Mundos del trabajo: la lucha por un salario mínimo digno

Para algunos autores, aumentar el salario mínimo perjudicaría el supuesto equilibrio de la economía mexicana. Argumentan su conservadurismo, sin embargo, con falsas suposiciones. La teoría y evidencia respaldan que el salario mínimo debe aumentarse.

| Mundos del trabajo

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Con este ensayo dedicado al aumento del salario mínimo, continuamos nuestra serie sobre las tensiones y dinámicas del mundo laboral contemporáneo.

Hace ya dos años dio inicio el debate público sobre si era adecuado o no incrementar el salario mínimo en México. Si bien debatir públicamente la política económica es algo común tanto en países desarrollados (Estados Unidos, por ejemplo) como en países en desarrollo (Argentina, por ejemplo), no lo es en el caso mexicano. De hecho, el debate sobre el salario mínimo ha sido el debate público más importante sobre política económica desde el debate que se dio en el marco de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio. No solo sorprende que un tema de política económica esté constantemente en la discusión pública, sino que una buena parte de los participantes en dicho debate han tratado de debatir con base en argumentos sólidos en lo técnico.

Sin embargo, esto no ha evitado que algunos defensores del statu quo no hagan más que repetir afirmaciones categóricas sin proveer evidencia empírica que las sustenten, o sin lograr argumentar la relevancia de lo que dicen para el caso mexicano. La estrategia de estos personajes es repetir ad nauseam cuatro ideas: 1) que los salarios no se determinan por decreto; 2) que el salario debe crecer al mismo ritmo que la productividad; 3) que incrementar el salario mínimo necesariamente va a causar un incremento dramático en el desempleo y 4) que incrementar el salario mínimo va a causar un incremento sustancial en la inflación, como en los setenta y como ahora en Venezuela. El objetivo de este breve texto es confrontar a estas ideas con lo que dice la economía sobre este tema, particularmente los estudios empíricos más recientes.


1. “Los salarios no se determinan por decreto”. 

Quienes[1] esgrimen esta idea buscan asemejar al salario mínimo con el resto de los salarios en la economía. El problema es que este símil es falso. El salario mínimo es, desde su origen, una variable política, que representa el monto mínimo que la sociedad considera que los trabajadores deben de recibir.[2] Es decir, no se trata de un salario establecido dentro de una relación laboral, cuyo valor depende del poder de negociación de los involucrados en dicha relación y de la productividad, sino de un precio exógeno y determinado fuera del mercado laboral. Y por lo mismo, su determinación siempre ocurre fuera de los mecanismos de mercado.


2. “El salario (mínimo) debe de crecer al mismo ritmo que la productividad”.

Quienes[3] usan esta idea en la discusión pública la acompañan con el siguiente corolario: “y dado que la productividad en la economía mexicana no ha crecido en los últimos 26 años, tampoco debería el salario”. El problema es que esa conclusión no se deriva de su idea inicial y es errónea.

Empecemos por la parte teórica. En los modelos microeconómicos más convencionales, el salario real[4] de un trabajador depende de la productividad marginal del mismo (la cual, depende a su vez de factores como la tecnología y los bienes de capital disponibles). Por tanto, en dichos modelos, el crecimiento del salario real va de la mano del crecimiento de la productividad. Si creemos que así funcionan los mercados laborales y que el salario mínimo debería de determinarse siguiendo un mecanismo de ese tipo, lo que tendríamos es que el salario mínimo nominal (el que fija la CONASAMI) debe de crecer al año la suma del incremento en la productividad del trabajo y la inflación, de otra forma el salario mínimo real estaría creciendo menos que la productividad.

¿Es eso lo que ha ocurrido en México? No. El salario mínimo real representa hoy en día cerca de 30% del monto del salario mínimo real en 1980.[5] Y la productividad laboral, si bien no ha crecido de forma acelerada, tampoco se ha contraído en esa magnitud. De hecho, hay una brecha del 30% entre el valor que tendría hoy el salario mínimo real si hubiera crecido desde 1992 al ritmo en que creció la productividad y el valor actual del salario mínimo real (Gráfico 1). Así que la conclusión que sigue a decir “el salario mínimo debe de crecer al ritmo de la productividad” es “y por eso debe de incrementarse sustancialmente, ya que hasta hoy no ha sido así”[6].

Gráfico 1: evolución del salario mínimo real y de la productividad del trabajo (Índice 1991=100).

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Fuente: Elaboración propia con datos de OCDE (productividad) y CEPALSTAT (salario).[7]

3. “Incrementar el salario mínimo necesariamente va a causar un incremento dramático en el desempleo”[8].  

Este es uno de los argumentos más comunes. El razonamiento teórico detrás de este argumento es el siguiente: incrementar el salario mínimo sustancialmente puede llevarlo por encima del valor del salario de equilibrio de mercado, de tal forma que cause una escasez de demanda de trabajo (es decir, desempleo). Una forma más sofisticada de este argumento sería la siguiente: un incremento sustancial del salario mínimo puede hacer que el valor de dicho salario esté por encima del valor de equilibrio en el mercado de los trabajadores de baja calificación, haciendo que se incremente el desempleo en dicho sector poblacional. Para que eso se cumpla el salario mínimo debe de ubicarse por encima del valor del salario de mercado

Esta predicción teórica no es, per se, errónea, pero se deriva de un tipo de modelo microeconómico muy específico, uno que asume competencia perfecta[9] en el mercado de trabajo. Si en cambio, sólo hubiera un número pequeño de empresas que demandaran trabajadores y, por tanto, tuvieran capacidad de determinar el salario al que contratan,[10] un salario mínimo por encima del valor del salario determinado por las empresas mejoraría la situación en términos de eficiencia. Además de que las empresas podrían reaccionar ajustando otras variables como son sus costos de búsqueda, aplicaría medidas para incrementar la productividad, ente otras. La evidencia empírica apunta a que el mercado de trabajo está lejos de comportarse como un mercado de trabajo competitivo y que las firmas ajustan otras variables además del número de trabajadores.[11]

Otro factor que permite poner en duda las predicciones del modelo de competencia perfecta es la posición actual del salario mínimo en la distribución salarial mexicana. La literatura empírica[12] arroja como resultado unánime que el salario mínimo está en el piso de la distribución, y no supone un factor que constriñe el funcionamiento del mercado laboral. De hecho, representa cerca del 30% del salario promedio en México y 40% del salario mediano.[13] Por tanto, hoy en día en México el salario mínimo está muy por debajo del salario de equilibrio del mercado.

¿Y sus incrementos pueden generar incrementos dramáticos en el desempleo? La escasa evidencia empírica que hay para el caso mexicano apunta a que incrementos moderados pero mayores a los actuales en el salario mínimo real no lleva a un incremento en el desempleo.[14] Raymundo Campos-Vázquez, en un estudio reciente, ha simulado los efectos que tendría un incremento del 51% en el salario mínimo de un momento a otro, encontrando que el número de desempleados aumentaría 4.6% pero iría acompañado de una caída en el número de pobres de entre 3% y 5%. Dado que nadie está proponiendo aumentar de un año a otro el salario mínimo en 51%, los efectos que se observarían serían menores. Es decir, no veríamos el escenario dramático que señalan los que utilizan este argumento.


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4. “Incrementar el salario mínimo va a causar un incremento sustancial en la inflación, como en los ochenta y como ocurre hoy en Venezuela”.

Hay varios supuestos implícitos detrás de esa afirmación que es bueno traer a la luz. En principio, se asume que las empresas sólo reaccionan ajustando sus precios y no ajustan otros factores como es su demanda de trabajadores, sus costos de publicidad y costos de contratación. Por tanto, si se dice que un incremento en el salario mínimo lleva a un incremento sustancial en la inflación, no es consistente decir que va a ocurrir un incremento sustancial en el desempleo, aunque parece que algunos no se dan cuenta de ello.[15]

Otro supuesto implícito en el argumento es que la economía mexicana, y particularmente el mercado laboral mexicano y el salario mínimo, es similar a las características de la economía venezolana. Esto no se cumple, ni la estructura productiva es similar (la economía mexicana está más diversificada que la venezolana), ni el mercado laboral es similar. Basta señalar que el nivel del salario mínimo en Venezuela representa el 60% del salario medio y el 80% del salario mediano. Por tanto, no es inmediato decir que un incremento en el salario mínimo va a causar lo mismo que en Venezuela.

En tercer lugar, se asume que las condiciones de la economía mexicana hoy en día son similares a las de hace 30 años. Esto tampoco es cierto pues el régimen de inflación es radicalmente distinto. En los ochenta, las tasas de inflación eran altas e inestables, el traspaso del tipo de cambio a los precios era alto y buena parte de los salarios estaban indexados a la inflación y el efecto faro era alto[16], generando una carrera entre inflación y salarios. Hoy en día los niveles de inflación son bajos y estables, el traspaso del tipo de cambio a los precios es bajo y tanto la indexación salarial como el efecto faro han disminuido sustancialmente. Eso sin contar la transformación radical que sufrió la economía en los últimos treinta años debido al proceso de apertura comercial y a las transformaciones institucionales que ocurrieron en el periodo. Todo ello hace que la experiencia de los ochenta no sirva de referencia sobre los posibles efectos de un incremento en el salario mínimo hoy en día.

Entonces, ¿cómo afectaría un incremento en el salario mínimo a los precios? Dado que en épocas recientes no han ocurrido incrementos sustanciales en el salario mínimo, no hay evidencia empírica al respecto. Elementos como la disminución del efecto faro[17] así como el nivel tan bajo del salario mínimo, llevarían a pensar que el efecto en precios sería pequeño. Esto es lo que identifica el ejercicio de simulación mencionado arriba realizado por Raymundo Campos-Vázquez: la evidencia apunta a que un incremento sustancial en el salario mínimo traería consigo un incremento relativamente pequeño en los precios. Ello en buena medida debido a que las empresas pueden diluir el impacto del incremento mediante los distintos mecanismos señalados líneas arriba.


Como se puede apreciar, las razones que más comúnmente se enarbolan para no incrementar el salario mínimo en la actualidad no descansan en fundamentos teóricos o empíricos sólidos. Al contrario, muchas veces la forma en que algunos opositores articulan su posición incluye elementos contradictorios y parecen no darse cuenta de ello (el caso de la inflación y el desempleo es paradigmático). El objetivo de este artículo era señalar esos errores y desmontar (o terminar de desmontar) esta serie de dogmas que impiden que la discusión avance a su siguiente estado: ¿cómo diseñamos la política de recuperación del salario mínimo para maximizar sus efectos positivos? Ese es el debate que sigue y que urge echar a andar.

(Fotos: cortesía de Eneas De Troya.)


Notas y referencias

[1] Esto no lo dice un columnista: era la base del argumento del secretario de Trabajo Alfonso Navarrete Prida para oponerse al incremento en el salario mínimo.

[2] Sobre cómo se determina el salario mínimo en otras partes del mundo, se sugiere ver este artículo.

[3] Por ejemplo, el titular del SAT y Luis Rubio.

[4] El salario real es el monto de bienes y servicios que un trabajador puede comprar con su salario.

[5] Ver gráficas 5 y 6 del documento “Política de recuperación del salario mínimo en México y en el Distrito Federal. Propuesta para un acuerdo nacional”. Disponible aquí.

[6] Para un análisis más detallado sobre esta brecha, se sugiere ver Moreno-Brid, J. C., S., Garry & Monroy-Gómez-Franco, L. Á. (2014). “El salario mínimo en México”, en Economía UNAM, vol. 11, núm. 33, pp. 78-93. Disponible aquí.

[7] El valor de cada una de las variables en 1991 es tomado como base del índice. Esto de ninguna forma implica que la productividad del trabajado en ese momento fuese igual al salario real. Como proxy de la productividad se utiliza el PIB por horas trabajadas en dólares PPP de 2010. El salario mínimo es deflactado por el INPC para el estrato bajo de la población con base 2000.

[8] Este es el argumento que emplea Sergio Sarmiento en este texto.

[9] Competencia perfecta implica que hay un número sustancial de vendedores y compradores en el mercado, que no haya barreras que impidan la entrada de más competidores al mercado, ni su salida, que todos los productores poseen la misma tecnología de producción, que todos las personas conocen toda la información relevante para tomar decisiones en el mercado, que el bien comprado y producido por todos los agentes sea el mismo.

[10] Es decir, un monopsonio en el mercado laboral. Esto implicaría que las empresas fijarían deliberadamente un salario bajo con el fin de incrementar sus ganancias.

[11] Para varias reseñas de la literatura se recomienda ver Moreno-Brid, J. C., S., Garry & Monroy-Gómez-Franco, L. Á. (2014). “El salario mínimo en México”, en: Economía UNAM. Vol. 11, núm. 33, pp.78-93; Campos-Vázquez, Raymundo (2015) “El salario mínimo y el empleo: Evidencia internacional y posibles impactos para el caso mexicano” Economía UNAM, vol. 13, no. 36, pp. 90-106 y Castañeda Garza, Diego y Monroy-Gómez-Franco, Luis Ángel, (2016) “El salario mínimo: olvido y perspectivas”, Foreign Affairs Latinoamérica, Vol. 16: Núm. 1, pp. 95-103

[12] Ver, entre otros: Bell, Linda (1997), “The impact of minimum wages in Mexico and Colombia” en Journal of Labor Economics, vol. 15, núm. 3, pp. 102-135; Bosch, Mariano y Marco Manacorda (2010), “Minimum wages and earning inequality in urban Mexico” en American Economic Journal: Applied Economics, vol. 2, núm. 4, pp. 128-148; Campos-Vázquez, Raymundo; Gerardo Esquivel y Nora Lustig (2014), “The Rise and fall of income inequality in Mexico, 1989-2010” en Cornia, Giovanni, Falling inequality in Latin America: Policy changes and lessons, Oxford: Oxford University Press, pp. 140-163 y Fairris, David; Gurleen, Popli y Eduardo Zepeda (2008), “Minimum wages and the wage structure in Mexico” en Review of Social Economy, vol. 66, núm. 2, pp. 181-208

[13] El salario mediano es el que está a la mitad de la distribución. Los datos vienen de la gráfica 4 de Castañeda Garza, Diego y Monroy-Gómez-Franco, Luis Ángel, (2016) “El salario mínimo: olvido y perspectivas”, Foreign Affairs Latinoamérica, Vol. 16: Núm. 1, pp. 95-103

[14] Ver Campos-Vázquez, Raymundo (2015) “El salario mínimo y el empleo: Evidencia internacional y posibles impactos para el caso mexicano”, Economía UNAM, vol. 13, no. 36, pp. 90-106 (disponible aquí) y Campos-Vázquez, Raymundo; Gerardo Esquivel y Alma Santillan (2015) “El impacto del salario mínimo en los ingresos y el empleo” Serie Estudios y Perspectivas, no. 162, CEPAL-México.

[15] Por ejemplo, Guillermo Barba cae en ese equívoco en este texto.

[16] El efecto faro es la capacidad del salario mínimo de influir sobre la determinación de otros salarios en la economía. Esto ocurre cuando los cambios en el salario mínimo son tomados como referentes por otros individuos para sus negociaciones salariales. Sobre el tema se recomienda ver: Kaplan, David y Francisco Pérez Arce (2006), “El efecto de los salarios mínimos en los ingresos laborales de México” El Trimestre Económico, vol. 73, núm. 289, pp. 139-173.

[17] Ver el pie de página anterior.

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