Enrique Peña Nieto no goza de ningún talento creativo. El plagio académico y la deshonestidad intelectual son reprobables y no deben confundirse nunca con los procesos culturales de apropiación y placer comunitario ni con el estudio del fenómeno pirata y sus posibilidades radicales de reorganización social.

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